¿Por qué se dice que los gatos negros traen mala suerte?

Los gatos negros, en el folklore popular, son asociados con las brujas y las fuerzas oscuras y se suele creer que traen mala suerte.

No derramar la sal. No cruzar por debajo de una escalera. No romper espejos. Tocar madera para no gafar las cosas. No casarse ni embarcarse en martes 13. Evitar a los gatos negros. Las creencias populares afirman que si uno cumple estas sencillas normas podrá esquivar a la mala suerte y vivir feliz. Por supuesto, estas creencias son supersticiones irracionales que cambian según la cultura en la que se den pero que han perdurado hasta la actualidad. Y si bien es cierto que a las escaleras y a los espejos les da igual lo que hagamos, los gatos negros del mundo se sentirían muy aliviados si se les dejara tranquilos y no se les asociara con el diablo o la mala suerte.

La historia de los gatos con el ser humano es larga y cambiante. De forma similar a lo que ocurrió con los perros, los gatos descienden de otros felinos mayores que, con el paso del tiempo y el contacto directo, acabaron por ser “domesticados” (un gato siempre será un espíritu libre) y compartir su espacio vital con el hombre. Estos animales fueron rápidamente asimilados como símbolos de protección ya que ayudaban a mantener el hogar libre de otros animales como ratas o insectos, cuya presencia podía acarrear enfermedades. En Egipto, las diosas Mafdet y Bastet eran representadas como mujeres con cabeza felina y se las adoraba para pedir protección y riqueza. Los gatos eran considerados sagrados, animales espirituales, y como tal se les veneraba y respetaba. Solían ser momificados y enterrados junto a sus dueños para que les acompañaran a la otra vida y matar a un gato era un delito que se castigaba con la muerte.

La asociación de los gatos con la protección del hogar perduró durante siglos. En las culturas nórdicas, por ejemplo, la diosa Freyja era llevada por un carro tirado por gatos y se pensaba que si estos animales estaban bien cuidados traerían buena suerte y buenos presagios. Freyja era la diosa del amor, la fertilidad y la belleza y, por lo tanto, cuidar a los gatos suponía favorecer el matrimonio o tener muchos hijos. Sin embargo, la cosa cambió en la Edad Media y principalmente a partir de la expansión de las ideas cristianas.

Gato negro
Imagen: iStock Photo.

 

Desde el siglo VI la Iglesia ganó un gran poder y difundió la idea del temor a Dios y la existencia de criaturas malignas asociadas con Satanás, con el demonio. Los gatos empezaron a verse como criaturas nocturnas, sigilosas, que merodean por los rincones y son letales con sus víctimas. Además, el color negro era sinónimo de noche, fuerzas oscuras, maldad… Esta clase de ideas pasaron a formar parte del folklore popular en Europa, considerando a los gatos negros portadores de mala suerte y de calamidades. La cosa todavía se desmadró más cuando empezaron a relacionarse con las brujas, afirmándose que los gatos negros eran sus secuaces, su vínculo con los poderes tenebrosos o incluso las propias brujas que se transformaban para pasar desapercibidas.

Esta creencia provocó una histeria colectiva en toda Europa, llevando a la población a exterminar a todos los gatos negros que encontraban, reduciendo su población en el continente. Se cree que la ausencia de estos depredadores fomentó la aparición de más ratas que, a su vez, expandieron la peste bubónica. El miedo a los gatos negros llegó al Nuevo Mundo junto al miedo a las brujas y perduró hasta alrededor del siglo XVIII o XIX. En la actualidad, el miedo ha dado paso a cierto recelo supersticioso relacionado no con el diablo directamente sino con la mala suerte. Numerosos estudios demuestran que los gatos de colores claros son elegidos como mascotas antes que los de tonos oscuros.

En la actualidad, los gatos negros forman parte del imaginario neogótico y de Halloween como un símbolo con la temática de terror.

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