¿Qué fue el Plan Cóndor?

Las dictaduras militares de Latinoamérica crearon el Plan Cóndor para poder eliminar a cualquiera que fuera una molestia tanto dentro como fuera de sus fronteras.

El siglo XX fue un momento convulso para Latinoamérica. Fuertemente influidos por los acontecimientos derivados de la Guerra Fría, casi todos los países del Cono Sur vieron cómo sus gobiernos democráticos eran derrocados por golpes de Estado y revoluciones guerrilleras o cómo las dictaduras ya existentes daban paso a otras nuevas (de distinto o igual signo). Gran parte de estas dictaduras surgieron en los años 70 de una serie de militares conservadores apoyados por Estados Unidos que vieron en sus vecinos a los aliados necesarios para mantenerse en el poder. Así surgiría lo que pasó a conocerse como Plan Cóndor (u Operación Cóndor), un plan de coordinación que buscaba eliminar a cualquier persona molesta para las dictaduras y mantener a los distintos regímenes en el poder.

El Ministerio Público Fiscal de la República de Argentina define el Plan Cóndor de la siguiente manera:

“Cóndor fue una plataforma para la estandarización de las prácticas de coordinación represiva presentes en la región. Implicó la puesta a disposición de recursos humanos, materiales y técnicos entre las dictaduras, con el objetivo de facilitar la destrucción de sus opositores, fueran individuos u organizaciones. Como también adelantamos, en la práctica Cóndor sirvió para: la especial, -pero no privativa- persecución y búsqueda de aniquilamiento de los dirigentes; la persecución a los cuadros medios y de base de las organizaciones; la búsqueda de la expropiación de los recursos económicos; y, por último, la búsqueda de desprestigio internacional de las organizaciones por medio de campañas de acción psicológica”.

 Según se explica en el mismo documento, la idea de crear esta alianza encubierta se materializó en noviembre de 1975 pero antes ya se había hablado del interés y la predisposición de países como Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Paraguay a aprovechar sus semejanzas y hacer un frente común contra lo que ellos mismos consideraban “elementos disidentes” o “contrarios al orden establecido” dentro de la sociedad. 

Todos estos dictadores latinoamericanos compartían una base ideológica común, un rechazo hacia el pensamiento de izquierdas, una necesidad de conservar su lugar en el poder y un reciente historial de represión y crímenes de lesa humanidad por lo que la decisión lógica parecía la de unir fuerzas y poder así llevar esas mismas prácticas más allá de sus fronteras. La metodología del Plan Cóndor fue variando según el caso y el momento pero la estructura general pasaba por la coordinación de los distintos servicios de inteligencia y policías secretas y el envío de información, la persecución, captura, repatriación, tortura y desaparición o asesinato de aquellos líderes opositores, exiliados o personajes públicos que los regímenes pudieran considerar una molestia.

Resulta curioso saber que estas acciones no se limitaron a los territorios de las seis naciones que aceptaron el acuerdo en 1975, sino que se extendió a Italia y Estados Unidos. Precisamente el país norteamericano ha sido acusado en muchas ocasiones de colaborar con este sistema de represión igual que colaboró con los golpes de Estado que llevaron a los dictadores al poder. El principal responsable al que se suele culpar es Henry Kissinger, exsecretario de Estado con Nixon y Ford, así como a varios agentes del FBI. Durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) se desclasificaron documentos que, si bien no probaban la participación de Estados Unidos en el Plan Cóndor, sí demostraban que estaba al tanto de lo que ocurría en Latinoamérica.

Especialmente célebres son los llamados “vuelos de la muerte”, una práctica de exterminio en la que los presos eran subidos a un avión, anestesiados y lanzados desde el aire al mar o a algún río dentro de sacos con peso. Drogado como estaba, el reo no era consciente de lo que estaba pasando a su alrededor pero este método aseguraba su muerte ya fuese por la caída y el impacto o por ahogamiento. También es muy recordado en Argentina el taller Automotores Orletti, un centro de retención y tortura encubierto conocido por los militares como "El Jardín" y en el que se estima que murieron unas 200 personas. Dado que las dictaduras seguían funcionando y reprimiendo por su cuenta, es muy difícil determinar el número total de víctimas del Plan Cóndor y la horquilla en la que se mueven muy amplia (entre varios cientos y 60 000 personas) dado que algunos expertos incluyen los casos de represión interna y otros no.

El Plan Cóndor llegó a su fin a principios de los 80 pero no se conoce el motivo exacto ya que, según el Ministerio Público Fiscal de Argentina, “se carece de documentos que den cuenta de una toma de decisión expresa sobre su clausura” sino que simplemente las menciones al mismo van desapareciendo progresivamente. Para esos años muchas de las dictaduras se habían visto debilitadas o ya habían desaparecido (Argentina celebró elecciones libres en 1983) por lo que debemos suponer que, cuando los regímenes cayeron, también lo hizo la operación.

 

Los Archivos del Terror

Pero la historia no termina ahí. En 1992 Martín Almada, un exiliado paraguayo que fue víctima de tortura, recibió un soplo anónimo que lo llevó hasta una pequeña comisaría de policía en el suburbio de Asunción. Allí, para su sorpresa, encontró más de 700 000 documentos en los que se detallaban las actividades clandestinas llevadas a cabo por el régimen paraguayo de Alfredo Stroessner durante tres décadas; los llamados Archivos del Terror.

Fueron estos documentos, sumados a los archivos desclasificados por Estados Unidos, los que se utilizaron en los macrojuicios iniciados en os 2000 contra todos los responsables de las atrocidades cometidas en el Plan Cóndor y como parte de las represiones internas que cada país llevó a cabo por su cuenta. En el banquillo se sentaron los dictadores Rafael Videla y Reynaldo Bignone (Argentina) o Augusto Pinochet (Chile) entre otros altos cargos de los regímenes. Alfredo Stroessner (Paraguay) consiguió librarse huyendo a Brasil, donde se mantuvo intocable hasta su muerte en 2006. Muchos de los acusados, de avanzada edad, murieron poco tiempo después de ser condenados y, obviamente, sin haber cumplido la pena impuesta.

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