Acantilados de Moher

Irlanda, la isla esmeralda heredera de los celtas

Si hay un sitio en el mundo en el que el viento cuenta historias y las hadas siguen correteando por los bosques como hacían en la memoria del pasado, ese es Irlanda. Esta tierra al noroeste de Europa, parte de las islas británicas, guarda en su radiante verde la historia de un pueblo antiguo cuyas raíces se hunden en la tierra y vuelven a alcanzar la superficie para preservar el recuerdo de esa esencia que los hace únicos. Hogar de santos, guerreros, rebeldes y leprechauns, Irlanda es una joya en el Atlántico.

El nombre de Irlanda procede de la tradición anglo-normanda o del germánico y significa “tierra de Eire”. En la mitología celta, Eire (también llamada Ériu o Erin) era uno de los principales miembros de los Tuatha Dé Danann (tribu de los dioses) que personificaba a la propia isla. Su extendido culto y el paso del tiempo hicieron que el nombre de la diosa fuese adoptado para la propia isla y su traducción al inglés dio lugar al término Ireland. Esta adaptación de un nombre proveniente del conjunto de creencias celtas a las normas del inglés ya da pistas de la peculiar relación que Irlanda ha tenido a lo largo de su historia con Inglaterra.

Por los yacimientos hallados, se cree que la primera llegada de pobladores a Irlanda se produjo en el Mesolítico, alrededor del 6000 a.C., por cazadores-pescadores que se fueron extendiendo por toda la isla. A partir del segundo milenio, un pueblo procedente del centro y este europeo llegaría a Irlanda y se asentaría allí, consiguiendo una mayor influencia y poder que ningún otro y perdurando ampliamente en el tiempo: los celtas. Serían ellos los que organizarían el territorio en tribus (tuatha) que con el paso del tiempo irían creciendo y acabarían por formar los condados o regiones de Irlanda. Los celtas tuvieron que hacer frente a romanos, que se cree que no lograron conquistar la isla a pesar de que documentos de la época la incluyen en su zona de influencia, vikingos que se asentaron en la isla durante siglos y acabaron por mezclarse con los pueblos originarios y, por último, ingleses que intentaron controlar Irlanda desde el siglo XII.

La Edad Media se caracterizó por la expansión del catolicismo (promovido por San Patricio según la leyenda) y por los constantes “tira y afloja” entre irlandeses e ingleses, buscando los primeros más independencia y control sobre el gobierno de la isla y los segundos mantenerlo limitado y dentro del rebaño. Esta particular situación propició una resistencia a la “britanización” de los irlandeses, promoviendo e incluso acentuando los rasgos que los caracterizaban en su época celta como la lengua gaélica, la organización política, las tradiciones populares o el arte. Todo esto provocó, con la llegada del siglo XVIII y los estallidos nacionalistas derivados del movimiento romántico, una serie de rebeliones y alzamientos fracasados que sirvieron para asentar los que vendrían después.

En 1916, en plena Gran Guerra, Dublín se levanta en armas y consigue, a largo plazo, una movilización social y militar que logra la independencia de facto de la isla de Irlanda de Reino Unido (con partición en una Irlanda independiente y una Irlanda del Norte vinculada a Inglaterra desde 1925). Desde esa partición, o incluso desde antes, ha existido en Irlanda del Norte un conflicto interno entre grupos paramilitares que buscan una reunificación y los que pretenden evitarlo. Este conflicto terminó con los Acuerdos de Paz de Viernes Santo en 1998.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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