Sueños truncados: la muerte de los idealistas

El asesinato inesperado de algunos personajes destacados de la historia dio al traste no solo con sus vidas, sino también a veces con los ideales que representaban. En ciertos casos, el destino recondujo las circunstancias y su legado no se perdió del todo; en otros, las cosas cambiaron tan radicalmente tras su desaparición que esta supuso un antes y un después.

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Que la muerte es un momento irremediable de toda vida humana es obvio, pero cuando se adelanta de forma fraudulenta y se fuerza el destino con acciones violentas nace la duda de qué habría sucedido si esos personajes que murieron antes de tiempo hubieran vivido unos años más. ¿Habría cambiado la historia tal y como la conocemos?

 

Marat y el ideal revolucionario

Jean-Paul Marat se ha convertido, en parte gracias al engañoso cuadro de David, en el político mártir más importante de la Revolución Francesa. Jacobino hasta los huesos y periodista en ejercicio, su periódico, El amigo del pueblo –activo con diferentes nombres desde el mismo inicio de los diferentes acontecimientos revolucionarios–, se convirtió pronto en un altavoz muy influyente de su modo de entender la Revolución y en azote, ciertamente violento, de los que él consideraba como enemigos.

La verdad es que el sueño de Rousseau lo impregnaba todo y la idea de que se pudieran llevar a cabo lo que llamaron “los derechos del hombre y del ciudadano” daba sentido a una Revolución que en un primer momento no dejaba de tener cierta pureza. Luego llegó lo que el propio Marat definió como “la higiene de la Revolución” y la guillotina funcionó durante semanas en las plazas de París. Marat llegó a pedir 600 cabezas para asegurar “el descanso, la libertad y la felicidad”, entre ellas las de algunos girondinos moderados, a los que acusaba de no ser republicanos.

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Muchos de estos girondinos se refugiaron en Caen y de allí volvió Charlotte Corday, la joven que el 13 de julio de 1793 pidió audiencia a Marat cuando este se hallaba en la bañera cuidando su enfermedad de la piel y redactando un texto para la Constitución francesa. Una vez a solas con él, la mujer lo apuñaló con un pequeño cuchillo que acababa de comprar. Lo que pasó entre ellos forma parte de la leyenda, pero lo cierto es que el asesinato, muy ayudado por la pintura de David –que se expuso públicamente con gran rapidez–, solo engrandeció la imagen de un político convertido en mártir. Su cuerpo se trasladó al Panteón de Hombres Ilustres de París el 21 de septiembre de 1794 y su culto sobrevivió al Terror.

La herencia que dejó Jean-Paul Marat siempre será controvertida por su defensa de la violencia, pero lo cierto es que estaba tan convencido de que los seres humanos tenían derechos por el simple hecho de serlo que consiguió que los hombres dejaran de ser los siervos del Antiguo Régimen para convertirse en los ciudadanos en lucha por sus derechos del Estado moderno.

 

Marat fue asesinado en la bañera mientras redactaba un texto para la Constitución francesa: nunca una muerte fue tan simbólica.

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Lincoln y la igualdad racial

La noche del 14 de abril de 1865, Abraham Lincoln, decimosexto presidente de EE UU, era asesinado de un disparo en la cabeza en el Teatro Ford de Washington DC por el actor John Wilkes Booth. Apenas cinco días antes, el líder de la Confederación sudista, Robert E. Lee, se había rendido al general de la Unión Ulysses S. Grant. Concluía así la sangrienta y devastadora Guerra de Secesión entre norte y sur, pese a que faltara por deponer las armas un aislado reducto sudista en Carolina del Norte.

El fin de la confrontación armada daba vía libre a la imposición federal de los derechos civiles y a la abolición de la esclavitud, impulsada por Lincoln y plasmada en las enmiendas XIII y XIV de la Constitución de Estados Unidos. Una larga lucha que provocó a la postre la guerra... y su asesinato.

El 11 de abril, en un discurso conciliador y nada eufórico por la victoria, el presidente avanzó la idea de conceder el voto a la población negra. Entre la multitud que lo escuchaba se encontraba su futuro asesino. Según uno de sus cómplices, mientras escuchaba a Lincoln, Booth se volvió y le dijo: “¡Esto implica dar la ciudadanía a los negros! (...) Ahora sí que voy a acabar con él”.

El plan, que incluía también asesinar al general Grant, al vicepresidente Andrew Johnson, al secretario de Estado William H. Seward y al secretario de Guerra Edwin M. Stanton, fracasó y con él su desesperado intento de provocar el caos y reavivar la guerra. El efecto fue el contrario del previsto, pero aun así el sector republicano radical se hizo con el poder y el proceso de reconstrucción distó mucho de la política de conciliación y mano tendida que había emprendido el presidente asesinado.

Quedó sellada, sin embargo, su ansiada unión del norte y el sur en un solo Estado federal, la Unión, puesta en serio peligro por la guerra. También quedó abierto el largo camino contra la discriminación racial. La prohibición de la esclavitud supuso tan solo el punto de partida, más teórico que efectivo, de una larga y dolorosa andadura por conseguir la igualdad de derechos que todavía hoy permanece llena de tropiezos, pese a sus muchos avances.

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Trotski y la utopía socialista

León Trotski es, sin duda, una de las figuras claves en la organización tanto de la Revolución de Octubre como del Ejército Rojo durante la guerra civil que la consolidaría. Enfrentado a Lenin en el Congreso del Partido de 1903 al posicionarse a favor de una organización democrática dirigida por un Comité Central con una capacidad de decisión limitada, fue capaz, dieciocho años después, de defender todo lo contrario frente a una Oposición Obrera que, según su criterio, dificultaba la puesta en práctica de los logros revolucionarios. No parece fácil mantener la coherencia y organizar la primera Unión Soviética.

Y, sin embargo, no fueron sus cambios de criterio los que lo apartaron, poco a poco, de la primera línea de gobierno, sino sus constantes enfrentamientos, primero con Lenin y más tarde (y más peligroso) con Stalin, hasta acabar siendo expulsado del partido y de la Unión Soviética en 1929. Tras un pequeño periplo internacional como exiliado, en enero de 1937 llegó a México, donde fue recibido por Diego Rivera y Frida Kahlo. Ni siquiera allí dejó de criticar con dureza a un Stalin que finalmente daría la orden de acabar con su vida. El encargado definitivo, tras un primer atentado fallido, fue Ramón Mercader, un español que se infiltró sin dificultad en el círculo de Trotski ganándose la confianza de la familia. La tarde del 20 de agosto de 1940 consiguió clavarle al político soviético un piolet por la espalda, lo que provocó su muerte veintiséis horas después.

El sueño de la Revolución, la lucha y victoria del proletariado, forman parte sin duda de su legado, pero este no deja de ser contradictorio. Por un lado, su protagonismo en las diferencias entre los distintos grupos que de un modo u otro participaron en la Revolución (no solo mencheviques y bolcheviques, sino también anarquistas) se prolongaría en las diferentes Internacionales como una de las posibles herencias envenenadas de la izquierda europea. Pero por otro, en esas mismas Internacionales, se defendería también el mayor interés de Trotski y una de las ideas a las que siempre fue fiel: el proyecto de una revolución permanente profundamente internacionalista, todavía pendiente.

Procesión fúnebre de Gandhi. Imagen: Getty Images.

 

Gandhi y la no violencia

La figura de Mahatma Gandhi ha sido objeto en los últimos años de fuertes debates y controversias que han incidido en poner de relieve algunas de las paradojas y contradicciones en las que incurrió a lo largo de su vida el político y pensador indio. Sin embargo, resulta imposible entender lo que ha sido y es el pacifismo y la lucha no violenta sin su trayectoria y legado.

El primer escenario donde Gandhi aplicó sus métodos no violentos fue Sudáfrica, adonde llegó como joven abogado de 24 años. Aunque no lograran sus objetivos, las protestas contra leyes y prácticas injustas pusieron de relieve la terrible discriminación del sistema de apartheid y sentaron los cimientos de futuras luchas.

En la India, la campaña de desobediencia civil de la Marcha de la Sal, que tuvo lugar entre marzo y abril de 1930, abrió el camino que culminaría con la independencia del Reino Unido. Fue un peregrinaje de 24 días y más de 300 kilómetros que concluyó cuando llegaron a la costa del océano Índico y Gandhi cogió agua salada con las manos, en un gesto de desafío al monopolio impuesto por el gobierno británico sobre la producción y distribución de sal. Esta marcha fue el principio del fin del Imperio y serviría de inspiración en décadas posteriores a movimientos como el de Martin Luther King. En cuanto a los esfuerzos de Gandhi por evitar la escisión de Pakistán y frenar la violencia entre hindúes y musulmanes, no tuvieron mucho éxito. Precisamente su posición a favor de frenar a los exaltados le costaría la vida el 30 de enero de 1948. Nathuram Godse, un radical nacionalista hindú relacionado con el grupo de extrema derecha Mahasabha (Asamblea General, en hindi), le disparó tres tiros cuando se dirigía a rezar.

Hoy en día los nacionalistas étnicos hindúes todavía recuerdan con rencor a Gandhi, al que califican de débil y acusan de permitir la independencia de Pakistán. Algunos grupos incluso han erigido estatuas a su asesino, quien fue miembro del partido nacionalista al que han pertenecido el actual primer ministro de la India, Narendra Modri, y muchos de sus aliados políticos.

Pese a todas sus posibles sombras, resulta claro ver el legado de Gandhi en personalidades como Luther King, Mandela o los múltiples movimientos no violentos, como las llamadas “primaveras” del Este o del mundo árabe, así como en cualquier huelga de hambre o resistencia pacífica que se emprende en cualquier rincón del globo.

 

Con sus manifestaciones no violentas y huelgas de hambre, Gandhi reclamó un estatuto de  autonomía para la India.

 

Lennon y el inconformismo de los 60

El asesinato de John Lennon, el 8 de diciembre de 1980, provocó una conmoción mundial similar a la del atentado contra el presidente Kennedy. A la notoriedad del personaje se le unió la incomprensión de los motivos que llevaron a un narcisista trastornado, Mark David Chapman, a disparar a quemarropa y por la espalda al ex Beatle.

La realidad es que había mucha gente que se había sentido molesta o enfadada por alguna de las numerosas tomas de posición sobre lo divino y lo humano que había adoptado Lennon. Nunca fue un personaje cómodo y amable. Era el Beatle rebelde, antibelicista, pro-abortista, feminista, defensor de las minorías y adicto a pronunciarse sobre cualquier injusticia que atrajera su atención. Le daba igual provocar críticas o ser ridiculizado por los medios, como con las famosas “encamadas por la paz” contra la Guerra de Vietnam.

Imagen: Wikimedia Commons.

 

Lejos de ser un intelectual, su popularidad como uno de los más grandes músicos de la historia le había conferido un púlpito desde el que desplegar un activismo utópico que confiaba en cambiar el mundo a través de la protesta y la solidaridad. Paradójicamente, su asesino no lo mató por ninguna de sus posturas políticas o ideológicas. Simplemente lo hizo porque era famoso, en un deseo enloquecido por alcanzar la celebridad.

El asesinato de Lennon se enmarca en el fin de esa época de utopías que fueron los sesenta y en la inmersión en un profundo desencanto, acentuado por un giro conservador mundial en el que, como dijo Margaret Thatcher, no había alternativa al capitalismo. También se abrió paso una paranoia de violencia en la que cualquiera con una mínima fama podía ser víctima de un asesino.

Sin embargo, aunque esas utopías no llegaran a cristalizar, dejaron una profunda huella en las siguientes décadas. El cuestionamiento de la autoridad, la revolución sexual, la lucha por los derechos humanos, el feminismo, el auge de la moda, entre otros cambios, generaron una nueva sociedad. Cambios que los Beatles y Lennon, consciente o inconscientemente, contribuyeron a impulsar. Además de su música, de él nos queda su renuncia a la fama fácil, su inconformismo y su necesidad de protestar y denunciar lo injusto, aunque se pusiera en evidencia y mostrara sus defectos.