John Edgard Hoover, el titiritero más poderoso de Estados Unidos

El primer director del FBI se convirtió, con métodos poco escrupulosos, en uno de los hombres más influyentes del país.

El cine, a lo largo de los años, nos ha regalado grandes historias que ahondan en las cloacas del poder y arrastran desde  las sombras a las ratas podridas que allí se ocultaban. Personajes siniestros que viven por y para el abuso de poder, las corruptelas y la defensa de sus propios intereses. Pero una de las grandes virtudes que tiene la historia es que, en muchos casos, la realidad supera a la ficción. Uno de esos casos es el de John Edgar Hoover, el primer director del FBI.

Nacido en 1895 en una familia de funcionarios presbiteranos, Hoover creció prácticamente a la sombra del Congreso de los Estados Unidos. Se dice que, en el instituto, aprendió a hablar muy rápido para abrumar a sus contrincantes en los concursos de debate y siempre demostró tenerse en muy alta estima a la que se le sumaba una ambición insaciable. Comenzó trabajando como ayudante en la Biblioteca del Congreso al tiempo que realizaba sus estudios en Derecho y nada más terminarlos, en 1917, un familiar le consiguió un puesto en el Departamento de Justicia. Pronto llamó la atención del fiscal general A. Mitchell Palmer y pasó a dirigir la División General de Inteligencia, un cuerpo especial dedicado a perseguir a grupos subversivos que en 1919 realizó una serie de redadas ilegales. Hoover acababa de dar sus primeros pasos en un mundo que acabaría dominando.

Un golpe de suerte hizo que Mitchell cayera en desgracia mientras Hoover seguía intacto, por lo que en 1924 se le confió la dirección de la Oficina de Información (que a partir de 1935 sería el FBI). Sus primeras medidas pasaron por hacer limpia entre el personal y expulsar a cualquiera que considerara un cargo vinculado a la política o que pudiera estar influido por alguno de los partidos. También utilizó los fondos que le entregó el Congreso para contratar a estudiantes universitarios de carreras científicas, haciendo del FBI una de las instituciones con un departamento de criminología más potentes y el archivo de huellas dactilares y antecedentes más completo de su tiempo. En estos años Hoover y sus hombres se dedicaron a perseguir y eliminar (ya fuera arrestando o asesinando) a criminales de la talla de John Dillinger. Curiosamente, durante los años de la Ley Seca Hoover se mostró poco proclive a molestar al crimen organizado, llegando incluso a negar que la mafia existiera o fuera tan poderosa como se decía.

Pero su época dorada llegaría con la Segunda Guerra Mundial y duraría hasta prácticamente su muerte en 1972. El gobierno encargó al FBI que destapara redes de espionaje nazis y comunistas en los Estados Unidos y para ello Hoover empezó a acumular información privada de toda persona que él considerara sospechosa sin importarle si al hacerlo se estaba saltando las leyes. Esta conducta paranoica creció tras el final del conflicto, encontrando un nuevo objetivo en el anticomunismo y la caza de brujas del senador Joseph McCarthy. El presidente Truman llegaría a decir que “Estados Unidos no necesitaba una Gestapo” en referencia  a las malas prácticas de Hoover y su FBI pero no se atrevió a destituirle. Se había vuelto demasiado poderoso.

Desde los años 50 J. Edgar Hoover se centraría en perseguir a lo que él mismo llamó “grupos subversivos”, una etiqueta muy amplia en la que entraban actores, periodistas, supuestos simpatizantes comunistas, personas de color, mujeres, homosexuales, pacifistas, activistas del Movimiento por los Derechos Civiles y personalidades como Marilyn Monroe, Charles Chaplin, Frank Sinatra, Martin Luther King, el mismísimo presidente J. F. Kennedy o los Panteras Negras. Para acabar con este tipo de asociaciones creó un programa de contrainteligencia (COINTELPRO) que buscaba desestabilizarlas a través del acoso indiscriminado, arrestos ilegales, grabaciones no autorizadas, infiltraciones, robos soplos falsos, manipulación de pruebas o palizas.

Hoover se mantuvo en el puesto de director del FBI hasta el 2 de mayo de 1972, cuando murió. A pesar de los escándalos y las muchas críticas, ningún presidente se atrevió a destituirle. Se dice que mientras de cara al público Nixon alabó hasta la saciedad la labor de Hoover y el patriótico sacrificio que había hecho por su nación, cuando se enteró de la noticia se sintió gratamente aliviado por habérselo quitado de en medio.

Tumba de J. Edgar Hoover
Imagen: Getty Images.

 

John Edgar Hoover fue enterrado en Washington con todos los honores y tuvieron que pasar años para que los medios y los políticos empezaran a hablar abiertamente de él. Entre los comentarios más recurrentes, además de nuevos escándalos desconocidos hasta entonces, estaban la supuesta relación homosexual que había mantenido durante años con Clyde Tolson, su afición por vestirse de mujer o el hecho de que se había colgado medallas que no le correspondían (premios al mérito entregados por organizaciones que él dirigía o la autoría de libros escritos por sus agentes) para crear una imagen grandilocuente, exagerada y completamente deformada de su persona.

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