Al-Ándalus y los califatos: empieza la expansión

En apenas unas décadas, el islam medieval forjó uno de los mayores imperios de todos los tiempos, mientras abasíes, omeyas y fatimíes se disputaban la hegemonía y la legitimidad.

Alhambra
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Si tu Señor hubiera querido, todos los habitantes de la Tierra, absolutamente todos, habrían creído. ¿Y tú forzarás a los hombres para que sean creyentes?”: así reza la aleya (versículo) número 99 de la décima sura del Corán. El islam medieval fue, de hecho, expansivo militarmente hablando, pero mucho más laxo a la hora de imponer su religión y su cultura. Supo aprovechar la crítica coyuntura que atravesaban los pueblos conquistados y la buena acogida dispensada por los nuevos súbditos y por las élites locales, cuyos modos de vida y costumbres religiosas eran respetados por puro pragmatismo: imponer el islam tenía un coste mucho más alto que asimilar culturas e identidades ajenas –siempre y cuando se tratara de seguidores de las religiones “del libro”– de quienes, además, soportaban una carga fiscal mayor que la población musulmana, con los suculentos beneficios económicos que ello suponía para el Estado.

 

La etapa de la conquista

El año 661 marca el inicio de una edad dorada para el islam con la irrupción en escena del clan Omeya, que habría de sentar las bases del primer gran Imperio musulmán. Desde el comienzo de la expansión, los cuatro califas ortodoxos (632-661) habían sembrado un imperialismo germinal, por vez primera, fuera de la península Arábiga. Pero en dicho período, en el que imperan aún las estructuras políticas esencialmente tribales, la expansión militar, en buena parte debido a su insólita velocidad, no va acompañada de una expansión cultural y religiosa propiamente dicha. No hay aún estructuras de Estado ni penetración de la civilización de los vencedores en la de los vencidos, ya que el motor de la conquista en un primer momento es meramente económico (botín y recursos). Lo cierto es que las figuras de los califas ortodoxos nunca gozaron de pleno consenso entre la comunidad islámica. Los partidarios de Alí, primo y yerno de Mahoma y, según sus seguidores, máximo representante de la línea de sucesión legítima, no renunciaron a conquistar el califato. En el año 656, el tercer califa ortodoxo, Utmán, murió asesinado, circunstancia que aprovecharon los partidarios de Alí para hacerse finalmente con el poder. Sospechoso, no obstante, de haber instigado el asesinato de su predecesor, Alí tuvo que hacer frente a la firme oposición del clan Omeya, que, liderado por el ex gobernador de Siria Muawiya, le plantó cara en julio de 657 en la llanura de Siffín, junto al Éufrates. La Batalla de Siffín provocó dos seísmos en el mundo islámico: el primero, la proclamación poco después, en 661, de un califato en manos omeyas, con capital en Damasco, y el segundo, un cisma doctrinal que marcaría a fuego la historia del islam hasta nuestros días, con la escisión de la comunidad de creyentes en tres ramas antagónicas e irreconciliables, suníes, chiíes (los partidarios de Alí) y jariyíes.

 

Desde el inicio del islam, los 4 califas ortodoxos (632-661) comenzaron la expansión fuera de Arabia

Batalla de Poitiers
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Hegemonía y caída de los Omeya

Los omeyas desarrollaron unas estructuras de Estado cimentadas en un aparato burocrático mucho más complejo, a imagen y semejanza de bizantinos y persas sasánidas, los pueblos conquistados. Muawiya fijó por primera vez el principio de sucesión hereditaria, convirtiendo el Imperio islámico en uno dinástico y férreamente centralizado. Con todo, y a pesar de reforzar sustancialmente la identidad árabe del régimen –haciendo finalmente del árabe la lengua vehicular y oficial del Estado y la administración–, los omeyas eran vistos con recelo por muchos miembros de la comunidad musulmana. La historia islámica los ha juzgado como monarcas con un perfil demasiado laico, al punto de considerarlos más reyes que califas. Lo cierto es que ni Muawiya ni sus sucesores promovieron la conversión de sus súbditos, en buena medida por las razones de índole fiscal ya apuntadas.

Pero aun con fuertes dosis de oposición interna, que cristalizaron en numerosas revueltas en diferentes latitudes del Imperio, los omeyas continuaron con la meteórica expansión islámica extendiendo su hegemonía sobre África, Asia y, parcialmente, Europa: hasta Transoxiana y el Khorasan en el este, y hasta el Magreb y la península Ibérica en el oeste. Casi seis millones de kilómetros cuadrados y una población de más de sesenta millones de súbditos convirtieron al Califato Omeya en uno de los imperios más grandes de la historia. Pero la oposición interna consumía al régimen poco a poco desde dentro. La derrota del ejército sirio, columna vertebral del poder omeya, frente al emperador bizantino León III en la Batalla de Akroinon, en 740, y los reveses sufridos en Occidente, con el freno en seco a la expansión occidental en la Batalla de Poitiers ocho años antes, así como las revueltas que proliferaron en varias provincias del Imperio, certificaron el ocaso de la dinastía.

Mapa Al Ándalus
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El periodo Abasí

El descontento fue canalizado a través de otro clan, el de los abasíes, también procedente de La Meca, pero que descendía de un tío del mismísimo Profeta, Abbas Ibn-Abd al-Muttalib. Los partidarios de Alí –y otros descontentos con el énfasis del régimen Omeya en el elemento sirio, en detrimento de árabes y otros musulmanes de nuevo cuño– les brindaron todo su apoyo. Con la inestimable ayuda del general persa Abu Muslim, el líder del clan, Abu al-Abbas As-Saffah, derrotó al califa omeya Marwan II en la Batalla del Gran Zab, en el año 750. Así derribó el régimen y convirtió en el primer califa de la nueva dinastía.

Los abasíes pasaron página con una purga salvaje, que incluyó no solo el asesinato de (casi) todos los miembros del clan Omeya, sino también la profanación de sus tumbas. Pronto, sin embargo, los enemigos de los omeyas sufrirían una sonora decepción al comprobar que los califas abasíes apostaban sustancialmente por la continuidad: pese a haberse apoyado en el elemento chií para hacerse con el poder, abrazaron rápidamente la ortodoxia suní y consolidaron el carácter hereditario del Califato, fundando de hecho una nueva dinastía. El Abasí fue, no obstante, un califato más cosmopolita. Trasladaron la capital a Bagdad, que habría de convertirse en la ciudad más grande del mundo; la distinción entre musulmanes árabes y no árabes prácticamente desapareció –lo que despertó la ira de los primeros, los más firmes apoyos del clan en su aplastamiento del régimen Omeya– y la influencia política y cultural del mundo persa acabaría por dejar honda huella en la personalidad y estructura del régimen.

El nuevo Estado, que siguió expandiendo moderadamente sus dominios a este y oeste, fue víctima de una descentralización progresiva que otorgó grandes cuotas de poder a los emires (gobernadores locales) y delegó buena parte del poder ejecutivo en la ­ figura del visir, lo que a la larga contribuiría en buena medida a la caída del régimen.

 

Califas como Harún al-Rashid o su hijo Al-Mamún llevaron a Bagdad a su cénit cultural

Medina Azahara
Medina Azahara. Imagen: iStock Photo

 

Apogeo de Bagdad

El Califato Abasí fue fundamentalmente un período de consolidación política, cultural, militar y administrativa. Aplacado el celo conquistador de los omeyas, los nuevos califas se centraron en garantizar la gobernabilidad y dar estabilidad al gigantesco Imperio apostando por el cosmopolitismo y el desarrollo de las rutas comerciales, la cultura urbana, las artes y las ciencias. Bagdad era el centro del mundo civilizado y así, en este clima de bonanza y equilibrio institucional, fue posible la eclosión de la Edad de Oro del islam, impulsada por califas como Harún al-Rashid o su hijo Al-Mamún, que en el último cuarto del siglo VIII y el primero del IX llevaron a la civilización abasí a su cénit con la fundación en Bagdad de la Casa de la Sabiduría. Esta reunía bajo un mismo techo a los más brillantes intelectuales musulmanes y no musulmanes de la época, en un empeño por recopilar todo el saber ­ losó­ co y cientí­ co existente (lo que permitió a Occidente, de hecho, recuperar a Aristóteles, Euclides o Ptolomeo).

La primera grieta en medio de este suntuoso apogeo apareció en Occidente. Los abasíes se habían esmerado en purgar a todos los supervivientes del clan Omeya, pero no pudieron evitar que uno de ellos, Abd al-Rahman –pronto Abderramán I–, lograse burlar a sus perseguidores y huir hacia la península Ibérica. Así, en el año 755 y a la cabeza de un contingente de sirios, yemeníes y bereberes, el último Omeya derrotó al emir abasí, se hizo con el control de Córdoba y fundó allí un nuevo emirato que, naturalmente, no reconocía la autoridad de sus archienemigos de Bagdad.

 

El desplome del Califato de Córdoba dio paso a una etapa de inestabilidad: la de los reinos de taifas

Corán
Fragmento del Corán. Imagen: Wikimedia Commons

 

La hora de Al-Ándalus

Abderramán I y sus sucesores construyeron las sólidas bases de un Estado independiente que iba a resistir el empuje de los reinos cristianos y de Carlomagno. El descontento, no obstante, de los mozárabes y de las más prominentes familias de muladíes se tradujo en un permanente desafío, mucho más serio que la inexistente capacidad de reacción abasí, hasta que Abderramán III doblegó definitivamente a los disidentes pacificando Al-Ándalus y creando el clima, en 929, para dar un paso más en el desafío a Bagdad: autoproclamarse califa e inaugurar así la edad dorada de Al-Ándalus. Por primera vez, el mundo islámico se enfrentaba a una situación insólita: la autoridad del califa de Bagdad era abiertamente contestada hasta el punto de que ya no era el único líder político y espiritual del islam.

El Califato de Córdoba abrió una brecha en la rocosa solidez del régimen abasí, pero no era la única. A comienzos del siglo X, el tiempo de esplendor había empezado a declinar. En menos de cuatro décadas se sucedieron hasta cinco califas, de los que cuatro fueron asesinados. La descentralización, además, estaba causando estragos: cada vez más, los visires usurpaban el poder del califa y los emires burlaban el control del gobierno central, gobernando como caudillos con ejércitos propios.

El califa tenía cada vez más dificultades para recaudar impuestos y las arcas del Estado comenzaron a resentirse. En poco tiempo, los califas abasíes se convirtieron en líderes religiosos sin poder político efectivo, marionetas en manos de ambiciosos visires. El Imperio se estaba desintegrando. Nominalmente, resistió en pie hasta que en 1258 se produjo el saqueo y la toma de Bagdad por parte de los mongoles, pero fue una lenta agonía que se materializó con fuerza en el descrédito de la pérdida del Occidente. Sencillamente, el Imperio estaba muriendo de éxito, al ser demasiado grande como para poder gobernarlo con eficacia.

Mezquita de Córdoba
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El califato de los fatimíes

Hubo otro gran desafío aparte del de Al-Ándalus. En Egipto, una crisis de legitimidad dio alas a los fatimíes, que eran chiíes y absolutamente hostiles al régimen abasí y se autoproclamaban descendientes directos de Alí y Fátima, la hija del Profeta. En 909, Ubayd Allah, undécimo imán fatimí, se proclamó califa en Cairuán, veinte años antes de que Abderramán III hiciera lo propio en Córdoba. A diferencia de los omeyas, los fatimíes no pretendían fundar un Estado independiente del poder abasí, sino derrocar a los califas de Bagdad y unificar todo el islam bajo su hegemonía como legítimos herederos de Mahoma. Durante un tiempo, omeyas y fatimíes se disputaron el control del Magreb, pero la firme resistencia de Abderramán III acabó persuadiendo al Califato Fatimí para que aceptase de facto el reparto de esferas de influencia: Egipto para los fatimíes y el Magreb y la península Ibérica para los omeyas.

Abderramán y sus más inmediatos sucesores llevaron a Al-Ándalus al cénit de su esplendor, pero la minoría de edad de Hisham II, califa desde el año 965, fue aprovechada por su tutor Almanzor para debilitar su autoridad. Fue el primer síntoma de un derrumbe que se certificó en las décadas sucesivas, cuando el Califato se desplomó y dio paso a una etapa de enorme inestabilidad política, caracterizada por el surgimiento –tras la caída de Hisham III, el último Omeya– de las taifas o reinos islámicos independientes.

La crisis del Califato de Bagdad coincidía así con la desintegración de uno de los califatos rebeldes. Los fatimíes comenzaron a dar también muestras de crónica debilidad en el cambio de siglo con Al-Hakim, un califa incapaz, a partir del cual el Estado fatimí quedaría en manos de ambiciosos visires y generales fuera de control. El desembarco en Al-Ándalus, desde finales del siglo XI, de almorávides y almohades –musulmanes extraordinariamente rigoristas llegados para aprovechar el caos, al calor de la demanda de auxilio de unos reinos de taifas desbordados por el avance cristiano–, la crisis sistémica del Califato de Bagdad y la lenta agonía fatimí (hasta la disolución definitiva de un régimen ya desmantelado en la práctica y en manos de ambiciosos militares) escenifican el final de una era: la edad dorada de los califatos islámicos, que llegaba inexorablemente a su término.