El Corán, el libro que contiene la palabra de Alá

Cuando Mahoma bajó de meditar en una cueva del monte Hira, cercano a La Meca, un día del año 610, estaba un poco desconcertado. El arcángel Gabriel le había transmitido la buena nueva: era el último profeta y debía convertirse en el canal que comunicara la palabra divina a los hombres. Ese es el germen del texto sagrado del islam.

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A Mahoma se le dijo que era el sucesor del anterior profeta Isa (Jesús), el hijo de María. Tuvo que ser su primo –cristiano, por cierto–, Waraqa ibn Nawfal, el que le confirmara la veracidad de los susurros que escuchaba. Desde aquel día hasta el año 631, el texto sagrado, compuesto por 6 243 versículos divididos en 114 suras (azoras), fue revelado a Mahoma (algunos autores defienden que le fue dictado directamente al corazón) y se convirtió en el Corán, el libro más importante para más de 1 500 millones de personas en todo el mundo. Mahoma tendría así soporte teórico para su nuevo imperio.

 

Jesucristo, el anterior profeta

Realmente, el Corán puede ser tratado como una continuación de los textos religiosos de tradición judía y cristiana: el Talmud y la Biblia. Los hechos de los testamentos antiguos se siguen manteniendo, profetas incluidos, que serían quienes habrían servido a Alá para recordar el camino de la verdad a los diferentes pueblos que distraían su moral. Solo existe una religión y una fe, y esa no puede variar.

Jesús (Isa), el hijo de María (Maryam), es reconocido como el último profeta antes de Mahoma, el encargado de alumbrar al pueblo judío y el segundo en importancia; pero para el Corán su naturaleza no es divina, como creen los cristianos: era solo un hombre, un hombre santo, como Mahoma, pero no más que un hombre. Solo Mahoma es el “sello de los profetas”: después de él nadie vendrá.

El teólogo sirio san Juan Damasceno, en el siglo VIII, recopila un gran número de sectas con derivaciones de la tradición judía o cristiana e incluye al islam entre ellas; incluso llega a identificar a Mahoma con el Anticristo. Occidente necesitaba desprestigiar la base cultural del nuevo Imperio árabe, que podía derivar en un problema para controlar las rutas económicas y la relación caravanera con Oriente. Por su parte, los seguidores del “verdadero profeta” debían constituir su propia mitología y establecer sus señas de identidad, separadas de las del resto de imperios.

Recordemos que la naturaleza humana o divina de Cristo era un tema recurrente durante el siglo VII, llegando a ser la controversia principal en el Segundo Sínodo Hispalense, presidido por Isidoro de Sevilla el 13 de noviembre de 619. Desde el Concilio de Nicea (19 de junio de 325), se habían intentado controlar las bases de la naturaleza de Jesús y el concepto, de por sí algo extraño y difícil de entender para muchos, de la Santísima Trinidad (tachado por el islam de politeísta).

 

Del año 610 al 631, el texto sagrado, compuesto por 6.234 versículos y 114 suras, fue revelado a Mahoma

Abu Bakr y Mahoma
Abu Bakr defiende a Mahoma. Imagen: Wikimedia Commons

 

El idioma del pueblo

Desde Arrio (250-336), habían sido muchas las corrientes que reinterpretaban constantemente las Sagradas Escrituras, y por eso había que centralizar la ortodoxia y establecer la verdad. Entre esos huecos se filtró el islam y encontró en seguida su propio camino. Según la tradición islámica, el propio Jesús anunció a Mahoma: “Soy yo el que Dios ha enviado (...) como nuncio de un Enviado que vendrá después de mí llamado Ahmad” (63:6). Ahmad, alabadísimo, se utiliza varias veces en el Corán en referencia a Mahoma.

Una de las virtudes que tenía el Corán era la facilidad de transmisión de las palabras de Alá, tanto en un aspecto formal y poético como en la pérdida de artificios. Era práctico, fácil de entender por el pueblo y muy directo. Además, no establecía una estructura jerárquica eclesial, en él la fe era una cuestión personal, contenía leyes de carácter social y suprimía de un plumazo estamentos controladores como la Iglesia-Estado que se había ido conformando en Europa desde Constantino.

En el libro se omiten los sacramentos. El buen musulmán debe creer en los dogmas de fe y socialmente seguir la sharia (ley islámica), que está dividida entre el hadiz –el conjunto de escritos de los hechos y palabras del profeta Mahoma– y el fiqh, el derecho que rige la justicia social. Alá dicta a Mahoma unas normas de conducta, las leyes de la umma (la comunidad); más tarde, se les irían añadiendo aquellos hadices o apéndices ya no predicados por Dios, sino que serían palabras y hechos del profeta, que actualizan las leyes ante el avance social que supone la unificación del conjunto de los diferentes países árabes. Pensemos que la pequeña estructura de los pueblos del desierto durante la primera mitad del siglo VII no era la misma que la de países milenarios que necesitaban leyes más complejas para manejar su frágil estructura social.

El islam divide cinco categorías en la acción humana: las permitidas, las recomendadas, las obligatorias, las detestables y las prohibidas. También diferencia la obligación de realizar el culto a Alá (ibadat) de la obligación de cumplir las leyes sociales (mu’amalat). El Corán evita hablar del pecado original, con lo que el bautismo cristiano pierde validez. Sigue ahondando, en cambio, en el concepto de resurrección, que habían retomado también los cristianos de creencias anteriores, y maneja la división entre el cielo y el infierno. Los ángeles se mantienen casi iguales: Gabriel (Yabra’il) es el enviado de Alá; Satán (Saytan) sigue siendo el ángel caído; el ángel Isâfíl tocará las trompetas el Día del Juicio Final, y Azrael es la personificación de la muerte, igual que en la religión judía. Entre los profetas, además de Mahoma y Jesús, aparecen Noé (Noah), Abraham (Ibrahim) o David (Daûd). El Día del Juicio Final (yaum ad-diin) cada persona llevará ante Dios su vida escrita en un libro, procurando que el resultado sea favorable para no caer en las llamas eternas del infierno.

 

Además de Mahoma y Jesús, los bíblicos Noé, Abraham y David aparecen en el Corán como profetas de Alá

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Un texto poético y religioso

El Corán debe recitarse o leerse en árabe para tener un valor litúrgico. En cualquier otro idioma podemos entender la palabra de Alá, pero no entendemos realmente la poética del escrito ni la pureza de sus palabras divinas. Recordemos, además, que el texto tiene un ritmo poético real, escrito en verso asonante, y posee una belleza que, como todo escrito versicular, es difícil de traducir.

Alá habla en árabe porque es “el idioma perfecto”. Mahoma y sus seguidores consiguen así aglutinar la escritura y el idioma, que hasta entonces tenía múltiples variaciones. Recordemos que este se escribe sin las vocales, o con medias vocales, y si no está perfectamente escrito puede ser mal interpretado, hecho que los seguidores de Mahoma pretendieron evitar para favorecer la unificación del pueblo árabe. Así, el Corán diseñará un modelo lingüístico formal y normativo, tal y como hicieron el Imperio Romano, Alcuino de York con Carlomagno, Bismarck con el alemán, etc. Recordemos que errores de interpretación provocaron en la Biblia que los griegos tradujeran, por ejemplo, “muchacha”, del arameo, por “virgen”, un cambio de notable importancia para nuestra cultura (al igual que la traducción de “hermanos” de Cristo como “apóstoles o acompañantes”).

Ya hemos visto cómo el poder siempre reinterpreta los textos religiosos para adaptarlos a las nuevas circunstancias o a la manipulación interesada, como hicieron san Agustín o santo Tomás en Europa. Así, la prosa poética (el sag) del Corán fue utilizada por los detractores del Profeta para acusarlo de mancillar la palabra de Dios y no ser más que un poeta cualquiera que usaba recursos literarios de calidad, pero humanos al ­ fin y al cabo. Por supuesto, esas acusaciones no eran más que “palabra de herejes” que no creían en Alá y en la unión con su profeta. También, las nuevas escrituras fueron vistas por otros tan solo como una renovación o limpieza de los textos judíos o cristianos.

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La importancia de tener un libro

La homogenización del idioma fue muy positiva para el Imperio naciente: la influencia posterior de este hecho fue enorme. Desde el siglo VIII, la mayoría de los ­ filósofos y cientí­ficos de diferentes países de la órbita musulmana optaron por el árabe para escribir y comunicar sus estudios, con lo que se convirtió así en idioma universal como lo habían sido el latín y, en buena parte, el griego. El “regalo de Dios” fue, entre otras cosas, esa lengua, que para los musulmanes tiene una perfección divina y es el único modo en que Alá escucha nuestras plegarias.

Aunque el propio Corán a­firma que “no hemos enviado a ningún mensajero (profeta) que no se explique en la lengua de su pueblo para dejar claro su mensaje” (14:4), como comenta el arabista español Julio Cortés, después de Mahoma ya no habrá más profetas, por lo que su código será útil hasta la resurrección de todos. No obstante, cuando el Profeta murió en 632, surgieron las rebeliones y muchos se proclamaron sucesores, falsos profetas que quisieron reconstruir la doctrina musulmana para su bene­ cio. Fueron años de guerras y enfrentamientos fratricidas que compusieron lo que sería el futuro imperio, en un sentido político, religioso y social. Así, hasta 640, Musaylima, apodado el mentiroso (al-kaddab), en Arabia Central, o la cristiana Sachah fueron ganando adeptos hasta ser de­finitivamente derrotados.

Pero el problema flotaba en el aire, al no haber realmente un libro uni­ficado con las palabras que Alá había susurrado directamente a su elegido. Nada quedaba escrito sobre la sucesión del Profeta y salían de sus cuevas los que querían encontrar bene­ficio en río revuelto. Abu Bakr, gran amigo de Mahoma y padre de su esposa más joven, Aisa, fue nombrado primer califa (sucesor) del islam, y era consciente de la necesidad de un corpus legal controlado por el Estado central. Bakr se empeñó en la tarea de reunir todos los textos coránicos que muchos habían aprendido de memoria; recopilación que realizó Zayd ibn Tabit, familiar de Mahoma, junto a varios sabios y escribas. Según el teólogo dominico francés Jacques Jomier, transcribieron directamente a los seguidores de Mahoma, que estaban acostumbrados a la tradición oral y a los que no les era extraño el ejercicio de memorizar cientos de versos. Otra versión apunta a que muchos pasajes habían sido transcritos en piedras lisas, trozos de cuero, omóplatos de camello, etc.

 

Hasta el siglo IX no hubo una recopilación definitiva; a partir de entonces ha habido diferentes “lecturas”, pero no cambios

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El Corán definitivo

La labor de recopilación no debió de ser fácil: nos podemos imaginar a los escribas haciendo encaje de bolillos para ordenar los versos que cada compañero del Profeta había aprendido. De ahí, quizá, que los escritos no tengan una linealidad temporal e incluso se contradigan en algunos tramos. El texto completo fue entregado por ­fin a Abu Bakr: sería la primera versión “o­ficial”. Allí estaban las normas de conducta social, las prescripciones de culto, los hechos de los profetas o la descripción del más allá que luego han conformado la vida musulmana.

El posterior califa Utmán, de familia Omeya, realizó una nueva recopilación del texto desechando lo que no creyó relevante, y envió rápidamente ejemplares a todas las ciudades importantes. Fue él quien terminó de uni­ficar el Estado islámico, aunque la caligrafía no quedaba del todo clara todavía y podían producirse errores de interpretación. Así, podemos a­ firmar que hasta el siglo IX no tenemos un texto definitivo del Corán; aunque habrá diferentes “lecturas”, a partir de ahí apenas se ha modi­ficado.

Existen variantes del texto propuesto por Utmán, como la de Ibn Masud. Este discípulo y compañero de armas del Profeta había aportado 848 narraciones o hadices de su memoria y no tuvo problemas en acusar a Utmán de inventar suras en su versión.

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El espíritu y la letra

Los libros sagrados fueron construyéndose durante siglos hasta quedar enmarcados en los que ahora conocemos. El Corán no es una excepción. El poder, los gobernantes o los sabios han querido tener la última palabra sobre sus significados. Creamos o no en la divinidad de la historia relatada, es innegable el valor que tiene como relato mitológico e histórico y como tabla de valores morales para construir una sociedad. Encierra muchas ideas maravillosas, pero en este mundo nuestro, tanto en Occidente como en Oriente, al calor de las buenas escrituras los hombres han sembrado odio y paz a partes iguales.