Paraísos perdidos

Las penurias sufridas por el género humano desde los albores de su historia estimularon la imaginación de la sociedad a la hora de fabular con la utopía de un mundo mejor, con sus propias coordenadas geográficas y en el que imperaba la doctrina de la abundancia.

Imagen imaginada de la Atlántida

El ancho océano es tierra abonada para el mito. El paraíso es, por definición, un paraje remoto en un horizonte lejano e inaccesible. La entelequia del paraíso no era tal sin una geografía imposible, sin la inaccesibilidad que frustra cualquier empeño de darle forma. Pocas metáforas paradisíacas tan sugerentes como la isla, una metáfora del retiro soñado, de la abstracción tangible del mundo real, en el corazón de la terra incognita que conforma el mundo inexplorado e inexplorable. Pronto el blindaje del gran azul, sustentado en la precariedad de las técnicas de navegación y el vago conocimiento de los mares, cuajó como extensión natural de los mitos paradisíacos. Las islas Afortunadas cobraron forma desde la pluma de Hesíodo y Píndaro: un codiciado retiro para los virtuosos, cuya rectitud en vida les había empujado a superar el ciclo de la reencarnación hasta en tres ocasiones, ubicado en algún ignoto lugar del Atlántico, y que con el transcurrir de los siglos los geógrafos tendieron a ubicar en las Canarias, la extensión insular del edén de los Campos Elíseos.

Tanto o más perdurable fue el mito de la isla de Tule, de cuya existencia dio cuenta por vez primera el explorador griego Piteas, allá por el siglo VI a.C., que la holló en su periplo por el Atlántico Norte y que la definió como el país más septentrional al norte de las islas Británicas. Pronto el mito –que perduró hasta el siglo XX, cuando los nazis se afanaron en moldearla como la cuna misma de la raza aria– se fusionó con los precarios conocimientos geográficos de la época, y Eratóstenes y Estrabón dieron pábulo a la leyenda, alimentándola. Descrita como una isla de hielo y fuego donde nunca anochecía, Tule cobró forma en el imaginario colectivo como una de las posibles ubicaciones de la Atlántida, cuyo mito forjó Platón y que es, sin duda, la entelequia paradisíaca que más ha perdurado en el tiempo (y que muchos hoy siguen buscando). Constituida por una confederación de reinos rígidamente sometida al imperio de la ley, gobernada por una realeza justa y ejemplar, extraordinariamente sabia y modélica administradora de la opulencia, la Atlántida se consolidó desde la Antigüedad como espejo de civilización y sociedad perfecta. Tule también fue identificada como el lugar en el que existió la mítica Hiperbórea, habitada por Bóreas, dios de los vientos, y por hombres inmortales. Tule e Hiperbórea fueron difusamente ubicadas en el Medievo en algún rincón insular de Escandinavia.

El inexplorado océano permitía inventar geografías paradisíacas con la certeza de que ningún inconsciente se adentraría en el mar para encontrarlas. Muy lejos del Atlántico septentrional, en el corazón del Índico, localizó Megástenes por primera vez la isla de Taprobana en el siglo III a.C., un paraje formidable habitado por hombres de un solo pie y hormigas gigantes, en el que los desvelos de los humanos corrientes estaban vedados porque no existían los delitos y regía la ley de la inagotable abundancia. La ignorancia alimentó la leyenda con el paso de los siglos y muchos geógrafos del Medievo se empeñaron en identificarla con Sumatra o Sri Lanka. Pero la era de las exploraciones acabó por reventar el mito: Taprobana era, en realidad, poco más que la proyección insular de las fantasías paradisíacas tan recurrentes desde la Antigüedad.

Reinos de leyenda

Pero si imperfecta es de por sí la naturaleza humana, e insoportable la levedad del ser, el ideal del buen gobierno es el amortiguador perfecto para aplacar las múltiples limitaciones de la vida mortal. No obstante, la teoría y la praxis política terminaron por sucumbir estoicamente a la desilusión, conscientes de que la naturaleza humana era en sí misma incompatible con la utopía del gobierno perfecto. Así, el mito del paraíso se “politiza”, y se proyecta ese ideal, impracticable en el mundo real, hacia tierras remotas e inalcanzables donde proliferan sistemas de gobierno e ingeniería social que son la cristalización, en el ámbito de la ensoñación (o la idealización), de reinos y sociedades modélicas, espejo en el que mirarse y variante de la entelequia paradisíaca. El más célebre de ellos es, sin duda, la Atlántida, pero no es ni mucho menos el único. El reino de Saba, gobernado por la reina Makeda, que enamoró a Salomón, se convierte en la Antigüedad en un icono de la prosperidad y la abundancia, en el que proliferan especias, metales preciosos, jardines y palacios majestuosos. Pero Saba es, quizá, un mito construido sobre una realidad histórica tangible. Durante siglos se creyó que se trataba de poco más que una fábula geográfica de tantas, pero en la actualidad algunos arqueólogos defienden su existencia e historicidad ubicándolo en algún lugar de Yemen o, más probablemente, Etiopía.

 

Más información sobre el tema en el artículo El lugar donde estuvo el paraíso de Roberto Piorno. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Dioses y mitos de todas las culturas. Viaje histórico por un mundo imaginario. Si quieres conseguir este ejemplar, solicítalo a suscripciones@zinetmedia.es. También puedes comprarlo a través de Zinio o de Kiosko y Más. Y si deseas recibir cada mes la revista Muy Historia en tu buzón, entra en nuestro espacio de Suscripciones <https://suscripciones.zinetmedia.es/divulgacion/muy-historia> .

Reinos de leyenda

Pero si imperfecta es de por sí la naturaleza humana, e insoportable la levedad del ser, el ideal del buen gobierno es el amortiguador perfecto para aplacar las múltiples limitaciones de la vida mortal. No obstante, la teoría y la praxis política terminaron por sucumbir estoicamente a la desilusión, conscientes de que la naturaleza humana era en sí misma incompatible con la utopía del gobierno perfecto. Así, el mito del paraíso se “politiza”, y se proyecta ese ideal, impracticable en el mundo real, hacia tierras remotas e inalcanzables donde proliferan sistemas de gobierno e ingeniería social que son la cristalización, en el ámbito de la ensoñación (o la idealización), de reinos y sociedades modélicas, espejo en el que mirarse y variante de la entelequia paradisíaca. El más célebre de ellos es, sin duda, la Atlántida, pero no es ni mucho menos el único. El reino de Saba, gobernado por la reina Makeda, que enamoró a Salomón, se convierte en la Antigüedad en un icono de la prosperidad y la abundancia, en el que proliferan especias, metales preciosos, jardines y palacios majestuosos. Pero Saba es, quizá, un mito construido sobre una realidad histórica tangible. Durante siglos se creyó que se trataba de poco más que una fábula geográfica de tantas, pero en la actualidad algunos arqueólogos defienden su existencia e historicidad ubicándolo en algún lugar de Yemen o, más probablemente, Etiopía.

 

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