Las expediciones vikingas que llegaron a Rusia y a América

Empezaron dejándose llevar por las mareas y por su intuición; acabaron llegando a América y atravesando Rusia de norte a sur. La historia de las expediciones vikingas es la de una formidable progresión, a medida que los habitantes medievales de la fría península escandinava y Dinamarca descubrían nuevos mundos y horizontes de riqueza insospechada.

Las primeras expediciones marítimas de los vikingos se dirigieron allá donde lo propiciaron vientos y corrientes. Así pudieron cruzar el mar del Norte hacia las islas de Gran Bretaña e Irlanda ya a finales del siglo VIII. Pero se trató de viajes a la ventura, sin mapas ni voluntad de continuidad, que no comenzarían a consolidarse y hacerse cíclicos hasta la segunda década del siglo siguiente.

La primera noticia de una expedición vikinga no nos la proporcionarán ellos mismos, sino los monjes de la isla británica de Lindisfarne, que recibieron la inesperada visita en el año 793. Situada frente a las costas del reino medieval de Northumbria (norte de Inglaterra), estaba a relativamente poca distancia de Noruega. La presidía un castillo-monasterio fundado por san Aidan, uno de los monjes irlandeses que cristianizaron a los anglosajones; por eso se la llamaba también la Isla Santa. Los vikingos protagonizaron un sangriento ataque contra los desprotegidos monjes (en aquella época, era habitual que estos buscaran el aislamiento en lugares alejados del mundanal ruido, como las islas). Destruyeron el monasterio y la noticia conmovió a todo el reino, llegando incluso hasta la corte de Carlomagno. Se gestaba así la funesta fama que caracterizaría a estos guerreros –aunque también comerciantes– nórdicos.

Barco vikingo
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La fecha aceptada para el suceso es el 8 de junio de 793, mes de muy buen tiempo en el mar del Norte, imprescindible para que los vikingos pudieran cruzarlo. Sin embargo, las siguientes expediciones se desviaron más hacia el norte y pasaron de largo Gran Bretaña para llegar hasta Irlanda. Esta ruta pasaba sobre Escocia para luego descender hacia el sur y encontrarse con las costas gaélicas. Desde allí, los vikingos se internaban por el mar de Irlanda, que separa ambas islas y, como mar interior, les resultaba bastante más plácido que el océano que acababan de cruzar. El primer destino de sus correrías fue otro monasterio situado en una isla, la de St. Patrick, que atacaron en el año 798.

Los vikingos comprendieron pronto que el mar de Irlanda era un filón. Además de la facilidad de navegación, ponía a su alcance hasta tres islas (Irlanda, Gran Bretaña y la más reducida isla de Man) pobladas y desarrolladas, lo que significaba riquezas a disposición de quien se atreviera a tomarlas. Tanto es así que la primera incursión vikinga en el interior de Irlanda se dará por su costa oriental, en el condado de Meath, en 836.

Los vikingos crearían una logística adecuada para poder llegar con sus barcos a Irlanda. Lo lograron construyendo lo que los monjes irlandeses denominaron longphort, un muelle de amarre fortificado en la ribera de un río, a veces en ambos flancos. La palabra provenía de los términos latinos longus (grande) y portus (puerto). Los primeros longphorts se mencionan ya en el año 841 y estaban en costas opuestas: en Linn Duachaill (mar de Irlanda) y en la futura capital, Dublín. Desde la base segura que significaban los longphorts en las desembocaduras de los ríos, los vikingos remontaban estos hasta las grandes concentraciones urbanas. Por ejemplo, el río Liffey los transportaba hasta Dublín, el Shannon les conducía hasta Limerick y el Barrow les permitía acceder a Waterford.

En Dublín se establecieron de forma duradera y llegaron a convertir ese muelle en el puerto con mayor comercio de esclavos de toda Europa occidental en la época. El anónimo cronista de uno de los primeros ataques vikingos en la región dublinesa hizo constar que “se llevaron un gran número de mujeres cautivas”. El Reino de Dublín, cuyos primeros líderes portaban el título de “rey de los extranjeros”, duraría más de tres siglos, en los que los nórdicos se mezclarían cada vez más con los gaélicos e irían adoptando la cultura y la religión locales.

Otros vikingos centraron sus esfuerzos en la vecina Inglaterra, convertida en objeto de recurrentes ataques por mar. Uno de los más notables fue el protagonizado por una armada de 25 o 35 barcos escandinavos llegados, también a través del mar de Irlanda, a las costas del reino de Wessex en el año 833 (u 836, según otras versiones). El rey Egbert de Wessex se enfrentó a ellos en la batalla de Carrum (actual Carhampton), localidad muy al suroeste de Inglaterra, lo que da idea de la destreza y capacidad náutica que habían adquirido para entonces los invasores.

Las costas continentales europeas al otro lado del canal de la Mancha también serían exploradas en paralelo. Además de irrumpir en los emporios situados más al norte como Frisia o Dorestad (en los Países Bajos), llegaron a Francia ya en 799. Carlomagno decidió poner en pie un sistema de defensa de la costa norte del Imperio de los francos con el que se consiguió repeler el primer ataque vikingo a la desembocadura del Sena en 820. Sin embargo, a partir de la siguiente década las incursiones se harían más sistemáticas y potentes, hasta culminar con el asedio de París en 845. Causaron el pánico a los parisinos y solo se retiraron a cambio de cobrar una sustanciosa compensación de 7.000 libras de oro y plata.

Fue un gran éxito, probablemente el mayor conseguido hasta aquel momento por los nórdicos, y los envalentonó para seguir con este tipo de acciones. Para mantenerlos a raya, los francos no tendrían más remedio que ceder posiciones y acabarían ofreciéndoles el ducado de Normandía, de donde provendría la denominación de normandos con la que tanto se les conoció también.

Hacia el sur, alcanzaron las costas españolas y se internaron por el Mediterráneo. Lograrían establecer otro duradero reino, a partir del año 1091, en la isla de Sicilia, por entonces un emirato árabe.

De Rusia a América

Los vikingos no solo eran buenos navegantes en alta mar, sino también en los ríos. Esto les ayudaría en una de sus empresas menos conocidas: la exploración de la Europa oriental con intenciones comerciales. Para ello utilizaron ríos que les permitían seguir una trayectoria norte-sur, como el Oder, el Vístula y el Dniéper, más al este que ninguno de los otros. Este último les conduciría a través de las estepas, donde desempeñarían un papel histórico importante.

El Dniéper nace en la Rusia Central y discurre hacia el sur cruzando Bielorrusia y Ucrania, en un trayecto de casi 3.000 kilómetros que tiene como final el mar Negro. Navegándolo, llegaron a Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, en una fecha tan temprana como el año 838. Allí, los vikingos acabarían prosperando al ser reclutados para formar la Guardia Varega del emperador (“varegos” es el nombre con el que fueron conocidos los nórdicos en la Europa Oriental).

Pero en los propios territorios esteparios dejarían una gran huella. Uno de sus líderes, Rúrik, fundó el asentamiento de Stáraya Ládoga, en la región de la actual Leningrado, y la convirtió en capital vikinga. Una crónica medieval escrita por el monje Néstor en 1113 narra cómo los pueblos eslavos oriundos de la zona le pidieron que restableciese el orden ante sus continuos enfrentamientos tribales, coronándolo como su rey. Se estableció en Novgórod y sus sucesores forjaron la dinastía rúrika y una federación de pueblos todavía más grande conocida como la Rus de Kiev, ciudad que sería la nueva capital. Esta organización política es –aunque a algunos les pueda sorprender– el origen de Rusia.

Pero la ruta que más ha fascinado a los seguidores de los vikingos es la que los llevó hasta América 500 años antes de Cristóbal Colón. Para llegar hasta allí, primero alcanzaron dos territorios también remotos: Islandia y Groenlandia.

A la volcánica “isla de hielo y fuego” llegaron, cuentan las leyendas, los vikingos Naddoddr y Garðar Svavarsson en diferentes momentos, aunque sus historias suelen coincidir en un punto: ambos fueron arrastrados por tormentas que les sorprendieron en las islas Feroe o en las Orcadas y arrastraron sus embarcaciones hacia el norte. De forma intencional, buscando la ruta de Svavarsson, llegaría a Islandia otro personaje legendario, Floki (popular por la serie Vikingos). Pero el primer personaje histórico reconocido fue Ingólfur Arnarson, que fundó Reykjavik en 874.

Casi un siglo después, desembarcaba en Islandia un niño de diez años llamado Erik Thorvaldsson siguiendo a su padre, exiliado por un homicidio. El joven, que pasaría a la historia como Erik el Rojo por el color de su pelo y su barba, se dedicó a cultivar sus tierras, pero un conflicto con otro propietario le llevó a caer en el mismo pecado paterno, el asesinato, por lo que él mismo tuvo que exiliarse. Decidió entonces emprender una ruta hacia el oeste que le llevó hasta una tierra desconocida con unos fabulosos campos verdes. Se trataba de Groenlandia (que significa “tierra verde”), floreciente en el deshielo. Durante tres años, Erik el Rojo recorrió sus costas llegando bastante al norte de la gran isla ártica. Sus exploraciones serían la base de los posteriores asentamientos vikingos en esta isla que, con el paso de los siglos, acabaría perteneciendo a la corona danesa, en la que todavía hoy sigue integrada.

El segundo hijo de Erik, Leif Erikson, iría un paso más allá que su padre y alcanzaría América. Aunque hay dos versiones de cómo lo hizo en sendas sagas nórdicas, en ambas se repite la historia de la providencial tormenta: en una de ellas, habría sido un comerciante que accidentalmente avistó la costa norteamericana quien le señaló la ruta; en la otra, él mismo habría sido desviado por los vientos huracanados. Pero ambas historias coinciden en el nombre de la colonia que Leif fundó: Vinlandia. Situada en Terranova, estaba muy lejos de Groenlandia, a 3.500 kilómetros, demasiado como para prosperar, y acabaría por ser abandonada. Los intrépidos vikingos habían llegado muy lejos en sus correrías por mares y ríos del mundo conocido, irrumpiendo incluso en el desconocido. De haber logrado establecerse en él, tal vez hubieran dado un vuelco a la historia que hoy conocemos.

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