El renacimiento del año 1000: y Europa resurgió

Llegó el cambio de milenio y, contra lo pronosticado por los más agoreros, no se acabó el mundo. Al contrario: cinco siglos después de la desaparición del Imperio romano de Occidente, el viejo continente reaccionó al fin y comenzó a salir del duro letargo de la Alta Edad Media con fuerzas renovadas y fe en el porvenir.

Hoy sabemos que el llamado “terror del año 1000” fue más simbólico que real: no es cierto que la mayoría de los europeos esperasen el advenimiento del fin del mundo. Pero lo que resulta indudable es que el siglo que se inició en esa fecha –el XI– se caracterizó, al contrario que el precedente, por una verdadera explosión de energía y actividad en todos los terrenos, como si la sociedad medieval se hubiera sacudido de encima una espantosa pesadilla. Se relanzaron la natalidad, el misticismo, el espíritu militar y de conquista (las Cruzadas), la agricultura y el comercio, casi extinguido con el fin del Imperio romano. Este último renacimiento, el mercantil, tuvo dos epicentros: al norte, la costa flamenca; al sur, Venecia y las demás repúblicas marítimas, principalmente Génova, su gran rival.


La senda de una nueva prosperidad

La primera consecuencia del desarrollo del comercio fue que, obviamente, hubo de extenderse a otras áreas para que prosperase. Así, desde comienzos del siglo XII llegaría a las costas de Francia y España, revitalizando el viejo puerto de Marsella y dando bríos inéditos al de Barcelona. En Italia, la economía de toda la Lombardía creció extraordinariamente, y con ella crecieron las ciudades –Génova alcanzó los 100.000 habitantes en 1150– y se generaron industrias y manufacturas modernas: la textil, la alimentaria, la farmacéutica y la de joyería, entre otras, surtidas de materias primas merced a esa actividad multinacional (lanas africanas, paños de Constantinopla, colorantes y especias de Oriente, medicamentos, coral, oro...). Paralelamente, Flandes inició su propia expansión, y los movimientos procedentes del norte y del sur de Europa se acabaron encontrando a medio camino entre Brujas y Venecia en la llanura francesa de Champaña-Ardenas, en la que desde el siglo XII proliferaron las ferias de intercambio comercial (Troyes, Lagny, Provins...) que hacían las veces de bolsas de cambio en la sociedad medieval.

Unida a lo anterior, se produjo también la recuperación de la actividad bancaria a partir del siglo XI, iniciada por comerciantes lombardos que se asociaron y desarrollaron técnicas crediticias: operaciones de cambio, giros, transferencias de fondos... Pronto surgieron en Alemania e Italia empresas financieras de carácter familiar, que originalmente prestaban sobre la base de su propio capital, pero que andando el tiempo inventaron nuevos instrumentos como la letra de cambio, el cheque o los depósitos con intereses. Puede por ello decirse que la banca, y con ella el capitalismo moderno y la burguesía en el sentido actual, nació en la Baja Edad Media. Y Venecia fue también en esto pionera: el Banco de Venecia se fundó en 1157.

Edad Media
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Occidente al borde del abismo

Antes de este resurgimiento, a mediados del siglo X, la vida es dura y el hombre se siente indefenso ante la naturaleza; la inmensa mayoría de las construcciones son endebles, fabricadas en barro, paja y madera; los rendimientos agrícolas resultan escasos, la natalidad anda por los suelos y la miseria está generalizada entre la mayor parte de la población; el hambre, la enfermedad y la guerra son problemas habituales, endémicos; reyes, señores, papas y obispos controlan a un pueblo sumido en la ignorancia y la superstición.

Occidente está envuelto en un cúmulo de calamidades que conllevan el odio y el recelo hacia el extraño, la búsqueda de la soledad como único consuelo, el estallido de la violencia como válvula de escape y el pavor al más allá y a consumirse eternamente en el infierno. Y ante tanto terror, tantas amenazas, tanta superstición y tanto miedo, una sola obsesión se extiende por todas partes: aplacar el castigo del cielo con la penitencia.

El prestamista y su mujer
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Renacimiento otomano

Pero algo está comenzando a cambiar, como vimos. Al acabar el primer milenio, Europa se recompone: están a punto de acabar las grandes invasiones de los vikingos, aunque todavía realizan algunas incursiones en Francia e Inglaterra a fines del siglo X y desde el año 981 recorrerán el Atlántico norte, llegando hasta Groenlandia y recorriendo las costas occidentales de Canadá; se alejan los musulmanes, que han atenazado a Europa entre los siglos VIII y X; se fundan y consolidan nuevos Estados en Escandinavia, con Canuto I en Dinamarca y Olav I en Noruega, y en Inglaterra, con Eduardo II en Wessex; en Francia se instaura la nueva dinastía de los Capetos en 987; en la península ibérica se descompone el Califato de Córdoba y cambia el fiel de la balanza a favor de los reinos cristianos; en las regiones eslavas se fundan nuevos Estados como el de Kiev, donde se fusiona la cultura eslava con las influencias varegas (mercaderes suecos) y con la implantación del cristianismo; los Estados rusos buscan una salida al mar Negro y el Mediterráneo oriental, donde Bizancio, con Basilio II ocupando el trono imperial, sigue rechazando las invasiones de árabes, búlgaros, rusos y turcos gracias al poderío de su capital, la populosa Constantinopla, donde acaba la Ruta de la Seda, el gran eje comercial que une Oriente y Occidente; y en el Imperio germánico se consolida la dinastía otónida.

 

En toda Europa se desarrollaron el comercio y la agricultura y se fundaron nuevos núcleos urbanos

 

Esta tendrá un papel decisivo en el mencionado cambio de mentalidad –no en vano al renacimiento del año mil se lo conoce asimismo como “renacimiento otoniano”–, sobre todo durante el reinado de Otón III (983-1002), que intenta llevar a cabo una Renovatio Imperii Romanorum inspirada por los consejos de su maestro Gerberto de Aurillac, que será papa con el nombre de Silvestre II (el papa del año 1000, un glorioso paréntesis en una corrupta sucesión de pontífices títeres que arrastran a la Iglesia a una de sus épocas más desprestigiadas). Otón III concebía a la cristiandad latina como un conjunto de pueblos y reinos bajo la cúpula común del Imperio –aunque en realidad prevalecían la multiplicidad de poderes y las rivalidades entre ellos–, y tal vez por ello dejó un legado de esplendor y renovación cultural (el arte otoniano).

Con esas nuevas condiciones, en toda Europa se desarrolla no solo el comercio: aumenta la circulación de bienes de consumo, se mejoran las técnicas agrícolas y se amplían el espacio cultivado y los rendimientos. También se fundan núcleos urbanos y nuevos establecimientos rurales, ante el aumento de la población y la natalidad.

Otón III
Otón III. Imagen: Wikimedia Commons.

 

En otros continentes

¿Y qué ocurre en el resto del mundo? El islam, pese a que políticamente se ha fragmentado en el siglo X en tres califatos (abasíes en Bagdad, fatimíes en Egipto y omeyas en Córdoba), se va extendiendo hacia la India y Asia central, poblada por tribus nómadas como los tártaros, los kirguises y los merkitas, que viven sumidos en constantes conflictos y guerras territoriales.

China, tras la desaparición del gran imperio Tang en el año 939 y la fragmentación en los llamados “diez reinos”, se divide en dos grandes imperios: los Song en el sur, que realizan sus grandes conquistas en la segunda mitad del siglo X, y los Kitán en el norte, conquistadores del reino de los Kin. Mientras tanto, Japón vive en su secular aislamiento la época de esplendor de la era Heian bajo la regencia del noble Fujiwara no Michinaga, que ejerce como el verdadero soberano.

En el sur de la India comienza su apogeo en 985 el reino Chola, y en Asia suroriental florecen imperios tan exuberantes como el de Angkor, cuyo rey Suryavarman I asume el budismo como religión oficial. En África central, a su vez, destacan algunos reinos como el Imperio de los songhays, en Ghana, donde el islam avanza de manera considerable gracias a la labor de comerciantes musulmanes que negocian con la sal y el oro; en tanto que en el sur se desarrollan culturas como la del Gran Zimbabue.

Fujiwara No Michinaga
Fujiwara No Michinaga. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La América precolombina

En América del Norte, las tribus nómadas deambulan por las grandes praderas del centro y el oeste, mientras en las zonas fértiles de Nuevo México se desarrollan culturas sedentarias como la de los indios pueblo. En México pugnan por el poder los toltecas y los olmecas, que vencerán y crearán su propio imperio en Tula. En América del Sur, el poderoso Imperio andino de Huari se hunde, sin que se sepan aún las causas, y se abandona misteriosamente su gran capital, Tiahuanaco; y en la costa del Pacífico florece la cultura chimú.

Entretanto, el Imperio maya clásico se ha derrumbado hacia el año 900; como consecuencia, se abandonan grandes ciudades como Copán o Palenque y los supervivientes se desplazan desde el interior de Centroamérica a la península de Yucatán, donde se aliarán con los toltecas, que habían sido desplazados a su vez hacia el sur por los olmecas. De esta alianza nacerá en 987 el nuevo Imperio maya: como vemos, no solo en Europa el año mil trajo un nuevo amanecer.

Palenque
Imagen: Wikimedia Commons.