La Santa Compaña

Procedente de la mitología popular gallega, la Santa Compaña es una procesión de muertos o ánimas en pena que recorre los caminos para visitar las casas en las que se va a producir un fallecimiento.

Compaña

Imagen: Flickr/ Carlos Magariños

 

El mito de la Santa Compaña es una de las tradiciones más típicas de regiones como Asturias (la Güestia), Castilla (la Estantigua) o Extremadura (el Cortejo de Gente de Muerte); aunque esta procede de la mitología gallega y es allí donde se ha hecho más popular. La leyenda habla de una procesión o comitiva compuesta por dos hileras de almas en pena, vestidas con túnicas blancas con capucha y que marchan descalzos. Cada uno lleva una vela encendida y a su paso dejan un olor a cera en el aire. Se cree que esta procesión es vista a partir de las doce de la noche en los alrededores de las parroquias y que pasean por las casas en las que pronto habrá una defunción.

La compañía debe ser encabezada por un mortal, que puede ser hombre o mujer dependiendo de si el patrón de la parroquia en la que aparecen es un santo o una santa. Quien realiza esta misión no recuerda nada durante el día y solo se le puede reconocer porque va adelgazando y se muestra más pálido cada día. De hecho, esta misión impuesta hará que su salud vaya debilitándose hasta que muera o hasta que ceda el puesto a otra persona que sorprendan en su vagar nocturno, pasándole el guía el testigo de la cruz que porta. La Santa Compaña suele ser vista entonando cánticos fúnebres y tocando una campanilla mientras caminan y se dice que, a su paso, los ruidos del bosque cesan, los perros aúllan desaforadamente y los gatos huyen despavoridos.

Solo hay ciertas personas capaces de ver a la compaña (a las que se refieren como “dotadas”), por lo que les resulta más fácil evitarla o protegerse de ella. Entre los “dotados” se encuentran los niños que han sido bautizados empleando el óleo de los difuntos. El resto de la gente solo sentirá la presencia de la Santa Compaña, pero no la verá. Aunque en teoría podrían aparecer cualquier día del año, las apariciones son más comunes, por ejemplo, durante la noche de Todos los Santos o la noche de San Juan.

Cómo protegerse

Para protegerse de los espíritus que la forman hay que apartarse a su paso, no mirarles directamente, comer algo, hacer un círculo con la estrella de Salomón, rezar, tirarse boca abajo y esperar sin moverse o echar a correr lo más rápido posible. Bajo ninguna circunstancia se debe aceptar una vela de las que nos tiendan algunos de sus miembros y se debe evitar al mortal que actúa de guía para no correr el riesgo de ocupar su puesto. La Santa Compaña no puede hacer nada si la persona está en los peldaños de un cruceiro o esgrime una cruz (de forma similar a lo que ocurre con los vampiros).

Tradición celta e influencia germana

Esta leyenda posee numerosas connotaciones con la tradición de Samhain, de la que deriva el Halloween actual. Esta conexión no resultará extraña para muchos debido a que ambas tienen su origen en las creencias de los pueblos celtas y la particular forma que tenían de afrontar y celebrar la muerte. La presencia de ánimas en el mundo de los vivos y las consecuencias del contacto poco precavido con estas se erigió como el centro de su culto a los difuntos.

Aunque no se duda de su origen celta, hay ciertos elementos que se asemejan en extremo a las características de la Cacería Salvaje o Mesnie Hellequin, una tradición del folclore alemán en la que un grupo de espectros, generalmente liderados por grandes guerreros o monarcas, descendían a la tierra como presagio de una plaga o guerra.

Al igual que con la Santa Compaña, su presencia solía significar que la muerte de alguien estaba próxima y algunas de las medidas que permitían protegerse de ella coinciden con las de la tradición gallega. Si no se tenía cuidado, la Cacería Salvaje podía llevarse a los incautos (su cuerpo o su alma, según la versión) para que se sumaran a la partida de caza por la eternidad.

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