El asesinato de Eduardo Dato

El líder del Partido Conservador y presidente del Gobierno fue asesinado por un grupo de anarquistas cuando volvía del Congreso.

En la tarde del 8 de marzo de 1921, el vehículo oficial del presidente Eduardo Dato fue ametrallado por un sidecar en la plaza de la Independencia de Madrid, con la Puerta de Alcalá como testigo silencioso. Se perpetraba así uno de los magnicidios más conocidos y determinantes de la historia de España, que precipitaría el fin del turnismo político y del sistema de la Restauración.

Nacido en A Coruña en 1856, estudió Derecho y empezó ejerciendo como abogado en Madrid, teniendo una brillante carrera en la que trató con personajes de prestigio y de la alta sociedad como la familia Rothschild. Se metió en el mundo de la política con el Partido Conservador, una de las dos fuerzas que se turnaban el poder en el sistema de la Restauración. Dentro del partido acabó por posicionarse del lado de Francisco Silvela y enfrentándose a Cánovas del Castillo, líder histórico. Sus primeros cargos de relevancia llegaron con la cartera de Gobernación, la de Justicia y la alcaldía de Madrid en 1907. Para 1913, las relaciones entre Alfonso XIII y Antonio Maura (entonces líder de los conservadores) se habían deteriorado y el monarca confió a Dato la responsabilidad de formar gobierno.

Estadista y político de clase, fue uno de los principales promotores de mejoras sociales en el país y de la búsqueda de acuerdos entre los distintos partidos. Su primer gobierno (1913-1915) destacó por haber mantenido la neutralidad de España durante la Primera Guerra Mundial, lo cual ni impidió a la prensa y la población dividirse entre aliadófilos y germanófilos y a los empresarios y exportadores enriquecerse a costa del conflicto. También intentó calmar los principales problemas del país, como las Juntas de Defensa organizadas por militares o las mancomunidades que pedían mayor independencia en regiones como Cataluña. Sin embargo, desde 1917 el gran problema de España fue la convulsa situación social y el pistolerismo.

El crecimiento de los movimientos sociales y sindicales se vio reforzado tras la Revolución Rusa y las huelgas se sucedían. Los enfrentamientos entre obreros y patronal derivaron en acciones violentas y ajustes de cuentas que tomaron las calles de ciudades como Barcelona. La solución del presidente Dato a esta situación fue la Ley de fugas por la que se autorizaba a las fuerzas del orden a abrir fuego si un preso intentaba escapar (cosa que, en muchos casos, los propios policías provocaban). La Ley de fugas sirvió para que muchos pistoleros, sindicalistas y huelguistas fueran asesinados sin juicio previo y los anarquistas se convirtieron en un blanco fácil.

El 8 de marzo de 1921, cuando el coche oficial de Eduardo Dato pasaba por la plaza de la Independencia de vuelta a casa, un sidecar se colocó tras él y dos anarquistas abrieron fuego 20 veces, hiriendo de muerte al presidente. Los asesinos eran los catalanes Matéu, Nicoláu y Casanellas; viajaron a Madrid días antes para aprender la rutina de Dato y tuvieron una fuerte financiación ya que tanto la motocicleta empleada como las armas (dos Mauser C96 Pistole) eran caras y sofisticadas para la época.

Matéu fue el único arrestado en ese momento, se le condenó a muerte pero se conmutó la pena por cadena perpetua y con la llegada de la República solo pasó 10 años en la cárcel para, al salir, marcharse a Francia y vivir allí hasta los 80 años. Casanellas marchó a Rusia pero volvió a España en 1932 y fue arrestado al año siguiente, muriendo en un accidente automovilístico al poco tiempo de salir de prisión. Luis Nicoláu huyó a Alemania pero fue extraditado y su pena de muerte se conmutó por cadena perpetua en 1924. Fue liberado con la amnistía de la Segunda República y murió fusilado en 1939.

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