Vikingos, de terribles paganos a héroes en las series de Netflix

Pocos pueblos han atraído tanto a la imaginación popular. De las crónicas cristianas e islámicas de la época a las sagas nórdicas, de la literatura romántica a la actual cultura audiovisual, los vikingos nunca han dejado de estar vivos. Hacemos un por los relatos que los han descrito a lo largo de la historia.

Santos tirados en el suelo, monjes desnudos, alaridos en el sacrificio; habría fango, imaginamos, y cadáveres flotando en el mar... De este modo nació una nueva forma de rezarle a Dios: “Señor, protégenos de la furia de los hombres del norte”.

Era el 8 de junio del año 793 en el monasterio de Lindisfarne, situado en un territorio insular perteneciente al reino de Northumbria (Inglaterra). En esa fecha, los historiadores datan el inicio de la Era vikinga (793-1066).

Aquel día, los nórdicos entraron en la cultura medieval a sangre y fuego: pillaje, secuestros, pagos de rescates, numerosas batallas... (y comercio). Tenemos múltiples testimonios en las crónicas, los anales, los relatos de viajes y los sermones, de oeste a este, del Atlántico al Mediterráneo oriental. Aparecen, sin embargo, muchas veces de manera telegráfica, en una especie de Twitter del Apocalipsis, como si el temor llevara a la contención. En algunas crónicas y sermones los asocian al “castigo divino”, como en los escritos de Alcuino de York, monje y erudito de la época.

No era la primera vez que desembarcaban en Inglaterra, pero el ataque al monasterio de Lindisfarne fue el gran acto simbólico que sentaría las bases de lo que después sería llamado “el Gran Ejército Pagano” (por ejemplo, en la Crónica anglosajona) que tomaría Gran Bretaña: los “daneses” que guerrearían contra los siete reinos cristianos de la heptarquía –Essex, East Anglia, Kent, Mercia, Northumbria, Sussex y Wessex– y que perpetrarían así la venganza que cita el poema escáldico Krákumál o La canción de muerte de Ragnar Lodbrok.

Vikingo
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Relatos interesados

Así habla la Crónica anglosajona (colección de anales en inglés antiguo que narran la historia del territorio): “La ira de los paganos destruyó la iglesia de Dios de Lindisfarne con latrocinio y matanza”. Latrocinio, matanza, ira y paganos: estos serían los términos comunes entre los cristianos para referirse a los “hombres del norte”. Estos, debido a su gran expansión marina, tendrán numerosos nombres en distintos escritos y latitudes: normandos (hombres del norte), madjus(infieles, para los árabes andalusíes), lochlanno habitantes de los lagos, en el galeico de Irlanda, rus (tal vez “remeros”) o varegos (habitantes del mar Varego o Báltico) para los bizantinos, griegos y eslavos...

No eran los mismos; cada grupo, tribu, después reino (daneses, noruegos, suecos), pelearía por sus propios intereses. Todos entraron en contacto con las principales economías de la época. Juntos, eso sí, cambiaron la historia europea.

Pero tampoco fue el de Lindisfarne el primer encuentro del que tenemos testimonio en la Crónica. Hubo otros, como el de la isla de Portland, cuando un alguacil de Dorchester algo ingenuo quiso inspeccionar, en nombre del rey de Wessex (sur de Inglaterra), las naves de los recién llegados. Pueden imaginar cómo acabó el esbirro del rey.

Los vikingos llegaban de viking, e “ir de viking ”, en nórdico antiguo (víkingr), significaba ir en pos de aventuras, exploración y saqueo. Un grupo de amigos provenientes de una aldea, un par de barcos, un financiador capitalista y un sobresueldo bastaban para afrontar el durísimo invierno del fiordo. Así empezó el “choque de civilizaciones”, en palabras del arqueólogo danés Ole Crumlin-Pedersen. Y las crónicas dieron buena cuenta de ello: se ceñía sobre Europa de nuevo la sombra pagana del pasado.

Los propios vikingos, que todavía no usaban el papel para encapsular el tiempo, sino solo la epigrafía en la roca dura, dejaron su objetivo escrito en las runas (la escritura original). Eran inscripciones siempre escuetas, presentes en sus monumentos votivos, como en la piedra de Gripsholm, en Uplandia (Suecia). Allí se lee: “Partieron intrépidamente lejos en busca del oro, y en el Este se convirtieron en presa de águilas”.

Los conocemos en gran parte por los testimonios de los anglosajones (que soportaron su invasión y mestizaje), pero sobre todo, de un modo más literario, por las sagas que escribieron los descendientes de los propios vikingos. “Las fuentes escritas vikingas que tenemos son básicamente sagas y poemas, y fueron redactadas muy a posteriori. No quiere decir que no tengan ninguna validez, pero tienen un sesgo. Lo que dejaron escrito anglosajones, francos, musulmanes y el resto de entidades culturales son partes de ataques y otras barbaridades, y no suelen dar una imagen muy amable”, explica Alberto Robles, experto en Historia Medieval y cultura vikinga de la Universidad de Alicante.

Hoy los conocemos mejor por la moderna arqueología, la numismática o incluso la filología, fuentes más científicas que aquellas crónicas interesadas: los testimonios de la época siempre fueron de parte. Sabemos que formaron grandes ejércitos y que fundaron reinos entre fiordos y mucho más allá, llegando a América, como se narra en la Saga de Eric el Rojo y en la Saga de los groenlandeses, donde se menciona que Leif Erikson realiza un viaje a unas tierras que llamaron Vínland (Vinlandia). Y las sagas, aunque literarias y épicas, tenían razón: “En los años setenta, esto se comprobó mediante excavaciones en Canadá, en Terranova”, alega Robles.

La Era vikinga fue el inicio de su edad dorada del comercio: más de cien mil monedas procedentes de todo el mundo conocido entonces han sido halladas en Escandinavia. Se mezclaron con los habitantes de los lugares en los que se asentaban, se aculturaban con facilidad. Pasaron de pillajes esporádicos a fundar reinos en otras tierras. Levantaron Estados como la Rus de Kiev, que terminaría siendo el origen de Rusia (aunque las crónicas soviéticas los eliminarían de la fundación en favor de los eslavos). Finalmente, se cristianizaron y dejaron el pasado tormentoso atrás: escribieron sus propios textos en latín o nórdico, los sinópticos noruegos, como la Historia Norwegiæ o la Gesta Danorum , escrita en el siglo XII y atribuida al historiador Saxo Gramático, donde se narra la historia de Dinamarca y aparece una versión primitiva de Hamlet.

En las crónicas más o menos contemporáneas (a veces se escribían tiempo después y se copiaban unas de otras) se mencionan principalmente sus ataques, pagos de rescates y tratados comerciales. También, los martirios que infligieron a los santos o sus rituales paganos, como en la Gesta Hammaburgensis Ecclesiae Pontificum, de Adam de Bremen. Asimismo, aparecen en sermones como el del arzobispo Wulfstan a los anglos.

Son muchas sus apariciones en distintos textos como causantes del terror cristiano. Actuaron por oleadas, por hambre, gloria o venganza. Atacaron importantes capitales: París, Londres, Dublín, Lisboa, Constantinopla... (normalmente en verano, cuando el mar era propicio). Eran además maestros en el terror psicológico, como atestigua el uso de la tortura del “águila de sangre”. Las crónicas y sagas nos dicen que impusieron este castigo al rey de Northumbria, Aelle (mediados del siglo IX), quien supuestamente mató a Ragnar Lodbrok y sufrió luego el envite del Gran Ejército Pagano. Aparece esta tortura también en la Saga de Haraldo y en la Saga de las Orcadas, entre otras. “Marcaron la espalda de Aelle y cortaron todas las costillas de su columna, y entonces le arrancaron los pulmones”, explica la Crónica anglosajona. Los estudiosos discuten su veracidad. “Los textos son los que son, y tienen sus pros y contras, pero también aparece el "águila" en las sagas. A día de hoy, sin embargo, no se ha encontrado ningún cuerpo que presentara esas marcas”, asegura Robles. En las sagas también aparecen, por ejemplo, guerreras vikingas, y durante mucho tiempo se creyó que eran mitos, hasta que las pruebas arqueológicas demostraron que algunas mujeres luchaban.

Crónicas andalusíes

En Gran Bretaña, la Crónica anglosajona es la más rica en apariciones de vikingos; en Francia destacan los Anales del reino de los francos; en Irlanda salen en los Anales del Úlster; en los reinos cristianos hispánicos, en la Crónica Profética, la Rotense, la Silense; entre los eslavos, en la Crónica de Néstor, y entre los musulmanes del al-Ándalus aparecen los madjusen el Libro de Roger ( Kitāb Rūŷar), escrito por el cartógrafo Al-Idrisi, y en bastante otros textos.

Las crónicas andalusíes refieren los ataques a Sevilla y Algeciras tras asaltar Galicia (como también destacan los Annales Bertiniani franceses). Es en el mundo árabe donde muchas veces encontramos una mejor descripción. La crónica de Ibn Fadlan es uno de los primeros casos en el que nos enseñan sus costumbres. Fadlan fue un escritor y viajero árabe que vivió en el siglo X. Como emisario del califa abasí de Bagdad, fue apresado por una horda vikinga en el Volga y viajó con ellos al norte. “Son las más sucias criaturas de Alá: no se purifican después de excretar u orinar”, dejó escrito en la crónica Kitāb ilà Malik al-Saqāliba . La mentalidad islámica, como la cristiana, chocaba con la idolatría pagana, pero Fadlan explicó por primera vez cómo era la ceremonia de cremación de un jefe guerrero (incinerado dentro su barco), costumbre luego constatada por los hallazgos arqueológicos.

Otra de las crónicas árabes famosas es la del embajador de Abderramán II, emir omeya de Córdoba, que viajó en el año 845 desde Silves (Portugal) quizás al reino de Jutlandia, en Dinamarca, o a Irlanda. Cuando el emir los derrotó tras atacar Sevilla (844), los vikingos, siempre pragmáticos, parece ser que pidieron establecer relaciones comerciales. El omeya envió a un diplomático experimentado, exfuncionario de Bizancio, apodado Al-Ghazal. Escritores como Ibn Dihya (siglo XIII) dejaron constancia de su viaje. Son escritos a mitad de camino entre la veracidad y la “salsa” que le añade el autor. Se explica cómo Al-Ghazal, que era culto y políglota, sedujo nada menos que a la reina vikinga, llamada Nud. La reina le dijo, supuestamente, “que no existían los celos en sus costumbres”. Y es cierto que las mujeres vikingas podían divorciarse.

Las sagas vikingas: los grandes relatos míticos

En cuanto los vikingos se cristianizaron, acaso por un principio de compensación, se volvieron grandes poetas y surgieron las sagas. En Islandia, la última reserva cultural, sobrevivieron estos relatos míticos a través de los escaldos, la evolución letrada de los thulir o trovadores errantes. “Todas las sagas islandesas que tenemos se escriben en mayor o menor medida entre ciento cincuenta y trescientos años después, y en una Islandia que ya es básicamente cristiana”, dice Robles.

Se han conservado sagas de diferentes tipos y que abordan distintas temáticas. En ellas se refleja su mitología y la política de la época, su cultura y su folclore. La Saga de Egil Skallagrimsson, por su extensión y calidad, es una de las principales. Probablemente fue escrita hacia el año 1230 por el literato y político islandés Snorri Sturluson, autor asimismo de la Edda, un manual muy influyente para poetas que contiene mucha información sobre la mitología escandinava. También escribió la Heimskringla, la historia de los reyes de Noruega.

Además de estas, entre las más conocidas están la Saga de Njal el Quemado o la Saga de Bósi (una de las responsables de la imagen que tenemos hoy de los vikingos). Son relatos de aventuras, leyendas, epopeyas que dan cuenta de su cultura ancestral, escritas paradójicamente en el ocaso de su civilización.

Desde entonces, el vikingo, aun vencido por la cruz, cual valeroso guerrero siempre se ha resistido a morir, como si el Valhalla, el Salón de los Caídos, más que en el cielo estuviera en el papel. “Con el siglo XIX y el romanticismo, se elabora toda una imagen del vikingo con nuevas connotaciones, tanto positivas como negativas, que son las que han llegado al ámbito audiovisual y a la cultura popular”, dice Robles. Los famosos cuernos, por ejemplo, se los pusieron en el casco la ópera de Wagner y las ilustraciones de la época. Los nacionalismos escandinavos los revisitarían también, como en el poema de Gustaf Geijer Vikingen, de 1811. “Son el objeto del fervor nacional”, asegura Robles. Incluso los nazis buscarán en ellos un delirante linaje pangermánico.

Los vikingos nunca abandonarían ya las crónicas, y siguen yendo de viking por las costas de nuestra imaginación. El Valhalla hoy está en Hollywood, en los videojuegos, en la plataforma de Netflix; vestidos esta vez como moteros de los Ángeles del Infierno, perfectamente peinados a la última moda de un after berlinés, siguen dispuestos a morir, eso sí, para beber la hidromiel en el cuerno gigante con Odín y los hijos de Ragnar. Sköl! (¡Salud!).

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