Claraval, protector de la Orden del Temple

Los templarios contaron con grandes ayudas, como la de San Bernardo de Claraval, reformador de la regla benedictina.

San Bernardo de Claraval

En el éxito de la Orden del Temple obtenido en el Concilio de Troyes, Hugo de Payns, líder del grupo original de cruzados, no estuvo solo: fue decisiva la ayuda prestada por San Bernardo de Claraval, quien, por su parentesco y cercanía con varios de los nueve primeros caballeros, se había esforzado sobremanera en dar a conocer la Orden en la corte papal. Bernardo era sobrino de André de Montbard y primo por parte de madre de Hugo de Payns, y era asimismo una de las figuras más influyentes y admiradas en Francia y en la propia Santa Sede por haber sido uno de los artífices de la reforma de la regla benedictina. Con estos avales, el monje participó en el diseño de la regla de la Orden del Temple –inspirada en la cisterciense que él profesaba– y asesoró a los templarios en su redacción. Posteriormente, ayudó de nuevo a Hugo de Payns en la confección de una serie de cartas en las que señalaba a la Orden como el verdadero ideal de la caballería e invitaba a las masas a unirse a ella.

Tras su consagración en Troyes, sucesivas bulas –Omne Datum Optimum (1139), Milites Templi (1144) y Militia Dei (1145)– concedieron cuantiosos y crecientes privilegios a los templarios. Así, se les dio autonomía formal y real respecto de los obispos, quedando sujetos solo a la autoridad papal. También se los excluyó de la jurisdicción civil y eclesiástica, se les permitió tener sus propios capellanes y sacerdotes y se les otorgó el poder de recaudar bienes y dinero de variadas formas (por ejemplo, mediante el óbolo –las limosnas que se entregaban en las iglesias– una vez al año). Además, estas bulas papales les concedieron el derecho sobre sus conquistas en Tierra Santa y atribuciones para construir fortalezas e iglesias propias, lo que les llevaría a alcanzar enseguida gran poder e independencia.

 

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Se inicia la expansión

Después de Troyes, cinco de los nueve integrantes primigenios de la Orden, encabezados por Hugo de Payns, viajaron primero por Francia y después por el resto de Europa con el objeto de recoger nuevas donaciones y alistar caballeros en sus filas. Se dirigieron inicialmente a los lugares de los que provenían, con la idea de que serían mejor aceptados, y se aseguraron así cuantiosas aportaciones económicas. En este periplo consiguieron reclutar en poco tiempo una cifra cercana a los trescientos caballeros, sin contar escuderos, hombres de armas y pajes. Se iniciaba así la enorme expansión de la Orden del Temple, que creció tan rápidamente en tamaño y poder que muy pronto sus integrantes dejaron de ser pauvres chevaliers para convertirse en formidables terratenientes: hacia 1170, unos cincuenta años después de su fundación, sus dominios se extendían ya por Francia, Alemania, Reino Unido, España y Portugal, además de contar con una larga serie de fortificaciones por todo el mar Mediterráneo y Tierra Santa.

Esta expansión territorial llevó aparejado un incremento proporcional de su riqueza, que llegó a ser como ninguna otra en todos los reinos de Europa. Para el año 1220, era la organización más grande de Occidente en todos los sentidos, desde el militar hasta el económico, con más de 9.000 encomiendas repartidas por Europa, unos 30.000 caballeros y sargentos, más de 50 castillos y fortalezas entre Occidente y Oriente Próximo y una flota propia anclada en los puertos de Marsella y La Rochelle.

 

Más información sobre el tema en el artículo Templarios, los guerreros de Cristo de Nacho Otero. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Las Cruzadas. Primer choque de civilizaciones.

 

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