Dioses y mitos mayas

Las leyendas de la civilización maya, como las de otras grandes culturas americanas anteriores a la llegada española, mezclan religión, arte, historia y geografías. En ellas conviven dioses y hombres, demonios y duendes, realidad y ficción...

Kukulcán en Chichén Itzá

En el nutrido panteón maya, destacan los tres principales dioses creadores: Kukulcán, la Serpiente Emplumada, dios de las tempestades; Huracán, “el de una sola pierna”, dios del viento, y Tepeu, dios del cielo. Ocupan asimismo un lugar de honor los doce dioses del inframundo, que habitaban un lugar subterráneo: Xibalbá, que significa “lugar de terror” y adonde querían llegar todas las almas para disfrutar del más allá. Aunque para los mayas tampoco la muerte era el fin de la existencia, Xibalbá no se parece al infierno judeocristiano, pues no se llegaba allí como un castigo, sino que era el destino lógico de los muertos. Lejos de ser un submundo espiritual, era un reino palpable, físico, escondido bajo la superficie de la tierra y accesible a través de entradas reales. Pero llegar a él era un auténtico desafío.

Popol Vuh lo describe como una gran ciudad con varias estructuras y llena de obstáculos y trampas. Para empezar, había que pasar por tres ríos: uno lleno de escorpiones, otro de sangre y un tercero de pus. Si se lograba superar estas y otras pruebas, se llegaba ante los temibles Señores de Xibalbá. En la antigua cultura maya, Xibalbá está relacionado con los cenotes: agujeros naturales en cuyo interior se forma un sistema de cuevas inundadas. Estas arterias subterráneas de la península del Yucatán (México) se llenaban del agua de lluvia que aseguraba la supervivencia de la población. Conscientes de su importancia, los mayas ubicaban templos en sus orillas y arrojaban a sus aguas sagradas ofrendas a los dioses (incluidas personas vivas).

En 2008, un grupo de arqueólogos mexicanos, con Guillermo de Anda al frente, creyó haber descubierto en el centro del estado del Yucatán la difícil ruta que los muertos debían recorrer en su tránsito hacia la otra vida. Hallaron catorce sitios subterráneos en cuevas y depósitos de agua de manantial donde había fragmentos de cerámica, elementos rituales y restos óseos humanos. Esta red subterránea de cuevas debió funcionar como recreación de la entrada al inframundo. Y es que en las cuevas acababa la vida maya, pero también empezaba. Sin ir más lejos, en ellas había dos elementos clave para la subsistencia: el maíz que se dio al hombre y el agua.

Los antiguos mayas basaban sus creencias en la existencia de tres grandes planos relacionados: cielo, tierra e inframundo. Y en estos planos, además de dioses, vivían duendes: los aluxes, pequeños seres representados por figuras de barro de unos pocos centímetros de altura. Se cree que eran más antiguos que los propios mayas y, según estos, fueron los hombres primigenios que construyeron las grandes ciudades. Trabajaban en la oscuridad y cuando salía el sol se volvían de piedra. Cuidaban de las personas y de sus campos. Siempre fieles a sus amos, se mostraban traviesos con los desconocidos, y cuando tenían un amo nuevo le hacían toda clase de diabluras hasta que este les daba comida. En el Yucatán, donde siguen estando muy presentes, se han hallado aluxes originales en cenotes como el de Samulá, cerca de la ciudad de Valladolid.

También te puede interesar:

Fin del mundo maya: ¿profecía fallida?

Muchos, basándose en el calendario maya, quisieron ver en el 21 de diciembre de 2012 el fin del mundo. Sin embargo, lo que los mayas pronosticaron en dicha fecha fue solo el final de una era, un cambio de ciclo llamado Baktun que tiene lugar cada 400 años. Varios expertos en la cultura mesoamericana, y hasta la NASA, desmintieron en su día las versiones apocalípticas que circulaban.

El origen de dichas predicciones se relaciona con un trozo de piedra con inscripciones que salió a la luz en el yacimiento de Tortuguero, en el estado mexicano de Tabasco. La conocida como la estela 6 tiene escrita la fecha 13.0.0.0.0 4 Ajaw 3 Kank’in, que corresponde al 21 de diciembre de 2012, pero no contiene ningún mensaje sobre el fin del mundo. Según aclaró el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, la fecha corresponde al fin de una cuenta larga, un ciclo de 5.125 años conocido como 13 b’aak’tuunes, para dar paso a otro período. En la ciudad maya de Chichén Itzá creían que al finalizar ese tiempo la población debía mudarse a otro lugar.

Tan seguros y estables se consideraban los mayas que hasta tenían una palabra que definía un período de 400 años. Y es normal, porque tuvieron prosperidad a lo largo de casi dos milenios. Pero en el siglo IX Tikal, donde vivían unas 100.000 almas, y el resto de ciudades quedaron vacías de repente. Murieron millones de personas, algunas de ellas asesinadas brutalmente, y los pocos supervivientes volvieron a la vida tribal. El mundo maya que hallaron los españoles era apenas una sombra de lo que había sido.

Los arqueólogos han buscado una explicación. Existen muchas teorías: una guerra, una invasión, una migración, enfermedades, sobreexplotación... O quizá una combinación de varios factores, como apuntan Jared Diamond y Franz J. Broswimmer, autores de Colapso. Aparte de las guerras o problemas políticos, un factor clave habría sido la enorme fuerza de trabajo dedicada a la construcción de ciudades monumentales, que causó la deforestación y la disminución de tierras de cultivo. Otra controvertida hipótesis es la de Dick Gill, quien asegura que los mayas murieron de hambre y sed a causa de una serie de devastadoras sequías durante los siglos IX y X.

 

Más información sobre el tema en el artículo Grandes mitos precolombinos de Laura Manzanera.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Dioses y mitos de todas las culturas. Viaje histórico por un mundo imaginario. Si quieres conseguir este ejemplar, solicítalo a suscripciones@zinetmedia.es. También puedes comprarlo a través de Zinio o de Kiosko y Más. Y si deseas recibir cada mes la revista Muy Historia en tu buzón, entra en nuestro espacio de Suscripciones <https://suscripciones.zinetmedia.es/divulgacion/muy-historia> .

En el nutrido panteón maya, destacan los tres principales dioses creadores: Kukulcán, la Serpiente Emplumada, dios de las tempestades; Huracán, “el de una sola pierna”, dios del viento, y Tepeu, dios del cielo. Ocupan asimismo un lugar de honor los doce dioses del inframundo, que habitaban un lugar subterráneo: Xibalbá, que significa “lugar de terror” y adonde querían llegar todas las almas para disfrutar del más allá. Aunque para los mayas tampoco la muerte era el fin de la existencia, Xibalbá no se parece al infierno judeocristiano, pues no se llegaba allí como un castigo, sino que era el destino lógico de los muertos. Lejos de ser un submundo espiritual, era un reino palpable, físico, escondido bajo la superficie de la tierra y accesible a través de entradas reales. Pero llegar a él era un auténtico desafío.

Popol Vuh lo describe como una gran ciudad con varias estructuras y llena de obstáculos y trampas. Para empezar, había que pasar por tres ríos: uno lleno de escorpiones, otro de sangre y un tercero de pus. Si se lograba superar estas y otras pruebas, se llegaba ante los temibles Señores de Xibalbá. En la antigua cultura maya, Xibalbá está relacionado con los cenotes: agujeros naturales en cuyo interior se forma un sistema de cuevas inundadas. Estas arterias subterráneas de la península del Yucatán (México) se llenaban del agua de lluvia que aseguraba la supervivencia de la población. Conscientes de su importancia, los mayas ubicaban templos en sus orillas y arrojaban a sus aguas sagradas ofrendas a los dioses (incluidas personas vivas).

En 2008, un grupo de arqueólogos mexicanos, con Guillermo de Anda al frente, creyó haber descubierto en el centro del estado del Yucatán la difícil ruta que los muertos debían recorrer en su tránsito hacia la otra vida. Hallaron catorce sitios subterráneos en cuevas y depósitos de agua de manantial donde había fragmentos de cerámica, elementos rituales y restos óseos humanos. Esta red subterránea de cuevas debió funcionar como recreación de la entrada al inframundo. Y es que en las cuevas acababa la vida maya, pero también empezaba. Sin ir más lejos, en ellas había dos elementos clave para la subsistencia: el maíz que se dio al hombre y el agua.

Los antiguos mayas basaban sus creencias en la existencia de tres grandes planos relacionados: cielo, tierra e inframundo. Y en estos planos, además de dioses, vivían duendes: los aluxes, pequeños seres representados por figuras de barro de unos pocos centímetros de altura. Se cree que eran más antiguos que los propios mayas y, según estos, fueron los hombres primigenios que construyeron las grandes ciudades. Trabajaban en la oscuridad y cuando salía el sol se volvían de piedra. Cuidaban de las personas y de sus campos. Siempre fieles a sus amos, se mostraban traviesos con los desconocidos, y cuando tenían un amo nuevo le hacían toda clase de diabluras hasta que este les daba comida. En el Yucatán, donde siguen estando muy presentes, se han hallado aluxes originales en cenotes como el de Samulá, cerca de la ciudad de Valladolid.

Fin del mundo maya: ¿profecía fallida?

Muchos, basándose en el calendario maya, quisieron ver en el 21 de diciembre de 2012 el fin del mundo. Sin embargo, lo que los mayas pronosticaron en dicha fecha fue solo el final de una era, un cambio de ciclo llamado Baktun que tiene lugar cada 400 años. Varios expertos en la cultura mesoamericana, y hasta la NASA, desmintieron en su día las versiones apocalípticas que circulaban.

El origen de dichas predicciones se relaciona con un trozo de piedra con inscripciones que salió a la luz en el yacimiento de Tortuguero, en el estado mexicano de Tabasco. La conocida como la estela 6 tiene escrita la fecha 13.0.0.0.0 4 Ajaw 3 Kank’in, que corresponde al 21 de diciembre de 2012, pero no contiene ningún mensaje sobre el fin del mundo. Según aclaró el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, la fecha corresponde al fin de una cuenta larga, un ciclo de 5.125 años conocido como 13 b’aak’tuunes, para dar paso a otro período. En la ciudad maya de Chichén Itzá creían que al finalizar ese tiempo la población debía mudarse a otro lugar.

Tan seguros y estables se consideraban los mayas que hasta tenían una palabra que definía un período de 400 años. Y es normal, porque tuvieron prosperidad a lo largo de casi dos milenios. Pero en el siglo IX Tikal, donde vivían unas 100.000 almas, y el resto de ciudades quedaron vacías de repente. Murieron millones de personas, algunas de ellas asesinadas brutalmente, y los pocos supervivientes volvieron a la vida tribal. El mundo maya que hallaron los españoles era apenas una sombra de lo que había sido.

Los arqueólogos han buscado una explicación. Existen muchas teorías: una guerra, una invasión, una migración, enfermedades, sobreexplotación... O quizá una combinación de varios factores, como apuntan Jared Diamond y Franz J. Broswimmer, autores de Colapso. Aparte de las guerras o problemas políticos, un factor clave habría sido la enorme fuerza de trabajo dedicada a la construcción de ciudades monumentales, que causó la deforestación y la disminución de tierras de cultivo. Otra controvertida hipótesis es la de Dick Gill, quien asegura que los mayas murieron de hambre y sed a causa de una serie de devastadoras sequías durante los siglos IX y X.

 

Más información sobre el tema en el artículo Grandes mitos precolombinos de Laura Manzanera.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Dioses y mitos de todas las culturas. Viaje histórico por un mundo imaginario. Si quieres conseguir este ejemplar, solicítalo a suscripciones@zinetmedia.es. También puedes comprarlo a través de Zinio o de Kiosko y Más. Y si deseas recibir cada mes la revista Muy Historia en tu buzón, entra en nuestro espacio de Suscripciones <https://suscripciones.zinetmedia.es/divulgacion/muy-historia> .

CONTINÚA LEYENDO