Dioses y rituales de América: los mitos precolombinos

Religión, arte, historia y geografía se entremezclan en las leyendas de las grandes civilizaciones americanas anteriores a la llegada de los españoles. En las de mayas, aztecas e incas conviven deidades y hombres, demonios y duendes, realidad y ficción...

Mitología precolombina
Imagen: iStock Photos.

Muchos de los mitos de la civilización maya –que abarcaba gran parte del actual sur de México, Belice y Guatemala– están recogidos en la recopilación de narraciones llamada Popol Vuh. El origen de la que se considera “Biblia maya” es oral, y así se transmitía de generación en generación. Fue el dominico Francisco Ximénez quien recibió la primera versión del libro en maya quiché con versos en latín y lo tradujo, aunque incompleto, al castellano.

Como lo conocemos hoy, se divide en tres partes. La primera describe la creación del mundo y el origen del hombre: primero de barro, luego de madera y más tarde de maíz, base de la alimentación maya. La segunda se centra en las aventuras de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, hijos de Ixquic (“la sangre”). Estos dos jóvenes dioses derrotan a las fuerzas malignas con pruebas como el juego de pelota y se convierten, respectivamente, en el Sol y la Luna. Por último, la tercera parte narra el origen de los pueblos indígenas de Guatemala, sus migraciones, su expansión territorial, sus guerras...

Las divinidades mayas eran seres poderosos pero no omnipotentes, pues igual que los humanos tenían limitaciones físicas; entre ellas, la sed y el hambre, que solo podían satisfacer por la mano del hombre, normalmente mediante sacrificios de sangre. Y mostraban pasiones parecidas a las de los mortales.

Xibalbá
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El inframundo de Xibalbá y los aluxes

En el nutrido panteón maya, destacan los tres principales dioses creadores: Kukulcán, la Serpiente Emplumada, dios de las tempestades; Huracán, “el de una sola pierna”, dios del viento, y Tepeu, dios del cielo. Ocupan asimismo un lugar de honor los doce dioses del inframundo, que habitaban un lugar subterráneo: Xibalbá, que significa “lugar de terror” y adonde querían llegar todas las almas para disfrutar del más allá. Aunque para los mayas tampoco la muerte era el fin de la existencia, Xibalbá no se parece al infierno judeocristiano, pues no se llegaba allí como un castigo, sino que era el destino lógico de los muertos. Lejos de ser un submundo espiritual, era un reino palpable, físico, escondido bajo la superficie de la tierra y accesible a través de entradas reales. Pero llegar a él era un auténtico desafío.

Popol Vuh lo describe como una gran ciudad con varias estructuras y llena de obstáculos y trampas. Para empezar, había que pasar por tres ríos: uno lleno de escorpiones, otro de sangre y un tercero de pus. Si se lograba superar estas y otras pruebas, se llegaba ante los temibles Señores de Xibalbá. En la antigua cultura maya, Xibalbá está relacionado con los cenotes: agujeros naturales en cuyo interior se forma un sistema de cuevas inundadas. Estas arterias subterráneas de la península del Yucatán (México) se llenaban del agua de lluvia que aseguraba la supervivencia de la población. Conscientes de su importancia, los mayas ubicaban templos en sus orillas y arrojaban a sus aguas sagradas ofrendas a los dioses (incluidas personas vivas).

 

Lo que pronosticaron los mayas para el 21 de diciembre de 2012 no fue el fin del mundo, sino un cambio de ciclo o final de una era de 400 años

En 2008, un grupo de arqueólogos mexicanos, con Guillermo de Anda al frente, creyó haber descubierto en el centro del estado del Yucatán la difícil ruta que los muertos debían recorrer en su tránsito hacia la otra vida. Hallaron catorce sitios subterráneos en cuevas y depósitos de agua de manantial donde había fragmentos de cerámica, elementos rituales y restos óseos humanos. Esta red subterránea de cuevas debió funcionar como recreación de la entrada al inframundo. Y es que en las cuevas acababa la vida maya, pero también empezaba. Sin ir más lejos, en ellas había dos elementos clave para la subsistencia: el maíz que se dio al hombre y el agua.

Los antiguos mayas basaban sus creencias en la existencia de tres grandes planos relacionados: cielo, tierra e inframundo. Y en estos planos, además de dioses, vivían duendes: los aluxes, pequeños seres representados por figuras de barro de unos pocos centímetros de altura. Se cree que eran más antiguos que los propios mayas y, según estos, fueron los hombres primigenios que construyeron las grandes ciudades. Trabajaban en la oscuridad y cuando salía el sol se volvían de piedra. Cuidaban de las personas y de sus campos. Siempre fieles a sus amos, se mostraban traviesos con los desconocidos, y cuando tenían un amo nuevo le hacían toda clase de diabluras hasta que este les daba comida. En el Yucatán, donde siguen estando muy presentes, se han hallado aluxes originales en cenotes como el de Samulá, cerca de la ciudad de Valladolid.

Murciélago del Inframundo
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Fin del mundo maya: ¿profecía fallida?

Muchos, basándose en el calendario maya, quisieron ver en el 21 de diciembre de 2012 el fin del mundo. Sin embargo, lo que los mayas pronosticaron en dicha fecha fue solo el final de una era, un cambio de ciclo llamado Baktun que tiene lugar cada 400 años. Varios expertos en la cultura mesoamericana, y hasta la NASA, desmintieron en su día las versiones apocalípticas que circulaban.

El origen de dichas predicciones se relaciona con un trozo de piedra con inscripciones que salió a la luz en el yacimiento de Tortuguero, en el estado mexicano de Tabasco. La conocida como la estela 6 tiene escrita la fecha 13.0.0.0.0 4 Ajaw 3 Kank’in, que corresponde al 21 de diciembre de 2012, pero no contiene ningún mensaje sobre el fin del mundo. Según aclaró el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, la fecha corresponde al fin de una cuenta larga, un ciclo de 5 125 años conocido como 13 b’aak’tuunes, para dar paso a otro período. En la ciudad maya de Chichén Itzá creían que al finalizar ese tiempo la población debía mudarse a otro lugar.

Tan seguros y estables se consideraban los mayas que hasta tenían una palabra que definía un período de 400 años. Y es normal, porque tuvieron prosperidad a lo largo de casi dos milenios. Pero en el siglo IX Tikal, donde vivían unas 100 000 almas, y el resto de ciudades quedaron vacías de repente. Murieron millones de personas, algunas de ellas asesinadas brutalmente, y los pocos supervivientes volvieron a la vida tribal. El mundo maya que hallaron los españoles era apenas una sombra de lo que había sido.

Los arqueólogos han buscado una explicación. Existen muchas teorías: una guerra, una invasión, una migración, enfermedades, sobreexplotación... O quizá una combinación de varios factores, como apuntan Jared Diamond y Franz J. Broswimmer, autores de Colapso. Aparte de las guerras o problemas políticos, un factor clave habría sido la enorme fuerza de trabajo dedicada a la construcción de ciudades monumentales, que causó la deforestación y la disminución de tierras de cultivo. Otra controvertida hipótesis es la de Dick Gill, quien asegura que los mayas murieron de hambre y sed a causa de una serie de devastadoras sequías durante los siglos IX y X.

Fuera como fuere, las ruinas de Tikal y de otras ciudades mayas quedaron engullidas por la jungla y, durante siglos, hasta que los arqueólogos las sacaron de nuevo a la luz, tuvieron a animales y plantas como únicos habitantes. Eso sí: en ellas quedaron grabadas para siempre sus leyendas, leyendas que los españoles conocieron y a menudo “exageraron” a su conveniencia.

Por su parte, los dos grandes personajes mitológicos del poderoso Imperio inca fueron Pachamama y Viracocha. La primera era la diosa de la Tierra, maternal y protectora, frágil y poderosa, pero su historia está llena de dolor, muerte y venganza. Era tan poderosa que los primeros cristianos la compararon con la Virgen María. Hoy es sinónimo de protección del planeta y símbolo para los movimientos ecologistas, mito que se basa en que es la defensora de la naturaleza y los seres vivos. Joven y bella, representa la fertilidad y la vida. Pacha significa “tierra” y “espacio”, y mama, “madre” y “señora”. Se casó con Pachacamac, dios del cielo, y la historia de la pareja es una historia de creación y de respeto por la naturaleza.

 

Los dos grandes mitos del Imperio inca fueron Pachamama y Viracocha, la diosa de la Tierra y el dios de la Creación

Chichén Itzá
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Mitos incas y aztecas

También Viracocha, el dios creador, enseñó a los habitantes de las tierras andinas el respeto por la naturaleza y valores éticos como la solidaridad y la generosidad. Una versión de la leyenda afirma que apareció en el lago Titicaca, entre Perú y Bolivia, entre espumas y vientos. Su imagen más conocida es la que adorna la puerta de Tihuanaco (cerca de dicho lago), centro de la civilización preincaica del mismo nombre y de donde se cuenta que llegó Viracocha. Cuando los españoles arribaron al actual México, escribieron que los aztecas (o mexicas) estaban llevando a cabo sacrificios sangrientos en una cantidad nunca vista –tanto, que en una ocasión superaron los 80 000 muertos en solo cuatro días– y que a veces se comían a las víctimas. Algunos expertos, como la antropóloga Yolotl González Torres, autora de El sacrificio humano entre los mexicas, defienden que se ha exagerado el número de víctimas; una exageración surgida entre los enemigos de los aztecas, que aumentando dicha cifra demostraban su superioridad al enfrentarse a tan temibles enemigos. Otro punto que corroboraría la exageración, y que según esta experta suele obviarse, es que este tipo de sacrificios rituales se daban en numerosas culturas de todo el mundo: Egipto, India, China, Japón, Roma, Grecia, Mesopotamia...

Además, estas ceremonias sobrepasaban el ámbito religioso para entrar de lleno en lo político. Los aztecas no sacrificaban humanos por puro sadismo, para hacerlos sufrir, sino que cada sacrificio tenía un objetivo concreto y estaba dedicado a un determinado dios. En los rituales debían intervenir el sacrificador –el especialista religioso que lo llevaba a cabo– y el sacrificante, que ofrecía el sacrificio, y todo se hacía siguiendo unas pautas y tres fases: entrada, inmolación y salida, más los ritos posteriores en los que la antropofagia jugaba su papel.

Los sacrificados en la capital azteca, Tenochtitlán (hoy, Ciudad de México), eran prisioneros y se ofrecían a numerosas deidades: Tláloc, Xipe Totec, Huitznahua, Mixcóatl, Tezcatlipoca, Cihuacóatl, Yacatecuhtli, Xiuhtecuhtli o –la mayoría– al dios de la guerra, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, el mayor, más polifacético y polémico dios de toda Mesoamérica. Estuvo presente en todas las culturas de la región y en su honor se levantaron grandes templos. Hijo del primer dios, el Señor de la Creación, es conocido como “el padre”, “el héroe civilizador” o “el que da el maíz a los hombres”; se enfrentó a sus hermanos, también dioses, para crear a la humanidad. Inteligente y persistente, triunfó donde ellos habían fracasado. Y fue él quien también creó al ser humano a partir del maíz.

Quetzalcoatl
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Quetzalcóatl era poderoso y bueno, pero abandonó a su pueblo, se exilió y, sin pretenderlo, fue uno de los responsables de la caída del Imperio azteca. Según la historia oficial, Moctezuma relacionó a Hernán Cortés con Quetzalcóatl (quien, según una leyenda, volvería para recuperar su territorio). En su confusión influyó que los españoles llegaran montados en caballos y portaran cañones, espadas y armaduras, mientras que las armas mexicas estaban hechas de madera y piedra. El miedo habría hecho que el emperador decidiera no enfrentarse a los recién llegados; una decisión que, según los historiadores, es cierta solo en parte.

 

Los sacrificios rituales se dieron en otras muchas culturas: Egipto, India, China, Japón, Roma, Grecia, Mesopotamia…

Máscaras aztecas
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Fundación de Tenochtitlán

Fruto de la imaginación es también la historia que cuenta la fundación de Tenochtitlán, que tiene como protagonistas a un águila y un nopal. Se dice que, 130 años después de la creación del quinto Sol (siglo XII), los aztecas dejaron Aztlán (“lugar de las garzas”, probablemente al noroeste) en busca de una nueva tierra prometida. Según les indicó el dios Huitzilopochtli, la encontrarían en una zona pantanosa con un nopal (cactus) sobre una roca y un águila devorando a una serpiente. Y ya según afirma la historia, fue en un islote del valle de México donde, tras detectar dicha señal, construyeron en 1345 la ciudad de Tenochtitlán. Los aztecas sucumbieron ante los españoles el 13 de agosto de 1521, cuando Tenochtitlán fue capturada junto a Cuauhtémoc, el último mexica, cuyo nombre significa, precisamente, “águila que desciende” y “ocaso”. Hoy, el águila, la serpiente y el nopal aparecen en el escudo de México.

Tenochtitlán
Imagen: Wikimedia Commons.