Vídeo de la semana

El arte de la guerra y los visigodos

El ejército visigodo fue, contrariamente a lo que se piensa, un verdadero ejército, perfecto conocedor del arte de la guerra y digno sucesor del ejército romano.

Loevigildo
Wikimedia

Algunos autores, de forma anacrónica, basándose en textos del siglo IV, siguen diciendo que los visigodos conjugaban la caballería y la infantería dependiendo de si era un ataque o una defensa; en ataque usaban la caballería para dispersar a la enemiga e intentar envolver a la infantería de su oponente, y en defensa usaba a la infantería dentro de un círculo construido con los carros de las vituallas. También, que utilizaban una táctica heredada de las formas romanas, evolucionadas hacia otras nuevas, partiendo de un manejo deficiente de la misma, utilizando las emboscadas y las incursiones por sorpresa cuando el enemigo era superior; o que hasta el siglo VI utilizaban la formación en cuña, conocida como «cabeza de jabalí» por su resistencia y dureza, que ya describía Tácito en su Germania, como típica de los pueblos primitivos germanos, y en las situaciones de defensa el «muro de escudos», en el que los hombres formaban un grupo compacto superponiendo los escudos, formaciones utilizadas durante los siglos VIII y IX por los vikingos.

Esta mala y desconocida imagen que se tiene del ejército visigodo deriva de diversas razones, entre las que sobresalen las dos derrotas más significativas de este ejército, que se pueden considerar el nacimiento y el fin del reino visigodo español: la de Vouillé, en 507, frente a los francos de Clodoveo I, y la de Guadalete, en 711, frente a los musulmanes de Tariq. También influye negativamente la costumbre de recurrir a ayudas externas para llevar a cabo un levantamiento contra el rey en el poder, como sucedió con los francos de Dagoberto I, los bizantinos en tiempos de Justiniano y los musulmanes del norte de África con Muza. Pero las razones que más han condicionado la imagen errónea del ejército visigodo han sido las que carecen de base histórica, pero son admitidas por gran parte de la doctrina desde hace siglos, como la pérdida de valor y sentido de la guerra de los godos, que recogen las crónicas medievales para justificar la destrucción del Reino de Toledo, y la persistente actitud rebelde y los constantes regicidios que siempre se han achacado a la política visigoda, desde que Gregorio de Tours y «Fredegario» lo recogiesen como el morbus gothorum.

De las leyes militares de Wamba y Ervigio, la mayoría de los estudiosos del reino visigodo, y del ejército en especial, han querido ver una sociedad carente de disposición a participar en él, donde los magnates, en especial los grandes, solo miraban por sus intereses intentando evadir sus obligaciones militares, en especial a la hora de aportar hombres cuando el rey convocaba a la hueste, y en el que primaban las relaciones personales de fidelidad a las derivadas de la pertenencia al reino.

La planificación de Leovigildo

Aunque disponemos de pocas referencias sobre la preparación y actuación del ejército visigodo —al revés de lo que sucede con el reino franco—, podemos decir que la realidad fue otra muy distinta de lo que se ha pensado siempre. El mejor exponente lo tenemos con Leovigildo, quien, durante todos los años de su reinado —a excepción de uno, el 578—, llevó a cabo campañas militares, todas ellas planificadas salvo en contadas excepciones, como las que tuvo que realizar contra su hijo Hermenegildo, que se había sublevado en la Bética.

La actividad militar de Leovigildo obedeció a diferentes razones. Para reconquistar las zonas de la península dominadas por los bizantinos, conquistando plazas tan importantes como Baza, en 570, y Medina Sidonia, en 571. Para imponer el poder real en zonas que no lo reconocían, como Córdoba y su comarca, en 572. Para hacerse, en zonas limítrofes al reino suevo, con los territorios dominados por los runcones y sappos, en 573, y los montes Aregenses, en 575. Para hacerse con el territorio noroccidental de la península, en manos de los suevos desde 411, poniendo fin a más de siglo y medio de dominio de este pueblo germano, en 575-576. Contra la región Orespeda, en Sierra Morena, en 577. Para someter a su hijo Hermenegildo, entre 579 y 584. Para someter zonas tradicionalmente contrarias a los visigodos, como cántabros, en 574, y vascones, en 581, tras la que mandó levantar la ciudad de Victoriacum, en la llanada alavesa, como centro de control de los levantiscos vascones.

Las fuentes —incluido el Cronicón de Juan de Biclaro—, en el que mejor se relata el reinado de Leovigildo, no nos detallan ninguna de las campañas de este rey, pero sabemos que obtuvo victorias en batallas campales; que derrotó a pueblos que combatían de forma poco organizada —lo que hoy se llama una guerra asimétrica—; y que conquistó ciudades fortificadas tan importantes como Medina Sidonia o Córdoba. De aquí podemos decir que estamos ante un ejército capaz de combatir de diferentes maneras, adaptándose al enemigo y al terreno; combatiendo en grandes formaciones o en pequeñas unidades; a campo abierto o en zonas montañosas y boscosas; poniendo sitio a núcleos fortificados, en los que se utilizaban ingenios propios de sitio y asalto.

Organización de las tropas

De esta actividad militar se desprende no solo una planificación y organización de las campañas, sino también de la recluta de tropas y de la logística necesaria para poder llevarlas a cabo; y una correcta puesta en práctica de lo planificado con anterioridad, sin perder de vista que todas estas campañas resultaron victoriosas para Leovigildo, lo que demostraría tanto las cualidades para el mando de este rey como las de su ejército para llevar a la práctica las órdenes recibidas.

Aunque con una intensidad menos frenética, los reyes posteriores a Leovigildo también mantuvieron una actividad militar de cierta relevancia, con victorias frente a cántabros y vascones, como Sisebuto, en 613, y Suintila, en 621, quién consiguió una deditiode los vascones, que nunca antes se había logrado, y fundando la ciudad de Olite como centro de control aquellos, al igual que había realizado Leovigildo con Victoriacum y actuaba Amalla frente a los cántabros; y frente a los bizantinos, como Witerico, en 605, Sisebuto, entre 614 y 615, y Suintila, en 631, que conquistó los últimos reductos que tenían en la península, consiguiendo así la unificación de todo el territorio del reino.

Si bien una parte importante del ejército visigodo estaba formado por las tropas aportadas por los magnates, su formación derivaba de la existente durante el Bajo Imperio y el bizantino, en la que los hombres se encuadraban en unidades de base decimal, decanias, centenas, quingentenas y milenas, mandadas por decanus, centenarius, quingentenarius y millenarius, respectivamente; apareciendo el cargo de dux, como mando de las grandes unidades, al igual que sucedía en el ejército romano del Bajo Imperio y de Bizancio.

Los tiempos de Wamba

Solo disponemos de una fuente en la que podemos conocer el funcionamiento del ejército visigodo: la Historia de Wamba de san Julián de Toledo relata de forma detallada la campaña realizada por este rey en 673, primero contra los vascones y más tarde contra la revuelta del conde Hilderico y la del duque Paulo en la provincia Narbonense. Contrariamente a las órdenes recibidas, Paulo se puso al frente de la sublevación, consiguió el respaldo de la provincia narbonense y parte de la tarraconense, se hizo con las fortalezas del limes pirenaico, destacando guarniciones leales en ellas, fortificó las principales ciudades de la provincia de la Galia, y lo más destacado, se proclamó rey y retó a Wamba a que se presentase frente a él.

Tras enterarse de la sublevación de Paulo, Wamba decidió poner fin a la sublevación de los vascones de forma fulminante y expedita y dirigirse con todo su ejército hacia la Tarraconense primero, sometiendo las ciudades y fortalezas rebeldes, especialmente las que formaban el limes pirenaico, y emprendiendo una campaña, perfectamente planificada, de toma de las ciudades en manos de los rebeldes, utilizando fuerzas navales y máquinas de guerra, hasta conseguir la rendición de todas las ciudades, hasta someter Nimes, última en poder de Paulo, y la captura de todos los sublevados.

En esta campaña tanto Wamba, como rey y jefe del ejército, como este, demostraron su capacidad militar en la organización y planificación, en el desplazamiento, en la actuación con unidades pequeñas y en conjunto, en la toma de ciudades y fortalezas, en la combinación de recursos, la adaptación al medio, y en el uso de la poliorcética, en especial de ingenios de asedio y asalto (testudos, arietes y torres) y de lanzamiento de proyectiles (valistas, onagros y catapultas).

Sistema logístico

La logística no estuvo ausente en el ejército visigodo. Durante el reino visigodo se mantuvo un sistema de annonao abastecimiento del ejército, basado en el existente durante el Bajo Imperio, en el que los responsables de las ciudades —el comes civitatis y el erogator annonae—,debían tener víveres suficientes para proveer tanto a las fuerzas de guarnición de las ciudades y castella, como al ejército de campaña o thiufa cuando este se desplazaba y necesitaba avituallarse, como se desprende de la legislación recogida en las leyes «antiguas» IX. 2. 4, 5 y 6 Liber Iudiciorum. Aunque con menos eficacia que durante el periodo romano, también se mantuvo un sistema logístico de abastecimiento de armas, mediante un sistema público de producción y abastecimiento de armamento, en especial proyectiles de gran consumo, como flechas, que eran fabricadas y trasladadas a los sitios en conflicto de forma organizada.

Marina y castrametación

Uno de los factores menos conocidos del ejército visigodo es la utilización de una armada. A diferencia de los vándalos, que muy pronto aprendieron a usar la fuerza naval en su expansión por el Mediterráneo —en donde se hicieron no solo con las costas del norte de África, sino también con las Baleares, Sicilia y Cerdeña—, los visigodos no se destacaron, por aprovechar la navegación con fines militares; más aún, los primeros intentos conocidos de usar una flota con carácter militar fueron muy negativos. Cuando Alarico o Walia intentaron cruzar a África, sufrieron un verdadero desastre a manos de los vándalos. Lo mismo podemos decir de cuando Teudis intentó recuperar la plaza de Ceuta, conquistada por las tropas bizantinas de Belisario. Sin embargo, las siguientes noticias nos hablan no solo de un correcto uso de la marina con fines bélicos, sino de una acertada utilización, y en todos los casos de forma victoriosa; Leovigildo derrotó a los sajones en las costas occidentales del reino franco, y atacó a los francos en la zona de Aquitania; Sisebuto utilizó una flota para atacar desde las costas del Cantábrico a vascones y cántabros; y Wamba la utilizó de forma magistral, como apoyo del ejército desplazado a la Narbonense en la campaña de 673, acompañando al ejército durante su desplazamiento por la costa norte de la Tarraconense y una vez cruzados los Pirineos, pero también para evitar la llegada de posibles refuerzos y ataques de los francos por la costa occidental de la provincia durante el sitio de Nimes, e incluso, para atacar a las ciudades rebeldes que se habían puesto del lado del traidor Paulo, como en los sitios de Narbona y de Maguelonne. Pocos años después, el mismo Wamba derrotó una flota musulmana que amenazaba las costas de la Bética, destruyendo doscientas naves.

En cuanto a la castrametación —arte de la construcción de campamentos militares—, los visigodos no solo mantuvieron activas las líneas defensivas existentes desde el Bajo Imperio, reformándolas y ampliándolas, como las que formaban el limes pirenaico, sino que también crearon nuevas líneas defensivas formadas por fortificaciones y ciudades fortificadas, frente al Reino suevo, frente a los vascones y cántabros, y especialmente frente a los bizantinos, asentados en el levante y sur peninsular, con una serie de fortificaciones que se iban levantando según avanzaba el límite entre visigodos y bizantinos.

Un verdadero ejército

Como ya hemos señalado, el ejército visigodo fue un verdadero ejército, un perfecto conocedor del arte de la guerra, digno sucesor del ejército romano, del que aprendió la utilización de nuevo armamento, nuevas tácticas, estrategia, logística y el empleo de ingenios (poliorcética y castrametación), lo que, en el siglo XVIII, von Bülou señalaba como las cinco partes principales de las que se compone el Arte de la Guerra. Realizaba de forma correcta la recluta de tropas, tanto las provinciales, que llevaba a cabo el duque provincial, como las de las mesnadas con las que los magnates debían acudir a la llamada del rey; mantenía un eficaz sistema de annona, abastecimiento logístico en las principales ciudades, tanto de víveres como de material bélico, especialmente de proyectiles, conservando el sistema romano de fabricación y distribución de este tipo de armas; tenía un perfecto conocimiento de la castrametación y la poliorcética, utilizando ingenios de asedio y lanzamiento de proyectiles.

Aunque se suele personificar en las figuras de los reyes como mandos del ejército, tanto estos como sus hombres tenían pleno conocimiento de la estrategia y la táctica, de la planificación de campañas, de las rutas de desplazamiento y de la adaptación a los medios y a los cambiantes elementos.

Continúa leyendo