Los ejércitos cruzados

Pequeños contingentes de soldados animados por la fe y capitaneados por un señor feudal, así eran los ejércitos que guerrearon en las Cruzadas. Su fuerza descansaba en la caballería pesada y las armas de acero.

Caballero cruzado con armadura

Si hay que distinguir una característica casi constante de los ejércitos cruzados es su inferioridad numérica, debida generalmente a las mermas y bajas sufridas en el largo camino hasta el Levante o Tierra Santa. Las levas de tropas cruzadas en el camino las compensaban en parte, pero solo cuando el transporte se realizó por mar con medios adecuados y suficientes pudo evitarse tal inconveniente. Tampoco parece que los ejércitos musulmanes que se les enfrentaron fueran demasiado numerosos, pero contaban con la ventaja de no verse estorbados por las masas de no combatientes que acompañaban casi siempre a los cruzados.

En el régimen feudal, los ejércitos permanentes se reducían a pequeños contingentes de soldados o “gentes de guerra” profesionales bajo el mando de un señor feudal, que se incrementaban en caso de guerra mediante las huestes, agrupaciones temporales formadas por caballeros o vasallos y, en ocasiones, miembros de las Órdenes militares. Orgánicamente, las huestes estaban formadas por mesnadas –grupos de vasallos, tanto de infantería como de caballería–, y tácticamente, en la batalla, por haces, las agrupaciones por armas.

Las ciudades, comunas urbanas o repúblicas, como en el caso de las italianas, contaban con milicias, semejantes a las mesnadas de los señores; a veces organizadas, al parecer, en torno a fraternidades, cofradías o hermandades locales.

En el caso de las Cruzadas, las milicias urbanas no comenzaron a existir hasta después de la derrota del grueso de los ejércitos cristianos en los Cuernos de Hattin. Durante la Tercera Cruzada, algunas ciudades costeras se vieron convertidas en lugares de asilo para los miles de refugiados en fuga. Tal vez la existencia de importantes comunidades italianas fuera un factor decisivo en la creación de estas milicias urbanas.

La Edad Media, militarmente, puede definirse como la época del ascenso, supremacía y declive de la caballería pesada como arma principal en el campo de batalla: un proceso que se inició en el siglo V, en las últimas etapas del Imperio Romano, cuando los soldados empezaron a ir montados y provistos –ellos y sus caballos– de protecciones metálicas, y por ello a ser llamados catafractos (en griego, “protegidos”) y clibanarios (también del griego, “los que llevan o van en el horno”, por la semejanza de las armaduras con los hornos metálicos de campaña). Fundamental para el desarrollo de la caballería pesada fue la adopción del estribo, de origen aún muy discutido pero que se encuentra en Europa por vez primera con los jinetes alanos. Junto con la silla alta, el estribo permitía al jinete utilizar la lanza durante la carga –el ataque al galope de un grupo consistente de soldados, en este caso de caballería– con una sola mano o “en ristre” (la pieza de hierro del costado de la armadura en la que se afianzaba el asta), pudiendo así controlar su montura con la mano libre en las riendas. Con anterioridad, el caballo había de ser dirigido con las rodillas y la voz sin dejar el jinete de sujetarse en la silla, al tener que usarse las dos manos para sostener la lanza. Eso significaba en la práctica muy escaso control del animal, que solía seguir su instinto, con la consiguiente pérdida de la cohesión de la carga y, por tanto, de la eficacia de la misma. Sin embargo, la silla alta tenía un grave inconveniente: cuando el caballero era desmontado, no podía volver a montar sin ayuda de su escudero, quedando a merced del enemigo. En tales situaciones, sus compañeros lo rodeaban, defendiéndole en tan expuesta situación.

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Diferentes unidades bélicas

En las Cruzadas, estos miles o caballeros, provistos de defensas y monturas con estribos largos, estaban acompañados por otros jinetes menos acorazados en las unidades de caballería llamadas bataille (división) por los francos, que a su vez se dividían en unidades menores llamadas conrois. En combate, los conrois de caballería pesada, organizados en echelle (escuadrones) o en compagnies, se ordenaban en apretadas hileras con los caballeros mejor acorazados delante, seguidos de los sirvientes con armadura (los servent loricati) y los serjants a cheval (sargentos), menos protegidos que los primeros. Un problema pocas veces mencionado pero no por eso menos importante fue el de la difícil alimentación de los caballos, dada la inexistencia de praderas en la zona.

Existió también caballería ligera, a veces armada con arcos, como los turcópolos (hijos de turcos, así llamados por ser cristianos nacidos de musulmanas y reclutados en Tierra Santa, de forma parecida a los mamelucos y jenízaros de la parte contraria). Los turcos, sobre todo las unidades de Ghilman (esclavos célibes al servicio del sultán), llevaban armaduras, aunque más ligeras que las de los cruzados.

 

Más información sobre el tema en el artículo ¡Caballeros, a las armas! de Juan Antonio Guerrero. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Las Cruzadas. Primer choque de civilizaciones.

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