¿Cómo fue el entierro de Miguel de Cervantes?

Miguel de Cervantes Saavedra fue enterrado en el convento madrileño de las Trinitarias el 23 de abril de 1616.

La familia de Cervantes, sus escasos amigos y los hermanos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco velaron el cuerpo sin vida del escritor durante la noche del 22 de abril y hasta que el alba entró por las ventanas, rezando por el eterno descanso de su alma. Le faltaban unos meses para cumplir los 69 años, pero una incurable hidropesía o un problema de diabetes se lo llevaron. Allí, en el barrio de las Letras o barrio de las Musas de Madrid, murió uno de los autores más importantes de la literatura española.

Cervantes llevaba días postrado en la cama, casi sin fuerzas para tomar su querida pluma y escribir pero con su ingenio y agilidad mental tan vivos como en sus mejores tiempos. Su única preocupación era terminar su última novela, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia septentrional dedicada al conde de Lesmos y que sería publicada por su viuda en 1617. Su prólogo, breve pero brillante, servía como comienzo para su última obra y como despedida al mismo tiempo: “Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, esta te escribo”. Con la extremaunción recibida en su lecho de moribundo de la calle del León, dicta su testamento y se dispone a esperar.

Todo este drama silencioso, la irremplazable pérdida cultural, ocurría en el madrileño barrio de las Letras o barrio de las Musas, en pleno corazón de la ciudad de los Austrias y en lo que hoy día se llama Casa de Cervantes – habilitada para recibir visitas turísticas –. Su entierro tampoco levantó revuelo como ocurriría con los multitudinarios sepelios de otras figuras célebres de la época como Lope de Vega, gran rival de Cervantes. Apenas su familia cercana y los cuatro frailes trinitarios que portaban el cuerpo del difunto estuvieron presentes.

Aunque su gran obra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, había tenido un éxito más que considerable para la época, la comunidad literaria de Madrid no pensaba que Miguel de Cervantes fuera alguien realmente importante. Muchos lo veían como un hidalgo viejo y pobre, anticuado para su tiempo y encadenado a un ego superlativo y unas aspiraciones de éxito que le hacían tenerse en muy alta estima. Otros, por su parte, veían en él al anciano que hacía años había sido amigo de Lope de Vega, llegando a alabar el uno la obra del otro y viceversa, pero que había acabado como rival del fénix del ingenio por una cuestión de celos y envidias.

El manco de Lepanto, quien en vida afirmó que prefería haber podido combatir en esa importantísima batalla antes que recuperar la mano perdida, fue enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid el 23 de abril. Su última voluntad había sido descansar en el barrio de las Letras y vestir el sayal franciscano como muestra de agradecimiento a los frailes trinitarios que hicieron de intermediarios y recogieron fondos en Argel para que él y su hermano Rodrigo fueran liberados.

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