¿Cómo eran los viajes en la Edad Media?

En la Edad Media existió movilidad fluvial y marítima, comercio y desarrollo de ejes terrestres, siendo su mayor exponente la Ruta de la Seda y Marco Polo el viajero más destacado.

A lo largo de la Historia el viaje ha estado asociado al comercio y a las guerras. El desplazamiento de un lugar a otro por turismo estaba solo al alcance de unas minorías, los dignatarios y las élites, aunque también hubo en la Edad Media viajes de investigación o por placer de escritores que no pertenecían a la aristocracia. En otra vertiente, más dramática, estaban los viajes por el exilio o la deportación.

Es cierto que, desde la caída del Imperio romano de Occidente, en el año 476 d. C., los desplazamientos estaban muy limitados, pero hubo personas que hicieron realidad el dicho de san Agustín, obispo de Hipona, quien en el tránsito del siglo IV al V d. C., afirmaba «el mundo es un libro y aquellos que no viajan, no leen de él más que una página».

El Medievo ha sido interpretado con frecuencia por la historiografía más rancia como un largo periodo de ruptura con todo lo que el mundo clásico representaba a través de su más postrero heredero encarnado en la romanización y una fase de aislamiento no superada hasta el despertar de la Modernidad en el Renacimiento.

Sin embargo, existió movilidad fluvial y marítima, comercio y desarrollo de ejes terrestres, siendo su mayor exponente la Ruta de la Seda y Marco Polo el viajero más destacado. Muchos eran los motivos que impulsaban a viajar en aquellos siglos, desde la huida del fugitivo o el afán explorador y mercantil hasta la peregrinación del alma a Tierra Santa, la Ciudad Eterna o Santiago de Compostela, o la lucha en nombre de Alá o de Cristo en las cruzadas y en la Reconquista, término decimonónico acuñado por Modesto Lafuente para referirse a los ocho siglos de batallas.

Se trataba de viajes pesados en los que el ser humano contaba con sus propias fuerzas como combustible y, acaso, con la ayuda de equinos, camellos, dromedarios, bueyes, elefantes, carros, trineos y otros artilugios regionales de tracción animal, barcos y poco más. Las infraestructuras eran eso, vías ínfimas en cuanto a comodidades pero sí ecológicas, con pastores trashumantes —amparados por la Mesta desde tiempos de Alfonso X— y animales que, al tiempo que se alimentaban, desbrozaban el camino protegiéndolo de incendios causados por el impacto de rayos, colapso de arterias fluviales en cañones y otras catástrofes naturales.

El signo de los tiempos estaba marcado por las Parcas: guerra, hambre y peste, pero eso no desanimaba a los viajeros que tenían alguna motivación trascendental. A falta de redes sociales, se desarrolló con profusión el género epistolar, donde todo tenía cabida, hasta lo que no se había visto pues a la fantasía del caminante bajo el Sol también debemos sumar la inexistencia de algunos periplos o, mejor dicho, su mera existencia mental: nos referimos a los viajes imaginarios o dotados de exageraciones, los cuales denotan ganas de salir del entorno cotidiano y hallar la libertad en todos los sentidos. Sin olvidar los viajes diplomáticos y el espíritu caballeresco.

El viaje y la guerra

Desde finales del siglo XI, Europa fue escenario de la primera cruzada. Predicada por Urbano II en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand en el año 1095, la primera cruzada fue respuesta a la expansión del Islam. En las campañas realizadas en este marco de Guerra Santa hasta 1291 participaron nobles de las principales cortes europeas, como Francia o Inglaterra, unos animados por cuestión de fe y otros, más bien, por obtener prestigio o el favor de Roma.

En 1119-1120 surgió el Temple, como corporación religiosa y militar. En su origen, la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo tenía como objetivo la defensa de la fe cristiana, pero destacó por convertirse en el primer macroestado de Europa.

Uno de los grupos más viajeros de la Edad Media fue el de los templarios. Precisamente, la necesidad de realizar en Tierra Santa una buena gestión de los caudales procedentes del Viejo Continente para sufragar las cruzadas impulsó a estos monjes a desarrollar un complejo sistema bancario, en el que confiaron los monarcas y los señores feudales de la época. Al carisma particular templario se sumaron las ventajas fiscales recibidas como privilegio, ya que la exención de pagar impuestos y diezmos en cualquier lugar del orbe, decretada mediante bula por el papa Inocencio II en 1139, les generó grandes réditos.

En el año 1150 crearon un sistema para proteger a los peregrinos de los saqueadores de caminos, de tal forma que, antes de emprender el viaje, los cristianos depositaban sus objetos de valor en unas cajas que custodiarían los templarios hasta su regreso, recibiendo a cambio una nota con un código cifrado. Los peregrinos solicitaban el dinero que precisaran en la encomienda local templaria, donde se les marcaba un nuevo código en la misma nota.

A nivel bélico y mercantil, la velocidad de los caballos templarios permitió romper las distancias. Fueron los templarios los primeros tratantes de caballerías. Posicionados estratégicamente, los hermanos pudieron comerciar con Oriente y disponer de flota propia de barcos para transportar tropas y mercancías a Tierra Santa. Todavía sigue siendo un enigma adónde se dirigió una docena de barcos que zarparon del puerto de La Rochelle (Francia) en 1307, perseguidos por Felipe IV el Hermoso. ¿Llegaron a América antes que Colón los templarios?

Por otra parte, a finales de la Edad Media, el exilio era una de las penas más severas, como el edicto de conversión o expulsión de los judíos hispanos (1492), en época de los Reyes Católicos. Los sefardíes llevaron el castellano y su apego hacia la tierra en la que habían nacido en los nuevos domicilios forzosos en los que tuvieron que instalarse en Italia, los Balcanes, Norte de África, Oriente Próximo, países septentrionales de Europa, etc.

El viaje y la peste

La peste entró en Europa en los barcos italianos procedentes de Crimea y de Constantinopla. La orilla septentrional del mar Negro estaba ocupada por tribus de mongoles (tártaros) y, en 1340, los tártaros, aliados de los venecianos, se enfrentaron con los genoveses, quienes se vieron obligados a refugiarse en la ciudad de Caffa.

Desde 1347 la epidemia se extendió de manera imparable mediante los circuitos comerciales. Aunque en algunos puertos, como Mesina (Sicilia), impidieron entrar a las naves, las ratas abandonaron los buques y diseminaron la enfermedad, que en noviembre llegó a Marsella.

Esta infección generalmente es producida por la picadura de una pulga infectada, que habita en roedores. Aparte de por la pulga, la peste se transmite por la inhalación de gotitas de Flügge. El término procede del higienista alemán Carl Flügge (1847-1923), quien confirmó que, incluso al hablar en voz baja, se nebulizan en el aire gotas diminutas.

El escritor italiano Boccaccio narró en El Decamerón cómo la plaga asoló Florencia en 1348 y, sin saberlo, describió los tres tipos principales de peste: la bubónica, la neumónica y la septicémica. La peste bubónica afecta los ganglios linfáticos ubicados principalmente en ingles, axilas y cuello. Los síntomas incluyen malestar general (como en una gripe), fiebre, inflamación de ganglios linfáticos (bubas), calambres musculares, gangrena, asfixia y vómito. Cuando las bacterias alcanzan e infectan los pulmones se produce la peste neumónica, y si estas se diseminan en la sangre, la infección se torna septicémica.

En sus Andanzas y viajes el andaluz Pedro Tafur narra un periplo realizado entre 1436 y 1439 por gran parte de Europa y otros lugares del Mediterráneo, como Creta, Rodas, Chipre, Quíos, Egipto y Oriente Próximo. También pasó por Roma y Constantinopla, poco antes de su caída a manos islámicas. Tafur explicaba lo difícil que era acceder a Constantinopla por el mar Negro en 1437 debido a los bloqueos comerciales por la rivalidad entre las potencias; más adelante se impondrían las cuarentenas obligatorias en los tránsitos.

El viaje y la erudición

Los desplazamientos motivados por factores económicos eran habituales. Las ferias —celebradas una o dos veces al año en ciudades y villas—, y los mercados de periodicidad semanal suponían un trasiego continuo de personas.

El viajero contemplaba las organizaciones sociales, las dinámicas económicas y las corrientes culturales, y de todas esas vertientes quedaba influido. Benjamín de Tudela ha sido considerado el «Marco Polo hebreo». Hacia 1165, Benjamín salió hacia Jerusalén desde Tarragona, retornando en 1172 o 1173, tras recorrer una extensa ruta en la que visitó 200 ciudades, entre ellas Roma, Constantinopla y Alejandría. Un autor anónimo recopiló su periplo con el título de Sefer Masaot o Libro de Viajes.

Es una hipótesis asumida que el desarrollo del rescate del saber grecolatino por el Humanismo fue posible gracias al intercambio de ideas por los viajes de los eruditos bizantinos, bien tras el saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1204 o por la toma de Constantinopla por los turcos en 1453.

Reyes, obispos y estudiantes

La concepción cristiana de que la vida era un camino alentaba al viaje en la Edad Media. En la juventud, los estudiantes, eran personas que se movían bastante en el espacio conociendo diversas universidades. Los juglares y los trovadores iban por las ciudades y por los castillos ofreciendo sus versos. Los caballeros se desplazaban para asistir a las justas y los torneos. Los pastores con la trashumancia buscaban pastos apacibles para sus rebaños jugando con las temperaturas y las estaciones. Los segadores también cambiaban de fincas de labor.

Entre los monarcas más viajeros estaba Alfonso VI de León y de Castilla, que conquistó Toledo en 1085 y se desplazaba con un séquito de más de 200 personas, 200 caballos y medio centenar de carros, además de vacas y ovejas para ir teniendo provisiones de alimento. El cortejo estaba formado por eclesiásticos, soldados, halconeros, músicos, poetas, etc.

En Francia, Felipe II de Borgoña (1342-1404), conocido con el sobrenombre de El Atrevido, cambió de domicilio más de 100 veces al año movido por una existencia en que el ocio se convertía en ceremonial. El desplazamiento estaba justificado por la asistencia a cacerías, presenciar torneos, competiciones o para supervisar sus posesiones y dejarse ver por los súbditos. Fue un gran mecenas de las artes, como puede verse en la cartuja de Champmol, donde encargó las esculturas funerarias del panteón ducal.

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