El viaje que redibujó los mapas

El fascinante viaje que Marco Polo narró en 'El libro de las maravillas' marcó un antes y un después en el conocimiento de nuestro planeta.

En el siglo XIII el mundo conocido era mucho menos conocido. Y menos mundo. Aún se estaba lejos de las auténticas dimensiones de las tierras y los mares que quedaban por explorar. Sin embargo, hubo un viajero que, sin necesidad de trazarlo, dio una descripción explícita de la gran primera incógnita: el vasto mundo más allá de Tierra Santa. Para poner un lugar sobre un mapa hace falta algo más que llegar. Hay que volver para contarlo y mostrárselo a los demás, y eso fue lo que hizo Marco Polo.

Un día, quizá una luminosa mañana de 1269, los comerciantes Maffeo y Niccolò Polo regresan a Venecia, tras un increíble viaje de unos 14 años por las desconocidas tierras de Asia. Portan una carta para el papa del Gran Kan, el soberano de un reino casi mítico que llega desde el mar Caspio hasta los desdibujados perfiles del mar de China. En su ciudad natal les espera Marco, el hijo de Niccolò, de unos 15 años de edad y huérfano de madre. Se desconoce si fue su propia voluntad o la de los suyos la que le llevó a embarcarse junto a ellos, dos años después, en su siguiente viaje a las tierras del Kan. Lo que sí se sabe es que tardaría 24 años en volver.

Marco Polo contaría su fascinante viaje en El libro de las maravillas en el año 1298, poco después de asentarse de nuevo en su ciudad natal. Un conflicto regional le llevó a sufrir un año de encarcelamiento en la prisión de Malpaga, donde compartió celda con Rusticello de Pisa quien, se dice, decidió dejar por escrito las extraordinarias historias que le narraba su compañero de infortunio. La historia afirma que las gentes se agolpaban bajo la ventana de la celda para escuchar su relato. Sin ese periodo de inactividad forzosa, quizá el viaje que cambió la concepción del mundo jamás habría llegado hasta nuestros días.

El mapa del mundo en el siglo XIII

¿Qué se sabía del mundo en aquel momento? ¿Qué había más allá de Tierra Santa? En la cartografía occidental y cristiana las representaciones más frecuentes seguían el esquema de T en O. El orbe se representa como un disco circular rodeado por las aguas del océano, y el interior se organizaba en forma de cruz. Así es en el mapamundi del Beato de Liebana, elaborado en el siglo VIII a partir de los textos de San Isidoro de Sevilla, Ptolomeo y las Sagradas Escrituras. En un documento que aúna conocimientos geográficos y religión no es extraño que la Tierra se divida en tres continentes, Asia, África y Europa, que se identifican con los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Y tampoco es sorprendente que la disputada ciudad santa de Jerusalén se ubicara en el centro del mundo. Más allá, los imprecisos contornos del Jardín del Edén, y más al oriente aún el perfil de lo que podrían ser India, Sri Lanka e incluso China. No es tan raro. La Geografía de Ptolomeo en el siglo II revela rutas comerciales tempranas entre Europa y el extremo oriental de Asia. De hecho, y según algunos documentos históricos chinos, Roma habría llegado a establecer embajadas en su país.

El mapa del cartógrafo Al Iddrissi, en el siglo XII, bastante más cercano al momento de la partida de Marco Polo, es, dentro de la incertidumbre, algo más preciso. El andalusí trabajó durante años en la elaboración de un mapamundi para el rey normando Roger III de Sicilia, para lo que empleó informaciones directas de los navegantes que arribaban a los puertos de la isla. La Tabula Rogeriana recogía la experiencia que la cultura musulmana tenía del mundo en el que comerciaba. En el mapa —conocido por interpretarse al revés— observamos de nuevo los perfiles de India y de una probable Indonesia, las islas que nutrían a las caravanas de especias.

Pero ¿era posible que los mercaderes conocieran ese tipo de representaciones cartográficas? Es improbable. Como afirma Pilar Cabañas, catedrática de la Universidad Complutense de Madrid, «durante la Edad Media estos mapas resultaban únicamente accesibles a la gente culta y poderosa o a aquellos que, como los navegantes, tenían una necesidad específica de utilizarlos». Probablemente los Polo fuesen moviéndose, por mar y por tierra, en brazos de quienes más o menos sabían cómo llegar de un punto a otro. El mérito que hay que reconocerles es que tuvieran la valentía de unir varios de estos puntos.

Una geografía narrada

«Caminando siempre en dirección al Viento Griego, al Levante y a la Tramuntana…», escribe Marco Polo en su Libro de las maravillas. Con esta frase embarca al lector —u oyente— en la magia de un relato que mezcla su amplia experiencia con una capacidad de sorpresa casi infantil. Junto a él llegamos a Acre, en Tierra Santa, seguimos por Anatolia Oriental y Armenia, donde, refiriéndose al monte Ararat, afirmaría que el Arca de Noé continuaba posada sobre una gran montaña. Y junto a él observamos lo que luego sería una de los principales recursos del Medio Oriente: «Hay una fuente de la que surge tanto aceite y con tal abundancia que con él se podrían cargar cien naves a la vez…». No es de extrañar que sus relatos llamasen la atención de las gentes de su tiempo.

El joven Polo habla de zonas y costumbres del interior del actual Irak, como Mosul, donde se comerciaba con la muselina, «un tejido de seda y oro», o la mítica Bagdad «donde vivió el califa de todos los sarracenos del mundo». En Persia sitúa a los adoradores del fuego, la comunidad zoroastriana que había sobrevivido a la implantación del islam, así como la mítica ciudad de Saba, donde ubica la tumba de los tres reyes magos «enterrados en grandes y magníficos sepulcros». Tras atravesar el desierto de Dash e Lut, Afganistán y el valle del Panshir, por la cadena del Pamir, penetraría en la cuenca del río Tarim, un remoto lugar que los exploradores occidentales no topografiarían hasta seiscientos años después. Y luego, los grandes desiertos: el Tamaklatán, el Gobi, la Mongolia infinita…

Tres años y medio después de su partida, un Marco Polo veinteañero, curtido de soles, vientos, lenguas y experiencias, se presenta, junto a su padre y su tío, en Shangdu —Xanadú—, la residencia de verano del kan. Allí, el joven entra a su servicio, formando parte, junto a otros extranjeros, del ingente aparato administrativo del imperio. Los viajes en el desempeño de sus funciones darán a conocer a los europeos un mundo fantástico de descomunales dimensiones: las altísimas montañas en el Tíbet, el célebre Huang He o río Amarillo, el Yang Tse o río Azul, la peculiar orografía del norte de Vietnam o las magníficas, opulentas y portentosas ciudades chinas: Quinsai, la moderna Hangzhou, o Zayton, cosmopolita y tolerante. Y junto a ellas, el Gran Canal, una antiquísima obra de ingeniería que es aún la vía de agua navegable más larga construida por el hombre.

Si el viaje de ida duró tres años, el de vuelta se demora siete. Tras una misión consistente en escoltar a la princesa china Cocacin hasta Persia, los Polo aprovechan el viaje para volver a su tierra natal. Su viaje hacia Occidente a través del Índico enlaza el puerto chino de Zayton con el estrecho de Ormuz. El trayecto es un nuevo despliegue de maravillas: las islas indonesias en que las que viven caníbales y adoradores de animales vivos; las tierras de Andamán y Nicobar, donde conoce a hombres con cabeza de perro; las misteriosas islas de Kuria Muria en Omán...

Aportación a la cartografía

Marco Polo nunca trazó un mapa, pero sus aportaciones al conocimiento terrestre serían recogidas por primera vez, en el Atlas catalán del cartógrafo mallorquín Abraham Cresques. Fue Pedro IV de Aragón quién, en 1381, y a petición de Carlos V de Francia, le envió el mejor mapa elaborado hasta el momento. En él, Cresques vuelca los datos que extrae de diferentes obras científicas traducidas del árabe, pero lo realmente destacable es que incorpora los datos que, sobre Asia y China en particular, aportaban los viajes de Marco Polo. Es así en la inclusión de la ciudad de Chambaleth, la actual Pekín, en lo que denomina Catayo; es así en la representación de los contornos de la India que aparece ya como una península, y en la cantidad de ríos, lagos y ciudades extraídos de la narración del famoso viajero. El Atlas catalán es el primero en incorporar a la cartografía un continente casi desconocido, pero no será el único. Tras él, el mapamundi catalán de la Biblioteca Estense, confeccionado en pergamino con la estética de los portulanos, combina la información práctica con la tradición erudita de representación del mundo. Es la información obtenida en los viajes portugueses a la península de Cabo Verde, descubierta por Dinis Dias en 1444, lo que, como afirma el historiador Joan Carles Oliver Torelló, ha resultado relevante para su datación, posterior a ese momento. Atribuido al también cartógrafo mallorquín Pere Rosell, está basado en el Bestiario toscano, pero sobre todo en el libro de viaje de Marco Polo y en el Atlas catalán de Abraham Cresques.

Pero la que probablemente sea la mayor aportación de Marco Polo a la geografía y a la cartografía es su primera mención de la isla de Cipango. El veneciano no la visitó jamás, pero la conoció desde la óptica del Imperio mongol y la describió como una tierra en el mar de China, a unas 1500 millas de la costa, habitada por indígenas blancos que no estaban bajo el yugo de ningún monarca extranjero, y capaz de repeler los intentos de conquista del Gran Kan. En el libro se habla de un archipiélago formado por unas 7500 islas, según el cálculo de los navegantes que conocían la zona, y se da fe de su incalculable riqueza pese a la cual ningún mercader comerciaba con ellas pues, afirma Marco Polo, solo desde la provincia de Cantón el viaje se demoraba un año, ya que había que esperar a que los vientos fueses propicios para el regreso.

Uno de los primeros en atribuir importancia a los testimonios de Marco Polo fue el astrónomo florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli. Toscanelli quería determinar la distancia entre Europa y Asia, considerando que la tierra fuese esférica y teniendo en cuenta que América aún no existía para los europeos. Ante el rey Alfonso V de Portugal expresó su convicción de que la manera más directa de alcanzar Catai y Cipango era navegar directamente hacia el oeste, en lugar de bordear las costas de África como hacían los portugueses. Su fuente, el relato de Marco Polo —muerto unos cien años años antes—, era fiable, pero no sabía que estaba cometiendo un pequeño error al basar el diámetro de la tierra en los cálculos de Ptolomeo en lugar de en los más precisos de Eratóstenes. La Tierra era mucho más grande de lo que imaginaba.

La carta de Toscanelli y el Libro de las maravillas de Marco Polo formaban parte de la documentación que manejaba el almirante Cristóbal Colón. Según afirma José Jesús Reyes Núñez en su estudio Utopías y leyendas en la cartografía europea del descubrimiento del Nuevo Mundo, «Las opiniones de los investigadores coinciden en que este libro fue meticulosamente leído por Colón en su afán de conocer lo mejor posible aquella civilización que deseaba alcanzar viajando hacia Occidente». Aún se conserva una copia del libro con anotaciones del almirante. Colón encontró América, un continente que no habría cabido en la extensión de mar que se creía existía entre Asia y Europa, pero lo que perseguía realmente eran las especias y los tejados de oro de aquel Cipango descrito por Marco Polo 117 años antes. El almirante murió sin saber que su pretendido fracaso era un éxito para la geografía mundial. Y el resto del mundo tuvo que esperar 50 años hasta que los europeos llegaron por vez primera a Japón para darse cuenta de que, una vez más, Marco Polo tenía razón.

 

Emma Lira es Miembro del Comité Editorial de la Sociedad Geográfica Española.

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