El poder de la Iglesia Católica en la Alta Edad Media

Las instituciones eclesiásticas altomedievales dominaban por completo a una sociedad temerosa de la condena eterna a los horrores del infierno. Ese fue andando los siglos, el caldo de cultivo de las Cruzadas.

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Hace mil años el sol brillaba con la misma intensidad que hoy, pero la luz del entendimiento no penetraba en el interior de las conciencias humanas porque se lo impedía el espeso velo de la religión católica medieval. Cualquier idea o juicio sobre la vida y la muerte estaba mediatizado hasta sus fundamentos por los prejuicios religiosos. Tanto para los intelectuales y las gentes ilustradas (una minoría exigua) como para las masas rurales y campesinas, la religión era el elemento sustancial sin el que resultaba imposible pensar ni vivir. Todo se hacía por Dios o contra Dios.

La Iglesia se había convertido en la esencia de la vida. El temor a granjearse la enemistad o la cólera divina dominaba la existencia, así como el temor a la condenación eterna y los horrores del infierno, predicados insistente y detalladamente desde los púlpitos, dominaban la perspectiva de ultratumba. La Iglesia cristiana había doblegado primero al Imperio Romano y luego a las hordas bárbaras, que se habían convertido a la nueva fe por las ventajas que acarreaba para la convivencia con sus enemigos. De modo que, cuando los bárbaros se impusieron definitivamente y el Imperio milenario de Roma se vino abajo, las cosas no variaron demasiado en el aspecto religioso.

Lo terrenal y lo divino

Por ejemplo, los visigodos, el principal de los pueblos bárbaros que invadieron los territorios imperiales de Hispania, eran cristianos –aunque herejes arrianos–, y el Estado que implantaron en el siglo VI fue una mixtura político-religiosa donde las autoridades eclesiásticas se apoyaban en el poder temporal y viceversa. Ese apoyo mutuo, que casi nunca discurría por cauces de amor fraterno, sentó las bases de lo que llegaría a ser un conglomerado de intereses cuyo último eslabón eran las clases populares, ciegamente sometidas a la autoridad del señor feudal, que era como decir el rey, y del obispo, que era como decir el papa. Pero la relación de fuerzas entre ambos poderes no era estable, y de sus variaciones dependía la vida cotidiana hasta en sus menores detalles.

Los reyes, príncipes y nobles podían disfrutar de sus vicios y pasiones en plenitud, pero los papas, cardenales y obispos estaban obligados a hacerlo en secreto. Desde la muerte del papa Formoso (finales del siglo IX) hasta mediados del XI, transcurrió la “Época de Hierro” del pontificado, durante la que se sucedieron 40 papas con una duración media de tres años y unas biografías increíbles. Tomemos por ejemplo la de Juan X, un cura de Roma hijo de una monja y un sacerdote, que sedujo a Teodora, esposa del poderoso conde de Tusculum y amante del papa Sergio III, la cual consiguió para su nuevo y joven amante el arzobispado de Rávena, ciudad de la que Juan fue expulsado poco después a consecuencia de sus crímenes y escándalos.

Parece que la hija de Juan y Teodora, llamada Marozia, también fue amante de Sergio a partir de los 15 años y, junto a una de sus hijas (Teodora la Joven), dominó el escenario vaticano durante un cuarto de siglo, periodo que se conoce como pornocracia o “gobierno de las putas”. Juan X fue asesinado, ahogado bajo un colchón a instancias de Marozia, que también terminó siendo amante de Juan y estaba celosa de las relaciones que su padre el papa mantenía con su madre y con su hermana. Luego, la activa Marozia hizo papa a Juan XI, su hijo –y del papa Sergio o del papa Juan, que ambos fueron sus amantes–, quien resultó un desastre. Y tras él impuso a Juan XII, que convirtió el palacio de Letrán en un opulento burdel. Por entonces (930) estuvo a punto de declararse dogma una humilde proposición del estamento vaticano: “Los laicos no pueden acusar a un sacerdote de adulterio, ni siquiera en el caso de sorprenderlo en flagrante delito con sus mujeres y sus hijas, pues se ha de creer que obra de esa manera con objeto de bendecirlas más íntimamente”.

Cluny y el papa Gregorio VII

Semejante cinismo era fruto de su tiempo. El clero había llegado a corromperse tanto y de una forma tan extendida que el rey Eduardo el Confesor, durante la inauguración de la abadía de Westminster (1050), anunció una transformación radical: “Guiado por el temor de sufrir la condenación eterna, he expulsado de los monasterios a los miserables canónigos cuyo contacto con la divinidad se había extinguido. En su lugar he fundado nuevos monasterios”.

La solución a ese estado de cosas solo podía proceder de aquellos monjes que no tenían contacto con las tentaciones del mundo. En la abadía francesa de Cluny, una isla de piedad en medio de un océano de codicia y lujuria clericales, surgió un movimiento de renovación que consiguió hacer papa al gran reformador Hildebrando, que reinaría en la Cristiandad con el nombre de Gregorio VII (San Gregorio) y promovería la primera gran revolución europea.

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La Iglesia se enfrentaba a numerosos problemas, tres de ellos fundamentales: el nicolaísmo, la simonía y las investiduras. El primero era el arraigado hábito de amancebarse y tener hijos por parte de los clérigos. Fue una práctica muy extendida que la Iglesia encontraba nefasta por dos razones: conectaba demasiado al sacerdote con la sociedad civil, apartándolo de sus deberes religiosos, y permitía dejar herencias que en otro caso hubieran revertido al peculio eclesiástico. Esa fue la primera prohibición de Gregorio VII, que le supuso malquistarse con su clero (si bien la mayoría de los curas mantuvieron sus relaciones sexuales, aunque más discretamente), y luego pasó a enfrentarse con los otros dos problemas, más duros de pelar, cuya base común era la intromisión de los laicos en la Iglesia: los cargos eclesiásticos se compraban y se vendían (simonía) o bien eran otorgados por condes, duques y reyes, quienes después de haber “investido” al clérigo lo manejaban a su antojo. Y lo peor era que, en su nueva condición, el investido podía a su vez nombrar nuevos cargos subalternos que también servirían a su señor.

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Querella de las investiduras

La respuesta papal fue sencilla y rotunda: proclamar la supremacía de la Iglesia sobre cualquier clase de poder temporal. Según Gregorio, las monarquías y los imperios no eran obra humana, sino divina, y quienes los ostentasen temporalmente debían ser los más agradecidos de los cristianos y someterse más que ningún otro a los dictados de la Santa Madre Iglesia. Esto venía a ser tanto como notificar a todos los poderes temporales de la Cristiandad que no eran los dueños efectivos del poder que ejercían, ya que lo ejercían por la gracia de Dios. Pero la práctica estaba demasiado arraigada y el emperador del Sacro Imperio, Enrique IV, pensó que la prohibición no iba con él. Siguió nombrando obispos y haciendo oídos sordos a las protestas del papa, hasta que, harto de las amenazas de Roma, convocó un sínodo de sus obispos en la ciudad de Worms en el que se declaró a Gregorio depuesto de la silla de Pedro por indigno y por no haber sido elegido de manera canónica, ya que el cónclave que lo proclamó papa había recibido presiones por parte del pueblo de Roma.

Gregorio contestó rápida y enérgicamente. Un mes más tarde, excomulgó a Enrique y a los obispos de Worms y desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad hacia él. Los príncipes alemanes exigieron que su emperador obtuviese el perdón papal para seguir a su lado, y Enrique se presentó harapiento y descalzo a las puertas del castillo de Canossa, donde soportó a pie firme tres días de invierno riguroso antes de que Gregorio accediera a perdonarle. Pero el conflicto no acabó ahí: tres años después, el emperador volvió a deponer al papa y este volvió a excomulgar al emperador, que nombró por su cuenta a otro papa, Clemente III, y se hizo coronar por él después de haber invadido Italia y tomado Roma. Gregorio, refugiado en el castillo de Sant’Angelo, se salvó de milagro. La llamada “querella de las investiduras” tardaría aún cuarenta años en solucionarse mediante el concordato de Worms.

 

El castigado pueblo llano

Más allá de estos acontecimientos históricos, conviene echar una mirada a las condiciones de vida del pueblo llano durante aquellos siglos oscuros y fríos (a pesar de que por entonces reinaba en Europa el llamado “período cálido medieval”, una época de temperaturas altas). La gente tenía la cabeza llena de supersticiones y temblaba ante la perspectiva de ultratumba. La relación con lo religioso era, por otra parte, mucho más física y material que ahora. La lista de donaciones a la iglesia de tierras y bienes hechas en vida por campesinos pobres en pro de la salvación de sus almas es impresionante. Fue uno de los elementos centrales en el auge de los conventos y abadías altomedievales.

La cuestión de las reliquias sagradas, que llegaban a ser tan pintorescas como una pluma del arcángel Gabriel o una brizna de paja de la cuna de Jesús, era muy importante en aquellos tiempos. La gente iletrada aceptaba cualquier cosa con veneración. Rodolfo el Lampiño, un cronista de principios del segundo milenio tenido por veraz en sus narraciones, afirma haber conocido a un fabricante de reliquias, o sea, a un falsificador, y asegura que sus reliquias falsas también obraban milagros. O tal vez quisiera decir que obraban tantos milagros como las auténticas...

La violencia por parte de los señores feudales y la inseguridad en los campos se paliaron gracias a la llamada Paz de Dios, un acuerdo legal que requirió la creación de una especie de policía y justicia rurales garantizadas por la Iglesia. Pero la desigualdad social tenía dimensiones de abismo. Aunque las ciudades comenzaban a desempeñar un cierto papel desarrollista, a menudo como consecuencia de las peregrinaciones a lugares santos, la mayoría de las personas vivían como siervos de la gleba y solo conocían miseria, abusos y superstición desde la cuna hasta la tumba. En particular, las mujeres plebeyas no tenían otro futuro que el fogón, el burdel o el convento.

 

La llegada del año 1000

Y si socialmente era atroz, desde el punto de vista espiritual hablamos de un mundo tétrico en el que el diablo acechaba por todas partes. Hay que tener en cuenta que el cristianismo nunca logró imponerse al cien por cien: quedaron residuos de creencias paganas anteriores, rebeldes al catolicismo, sobre todo en el medio rural; hombres y mujeres que habían heredado saberes milenarios, expertos en el uso de plantas y conocedores de antiguos conjuros y oraciones que, en opinión de los cristianos, eran ritos que celebraban a Lucifer. Ellos serían los hechiceros, magos, brujas, endriagos, íncubos y súcubos que poblaron el imaginario altomedieval –y que alimentaron sus hogueras–, como todavía recuerdan algunos ritos arcaicos que hoy son considerados inocentes manifestaciones folclóricas.

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En ese ámbito, llegaron el año mil y el milenarismo. Algunos exaltados empezaron a agitar las conciencias con la inminencia del fin del mundo y se produjeron movimientos de terror, sobre todo en Francia, que luego fueron muy amplificados por los historiadores románticos. Procesiones, misas y novenas trataron de conmover a la divinidad para que impidiese el fin de los tiempos, y hasta hubo saqueos y pillaje en vista de la cercanía del desastre. Como este no llegó a producirse, la Iglesia se apuntó el tanto de haberlo evitado con sus plegarias.

A principios del siglo XI, las masas populares se vieron en una situación tan insoportable que se volvieron contra las autoridades eclesiásticas. Las conjuras que triunfaron convirtieron varias ciudades en “comunas”, empezando por Italia. Benevento, Nápoles, Brescia y Milán consiguieron librarse del yugo episcopal, y el fenómeno se extendió por la Provenza al sur de Francia y desde allí al resto del país. Se conoce bien lo ocurrido en Cambrai, donde el pueblo solo tuvo un papel pasivo en las revueltas; fueron los comerciantes ricos quienes alentaron a los cabecillas de los gremios –asociaciones de artesanos, cerradas y poderosas– para juramentarse con ellos en un pacto solidario que los llevó a expulsar al obispo, acusándolo de simonía, y a ocupar y defender las puertas de la ciudad.

Por entonces (mediados del siglo XI) hicieron su aparición los patarinos o “andrajosos”, el primer grupo religioso conocido que hizo frente a los excesos opulentos de las altas instancias clericales. El grupo estaba formado por clérigos de base y gentes de extracción humilde, que se aliaron con los plutócratas en contra del estamento religioso oficial. Se adelantaron así dos siglos a los dulcinistas, que a su vez seguían las ideas del milenarista Joaquín de Fiore, que llamaba Babilonia a la Iglesia de su tiempo. Aquellos primitivos revolucionarios religiosos, los patarinos, fueron objeto de represión y tortura, pero supieron mantener sus ideas con firmeza hasta su desaparición. Muchos de ellos se enrolarían en la Primera Cruzada que el papa Urbano II, sucesor de San Gregorio, proclamó en noviembre del año 1095. Pero esa es otra historia.

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