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Poder y moneda en tiempos visigodos

Los visigodos comienzan su andadura monetaria realizando imitaciones de la moneda imperial para acabar llevando a cabo interesantes innovaciones tipológicas.

Monedas visigodas
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Durante años, las monedas fueron consideradas por la arqueología como un mero objeto de datación cuando el azar las situaba en la estratigrafía de una excavación. Para los historiadores de la Antigüedad, en general, constituían un indicador económico que podía mostrar materialmente las fluctuaciones de las finanzas de una autoridad emisora en cuestión. Hacia la segunda mitad del siglo XX, la disciplina numismática, en un loable intento por superar su vinculación con el coleccionismo y el anticuariado, hizo un enorme esfuerzo para adaptarse a las corrientes históricas reivindicando su lugar a través de los estudios de circulación monetaria.

El estudio de la moneda en la interpretación de la historia, sin embargo, va más allá de los datos económicos, cronográficos y geográficos que sin duda ofrece. La moneda es un documento histórico, y no uno cualquiera; es un documento oficial emitido por la autoridad de un Estado, país o ciudad. La ausencia de interpolaciones y manipulaciones posteriores dota a la moneda de un carácter singular que la distingue de otros documentos oficiales. Su reducido tamaño hace imprescindible el uso de mensajes claros y precisos, y la utilización de una simbología comprensible para el usuario. Es, en sí misma, expresión del poder y, por tanto, refleja la ideología de quien la produce, siendo además un vehículo de propaganda al servicio de dicho poder. Es por todo ello que su análisis, junto con otros documentos —principalmente testimonios literarios y datos arqueológicos— ayuda, y no poco, a completar episodios que conocemos parcialmente, en ocasiones como resultado de actos deliberados e intencionados de los cronistas de la época. Todo ello sin olvidar que no deja de ser un artefacto que puede ser analizado a partir de sus aspectos formales y estilísticos como un producto cultural más.

En lo que respecta al reino visigodo, su amonedación áurea cuenta con una iconografía monetal repleta de simbolismo alusivo al poder de la monarquía como autoridad emisora exclusiva. La evolución de la tipología monetaria visigoda hace posible indagar sobre la propia evolución ideológica del regnum. Los reyes visigodos, en su intento por legitimar su construcción de un reino unificado, emularon la política e ideologías del Imperio romano. No obstante, en lo que a tipologías monetarias se refiere, la dicotomía entre imitación y transformación, e incluso innovación, se extenderá prácticamente hasta el final del periodo visigodo.

De la imitación a la innovación

Los visigodos fueron el primer pueblo en realizar sus propias acuñaciones «de Estado» hacia 420, poco después de haber protagonizado el primer establecimiento definitivo dentro de las fronteras del Imperio romano. Esta primera amonedación podría definirse, de manera general, como imitativa de la moneda oficial romana. Aunque de este periodo se conocen algunas denominaciones de plata (silicuas y sus divisores), fueron sin embargo los valores en oro (sólidos y tremises), los que acapararon la producción de las acuñaciones visigodas. No fue hasta tiempos de Leovigildo (c. 572-586) cuando tuvieron lugar numerosos cambios en la moneda, que establecieron sus bases para el desarrollo de un sistema monetario visigodo propio que se extendió a lo largo de toda la duración del regnum. El tremís, que equivale a un tercio del sólido, se había convertido para entonces en la única denominación en oro. Con un peso aproximado de 1,50 g, se trata por tanto de una moneda con cierto valor en el contexto de la sociedad visigoda. Ello unido, entre otras cosas, a su relativamente escueto corpus monetario, ha llevado a plantear que la circulación de estas monedas habría estado en gran parte limitada a las élites. Sin embargo, es posible observar una evolución a lo largo del periodo en el que la propia pérdida de peso y cantidad aurífera la habría hecho más versátil justo en momentos anteriores al final del reino.

El rasgo más destacado y definitorio de la amonedación visigoda es su carácter eminentemente real. Esta fue siempre acuñada por el rey, algo que se intuye para el periodo «imitativo» anterior, pero que es indiscutible a partir del reinado de Leovigildo. A diferencia de lo que sucede en otros reinos, no existen emisiones en oro realizadas por personas o colectivos ajenos a la monarquía y en todas ellas, invariablemente, aparece el nombre del monarca y su título: Rex. La introducción de su nombre en las monedas fue el primer gran cambio monetario que tuvo lugar durante el reinado de Leovigildo. Probablemente fue una consecuencia indirecta de la rebelión de su hijo, Hermenegildo, quien pudo ser el primero en incluir su nombre en las dos emisiones conocidas que realizó en Sevilla, lanzando este órdago a su padre. Esta innovación monetaria tuvo lugar casi al mismo tiempo que la introducción de la ciudad emisora, es decir, la ceca, en el mensaje monetario, y también cercano a la sustitución en los reversos de la tradicional Victoria-cicada por un tipo recién inaugurado por el nuevo emperador bizantino Tiberio II (578-580): la cruz sobre gradas. Esta tipología de reverso apenas duró un lustro puesto que ya en 584 el tradicional busto diademado y de perfil va a ser sustituido por la representación real con carácter doble, apareciendo la figura del rey tanto en anverso como en reverso. Así, hacia los últimos años del mandato de Leovigildo, la moneda visigoda quedó sistematizada de manera contundente a todos los niveles: metrológico, adecuando el peso del tremís visigodo al oficial romano-bizantino de 1,516 g; epigráfico, con un claro mensaje: nombre del monarca y título Rex para el anverso, y epíteto real —principalmente Iustus o Pius—y nombre de ceca en reverso; y tipológico, con el busto del monarca de frente tanto en anverso como en reverso.

Con esta nueva tipología, el rey visigodo va a representarse en las monedas con la misma fastuosidad con la que aparece en los escritos de Isidoro de Sevilla y más tarde de Julián de Toledo. Isidoro escribió que fue Leovigildo el primer monarca en adoptar las costumbres romano-bizantinas en lo que respecta al ceremonial y al vestuario romano. Lo más destacado de esta nueva tipología, con busto real en anverso y reverso, es que el monarca va a representarse sin rubor con la corona cerrada, la stemma, introducida por el emperador Tiberio II en sus propias monedas.

Muy poco después de la muerte de Leovigildo, tuvo lugar el abandono del arrianismo y la conversión del reino a la ortodoxia nicena (589) de manos del hijo y sucesor de Leovigildo, Recaredo I (586-601) (Fig. 3). Monetariamente hablando, la etapa que siguió a este acontecimiento y que se extendió hasta el final del reinado de Chindasvinto (649), estuvo marcada por la relativa homogeneidad tipológica que impuso el busto de frente introducida por Leovigildo c. 584. Por el contrario, el periodo que se inició en el reinado conjunto de Chindasvinto y Recesvinto (649-653) y hasta el final del regnum, estuvo marcado por numerosas innovaciones monetarias, que pueden ser entendidas en el contexto político de estos momentos. Así, la etapa inaugurada por Recesvinto, que algunos han visto como una especie de «renacimiento visigodo», recuperó la cruz sobre gradas como tipo principal de reverso y este tipo se mantuvo, casi sin excepciones, en todas las acuñaciones de los monarcas que le sucedieron. Este es un momento en el que se asiste al desarrollo de políticas encaminadas al reforzamiento del carácter católico de la monarquía, que a su vez estuvo marcado por las políticas anti-judías de Recesvinto y posteriormente de Ervigio.

En esta última fase se produjeron otras destacadas transformaciones tipológicas en la moneda, de manera muy acusada a partir del reinado de Wamba (672-680). Bajo este último, se volvió a mirar al Imperio y se adoptaron los nuevos modelos oficiales bizantinos vigentes, incluidas las representaciones barbadas de los emperadores. Si la cruz, «reeditada» por Recesvinto, fue el símbolo por excelencia del cristianismo, la corona lo fue sin duda del poder soberano. Aunque adoptada por Leovigildo, las monedas de Wamba muestran muy claramente la representación de la corona cerrada o stemma, al más puro estilo romano-bizantino.

Junto a las coronas, el cetro es otro de los elementos del poder monárquico y religioso ampliamente usado durante el reinado de este mismo rey. Tiene su origen en el cetro consular romano, que se convirtió posteriormente en el símbolo de la fe del emperador en Cristo. El que aparece en las monedas visigodas, a partir del reinado de Wamba, es cruciforme, por lo que ha sido interpretado por algunos autores como una cruz procesional de la Victoria. Con pocas diferencias en su representación monetaria, la cruz procesional visigoda, al igual que la bizantina, debía cumplir también la función de estandarte del ejército. La tipología monetaria de Toleto que representa a Wamba de perfil tocado con stemmay portando cetro cruciforme encierra así un enorme simbolismo, porque fue en la basílica de esa ciudad donde tuvo lugar la unción de Wamba. Descrita en la Historia Wambae, de Julián de Toledo, constituye la primera narración sobre unciones reales en toda la Europa occidental, influyendo en la adopción de este ritual posteriormente por otros poderes, principalmente el carolingio. Pero, además, en esa basílica se hacía entrega del estandarte de la cruz que precedía a toda campaña militar, por lo que su vinculación con la victoria sobre el secesionista Paulo, en 672, parece evidente. Los reyes posteriores usaron también el cetro en algunas de sus emisiones y, sobre todo, fue el símbolo característico de las monedas del reinado conjunto de Egica y Witiza (695-702), en las que los dos monarcas aparecen generalmente asiendo este elemento, como una muestra de ese poder compartido.

A partir de la época de Wamba comienzan a generalizarse en las monedas otros símbolos, algunos ya usados anteriormente, casi siempre formando parte de las leyendas, con la función de rellenar espacios. Entre estos destacan los símbolos de tipo vegetal, como árboles —o ramas— y sobre todo la «flor de lis», que ahora va a ocupar el campo monetal: en anverso junto al busto o rematando el cetro, y en los reversos flanqueando la cruz sobre gradas. Este símbolo está relacionado con el «árbol de Jesé» —el padre del David bíblico— descrito en el capítulo 11 del Libro de Isaías. Aunque el uso de la «flor de lis» se generalizó en la moneda medieval posterior, es posible rastrear su origen monetario en el mundo visigodo. La monarquía goda se consideró heredera y sustituta de la realeza del Antiguo Testamento, y por tanto tomó elementos de ella como la «flor de lis», que representa a Jesucristo como rey perfecto e ideal, habiendo quedado como símbolo de la realeza divina por excelencia. Aunque ha llegado a nuestros días como un emblema heráldico vinculado a la monarquía francesa, la moneda de Wamba en la que aparece este monarca junto a una flor de lis podría ser la más antigua representación de esta asociación simbólica (rey-flor de lis) en la amonedación medieval. Por otro lado, relacionado con el carácter católico de la monarquía, habría que entender la más destacada innovación de la moneda visigoda y que vino de manos del rey Ervigio (680-687): el busto de «Cristo en majestad».

En los últimos años se asiste a nuevas y destacadas tipologías monetarias que conciernen a los últimos monarcas del reino visigodo. En este sentido, si el relato tradicional mostraba un final del regnum protagonizado por el rey Roderico —episodio recogido en la fundamental Crónica de 754 —con quien, según las crónicas asturianas, entroncaría la figura de Pelayo, esta sucesión lineal es alterada por la evidencia del reinado de Achila II, en el noreste peninsular, probablemente entre 711-714. En efecto, el nombre de Achila aparece como sucesor de Witiza en una versión de un listado de los reyes visigodos, el Laterculus Regum Visigothorum, en concreto en el Codex Parisinus 4667conservado en la Bibliothèque Nationale de France. La veracidad de esta información quedaría confirmada por un conjunto de monedas, que, sin ser muy amplio, resulta muy descriptivo, pues a nombre de este rey se conocen acuñaciones de varias cecas de la Tarraconensis —Cesaragusta, Gerunda y Tarracona —,además de Narbona.

La mayoría de las tipologías monetarias utilizadas por Achila II son las propias de la moneda anterior característica de esa provincia. No obstante, entre ellas destaca una emisión de Narbona en la que parece representarse un ave, por lo que hemos planteado que pudiera tratarse de un tipo parlante, en este caso, un águila, que aludiera al nombre del monarca. El águila, como símbolo del poder, no debió ser ajeno ni al emisor ni a los usuarios de la moneda. Aunque en el mundo romano el águila tuvo una clara relación política y militar, su enorme simbolismo es mucho más antiguo y la tradición goda pudo deberse a influencias diversas. En las representaciones artísticas visigodas es muy amplia, siendo especialmente destacadas las fíbulas aquiliformes.

Tal como se ha tratado de mostrar, los visigodos comienzan su andadura monetaria realizando imitaciones de la moneda imperial y esta vinculación, ya sea adoptando determinados elementos o directamente tomando prestadas tipologías, se mantendrá a lo largo de todo el periodo. Sin embargo, en los últimos tiempos, fundamentalmente a partir del reinado de Wamba, se producen interesantes innovaciones tipológicas. Tal vez debamos relacionarlas con los intentos de los visigodos por establecer su identidad frente a otros reinos occidentales y probablemente al Imperio. Pero sea como fuere, con posterioridad al reinado de Recesvinto se suceden una serie de tipologías sin precedentes monetarios que indicarían que la moneda de los momentos anteriores al fin del reino visigodo comenzaba a tomar un rumbo muy diferente al de sus inicios, cada vez más alejado de los modelos que seguía generando el Imperio bizantino.

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