Mickey en el piquete: la huelga de animadores en los Estudios Disney

Las malas condiciones laborales y el agotamiento de los trabajadores puso a Walt Disney contra las cuerdas cuando sus animadores y dibujantes se declararon en huelga.

Ah, el bueno de Walt Disney… Un hombre hecho a sí mismo. Un soñador que llegó a California “con una cámara de tercera mano y cuatro dólares en el bolsillo” y cambió el mundo y el cine con sus cortos y películas de animación. El hombre que siempre sonreía, que nos regaló a Mickey, Donald y tantos otros personajes que construyeron la infancia de millones de niños en todo el mundo. El ‘tío Walt’, como le gustaba que le llamaran. No hay historia más Disney que la que el propio Walt Disney nos contó sobre su persona pero, igual que en el cuento original de Cenicienta las hermanas se desangran tras cortarse los dedos para que les entrara el zapato, la historia de Walt Disney tiene más sombras de las que él querría reconocer. Y si no, se que se lo digan a sus animadores que fueron a la huelga en 1941.

 

La situación previa a las protestas

Walt Disney Studios se fundó en 1923 y lo hizo como una empresa familiar, con Walt a la cabeza y su esposa y su hermano como mano derecha y encargado de las finanzas. Sus primeros cortos fueron muy bien recibidos y se convirtió en uno de los estudios de animación más prestigiosos con la aparición de personajes tan célebres como Mickey Mouse. Esta sucesión de éxitos y la ambición desmedida de Walt le llevaron a apostar fuerte por la animación y a aumentar exponencialmente el número de trabajadores que había en la compañía. De siete empleados en 1928 pasaron a casi doscientos en 1934 y todo para lograr llevar a cabo su gran proyecto (lo que la prensa de la época llamó ‘la locura de Walt Disney’): crear el primer largometraje animado a color.

Blancanieves y los siete enanitos se estrenó en 1937 y se convirtió, de manera casi inmediata, en un hito a nivel mundial. Fue la película más taquillera de la historia (desbancada por Lo que el viento se llevó en 1939) y ganó un Oscar, pero para poder realizarla los trabajadores de la Disney tuvieron que asumir una sobrecarga de trabajo inmensa bajo la promesa de que las horas extra les serían pagadas con los próximos beneficios de la empresa. Sin embargo, Disney prefirió invertir todo ese dinero en unos nuevos estudios y un sistema estereofónico de sonido y embarcarse en otros dos alocados proyectos, Pinocho y Fantasía. Ambas películas deberían haber disparado los ingresos de la compañía, pero la pérdida del mercado europeo debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial hizo que ninguna de las dos producciones brillase en taquilla.

Fue entonces cuando, acosado por las deudas que había asumido con Bank of America para pagar sus flamantes estudios nuevos, Walt Disney decidió romper su palabra y pagar lo debido no a todos sus trabajadores, sino solo a aquellos que la compañía consideraba que lo merecían e imponiendo como requisito para el cobro de esas sumas un mayor rendimiento en futuros trabajos, no en los que ya habían hecho. Esta situación no gustó nada a los trabajadores, que empezaron a ser conscientes del injusto trato que recibían por parte de su jefe: grandes diferencias salariales, malas condiciones laborales, falta de reconocimiento por su trabajo (en los créditos de los primeros cortos y películas solo aparecía el nombre de Walt Disney) y la norma de la empresa que impedía a los trabajadores afiliarse a un sindicato. Ciertos rumores sobre despidos dentro de la compañía fueron la puntilla que desencadenó las protestas

Art Babbitt
Art Babbitt, creador de Goofy y cabecilla de las protestas. Imagen: Wikimedia Commons

 

‘¿Somos personas o ratones?’

El Screen Cartoonists Guild (SCG), un sindicato de ilustradores y dibujantes de la época liderado por Herbert Sorrell, vio su oportunidad y consiguió movilizar a parte de la plantilla de los Estudios Disney. Todavía eran una fuerza menor pero contaban con un arma secreta: Art Babbitt, creador de Goofy, de la malvada madrastra de Blancanieves y de Geppetto, se sumó a las protestas. Walt Disney vivió este momento como una traición personal y decidió despedir a Babbitt y a los demás ‘alborotadores’. Al día siguiente, los huelguistas pasaron de menos de un centenar a casi la mitad de los trabajadores de la compañía.

La huelga de los animadores de Walt Disney de 1941 se convirtió en un foco de atención de los medios y la sociedad estadounidense debido al prestigio que hasta entonces tenía la compañía. Se organizaron piquetes ante las puertas del estudio, que recibían todas las mañanas al propio Walt Disney entre gritos y proclamas mientras llegaba en su flamante coche último modelo. Los manifestantes, que en su mayoría eran dibujantes y creativos, hicieron gala de su genialidad y talento al llenar los carteles con los que protestaban de algunos de los personajes más conocidos de Disney y emplear frases como ‘¿Quién teme al lobo feroz?’ acompañada de un lobo con la cara de su jefe, ‘¡No hay hilos sobre mí!’ (referencia a una canción de Pinocho) o ‘¿Somos personas o ratones?’.

La huelga creció rápidamente y fueron muchos los trabajadores de otros estudios (en los que sí se permitían los sindicatos) los que se sumaron a la causa de los dibujantes de la Disney ejerciendo presión día tras día y bloqueando los envíos de película Technicolor, imprescindible para producciones como Dumbo, cuyo estrenó se retrasó. Además, surgió una campaña de prensa que buscaba romper esa imagen inmaculada que ‘el tío Walt’ se había granjeado con los años y que tuvo un gran efecto a la hora de desprestigiar al creador y acercar a la opinión pública a la postura de los manifestantes.

¿Y cómo reaccionó el sonriente Walt Disney a esta situación? Pues mal, bastante mal. La falta de trabajadores y el bloqueo de suministros fueron realmente dañinos para la compañía y el deterioro de su imagen pública no ayudaba. Intentó contraatacar concediendo entrevistas en las que se defendía a sí mismo y a su empresa y acusaba a los huelguistas de ser simples agitadores de izquierdas e incluso de que no eran trabajadores suyos. Un día, Disney cubrió las paredes exteriores del estudio con una gran fotografía en la que se veía a los líderes de la huelga para señalarles y que sus compañeros que seguían trabajando les culparan de las pérdidas. En otra ocasión, Art Babbitt empezó a insultarlo mientras pasaba con el coche y Disney perdió los nervios, se bajó de su vehículo e intentó pelear contra su animador estrella.

El tiempo corría en su contra y Walt Disney era consciente de que cada día que pasaba favorecía a los huelguistas y empeoraba su imagen. Finalmente, y aprovechando un conveniente viaje que le llevó a salir del país por un tiempo, los huelguistas y la compañía (representada por Roy Disney, hermano de Walt) se sentaron a la mesa de negociación con el gobierno federal como mediador.

Walt Disney
Walt Disney dibujando a Goofy en Argentina durante el viaje que hizo mientras se llevaban a cabo las negociaciones con los huelguistas. Imagen: Wikimedia Commons

 

Consecuencias de la huelga (buenas y malas)

La casa del ratón más famoso del mundo capituló casi sin condiciones. Los huelguistas consiguieron que se les reconociera su derecho a afiliarse al sindicato que quisieran, subidas salariales, la readmisión de los trabajadores despedidos y diversos acuerdos que evitarían futuras represalias contra los trabajadores que habían estado en los piquetes. Pero el eco de esta victoria no se quedó únicamente en los estudios Disney, sino que se extendió de forma más o menos generalizada por todo el sector de la animación y la ilustración, lográndose así una mejora más que considerable de las condiciones laborales y los salarios y mayor reconocimiento para los artistas que, al fin y al cabo, eran quienes hacían posibles las producciones.

Por desgracia, no todas las consecuencias de la huelga fueron buenas. El ambiente laboral y las condiciones cambiaron drásticamente dentro de la Disney de un día para otro. Los trabajadores que habían seguido la huelga estaban enfrentados con los que no, y la dirección no volvió a confiar en ellos. Se incorporaron sistemas de fichaje muy estrictos y cualquier indicio de vaguería o bajada en el ritmo de trabajo era sancionado, así como los comentarios o las acciones que contradecían la línea de actuación y disciplina dada por la empresa. Muchos de los trabajadores que habían participado en la huelga acabaron por irse a otros estudios para escapar de aquella situación y el propio Walt Disney en persona se encargó de hacer la vida imposible a Art Babbitt, a quien consideraba el peor de los traidores, hasta que se vio forzado a abandonar los estudios.

De hecho, no son pocos los expertos e historiadores que afirman que la huelga de animadores de 1941 cambió a Walt Disney. Desvinculado totalmente de la mayoría de sus trabajadores y de la labor de la animación, comenzó a desconfiar de su plantilla y siempre interpretó la huelga que había vivido como un ataque personal en el que su propia creación se volvía contra él. Disney pasó años defendiendo que todo el problema había sido originado no por sus abusivas condiciones laborales y por los constantes desprecios a sus dibujantes, sino por radicales izquierdistas y espías bolcheviques que habían intentado destruirle. Su pensamiento conservador se acentuó y pasó a defender abiertamente el anticomunismo, llegando incluso a declarar como testigo voluntario ante el senador McCarthy durante la conocida caza de brujas de Hollywood.

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