Secretos templarios: la leyenda del Grial y otros misterios

Vestidos con harapos, unos osados caballeros se autoproclamaron protectores de los peregrinos que viajaban a Jerusalén desde Jaffa.

Pocas veces se conoce el origen concreto de una leyenda: esta es una de esas raras excepciones. La fecha exacta, el 27 de noviembre de 1095, cuando el papa Urbano II presidió el Concilio de Clermont, al que acudieron cientos de nobles y clérigos franceses para escucharle hablar del perdón de los pecados ofrecido para aquellos que liberaran Jerusalén, del paraíso terrenal llamado Canaán y de una nueva era para el cristianismo en la que se lograría la destrucción total del enemigo musulmán. Y tal fue su poder de persuasión que todos los presentes gritaron al unísono Deus vult (Dios lo quiere), dando lugar a la Primera Cruzada.

De toda Europa fueron llegando hombres deseosos de participar en aquella campaña militar, principalmente campesinos y artesanos; gentes con poca o nula instrucción militar que, sin embargo, lograron conquistar Jerusalén el 15 de julio de 1099, en una batalla que el canónigo Raimundo de Aguilers describió así: «En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el Templo de Salomón que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla».

Los caballeros fundadores

La batalla permitió levantar el reino cristiano de Jerusalén y una nueva vía de peregrinación desde Europa. Sin embargo, pronto se vio la necesidad de proteger las rutas que llevaban a la Ciudad Santa desde Tiro, Acre o Jaffa, debido a los continuos ataques de los bandidos y al acecho de las redes de esclavistas. Y así fue como en el año 1118 el señor del castillo de Martigny, Hugo de Payens, se presentó ante el patriarca de Jerusalén, Balduino II, acompañado por ocho nobles. Vestidos con harapos, aquellos osados caballeros se autoproclamaron protectores de los peregrinos que viajaban a Jerusalén desde Jaffa. Y tanta fue su demostración de fe que el rey quedó enseguida prendado de sus palabras y mandó alojarlos en una de las alas del palacio real, el cual, se dice, era parte del antiguo Templo de Salomón.

 

Fue entonces cuando conocieron a san Bernardo de Claraval, el gran líder espiritual cristiano de la época. Este vio en aquellos caballeros el germen de un nuevo tipo de ejército en el que se conjugarían las armas con la cruz y, en audiencia privada, le dijo a Hugo de Payens: «Ellos pueden pelear las batallas del Señor y ser a la vez soldados de Cristo». Un mensaje que en la mente de ese sacerdote no era contradictorio, ya que, como también afirmaba, «matar a un pagano es ganar la gloria, puesto que le da gloria a Cristo».

Monjes y guerreros

Diez años después, se creaba la Orden del Temple con la misión de defender a los cristianos allá donde estuvieran. Su estilo de vida tan peculiar, su compromiso con la fe y la audacia de sus caballeros provocaron que miles de jóvenes fueran integrando sus filas a la vez que los nobles europeos les otorgaban bienes y posesiones, lo que se unió a la organización de colectas para sufragar sus gastos.

Por esta fe a ultranza, la Iglesia protegió al Temple, permitiendo que solo pudieran ser juzgados sus miembros en cortes eclesiásticas y que únicamente respondieran por sus acciones ante el papa. Esta es la razón por la que, cuando el Temple cayó en desgracia a comienzos del siglo xiv , Felipe IV de Francia buscó la connivencia del papa Clemente V para arrebatarles sus bienes bajo la acusación de herejía, adoración de ídolos, escupir a la cruz y sodomía.

Tras esa persecución no se escondía sino el anhelo por hacerse con los innumerables tesoros que el Temple había reunido durante su corta historia. Eso, y la necesidad de cancelar la grandiosa deuda que Francia había adquirido con sus miembros a través de préstamos.

Así, amparadas por el papa, en la noche del 12 de octubre de 1307 las tropas de Felipe IV arrestaron al Gran Maestre de la Orden, Jacques de Molay, y a sus 60 caballeros. Apenas un día después, los detenidos llegaban ya a 15 000. En febrero de 1312, Clemente V emitía la bula Vox in excelso por la cual se disolvía la Orden y se daba permiso a los diferentes reinos cristianos para repartirse sus bienes, mientras Molay y algunos de sus seguidores eran quemados en la hoguera.

Pero ¿lograron estos reinos hacerse con todos los bienes del Temple? Con el tiempo, comenzó a correr el rumor de que, nada más conocer que iban a ser perseguidos, los templarios trabajaron para ocultar sus tesoros, lo que dio pie a una curiosa leyenda que aún aviva la imaginación de numerosos investigadores.

Según esta, antes de las detenciones del 13 de octubre de 1307, un grupo de caballeros organizó, en el más absoluto secreto, el envío de los tesoros almacenados en la preceptoría de París hacia el puerto de La Rochelle, donde fueron cargados en 18 galeras.

Comienza la leyenda

Como en toda leyenda, los datos que sustentan este episodio se basan en rumores, conjeturas, interpretaciones... No existe un documento histórico sólido que lo acredite. Y tantas son esas conjeturas que ni siquiera queda claro qué componía el presumiblemente fabuloso tesoro templario.

Por ejemplo, para los autores del libro Enigma (Temas de Hoy, 2005), más que de un tesoro habría que hablar de varios, «uno consistente en documentos, otro económico y otro de reliquias, las más codiciadas de la Cristiandad».

Comenzando por los documentos, hay que pensar que el Temple tuvo posesiones en todas las tierras europeas y amasó de este modo un gran poder que lo elevó a la altura de reyes u obispos, por lo que no es de extrañar que se hicieran con documentos y cartas secretos, además de libros únicos o registros de bienes. Ya antes de su detención, cuando Jacques de Molay intuía el fin que se avecinaba ordenó quemar numerosos libros, entre los que parece que se encontraba la regla de la Orden, quizá para evitar malinterpretaciones sobre su funcionamiento interno, como realmente ocurriría después.

Y es que, nada más sembrarse la sospecha de herejía, todos se olvidaron de aquel particular rezo que los templarios recitaban cuando se dirigían al campo de batalla y que demostraba su fe inquebrantable en Dios: «¿A quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo».

El Grial como camino

Más difícil resulta discernir lo que es verdad y lo que no sobre el hecho de que los templarios atesoraran algún tipo de reliquia. El investigador Louis Charpentier opina que Hugo de Payens y sus ocho caballeros encontraron diversos objetos sagrados mientras se alojaban en el palacio de Jerusalén (que, ya se ha dicho, algunos identifican con un ala del antiguo Templo de Salomón). Entre las piezas señaladas por Charpentier estarían el Arca de la Alianza y numerosos objetos de oro supervivientes del saqueo que el emperador romano Tito llevó a cabo en el Templo en el año 70. Hipótesis, naturalmente, de la que tampoco hay ninguna prueba documental.

Siguiendo con las posibles reliquias en poder del Temple, otros investigadores creen que no habría que hablar de elementos materiales, sino de ideas o de conocimientos secretos, lo que enlazaría con un nombre muy asociado al de la Orden: el Grial.

Aunque su imagen más reconocible sea la bíblica, es decir, la del cáliz de la Última Cena o aquel con el que José de Arimatea recogió la sangre y el agua del costado de Cristo agonizante ya en la cruz, históricamente el Grial ha servido más como imagen, como concepto, que como objeto material. Ya en la obra Perceval o el cuento del Grial, escrita hacia 1180 por el novelista Chrétien de Troyes, se habla del mismo — relacionándolo con la leyenda artúrica— como un camino de iniciación hacia el saber, hacia el encuentro con Cristo. Conocieran los templarios esta leyenda o se les asociara posteriormente a ella, para ellos el Grial poseía una esencia parecida. O eso es al menos lo que afirman historiadores de la Orden como el portugués Paolo Luçao, para quien el Grial no era sino un estado de consciencia, un camino de iniciación que llevaba al caballero que lo alcanzaba a transfigurarse.

Una inmensa fortuna y un vasto patrimonio

Hay que pensar que los templarios no tenían solo un ideal de guerra física, sino también otro con objetivos espirituales. Así, su combate no era únicamente contra los enemigos de la cristiandad, sino también contra sí mismos, contra los pensamientos que, en su mentalidad, los apartaban de la senda hacia la gloria divina. Un concepto novedoso que el historiador Desmond Seward explica perfectamente en su libro Los monjes de la guerra (Edhasa, 2004), al señalar que, «por primera vez en la Historia del cristianismo, auténticos soldados vivirían como monjes».

La tercera posibilidad en cuanto al tesoro —y la más verosímil de todas, de existir este— es que se compusiera de monedas y piezas de valor. Baste pensar que, al poco de su fundación, el Temple comenzó a recibir donaciones de los grandes señores europeos. El rey de Francia, participante en la Segunda Cruzada, les entregó posesiones cerca de París; Enrique I de Inglaterra hizo lo propio con terrenos en Normandía. También el papado les obsequió con lo que estaba en su mano: la potestad de tener cementerios e iglesias propios, además de la exención de cualquier clase de obligación financiera.

Pronto, el Temple se hizo con una inmensa fortuna que no pararía de crecer y que despertaría la suspicacia de religiosos como Jacques de Vitry, obispo de Acre entre 1216 y 1226, que afirmó: «Los templarios no poseen propiedades individualmente, pero parecen ansiosos de poseer todo comunitariamente».

A tanto llegó su poder que muchos reyes y condes concertaban con el Temple letras de cambio, lo que convertiría a la Orden en la gran banca de su tiempo.

Paradero desconocido

Pero, ya estuviese constituido el tesoro por riquezas, reliquias, documentos o saberes ocultos, ¿cuál fue su paradero? O dicho de otro modo: ¿hacia dónde se encaminaron aquellos 18 navíos que, según la leyenda, partieron de La Rochelle?

Los destinos barajados son varios. Quizá el más famoso sea la abadía escocesa de Rosslyn y sus alrededores. Pese a estar edificada a mediados del siglo xv —es decir, más de un siglo después de la desaparición del Temple—, la planta octogonal de su capilla, típica de las construcciones templarias, junto a lo hermético de algunas de sus imágenes, hace de ella un enclave simbólico para todos los amantes del esoterismo templario.

Estos detalles, unidos al hecho de que en la capilla se observen figuras semejantes a mazorcas de maíz y otras plantas americanas, es indicativo, para los defensores de esta leyenda, de que los templarios pudieron haber alcanzado las costas americanas secretamente.

La hipótesis americana y sus fuentes

Para dar más consistencia a esta posibilidad se suele invocar el libro, publicado en 1992, La espada y el grial. En él su autor, Andrew Sinclair, relata cómo uno de sus antepasados, el príncipe Henry Saint Clair, viajó en 1398 con 300 colonos y doce embarcaciones hasta la costa nordeste de los actuales Estados Unidos. Tras una primavera en aquellas tierras, un grupo de colonos regresó a su Escocia natal, dejando evidencias del viaje en la tradición oral. Quienes los guiaron en aquella travesía fueron los caballeros templarios, los mismos que en la disolución de la Orden se refugiaron en las propiedades escocesas de los Sinclair. O esto es al menos lo que asegura la familia Sinclair.

Estos datos sin contrastar son los que han dado pie a que América sea otro de los destinos barajados como lugar para ocultar el tesoro transportado en aquellos barcos; idea que, por supuesto, los historiadores rechazan de plano. No solo porque ese hubiera sido un hito imposible de mantener en secreto, sino porque la capacidad de navegación de las naves en los siglos xii y xiii era muy limitada. Baste pensar que, si Colón logró descubrir América, fue en gran medida por el diseño innovador de sus carabelas, que las convertía en aptas para los viajes oceánicos; y eso sin olvidar que muchas de ellas se hundieron pasto de la podredumbre ocasionada por la sal y la humedad. Así que creer que barcos más atrasados que los de los tiempos de Colón pudieran cruzar el Atlántico con semejantes cargas se antoja muy difícil.

Otras posibilidades

Es indudable que a ningún historiador se le escapa la posibilidad, esta sí bastante plausible, de que los vikingos pudieran haber llegado bastante antes a ciertos territorios situados en la actual Canadá, concretamente en Terranova, donde en 1960 se encontraron unos restos de procedencia vikinga en el asentamiento conocido como L’Anse aux Meadows.

Así que, si los vikingos alcanzaron aquellas tierras llamadas por ellos Vinlandia hacia el año 1000, ¿por qué no pudieron hacer lo propio los templarios dos o tres siglos después? Muy fácil. En primer lugar, porque los vikingos se aprovecharon de las grandes islas en su camino a Canadá —las Feroe, Islandia y Groenlandia—, lo que les permitía realizar escalas cuando necesitaban aprovisionarse. Y, en segundo lugar, por el diseño de sus famosos drakkars, embarcaciones fabricadas con maderas flexibles que se encajaban entre sí aprovechando las curvas del barco. Su poco calado y la conjunción de remos y vela aseguraban el avance incluso en ausencia de viento.

El listado de posibles destinos para tan fabuloso tesoro se completa con las islas Canarias, por aquello de que pudieron servir como escala en su viaje hacia América, y la zona del Languedoc, tierra que acogió a los cátaros, los cuales también serían perseguidos y exterminados por la Iglesia en alianza con el reino de Francia.

Y hasta aquí la leyenda del tesoro de los templarios, esa que continúa generando la publicación de libros y la producción de documentales y que cautiva la imaginación de millones de personas en todo el mundo. Pero ¿cuál es la verdad histórica? Su final podría simplificarse a través de las palabras del filósofo Joseph de Maistre, cuando dijo aquello de que «el fanatismo los creó, la avaricia los destruyó: eso fue todo». Sin embargo, el final del Temple merece una explicación más larga y detallada.

La más plausible, desde el punto de vista histórico, es que el tesoro del Temple sí fuese real, pero con un contenido contante y sonante, no formado por reliquias ni saberes ocultos. Y que ese tesoro fuese inmediatamente capturado por el rey Felipe IV de Francia y por otros monarcas europeos, que incorporaron el botín a sus respectivos tesoros nacionales.

Un triste final para una orden heroica

«En Francia, Felipe IV se quedó con todos sus bienes; en Inglaterra, el rey Eduardo II los repartió entre los nobles, y en el resto de Europa, sus propiedades se perdieron entre los laicos», explica Desmond Seward. Además, está el hecho de que, tras la extinción del Temple, la moneda francesa de la época, la libra tornesa, muy debilitada por la continua acuñación de moneda falsa, se apreciara rápidamente, lo que demostraría que el rey francés se hizo con todo o con casi todo el botín robado a los caballeros templarios.

Un triste final para una orden cuyos miembros se entregaron a un sacrificio impensable en nuestros días, ya que, al consagrarse a su propósito, el templario renunciaba a poseer cualquier propiedad y también a dirigir su propio destino, a tener descendencia y, en definitiva, a su vida.

Y es que, como suelen decir muchos de los más cualificados expertos en la Orden del Temple, en realidad no hacen falta mitos: la historia real de los templarios ya es lo suficientemente cautivadora en sí misma.

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