Primera y Segunda Coalición: París bien vale una guerra

Los principios revolucionarios y los postulados absolutistas saltaron al campo de batalla en las Guerras Revolucionarias que, a finales del siglo XVIII, despertaron el genio de un joven Napoleón

París
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Un seísmo político recorría Europa en dirección a los cuatro puntos cardinales en los frenéticos meses posteriores al estallido de la Revolución Francesa. Las grandes potencias esperaban acontecimientos, pero lo hacían con el fusil cargado, por si acaso. Prusia, Austria y Rusia aún mantenían la esperanza de que la tormenta francesa fuera un asunto interno que tendería a diluirse con el paso de los meses. Nadie pensó seriamente que la monarquía estuviera realmente en riesgo. Naturalmente, se equivocaban.

El error comenzó a quedar definivamente patente el 21 de junio de 1791. Ese día, Luis XVI y María Antonieta diseñaron un torpe plan de fuga ocultos tras el disfraz de aristócratas rusos, pero fueron interceptados en Varennes y apresados por los Guardias Nacionales. La reina era hermana del archiduque Leopoldo II de Austria, pero, más allá de los parentescos, lo verdaderamente grave era la vulnerabilidad manifiesta de los reyes. La Revolución estaba yendo demasiado lejos. Europa, espoleada por los émigrés (aristócratas galos caídos en desgracia y otros exiliados políticos), comprendió que había llegado el momento de abordar el incómodo problema. En ese contexto, Austria y Prusia pactaron a finales de agosto de ese mismo año la Declaración de Pillnitz, en virtud de la cual se mostraban dispuestos a recurrir al uso de la fuerza en defensa del monarca francés si las circunstancias así lo exigían. La amenaza no fue bien encajada por la Asamblea Nacional Francesa, que la leyó como una intolerable intromisión en sus asuntos. Tanto como para responder con una declaración de guerra formal a Austria –el enemigo más peligroso, dada la cercanía de los Países Bajos austríacos– ratificada en la Asamblea el 20 de abril de 1792, y tras la cual el ministro de exteriores Charles François Dumouriez inició los preparativos para la invasión de los Países Bajos.

Tratado de Plintz
Firma del Tratado de Plintz. Imagen: Wikimedia Commons

 

Todos contra Francia

Austria y Prusia no tuvieron otra alternativa que recoger el guante. Así, en agosto de 1792, ambas potencias, bajo el mando del duque de Brunswick, invadieron el nordeste francés en dirección a París, con un avance relativamente cómodo (que incluyó la toma de Verdun) hasta Valmy, donde el 20 de septiembre se midieron por vez primera con el grueso del ejército republicano en una batalla que, pese a la igualdad entre ambos contendientes, se selló con una pírrica victoria de los franceses, que obligó a sus enemigos a replegarse deteniendo en seco la invasión.

 

En agosto de 1792, Austria y Prusia invadieron Francia por el nordeste rumbo a París

 

Mientras, Francia tomaba la iniciativa en los Países Bajos, donde, tras la contundente victoria en Jemappes el 6 de noviembre, logró expulsar a los austríacos haciéndose con el control de todo el país. Los franceses cosecharon nuevos éxitos incontestables en el frente del Rin, donde tomaron plazas como Worms o Frankfurt, o en el norte de Italia tomando el control de Saboya y Niza.

El sonado éxito francés cogió a media Europa desprevenida, pero no fue en ningún modo fruto de la casualidad. La Francia revolucionaria lo era también en el campo de batalla: el gobierno francés disponía de un vivero de combatientes casi inagotable. Francia fue, de hecho, el primer país en ensayar un ejército de conscripción. La euforia revolucionaria, por otro lado, se traducía en un constante reguero de voluntarios. Pese a combatir simultáneamente en varios frentes y contra una nutrida coalición de naciones, Francia no padecía las limitaciones a las que se veían sujetos los ejércitos profesionales. Sus reclutas eran extraordinariamente numerosos y estaban enormemente motivados. La combinación de estas levas masivas revolucionarias con los cuadros del ejército profesional heredado del Antiguo Régimen fue un acierto rotundo.

Batalla de Valmy
Batalla de Valmy. Imagen: Wikimedia Commons

La guerra había comenzado de manera inmejorable para las armas francesas, pero la provocación revolucionaria inquietaba cada vez más a sus vecinos europeos. La ejecución de Luis XVI, el 21 de enero de 1793, terminó de unir a todo el Viejo Continente, incluida Inglaterra, contra la exaltada Francia. Así, durante el verano de ese año, Gran Bretaña, Prusia, Austria, España, Portugal, Nápoles y Cerdeña se conjuraron dando forma a la llamada Primera Coalición, para hacer frente a la amenaza común de una Francia que parecía tener una reserva de hombres aptos para el combate inacabable.

En los primeros compases de las operaciones quedó claro que los aliados estaban muy lejos de lograr una coordinación eficaz de fuerzas, por lo que pasaban los meses en una sucesión de infructuosas ofensivas contra varios puntos de la frontera francesa. Francia estaba literalmente rodeada, pero a pesar de todo tenía fuerza, recursos e iniciativa como para lanzarse a la ofensiva. Lo hizo en 1794 invadiendo el norte de España hasta lograr, dos años después, con la firma del Tratado de San Ildefonso, que el país abandonara la Primera Coalición y pasase a engrosar la lista de aliados franceses. Un éxito incontestable que los galos replicaron en Bélgica y que consolidaron en la Batalla de Fleurus, el 26 de junio de 1794, cuando un ejército al mando de Jean-Baptiste Jourdan logró una victoria decisiva frente a un contingente formado por unidades austríacas y de las Provincias Unidas, tras la cual se constituyó la República Bátava, estado satélite de Francia.

 

Formaron la Primera Coalición Gran Bretaña, Prusia, Austria, España, LOS OTROS Portugal, Nápoles...

Batalla de Hohenlinden
Batalla de Hohenlinden. Imagen: Wikimedia Commons

 

Irrumpe Bonaparte

A estas alturas, la balanza se había inclinado del lado francés de manera casi inexorable. Muchos de los Estados beligerantes se habían pasado al bando francés y únicamente Gran Bretaña, Austria, Portugal y Cerdeña seguían en pie defendiendo el estandarte de la Primera Coalición. El momento de la verdad llegó en 1796 cuando el alto mando francés diseñó una ofensiva a gran escala para golpear a Austria simultáneamente en tres frentes: tres ejércitos al mando de Jourdan, Jean Victor Marie Moreau –que liderarían dos columnas de avance sobre el Rin– y un joven e impetuoso Napoleón Bonaparte –que atacaría los territorios austríacos en el norte de Italia–, que, una vez vencida la resistencia en sus respectivos teatros de operaciones, convergerían finalmente en Viena para dar la puntilla a Austria.

Lo cierto era que el Directorio no tenía demasiada fe en el aún inexperto Bonaparte y por ello volcó todos sus esfuerzos en el frente renano, en el que, sin embargo, no se lograrían avances significativos. Napoleón, por otro lado, contaba con un ejército escaso y mal pertrechado. Pero el joven corso supo exprimir como nadie los medios a su disposición e, iniciada la campaña en abril, acumuló victoria tras victoria ante la atónita mirada de sus compatriotas. Napoleón demostró, además, ser un general audaz e imprevisible, optando por penetrar en la península Itálica a través de los Alpes –emulando a Aníbal– para coger a los austríacos completamente desprevenidos, el 12 de abril de 1796 en Montenotte. Desde entonces, agarrado a la máxima “divide y vencerás”, centró su estrategia en enfrentarse por separado a los ejércitos de Austria y Cerdeña e impedir la confluencia de ambos contingentes, que habría sido letal para los intereses de Francia.

La estrategia funcionó y, el 28 de abril, Víctor Amadeo III, rey de Cerdeña, rendía el Piamonte, impotente ante la superioridad de su enemigo, y firmaba el armisticio de Cherasco, en virtud del cual se comprometía a abandonar la Primera Coalición y cedía a Francia el condado de Niza y el ducado de Saboya. Austria no tardaría en reconocer también la superioridad francesa, tras la Batalla del Puente de Lodi del 10 de mayo, sellada con una clara victoria de Napoleón, tras la cual este entró triunfal en Milán y extendió el dominio galo por Lombardía.

En los meses sucesivos, Parma, Módena, Roma y Venecia se rendirán ante el arrollador avance del corso, que da forma a dos nuevos Estados satélites de Francia: la República Cisalpina y la República Transpadana. La derrota austríaca, con un Napoleón en disposición de avanzar sobre la propia Viena, sella el fin de la Primera Coalición, formalizado en el Tratado de Campo Formio que firman el 17 de octubre de 1797 el propio Bonaparte y Ludwig von Coblenz. Por él, el Archiducado de Austria renuncia en favor de Francia a los Países Bajos austríacos y a todos sus territorios en el norte de Italia. La primera Guerra Revolucionaria toca a su fin, con dos indiscutibles vencedores: Francia... y Napoleón Bonaparte.

Víctor Amadeo III
Víctor Amadeo III. Imagen: Wikimedia Commons

 

Campo Formio acabó con las hostilidades entre las potencias del continente, pero Francia seguía en guerra con un viejo y aguerrido enemigo: Inglaterra. Así, diluida la Primera Coalición, Francia, espoleada por Napoleón, sopesó seriamente acometer una invasión de las islas británicas. Finalmente, la prudencia llevó a una opción más conservadora: atacar los intereses británicos en otros territorios para dañar indirectamente al ancestral enemigo. El lugar elegido fue Egipto, con la intención de interrumpir las comunicaciones con la India, la “joya de la corona”, y de añadir una nueva perla al Imperio colonial francés. Además, Egipto permitía al Directorio mantener lejos de Francia a Bonaparte, cuyo protagonismo y popularidad comenzaban a inquietar en París.

Tras una breve escala en Malta, que cayó sin apenas resistencia, a finales de junio de 1798 Napoleón desembarcó en Alejandría y puso rumbo a El Cairo, donde obtuvo una sonada victoria contra los mamelucos en la Batalla de las Pirámides, el 21 de julio. Egipto parecía estar a sus pies, y ya diseñaba la organización administrativa de su nueva y preciada conquista cuando Nelson llegó para aguarle la fiesta. En la bahía de Aboukir, el 1 de agosto, se libró la Batalla del Nilo, en la que la Marina Real Británica bajó estrepitosamente los humos a Bonaparte aplastando a la flota francesa, de la que apenas sobrevivieron dos buques.

Europa miraba con enorme preocupación las campañas del joven Bonaparte, pero aún más la agresividad francesa en el continente. La fundación de la República Helvética en una sometida Suiza y de la República Romana (nunca antes el pontífice había sido depuesto), que se sumaban a la miríada de Estados satélites de Francia, fueron la gota que colmó el vaso.

Batalla del Nilo
Batalla del Nilo. Imagen: Wikimedia Commons

 

La Segunda Coalición

Nápoles y Austria tenían motivos de sobra para unir fuerzas nuevamente con Gran Bretaña en una nueva entente antifrancesa. Pero en esta ocasión, además, Rusia y el Imperio otomano se pusieron del lado de los aliados, la una agraviada por la conquista de Malta y el otro alerta ante las campañas egipcias de Bonaparte. Nacía así, en 1798, la Segunda Coalición, ante las reiteradas violaciones francesas de las cláusulas de Campo Formio.

A finales de año, Francia estaba en una posición muy vulnerable. La derrota en la Batalla del Nilo, sumada a las contundentes contraofensivas de Rusia en Malta y de Nápoles en Roma, la ponía frente a la cruda evidencia de que se enfrentaba con fuerzas que la doblaban en número, y en múltiples frentes simultáneos. Italia, Suiza y los Países Bajos iban a convertirse en los principales teatros de operaciones, y Francia sabía que era crucial tomar la iniciativa, golpear a sus enemigos antes de que pudieran unir fuerzas con los rusos.

Francia sufrió una gravosa derrota el 15 de agosto en Novi, en el norte de Italia. El frente italiano se había convertido, de hecho, en un quebradero de cabeza para el Directorio gracias a la aguerrida y exitosa oposición del gran Aleksandr Súvorov, uno de los militares más dotados del período, pero las armas francesas pudieron resarcirse apenas un mes después, el 25 de septiembre. En las orillas del río Limago se libró la Segunda Batalla de Zúrich, en la que el futuro mariscal de Francia André Masséna obtuvo una brillante victoria frente a las huestes rusas de Aleksandr Korsakov, expulsando al enemigo al norte del Rin y tomando el control del frente suizo de manera definitiva.

 

En la Segunda Guerra de Coalición, Italia, Suiza y los Países Bajos fueron los escenarios

Aleksandr Suvorov
Aleksandr Suvorov. Imagen: Wikimedia Commons

 

Los aliados comenzaron a ceder terreno en todos los frentes y finalmente, al término de octubre, los rusos se retiraron del norte de Italia. Mientras, Bonaparte lidiaba con los turcos desplazando sus huestes desde Egipto a Siria, en una campaña estéril que solo puede tildarse de sonado fracaso. Pero en Europa la Segunda Coalición había comenzado a desintegrarse. La fallida invasión anglo-rusa de los Países Bajos fue uno de los últimos intentos de la alianza de tomar la iniciativa y el regreso de Bonaparte a Europa dio el empujón que necesitaban los ejércitos franceses para inclinar la balanza definitivamente.

Napoleón dirigió a las tropas galas en la Batalla de Marengo, en el norte de Italia, el 14 de junio de 1800, logrando en ella una victoria decisiva frente a los austríacos, que fue ratificada pocos meses después en uno de los últimos frentes abiertos: en Hohenlinden, el 3 de diciembre, batalla en la que Austria recibió la puntilla de manos del experimentado Moreau. La Segunda Coalición quedó así definitivamente desarticulada. La firma del Tratado de Lunéville con los austríacos, en 1801, ratificó las cláusulas de Campo Formio y perfiló a Francia como la gran triunfadora. Unos meses después, en marzo de 1802, franceses y británicos firmaron el Tratado de Amiens, que reconocía las conquistas francesas y sellaba una paz muy precaria entre las dos grandes potencias. El gran vencedor, sin lugar a dudas, fue el imparable Bonaparte, que ya era entonces cónsul, dueño y señor de la República francesa. Se abrió así un breve paréntesis de paz en Europa, bisagra entre las Guerras Revolucionarias y las Guerras Napoleónicas. Pero esa es otra historia.

Napoleón Bonaparte
Napoleón Bonaparte. Imagen: Wikimedia Commons