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Civilización nahua: así contaban el tiempo y miraban los astros

Mesoamérica contó con una cosmografía compleja que recogía la concepción del mundo que tenían sus pobladores. Cada una de las culturas que habitó en esta gran área tuvo sus propias particularidades, por lo que debemos señalar que aquí nos centraremos únicamente en la cultura nahua de finales del siglo XV.

cielo nocturno
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Mesoamérica contó con una cosmografía compleja que recogía la concepción del mundo que tenían sus pobladores. Cada una de las culturas que habitó en esta gran área tuvo sus propias particularidades, por lo que debemos señalar que aquí nos centraremos únicamente en la cultura nahua de finales del siglo XV. Para conocer sus especificidades, hoy en día contamos con diversas fuentes, tanto prehispánicas como coloniales, e incluso con algunas ideas que se han mantenido hasta la actualidad, aunque transformadas por el paso del tiempo. Además de las fuentes arqueológicas, que requieren un complejo análisis, tenemos códices prehispánicos y fuentes escritas del siglo XVI. Estas últimas han sido las más utilizadas para las investigaciones y, de todas ellas, destaca el Códice Florentino (1575-1577), en el que fray Bernardino de Sahagún (1500-1590), con sus ayudantes indígenas, consiguió recopilar buena parte de lo que conocemos sobre este asunto, fundamentalmente en el Libro VII (dedicado a la astronomía natural), el Libro IV (vinculado con el arte adivinatoria o astrología judiciaria) y el Libro V (donde se recogen agüeros y pronósticos).

Junto a esa obra, hay otros documentos que aportan otros datos concretos. Uno de ellos es el Códice Vaticano A (1566-1589), donde aparece una representación esquemática de la cosmografía nahua a partir de una superficie terrestre situada entre 13 cielos y 9 inframundos. Si bien el erudito alemán Eduard Georg Seler (1849-1922) planteó algunas dudas a esta visión por las contradicciones que veía con otras fuentes, esta información se convirtió en la base de los estudios desde entonces. Parte de la explicación de su aceptación en los escritos sobre el tema está en la claridad que presenta su propia esquematización en niveles estratificados y bien diferenciados. Sin embargo, esta división ha sido cada vez más cuestionada por los investigadores, desde los años ochenta del siglo XX. Entre otros motivos, podemos destacar que no aparece en ninguna otra fuente, como el mencionado Códice Florentino , una referencia a esta estratificación. Asimismo, varios investigadores han mostrado que la propia separación de los tres grandes espacios (cielo, tierra e inframundo) no era tan clara en Mesoamérica, ya que sus límites no estaban tan bien definidos. De lo que no hay discusión es de la concepción mesoamericana relativa a la presencia en la superficie terrestre de cuatro rumbos, con una serie de elementos asociados a cada uno (árboles, aves y dioses, entre otros), que partían de un punto central. De esta división sí se han conservado diversas representaciones prehispánicas, como las del Códice Fejervary-Mayer (lámina 1) y el Códice Tro-Cortesiano o Códice de Madrid (láminas 75 y 76).

La observación de los astros

Más allá de la concepción del mundo, la observación de los astros también estuvo presente en Mesoamérica y de ella derivó, entre otras cosas, la cuenta del tiempo que caracterizó a esta área cultural. Entre los pueblos nahuas,se atribuía a los toltecas el origen de este conocimiento –al igual que otros aspectos calificados como “sabiduría antigua”–, al que se daba un papel de importancia dentro de su cosmovisión. Estos toltecas habrían observado las estrellas y las habrían nombrado, conociendo sus movimientos e influencias sobre la vida. Respecto a lo vinculado con la observación astronómica, en el Libro VII del Códice Florentino se recoge información de los principales elementos dentro de la cultura nahua. Sobresale el papel que se da tanto al Sol como a la Luna, con los que se inicia ese libro dentro del códice. La información es relativa a los mitos de origen y a las fiestas dedicadas a estos astros (por ejemplo, al Sol en el día nahui ollin , “cuatro movimiento”). Además, se describen las fases de la Luna y los eclipses.

Más allá de la Luna y el Sol, los nahuas observaron y nombraron algunas constelaciones, como se recoge en el Códice Florentino. Una de ellas fue la de Mamalhoatztli (Mastelejos), que se ha identificado con Cástor y Pólux (Astillejos) de la constelación de los Gemelos. Su nombre hace referencia al instrumento (mamalhuaztli en náhuatl) sobre el que se encendía el Fuego Nuevo que daba inicio a un nuevo ciclo. Esta constelación estuvo asociada a uno de los conocidos como presagios de la conquista que aparecieron en tiempos de Moctezuma II. En concreto fue el séptimo de ellos, según el Códice Florentino, en el cual se relata que al tlatoani se le apareció la constelación de Mamalhoatztli en un espejo situado sobre la cabeza de un ave y lo interpretó como un mal agüero. Lo cierto es que su asociación con la ceremonia del Fuego Nuevo podía ser interpretada como el anuncio de una nueva época.

Otra constelación de la que se recogió el nombre fue la de Citlalxonecuilli, la cual ubicaban en la boca de la Bocina, como se conocía en esa época a la Osa Menor. Por otro lado, los nahuas también conocían los cometas, que denominaban citlallin popoca (“estrella que humea”). En relación con ellos, también se recogió un presagio asociado a la conquista hispana, concretamente el primero. Las fuentes relatan que en 1517, también durante el gobierno de Moctezuma II como el resto de presagios, se produjo la observación de un cometa, descrito como una columna de fuego sobre el cielo nocturno, que interpretaron como anuncio de calamidades y desventuras. Este hecho causó, de acuerdo a las crónicas escritas después, desasosiego entre la población, y dio comienzo a una serie de acontecimientos que acabaron con la caída de Tenochtitlán.

Regresando a la observación astronómica, cabe destacar que para los nahuas, al igual que para otros grupos mesoamericanos, fue muy importante Venus, llamada en náhuatl Citlalpol o Huey Citlallin (“gran estrella”). El ciclo de la “estrella de la mañana” se insertaba como parte de las cuentas de los días por el valor que le daban dentro de la adivinación. Su ciclo sinódico oscila entre 580 y 588 días, pero en Mesoamérica se fijaba en 584 días. Esto permitía su inserción dentro de las diversas cuentas de los días que empleaban, como veremos a continuación.

Las cuentas del tiempo

No cabe duda de que la observación de los cuerpos celestes sirvió para la creación de las cuentas del tiempo que se empleaban en Mesoamérica. En esta área cultural, se empleaba, como parte central de su sistema, un calendario solar de 365 días junto a una cuenta ritual o adivinatoria de 260 días. Cabe destacar que, a partir de ese planteamiento general, la forma en que se desarrolló de manera particular en cada grupo presentó ciertas diferencias. Por ello, aquí únicamente vamos a hablar del funcionamiento del sistema nahua, grupo lingüístico que agrupaba a los mexicas y al resto de los pobladores de su Imperio.

El calendario o cuenta solar de 365 días, llamado en náhuatl xiuhpohualli, se componía de 18 meses de veinte días más cinco días denominados nemontemi. Cada una de estas veintenas tenía un nombre y en ella se celebraba la fiesta de un determinado dios. Entre las fuentes hay diversas propuestas en cuanto a cuál era la veintena inicial de la cuenta y respecto a si los nemontemi se situaban al inicio o al final. Algunos consideran que para los mexicas comenzaba en la veintena llamada Atl Cahualo y finalizaba en Izcalli, tras las que se encontraban los nemontemi y después volvía a comenzar la cuenta. Sin embargo, otros sitúan el inicio en Izcalli y el final en Tititl. Otro aspecto controvertido es si los nahuas llegaron a implementar dentro de este calendario un ajuste similar al bisiesto del calendario occidental. Para muchos, la regularidad del encaje entre los diversos ciclos que componían su sistema impedía la inserción de una corrección similar. Sin embargo, de no existir habría provocado un progresivo desfase en ciertos rituales asociados con la actividad del ciclo agrícola. Por ello, sigue siendo un aspecto de discusión hoy en día entre los especialistas.

Respecto a la cuenta ritual de 260 días, tenía un carácter fundamentalmente adivinatorio y era denominada tonalpohualli (“cuenta de los días” o “cuenta de los destinos”). Constaba de veinte signos que se combinaban con 13 numerales dando como resultado 260 combinaciones distintas. Los signos nahuas eran los siguientes: cipactli (“lagarto”), ehécatl (“viento”), calli (“casa”), cuetzpalin (“lagartija”), cóatl (“serpiente”), miquiztli (“muerte”), mázatl (“venado”), tochtli (“conejo”), atl (“agua”), itzcuintli (“perro”), ozomatli (“mono”), malinalli (“hierba torcida”), acatl (“caña”), océlotl (“jaguar”), cuauhtli (“águila”), cozcacuauhtli (“zopilote”), olin (“movimiento”), técpatl (“pedernal”), quiahuitl (“lluvia”) y xochitl (“flor”). Cada combinación entre numeral y día tenía una serie de condicionantes que permitían al especialista en su lectura, conocido como tonalpouhqui, determinar un valor (favorable, no favorable o neutro) ante una determinada acción o situación del pasado, como veremos después.

Ambas cuentas, el xiuhpohulli y el tonalpohualli, se iban combinando de tal manera que el primer día del año siempre caía en uno de estos cuatro signos: tochtli (“conejo”), ácatl (“caña”), técpatl (“perdernal”) o calli (“casa”), por lo que se consideraban como los portadores del año. Debido a que ambas cuentas solo coincidían en la posición inicial cada 52 ciclos del xiuhpohualli, resultaba que cada uno de los cuatro portadores sería el primer día 13 veces. De esta manera, los años se nombraban a partir de la combinación de trece numerales y los cuatro signos ( tochtli, ácatl, técpatl y calli ).El conjunto de 52 “años” o ciclos del xiuhpohualli, y 73 del tonalpohualli, era nombrado como xiuhmolpilli (“atadura de años”). En ese momento se celebraba la ceremonia del Fuego Nuevo para iniciar un nuevo período.

Además de las dos cuentas básicas que hemos comentado, tenían otros ciclos o cuentas que intervenían en su sistema. Uno de ellos es el conocido como el de los “Nueve señores de la noche”, que consistía en un grupo de dioses que iban ejerciendo su influencia sobre el día correspondiente. También los días del tonalpohualli se iban asociando a los cuatro rumbos, como queda reflejado por ejemplo en el Códice Fejervary-Mayer (lámina 1). Dentro de este sistema se insertaba la revolución sinódica de Venus, que se fijaba en 584 días. A partir de esa cifra, sabemos que 65 revoluciones de Venus suponían el paso de 104 veces el xiuhpohualli, denominado huehuetiliztli (“ancianidad”), o 146 tonalpohualli o dos xiuhmolpilli. Todas estas cuentas o ciclos tenían una importancia crucial dentro de los procedimientos para conocer los destinos para los pueblos mesoamericanos.

 

La necesidad de conocer el destino

Fray Bernardino de Sahagún afirmaba que los nahuas empleaban una astrología judiciaria, entendida como adivinación, basada en la cuenta del tiempo mediante los sistemas ya comentados. Por ello, la descalificaba, ya que para él, al contrario de la europea basada en “los signos y planetas del cielo y en los cursos y aspectos de ellos”, se fundamentaba en una “cuenta muy delicada y mentirosa” ( Historia general de las cosas de Nueva España, Libro IV, al lector). Sin embargo, como ya hemos comentado, las cuentas del tiempo sí tenían una base en la observación de los astros.

Esta arte adivinatoria preocupaba a los nahuas y a otros pueblos mesoamericanos desde el momento del nacimiento. A partir de ese instante, los designios asociados a un determinado momento de sus cuentas marcaban su día a día. Para llevar a cabo un vaticinio, en Mesoamérica se implementaron diversos tipos de prácticas que permitían conocer los elementos necesarios para ello. Algunas de ellas se han mantenido hasta la actualidad, aunque con modificaciones, por lo que contamos con una extensa información sobre las mismas.

Para realizarlas o interpretarlas, era necesario consultar a un especialista determinado, ya que en ocasiones eran muy especializados. Por ejemplo, algunos se centraban en prácticas derivadas de la observación de la naturaleza a través del comportamiento o las huellas de los animales. También se podían dar situaciones en las que una persona se encontraba frente a una situación en la que recibía una revelación, por ejemplo a través de los sueños o por la aparición de algún ser “sobrenatural”. En ocasiones, se buscaba una situación que propiciase ese contacto a través de la ingesta de alguna sustancia derivada de plantas, como el olioliuhqui (Rivea corymbosa) o el pipiltzintzintli (Salvia divinorum) .

Entre otras prácticas, hay noticias sobre mediciones de partes del cuerpo (como el brazo) o de las vísceras de animales. Asimismo, era común tirar suertes a través de semillas, fundamentalmente el maíz, o la interpretación de elementos como los cordones atados. Como podemos ver, algunas de estas actividades eran en cierta medida similares a las que se conocen de otras culturas. Lo particular se encontraba en los elementos que intervenían, entre los que conocemos rituales que involucraban a determinadas deidades, de las cuales destacaban Quetzalcóatl y Tezcatlipoca.

Respecto a sus prácticas más particulares, destacan las que implicaban el uso de determinados instrumentos como espejos, tableros o libros. En cuanto a los tableros, tenemos atestiguado el uso de algunos elementos que han sido calificados como juegos, entre los que destaca el patolli .

El uso del tonalpohualli en la adivinación

En cuanto al uso de libros, estos eran conocidos como tonalámatl (“libro de los días” o “libro de los destinos”) y recogían, entre otras cosas, diversas cuentas del tiempo, incluyendo el tonalpohualli, junto a las cargas mánticas asociadas a cada período, a manera de almanaques. Como hemos comentado, un determinado día quedaba ubicado dentro de diversas cuentas que se iban solapando y cada uno de sus elementos tenía unas determinadas asociaciones que permitían al especialista leer cómo influía sobre una determinada cuestión que se le planteaba.

Tal y como se ha comentado, la combinación de veinte signos y trece numerales constituía la base del tonalpohualli , el cual servía para determinar las cargas que influían sobre las actividades humanas. Así, cada uno de los signos (casa, mono, etc.) tenía un determinado valor mántico y, a su vez, ocurría lo mismo con los numerales (uno, dos, etc.). Al combinarse se obtenía un valor nuevo, pero aun así tampoco se podía dar una lectura rápida y válida para cualquier situación. Por ello, las personas acudían al especialista en su lectura (tonalpouhqui), quien les podía contestar las preguntas que se hacían. Para ello, consultaba un tonalámatl donde se contenían el tonalpohualli y otros ciclos con determinados elementos asociados que determinaban las cargas mánticas de cada momento. Además, el especialista contaba con un conocimiento que había adquirido en su formación y a través de su experiencia. Gracias a ello, el tonalpouhqui daba una respuesta de acuerdo a lo que se le estaba planteando. De este modo, podemos suponer que un mismo momento tendría distintas lecturas en función de la situación concreta.

La primera intervención que tenía el tonalpouhqui en la vida de una persona se producía al poco de nacer, cuando sus padres acudían a él para que leyera los designios de ese momento. A partir de ese día, el recién nacido contaría con un nombre calendárico. El tonalpouhqui intervenía tanto en la vida de los particulares como en las actividades estatales o públicas. Así, podía determinar qué momento era más propicio para una actividad, como un viaje o una expedición militar de conquista. Cabe señalar que tampoco tenían una posición tremendamente determinista, sino que ese futuro podía cumplirse o no. Como resultado de ello, las lecturas no eran categóricas y conllevaban un cierto grado de interpretación o vaguedad. Además, se podía influir sobre lo que se leía a través de determinadas prácticas y ceremonias que recomendaba el especialista. Finalmente, sabemos que el tonalpouhqui , por tanto, no solo se encargaba de “ver” el futuro, sino que también buscaba el origen de algún mal en el pasado. De este modo, sus actividades se pueden agrupar de manera general en tres grupos: predictivas (ver el futuro), diagnósticas (buscar el origen de algo) y prescriptivas (decir quéhacer para prevenir o curar) .

Todas estas actividades estaban tan vinculadas con el día a día de los habitantes de Mesoamérica que los evangelizadores fueron incapaces de erradicarlas. Al contrario, se nutrieron de aspectos aportados por la cultura europea dándoles una nueva dimensión. Esto despertó el interés en el siglo XVII por erradicar estas prácticas por idolátricas, aunque con escaso éxito.

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