El sexo en la Edad Media

En tiempos de las Cruzadas, la sexualidad solo era lícita si se practicaba dentro del matrimonio, con fines reproductivos y limitada a lo que autorizase la Iglesia. Esta era, al menos, la teoría. En la realidad, el placer sexual se abría paso como siempre pese a todos los riesgos y amenazas.

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Asomarse a la vida sexual de los europeos de la Edad Media supone vislumbrar un mundo en el que el placer del sexo como tal está prohibido y donde la procreación se erige en el único fin que puede justificar unos actos considerados execrables en sí mismos. En teoría, la máxima preocupación del ser humano, en tanto que animal sexual, debía ser conseguir reproducirse sin caer en el pecado, es decir, evitando a toda costa cualquier atisbo de deleite. La necesaria labor de vigilancia la realizaba la Iglesia, que desde el principio había hecho de la represión de la sexualidad humana una de sus señas de identidad y una forma de diferenciación en relación al mundo pagano, tanto el de la Antigüedad clásica como el germánico, cuyas actitudes en materia de sexo eran muy distintas.

Lo que hacía una pareja en la cama –o donde fuera– estaba entonces determinado por la opinión de los miembros de la Iglesia –esto es, varones supuestamente célibes–, que dictaban con rigor extremo lo que era lícito y lo que no, siempre por supuesto dentro del matrimonio. Un elemento fundamental de esa idiosincrasia era que la concepción de los hijos debía producirse sin placer, puesto que el placer viciaba desde el inicio el propósito reproductivo. En el siglo XIII, por ejemplo, Tomás de Aquino decía que el hombre que manifestaba deseo por su esposa la estaba tratando como a una prostituta.

 

Casi todo estaba prohibido

Por este motivo, las posibles prácticas sexuales estaban catalogadas en función de su aceptabilidad moral y organizadas en una especie de ranking. Había una coincidencia absoluta en que las relaciones maritales solo podían adoptar una única forma aceptable, la llamada postura del misionero, que era la considerada adecuada para la fecundación. Todo lo demás estaba prohibido, si bien con distinto grado de reproche. La copulación de pie, por ejemplo, suscitaba desaprobación, pero no tenía la gravedad del coito a tergo –con el hombre colocado por detrás–, que normalmente era considerada la práctica más pecaminosa de todas a excepción de la penetración anal. El motivo de tan desfavorable juicio era que a la persecución deliberada del goce se sumaba la similitud con las posturas sexuales de los animales, lo que provocaba una indeseable confusión entre especies. La otra gran transgresión moral en cuanto al coito era que la mujer se situara encima del varón, un recurso condenado por la Iglesia porque cuestionaba el papel dominante del hombre en la sociedad (aunque el dominico Alberto Magno lo consideraba aceptable si el marido estaba gordo).

Los peligros de explorar una sexualidad más variada, no obstante, no eran solo de índole moral, según los expertos de la época Un famoso tratado de la Edad Media, De secretis mulierum, atribuía a las posturas consideradas antinaturales la capacidad de producir deformidades en los descendientes. Sobre el supuesto potencial corruptor de las posturas sexuales hay una buena parodia en el Decamerón, el conjunto de cuentos escrito por el florentino Boccaccio en el siglo XIV: cuando el simple y crédulo Calandrino es víctima de una broma en la que sus amigos le hacen creer que se ha quedado embarazado, su reacción inmediata es culpar a su mujer por su empeño en subírsele encima al hacer el amor.

 

Solo en días señalados

Por supuesto, en un mundo en el que los placeres de la carne estaban prohibidos y en el que lo único que cabía era reproducirse, tanto el coito anal como el sexo oral eran considerados gravemente pecaminosos. El papa Inocencio IV, por ejemplo, declaró que una mujer a la que su marido intentara convencer para mantener relaciones anales tenía derecho a solicitar la anulación del matrimonio. El problema de estas prácticas no era solo que se utilizaran para buscar placer, sino que entraban de lleno en otra de las obsesiones de la época: el desperdicio de semen. Para la mentalidad eclesiástica medieval, el único destino apropiado para la simiente del hombre era la vagina de la mujer, y todo lo que se apartara de ello suponía una perversión de la finalidad reproductiva del sexo.

Por ridículo que parezca, este asunto tenía entonces una importancia capital, como prueba el hecho de que gran parte de la regulación eclesiástica estuviera encaminada a evitar ese desperdicio. Por este motivo, la masturbación masculina estaba severamente reprimida, mientras que, paradójicamente, la femenina no suscitaba excesivo interés en las autoridades. La ansiedad por el correcto aprovechamiento del semen se refleja también en la insistencia con que se reprimía la “fornicación interfemoral”; esto es, la técnica consistente en colocar el órgano masculino entre las piernas de la pareja para alcanzar la plenitud.

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Un buena muestra de cómo la Iglesia controlaba la vida sexual de los feligreses se encuentra en los llamados “penitenciales” de la Alta Edad Media. Los penitenciales eran manuales de instrucciones que empezaron a escribirse en Irlanda en el siglo VI para orientar al clero sobre las penitencias que debían imponer a los pecadores, en un momento en que la confesión individual empezaba a sustituir a la colectiva. A pesar de su intención edificante y punitiva, estos libritos se acercan bastante a la literatura pornográfica. Teodoro de Tarso, arzobispo de Canterbury nombrado directamente por el papa, decretó en el siglo VII que “eyacular en la boca es el peor de los pecados”, y de un fiel que lo había cometido aseguraba que tendría que “arrepentirse hasta el fin de sus días”. También establecía que quien fornicara con un animal debía ayunar durante quince años –se refiere, evidentemente, a una serie de días concretos cada año– y tasaba en siete y tres años de penitencia, respectivamente, la homosexualidad masculina y la femenina.

Los penitenciales se prohibieron en el Consejo de París del año 829 debido a la disparidad de los castigos que imponían, pero siguieron utilizándose no obstante hasta el siglo XII. Uno de los más influyentes fue el publicado por Burcardo de Worms en 1010, compuesto por nada menos que doscientas preguntas del siguiente tenor: “¿Has fornicado con una monja? ¿Has fornicado con una mujer que estuviera menstruando? ¿Has fornicado con una vaca, una burra o cualquier otro animal?...”

 

La mujer, animalesca y culpable

Como es lógico, esto excitaba la imaginación tanto de religiosos como de feligreses y por eso, a comienzos de la Baja Edad Medida, se estableció que los sacerdotes no preguntaran por los pecados con tanta crudeza para no dar (ni probablemente concebir) ideas raras. Esto no significa, ni mucho menos, que la Iglesia relajara su control sobre la actividad sexual de su grey. Solo indica que, con el tiempo, el lenguaje empleado para referirse a los pecados perdió explicitud y ganó en abstracción.

La concepción medieval del sexo también resulta hoy extraña en cuanto a la idea que se tenía de la mujer. Por supuesto, la ignorancia sobre el cuerpo femenino era absoluta. El clítoris no se descubre –o redescubre, porque los griegos sí lo conocían– hasta el siglo XVI. Pero lo más sorprendente es que a la mujer se le atribuían pulsiones sexuales irrefrenables. Frente al varón, que era presentado como un ser racional capaz de dominar sus impulsos, se suponía que la mujer, como ser inferior y descendiente de Eva, era especialmente dada a la lujuria e incapaz de resistir la tentación. Esta creencia era extrañamente compatible con que se pensara que, a la vez, las mujeres debían ser pasivas y sumisas por naturaleza en la relación sexual. La idea de que la mujer estaba dominada por impulsos sexuales primitivos que era incapaz de dominar servía sobre todo como justificación para que fuera subyugada y enclaustrada. En flagrante contradicción con lo anterior, había una gran tolerancia hacia el rapto y la violación de mujeres, siempre que fueran de rango inferior.

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No obstante, en la concepción medieval teocrática del ser humano, el estado superior al que se podía aspirar era el de la castidad, tanto en mujeres como en hombres. La sexualidad era admitida como un mal menor siempre que cumpliera con las normas establecidas, pero, en cuanto a virtud, nada era comparable a una vida consagrada a la abstinencia. Había para ello una enorme presión, tanto para que los fieles abandonaran la vida seglar e ingresaran en monasterios y conventos como para que los propios matrimonios se mantuvieran castos. Y una vez más, esta presión recaía especialmente sobre las mujeres, a quienes se encomendaba la tarea de convencer a los maridos de que había que renunciar al sexo y llevar una existencia pura, especialmente cuando ya había pasado la edad de procrear.

 

El matrimonio, institución clave

Otro de los condicionamientos del sexo era que solo podía ocurrir dentro del matrimonio, lo cual tenía una importante vertiente económica porque era el modo de controlar la transmisión de la propiedad, que pasaba a los hijos a través de la herencia. A comienzos de la Baja Edad Media, la definición del matrimonio era aún muy deficiente. No tenía por qué celebrarse dentro de la iglesia ni en presencia de un párroco y se daban muchas situaciones dudosas en las que era imposible determinar si dos personas estaban o no casadas, lo cual era fuente de numerosos conflictos familiares y legales. Por eso es justamente en esta época, debido a la creciente acumulación de riqueza, cuando surge una regulación más estricta.

A mediados del siglo XII, el monje Graciano estableció dos condiciones fundamentales para que el matrimonio fuera válido: el consentimiento de ambas partes y la consumación. Evidentemente, la necesidad de la consumación obedecía a la finalidad procreativa del matrimonio, no a la satisfacción sexual; y sobre el requisito del consentimiento tampoco hay que hacerse ilusiones: no se trataba de que cada persona eligiese cónyuge por voluntad propia, sino de permitir que quienes quisieran pudiesen optar por la vía superior de la castidad.

Luego, el IV Concilio de Letrán, en 1215, estableció las amonestaciones matrimoniales –el enlace debía hacerse público con anterioridad, por si alguien se consideraba perjudicado– y rebajó al cuarto grado de consanguinidad la prohibición de contraer matrimonio. Esto abordaba uno de los principales quebraderos de cabeza de la época. En el siglo IX, se había fijado la prohibición de casarse con personas con las que hubiera hasta un séptimo grado de parentesco, lo que, en un mundo en el que la mayoría de la gente no se alejaba de su lugar de nacimiento en toda su vida, convertía la tarea de encontrar cónyuge en imposible y acababa favoreciendo el concubinato. También hacía que la mayor parte de los matrimonios de la nobleza fuesen anulables, circunstancia que aprovecharon, por ejemplo, Leonor de Aquitania y Luis VII de Francia para deshacer su unión.

 

Sexo a pesar de todo

El grado de cumplimiento de la obligatoriedad de restringir la sexualidad al matrimonio en la Edad Media era muy variado, pero está claro que la actividad sexual sobrepasaba en mucho lo prescrito por la Iglesia. Esto era especialmente cierto en las clases bajas y en los ambientes rurales, donde la costumbre de la convivencia al margen del matrimonio estaba muy extendida. Como es de fácil de imaginar, las restricciones afectaban a las mujeres de una forma mucho más significativa que a los hombres. El dominico valenciano Vicente Ferrer aseguraba que a los quince años todos los hombres habían perdido la virginidad. A ello contribuía no poco la prostitución, que servía para canalizar los deseos de una gran parte de la población masculina, que podía ponerse muy violenta, y para proteger a las mujeres virtuosas. Así, estaba aceptado, por ejemplo, que si el hombre quería realizar determinadas prácticas prohibidas era mejor que las buscara fuera de casa en lugar de proponérselas a su esposa.

Detalle del Jardín de las Delicias. Museo del Prado.

 

La persecución del pecado del sexo fuera del matrimonio también variaba mucho según lugares y costumbres, pero hay que hacer, además, una distinción: una cosa era la fornicación –sexo entre dos personas que no son matrimonio, pero tampoco tienen cónyuge–, que estaba más tolerada, sobre todo entre los jóvenes, y otra completamente distinta el adulterio, que podía reprimirse con extrema severidad. El motivo era que el adulterio mancillaba el honor del marido, por lo que todo el peso del castigo caía sobre la mujer, que se exponía a penas terribles: desde la expulsión del hogar, la confiscación de la dote y las humillaciones públicas de distintas clases hasta la muerte para lavar la afrenta; escarmiento en el que, con mucha frecuencia, era acompañada por su amante.