Ocultismo y magia en la Segunda Guerra Mundial

Abundan las historias sobre la participación de magos, astrólogos y ocultistas en la contienda de 1939 a 1945, trufadas de especulaciones, medias verdades y escasa documentación. Pero hay algunos hechos incontestables.

La participación de los “amigos de lo oculto” en la II Guerra Mundial está escasamente documentada en las fuentes historiográficas. No obstante, existe una variada bibliografía que recoge esas supuestas conexiones entre los profesionales de lo paranormal y algunas de las autoridades que se vieron involucradas en aquel sangriento conflicto global. Uno de los más reseñados es el primer ministro británico Winston Churchill, que según esas hipótesis utilizó a videntes, médiums y adivinos para trazar su estrategia ante el enemigo.

Otro de los señalados es Hugh Dowding, el oficial que dirigió el Mando de Caza de la Royal Air Force (RAF) durante la batalla de Inglaterra, un hombre solitario, de pésimo carácter y privado de amistades. Era conocido en la RAF por su apodo, Stuffy (Arisco), y por su aversión a los uniformes, por lo que vestía habitualmente trajes oscuros y bombín. Al parecer, era un amante de las ciencias ocultas y el espiritismo.

Pero la afirmación más extravagante sobre Dowding es la que sostiene que podía comunicarse con los pilotos británicos caídos en combate, una habilidad de la que informó al mismísimo Churchill, recomendándole que buscara el consejo de otros médiums. Richard Spence, consultor del International Spy Museum de Washington, asegura que otro de los personajes que supuestamente ofrecieron su ayuda a Churchill fue Aleister Crowley.

En su libro Agente Secreto 666, Spence asegura que el famoso ocultista jugó un papel importante en el vuelo del nazi Rudolf Hess a Escocia en plena guerra. Si para muchos Crowley era un charlatán enloquecido,  para otros fue el mayor ocultista del siglo XX. Spence afirma que “la Gran Bestia”, tal y como también se conoce a Crowley, fue a su modo poco convencional un inglés patriota hasta la médula que, por motivos de seguridad, camufló su papel de agente secreto en la guerra.

 

Crowley, ¿patriota en la sombra?

Parece ser que este mago, satanista, ensayista y librepensador comenzó a prestar atención a Hitler y a los nazis cuando estos prohibieron la traducción y venta de sus obras en Alemania. A partir de entonces, se fijó en la figura del Führer y “descubrió” que el dictador nazi era un mago negro, por el uso que hacía de algunos signos, en especial de la esvástica. Esta cruz de origen hindú simbolizaba el movimiento de la luz y los nazis la representaban invertida, lo que desvelaba para él la obsesión del Führer con el mundo satánico. Valga recordar que esta hipótesis, como otras de la misma índole, no está respaldada por documento alguno.

En 1939, Crowley escribió un poema propagandístico titulado England stand fast; según afirman sus hagiógrafos, fue este mago el que estableció la “V” como símbolo esotérico para frenar al gran Satán (Hitler). Sea falsa o verdadera esa atribución, lo cierto es que hay innumerables fotos de Winston Churchill durante la II Guerra Mundial en las que se le ve marcando con sus dedos el signo de la “V” en señal de resistencia y victoria.

A todas estas hipótesis sobre la implicación de Churchill en asuntos esotéricos se añade el descubrimiento de un artículo suyo sobre la búsqueda de vida extraterrestre, aunque los investigadores que lo hallaron aseguran que el texto tiene poco de extravagante, ya que “despide un saludable escepticismo científico”. Pese a todo, el hecho de que el primer ministro del Reino Unido escribiera sobre un asunto tan “friqui” como este en la inmediata posguerra demostraría, en opinión de algunos autores, entre ellos Richard Spence, su gusto por el esoterismo y las ciencias ocultas, lo que no deja de ser una especulación gratuita.

 

Churchill, los magos y los nazis

William H. Kennedy, autor de libros sobre rituales satánicos, afirmaba en uno de sus artículos publicados en Internet que el arzobispo de Canterbury, Cosmo Lang, escribió antes de que estallase la II Guerra Mundial un informe secreto para el Gobierno británico sobre el uso de psíquicos y astrólogos. Según Kennedy, una vez  estalló el conflicto, el arzobispo de Canterbury acudió al número 10 de Downing Street para asesorar a Churchill sobre temas esotéricos, un asunto extraño que no aparece reseñado en la bibliografía más seria sobre aquellos años turbulentos en el Reino Unido.

Una vez concluyó la guerra, comenzaron a salir a luz una serie de libros sobre la retahíla de magos y astrólogos que tuvieron contacto con los gerifaltes nazis cuando estos comenzaron a medrar en política en los años veinte del siglo pasado. Uno de ellos fue el húngaro-judío Ignatius Timothy, también conocido como Trebitsch Lincoln o Chao Kring. Según algunos autores poco fiables, este visionario enloquecido conoció a Hitler cuando finalizó la I Guerra Mundial.

Trebitsch Lincoln cayó en desgracia cuando los nazis llegaron al poder en enero de 1933, lo que parece sugerir que tanto Hitler como otros líderes nazis despreciaron a este tipo de individuos. Parece ser que Himmler ordenó su salida de Alemania y que el mago tuvo que refugiarse en Shanghái (China) con el nombre de Chao Kring, donde continuó medrando a favor del Tercer Reich y prometiendo a las SS que facilitaría el levantamiento de los budistas de todo el mundo para que lucharan contra los enemigos del Eje.

Meses antes de morir en 1928, el ocultista Louis Christian Hausser desveló a sus discípulos que él había sido el verdadero motor del pensamiento nacionalsocialista. Heinrich Himmler mantuvo contacto con él, lo que no es extraño, dado lo obsesionado que estaba el jefe de la Gestapo y de las SS con todo lo relacionado con el ocultismo y las sociedades secretas. Fue Himmler el que encargó a Ernst Schaeffer que encontrase una valiosa piedra en el Tíbet en la que supuestamente se narraban con signos ocultos los orígenes de la cruz gamada.

Otro de los objetivos de la expedición era descubrir los orígenes de la raza aria en las cumbres del Tíbet. Días antes de estallar la guerra, Schaeff er regresó a Berlín con un caudal de datos extraños y con la misteriosa piedra que le había pedido Himmler, y que este exhibió en un lugar de honor en el museo privado de la Gestapo.

En 1918, Rudolf von Sebottendorff creó la Sociedad Thule, cuyo nombre significa “el lugar más septentrional del mundo”. Sus integrantes creían que los arios procedían de un continente perdido, como la misteriosa Atlántida. En Baviera, las cerca de 1.500 personas que se afiliaron a Thule se reunían periódicamente en el lujoso Hotel Vier Jahreszeiten (Las Cuatro Estaciones), donde debatían sobre la pureza de la raza aria y el peligro que suponían los judíos, a los que consideraban una raza inferior.

En ese ambiente antisemita, la Sociedad Thule adquirió un semanario que se convirtió años después en el Völkischer Beobachter (“Observador del Pueblo”), el principal periódico nazi, editado por Karl Harrer, periodista alemán y uno de los fundadores, junto a Anton Drexler, del Deutsche Arbeiterpartei (Partido Obrero Alemán), al que Adolf Hitler se unió en 1919 y que fue el embrión del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), más conocido como Partido Nazi.

 

De Thule a los rosacruces

Al contrario de lo que afirman algunos, no hay pruebas de que Hitler perteneciera a Thule. De hecho, cuando los nazis llegaron al poder en 1933, esa organización secreta fue disuelta, aunque algunos de sus miembros fueron políticos prominentes del Tercer Reich, como Rudolf Hess, Alfred Rosenberg o Julius Streicher. Algunas de las doctrinas secretas de la Sociedad Thule también fueron seguidas por el todopoderoso jefe de las SS, Heinrich Himmler, que profesaba un gran interés por el ocultismo.

Alrededor de Thule se han forjado numerosas teorías conspiratorias sobre la Alemania nazi. Entre otras, algunas tan extravagantes como que sus integrantes desarrollaron una especie de ovni y otras armas secretas. A ese enloquecido club de fanáticos se unió una psíquica llamada Maria Orsic, que estaba convencida de que la raza aria no era originaria de la tierra, sino que provenía de la estrella Aldebarán en Tauro, lo que demostraría que los arios, y consiguientemente también los nazis, eran de origen extraterrestre.

En la década de 1930, el ingeniero alemán Willy Ley emigró a Estados Unidos y dos años después de finalizar la II Guerra Mundial escribió un artículo en el que acusaba a algunos dirigentes nazis de haber seguido movimientos completamente irracionales, como el que se hacía llamar Wahrheitsgesellschaft (Sociedad por la Verdad), cuya sede se encontraba cerca de Berlín. Lo fundó un grupo de seudocientíficos alemanes a partir de una novela inglesa publicada en 1871, Vril, the Power of the Coming Race, en la que el autor, Edward Bulwer-Lytton, narraba una historia fantástica sobre la existencia de una raza superior que habitaba en las profundidades de la Tierra y que utilizaba una misteriosa energía denominada Vril.

En El retorno de los brujos, publicado en 1960, Bergier y Pauwels sostienen que esta organización secreta era una comunidad de ocultistas vinculada a Thule. También aseguran que estaba en contacto con la inglesa Orden Hermética de la Aurora Dorada, una fraternidad de magia ceremonial y ocultismo fundada en Londres en 1888 por William Wynn Westcott y Samuel MacGregor Mathers. La Orden de la Aurora Dorada era supuestamente depositaria del saber hermético, cabalístico y alquímico de los rosacruces.

 

Leyendas y teorías conspirativas

Entre sus miembros más conocidos se encontraban Bram Stoker (el autor de Drácula) y el ya mencionado Crowley. En su libro Monsieur Gurdjieff, Louis Pauwels afirma que la Sociedad Vril fue fundada por un aprendiz de mago llamado Karl Haushofer y por el metafísico ruso Gurdjieff. Este libro y El retorno de los brujos dieron pie a diversas teorías conspirativas relacionadas con los nazis.

Otro personaje del mundo de la magia y el mentalismo, Erik Hanussen, también fue relacionado con Hitler. Parece ser que le dijo al dictador que en pocos años la nación germana estaría a su merced. En otra ocasión, Hanussen se valió del chivatazo de algún dirigente nazi para “predecir” el incendio del Reichstag (Parlamento) ocurrido el 27 de febrero de 1933. Sus autores fueron los propios nazis y eso colocó al mentalista en una delicada situación. Cuatro semanas más tarde, su cadáver fue hallado en un descampado de Stahnsdorf, cerca de Berlín.

Al animado club de nazis fascinados por mentalistas, brujos y ocultistas hay que añadir al Vice-Führer del Tercer Reich, Rudolf Hess, al que en mayo de 1941 no se le ocurrió mejor cosa que volar en un caza de la Luftwaffe hasta Escocia, donde saltó en paracaídas. Cuando lo detuvieron, el segundo hombre fuerte del régimen nazi afirmó que tenía que entregar un mensaje de paz al duque de Hamilton, un aristócrata británico que negó estar al corriente de lo que proponía Hess. Algunos autores afirman que el agente secreto británico Ian Fleming sugirió que Crowley debería ser el encargado de interrogar al líder alemán sobre temas esotéricos, una sugerencia que supuestamente rechazó Churchill.

Profundamente molesto con esta historia, Hitler se vio obligado a difundir un comunicado que enfatizaba la grave enfermedad mental que sufría Hess, que se remontaba a años atrás y le había hecho ponerse en manos de astrólogos y magos. Ese comunicado demuestra que el máximo líder del Partido Nazi era ajeno a los magos, el ocultismo y las sociedades secretas. Lo mismo podría decirse de Joseph Goebbels, que en su diario se preguntaba cómo era posible que se hubiera permitido a un hombre enloquecido como Hess seguir ocupando un cargo tan importante en el gobierno del Tercer Reich.