¿Por qué se comen torrijas en Semana Santa?

Este dulce típico a base de pan y leche es una de las señas de identidad de la Semana Santa en España.

Si no era suficiente con diferenciar las épocas del año por las estaciones o las cosechas, el ser humano decidió que también debía hacerlo por lo que se echaba al estómago. Cada tiempo o fiesta tiene una comida particular que debe consumirse por un obligado convencionalismo social o porque solo se hace en ese momento del año. El turrón de Navidad, la mona del Jueves Lardero o las castañas de Halloween son algunos de los ejemplos más conocidos. En España, durante la Semana Santa, el centro de todas las miradas son las torrijas.

La torrija es un dulce europeo con gran arraigo en España. Consiste en rebanadas de pan duro, generalmente de los días anteriores, que se empapaban en leche o vino, se mojaban en huevo y se freían. El resultado es un bollo esponjoso pero consistente, que conserva el jugo por el baño de leche o vino y que se suele endulzar con azúcar, miel o similares y se aromatiza con canela y que puede recordar a la tostada francesa. Se trata de un postre contundente cuyos orígenes parecen remontarse al Imperio Romano, ya que un plato muy parecido aparece en el recetario del siglo I de Marco Gavio Apicio bajo el nombre de ‘aliter dulcia’ (“plato dulce”).

Más allá de alguna que otra mención esporádica a la torrija, destacando la del poeta Juan del Encina, se tiene poca constancia de la evolución de este plato y del porqué de su asociación con la Semana Santa. Todo parece apuntar a que es consecuencia del ayuno de Cuaresma, ya que al no poder comer carne se consumía menos pan y había que aprovecharlo cuando ya estaba duro. Además, se debía buscar la forma de llenar el estómago sin saltarse las prohibiciones religiosas, por lo que este dulce de alto contenido calórico resultaba una alternativa perfecta.

Su consumo parece continuado a lo largo de la historia, pero cobra nueva importancia en la primera etapa de la dictadura franquista, los llamados ‘años del hambre’ durante la década de los 40. La celebración de la Semana Santa era una de las fiestas que el régimen de Franco mantenía aun en los años de miseria posteriores a la guerra y como la falta de alimentos y recursos económicos impedía que la gran mayoría de la población se diese ningún lujo, las torrijas se convirtieron en un plato recurrente. Los ingredientes necesarios para este dulce eran relativamente baratos y accesibles para el grueso de la población, por lo que se convirtieron en un plato especial que justificaba el gasto porque solo se tomaba en Cuaresma.

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