Los juicios de Núremberg o el régimen nazi en la horca

Un tribunal internacional formado por las potencias vencedoras juzgó y condenó a 24 altos cargos nazis durante 1945 en Núremberg.

Dicen que la historia la escriben los vencedores; a veces con tinta y a veces con sangre. Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias que habían ganado la contienda decidieron llevar a cabo un proceso judicial masivo contra los principales líderes y altos cargos del régimen nacionalsocialista del Tercer Reich. Se formó un tribunal internacional con miembros de Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia para determinar la suerte de 24 líderes nazis. El 20 de noviembre de 1945 comenzaban los Juicios de Núremberg.

Aunque los verdaderos ideólogos del régimen nazi, la guerra y el Holocausto judío se habían suicidado o habían muerto previamente (Hitler en su búnker, Goebbels por una cápsula de cianuro y Himmler ejecutado en un control fronterizo) y muchos otros habían conseguido escapar y ocultarse en algún lugar del mundo, por Núremberg pasaron personajes tan relevantes en la estructura del Reich como Rudolf Hess, Hermann Göering, Joachim von Ribbenntrop o Alfred Rosenberg.

Resulta interesante que, en este contexto, la comunidad internacional y el tribunal definieron nuevos tipos de delitos especialmente para este caso. Los tres principales delitos a los que se sometieron los acusados fueron guerra de agresión o crimen contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Los juicios se prolongaron durante casi un año, la mayoría de los acusados admitieron su culpa aunque hubo muchos que intentaron defenderse afirmando que “solo seguían órdenes”. En total hubo doce condenas de muerte, tres cadenas perpetuas, cuatro penas de prisión, tres absueltos y dos casos sin condena.

Existieron ciertas particularidades en el proceso y la formalización de las condenas. Martin Bormann, que había muerto en mayo de 1945, fue juzgado y condenado a muerte de todas formas. Hermann Göering consiguió, de alguna forma, ingerir una cápsula de cianuro (técnica muy común entre los dirigentes nazis para evitar ser capturados) y murió envenenado en su celda horas antes de dirigirse al cadalso. Robert Ley, líder de la organización sindical Frente Nacional del Trabajo, se suicidó tras su detención.

Las ejecuciones fueron llevadas a cabo por John C. Woods, verdugo del Ejército estadounidense que ahorcó a diez de los doce condenados en apenas una hora, un récord personal y que manifestó al pronunciar la frase “¡Ha sido un trabajo rápido!” al terminar. Años más tarde, este personaje sería muy criticado y se le llegaría a acusar de haber manipulado la soga para que los condenados sufrieran más antes de morir. Nunca se pudo probar nada pero ese suceso supuso que aumentase la controversia de un personaje que ya solía ser cuestionado.

Con el paso del tiempo, surgieron posturas más críticas con este proceso que muchos veían más como venganza que como justicia. Criticaron que algunos de los cargos por los que se juzgó a los líderes nazis fueron creados después de la guerra, una vez ya habían cometido el delito, por lo que desde una perspectiva jurídica el juicio sería nulo. Otros protestaron ante el hecho de que muchos responsables y aliados del régimen nazi escaparon o no sufrieron ningún castigo. En cualquier caso, Núremberg fue el capítulo final de la terrible guerra.

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