Seppuku, el suicidio ritual japonés

En el Japón feudal, el código samurái establecía que era mejor perder la vida que el honor.

Imagen: iStock Photo.

Seppuku es un término japonés que se traduce de forma literal como “cortar el estómago” o “eviscerar”. En Occidente es más conocida su versión coloquial, hara-kiri, y hace referencia al ritual de suicidio que se popularizó entre las clases guerreras de Japón en el siglo XII y se prohibió en 1868 tras la llamada Restauración Meiji. Esta compleja ceremonia solía emplearse en casos de derrota, pérdida del honor o como pena de muerte.

El qué y el cómo del seppuku

En una situación ideal, el seppuku se realizaba con la misma precisión y cuidado que la ceremonia del té, siguiendo unos pasos concretos y con una simbología preestablecida a la que se daba mucha importancia.

El suicida, que no siempre tenía por qué ser un prisionero, vestía un kimono blanco y se sentaba en la posición tradicional frente a una persona de autoridad (normalmente su señor o quien le hubiera condenado a muerte). A su izquierda se colocaba un último trago de sake (bebida alcohólica típica de Japón), se le permitía realizar un último alegato o escribir un poema de despedida y se le entregaban las armas con las que acabaría con su propia vida. La más común era la wakizashi, una espada corta que se usaba de forma conjunta o en sustitución de la katana para espacios cerrados, pero en ocasiones se podía sustituir por el tanto, una daga.

Cuando el suicida estaba listo procedía a desnudar su pecho abriendo el kimono, desenvainaba el arma y la clavaba profundamente en su costado izquierdo, a la altura del estómago. Acto seguido realizaba el llamado jumonji o “corte del 10”al rajar su vientre hacia la derecha y luego hacia arriba (de forma similar a como se representa este número según los ideogramas nipones). Este método no solo provocaba la evisceración del suicida, sino que solía causar daños en la columna y sus centros nerviosos haciendo del seppuku una manera especialmente dolorosa de morir.

Para aliviar su agonía existía la figura del kaishakunin o “segundo”: generalmente una persona de confianza del suicida que se colocaba detrás de él y le decapitaba de un solo golpe de katana para acabar con su sufrimiento. Esto se consideraba un acto de clemencia, una última recompensa por el coraje demostrado al cometer el seppuku. Tras el ritual, el cuerpo y la cabeza del fallecido eran limpiados y entregados a los familiares para que pudieran darle sepultura.

 

Una cuestión de honor

Si bien, como se ha dicho, esta era la situación ideal no era la que se daba en todas las ocasiones. En el Japón feudal había muchos motivos para cometer seppuku y en muchas ocasiones no se daban las circunstancias que acabamos de describir.

La estricta moral y el código de conducta que se imponía a los samuráis de la época hacían que cualquier falta o insulto a su honor fuese considerado algo de extrema gravedad. Debido a lo doloroso que resultaba y a que era el propio agraviado quien debía darse muerte, el seppuku era considerado un acto de coraje capaz de restaurar el honor perdido. Aunque se podía imponer como pena de muerte, incluso en estos casos se veía como un acto de misericordia y respeto hacia el reo ya que le permitía restaurar su honor. El suicidio ritual se podía llevar a cabo como condena por un crimen cometido, para liberar a la familia de una deshonra, tras una derrota en combate y para no caer en manos del enemigo, como protesta por una acusación falsa (se prefería morir que soportar el desprestigio) o para que un siervo pudiese seguir a su señor si este había muerto.

 

Casos conocidos de suicidio a lo samurái

Aunque el seppuku era una tradición arraigada en la mentalidad japonesa de la época, tampoco era el pan de cada día. En lo que se refiere a militares derrotados, por ejemplo, en muchas ocasiones se prefería jurar lealtad a un nuevo señor y pasar al bando ganador para salvar la vida. Esto ocurrió por ejemplo en la famosa batalla de Sekigahara, donde Kobayakawa Hideaki decidió cambiar de bando en mitad de la batalla y marcó la victoria de Tokugawa frente a Mitsunari.

Con todo, hay algunos casos llamativos de seppuku que merecen una mención aparte.

Probablemente, una de las historias más conocidas es la semileyenda de los 47 rōnin. Esta es una de la historias más mitificadas folklore japonés y narra el enfrentamiento Kira Kozukenosuke, maestro de ceremonias del shogun, y el daymio (señor feudal) Asano Takumi. Entre ambos surgió un rencor que hizo a Kozukenosuke provocar e insultar a Asano con intención de desprestigiarle y convertirle en un paria dentro de la corte del shogun. En uno de estos choques dialécticos, Asano desenvainó su tanto y atacó por la espalda a Kozukenosuke. Blandir un arma en la residencia del shogun y atacar a un funcionario de alto rango eran considerados delitos graves por lo que Asano fue hecho prisionero, enjuiciado y condenado a muerte por el seppuku. Ya que Asano se negó a defenderse al considerar sus acciones justificadas, se confiscó todo su patrimonio y se despojó a sus herederos de cualquier derecho. 

La guardia personal de Asano estaba formada por 47 samuráis que pasaron a ser un numeroso grupo de rōnin sedientos de venganza por su caído señor. Decidieron saltarse la ley voluntariamente y planear un ataque contra Kozukenosuke: esperaron casi 2 años fingiendo haber dejado la vida del guerrero y haber olvidado el tema y cuando Kozukenosuke estuvo confiado entraron en su residencia y lo asesinaron. Tras esto, fueron condenados a muerte y se suicidaron mediante seppuku en el templo de Sengakuji.

También resulta llamativo saber que, como parte de ese ultranacionalismo exaltado por el Japón de Hirohito, durante la Segunda Guerra Mundial fueron muchos los soldados nipones que se suicidaron mediante el método del seppuku para no caer como prisioneros de las tropas aliadas. Parte de su equipamiento básico era, precisamente, un tanto tradicional.

Yukio Mishima. Imagen: Getty Images.

 

Pero sin duda el ejemplo más reciente (y puede que el más impactante) fue el suicidio de Yukio Mishima en 1970. El escritor se vanagloriaba de pertenecer a una estirpe de samuráis y, tanto en sus obras como fuera de ellas, siempre defendió la ideología nacionalista y la visión heroica de preguerra, así como la necesidad de seguir el antiguo código samurái (bushido). Convencido del distanciamiento de los valores tradicionales y la identidad japonesa y la decadencia de su país debido al acercamiento con Occidente que se produjo tras la Segunda Guerra Mundial, Mishima una fuerza paramilitar bautizada como Sociedad de los Escudos. El 25 de noviembre de 1970, Yukio Mishima y cuatro de sus seguidores entraron en un cuartel militar de Tokio y arrestaron al General en Jefe de las Fuerzas de Autodefensa japonesas con el fin de promover la restauración de los valores del bushido y el nacionalismo de preguerra.

La intentona de Mishima fue un fracaso ya que las fuerzas militares a las que arengó desde el edificio se negaron a seguirle. Ante esta situación, el escritor de 45 años y su lugarteniente Masakatsu Morita se realizaron el seppuku al grito de “¡Larga vida al emperador!”.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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