Naturalezas no tan muertas, el arte de los bodegones

El bodegón es una pintura de género muy particular practicado por casi todos los grandes maestros. Su evolución ha sabido adaptarse a los vaivenes y gustos de las épocas. A ningún ojo le es indiferente.

El bodegón o naturaleza muerta es una obra de arte que representa animales, flores y otros objetos, que pueden ser naturales o artificiales, en un espacio concreto. Esta rama de la pintura aúna diseño, color e iluminación para producir un efecto de serenidad, bienestar y armonía en quienes lo contemplan.

Muchos consideran que los inicios del bodegón se remontan a la época barroca, y lo cierto es que su explosión como género se dio en el siglo XVII, pero grandes maestros de siglos pasados también cultivaron este cotidiano tema para crear estudios o alguna de sus pinturas. Leonardo da Vinci fue de los primeros en quitarle el peso religioso al bodegón creando estudios de frutas como parte de su incansable examen de toda naturaleza. También son muy conocidos los detallados dibujos y grabados de Durero de la flora y la fauna.

En ese siglo surgió un gran interés por el mundo natural y la creación de detalladas enciclopedias botánicas, paralelo al comienzo de la ilustración científica. Los objetos naturales comenzaron a tomarse como elementos de estudio al margen de cualquier asociación mitológica o religiosa.

Toda esta curiosidad de los artistas fue apoyada por los mecenas, quienes querían contar con bodegones entre sus obras. Además, empezaron a coleccionarse objetos tales como conchas, insectos, frutas o flores, lo cual dio lugar a que los pintores se animasen a plasmar sobre el lienzo estas colecciones particulares. Se observa también que un importante subgénero del bodegón son los bodegones exclusivamente florales. En Holanda se produjo una obsesión por la horticultura, particularmente del exótico tulipán, traído de Oriente al continente europeo por un investigador holandés que se encontraba fascinado por esta flor. Considerar las flores, a un tiempo, objeto estético y símbolo religioso llevó al surgimiento de un gran mercado para este tipo de bodegón, que se extendió por otros países del continente europeo como España, donde artistas como Juan de Arellano cuentan con una amplia gama de pinturas que tienen a las flores en ramos como protagonistas.

 

Afán de experimentación

Ese afán por dibujar flores y frutos no solo conquistó a pintores o coleccionistas, sino también a nobles como los Médici, quienes sentían fascinación por los cítricos. Pero son los artistas de los Países Bajos los que realmente comienzan a producir el bodegón en grandes cantidades. Este se convirtió en un magnífico medio de experimentación técnica para estudios de color o calidades. De aquí pasó a Francia y más tarde, ya en el Barroco, llegó a España. Los bodegones presentaban particularidades locales dependiendo de si se trataba de un territorio protestante o católico. Las obras reflejan la riqueza y las comodidades de una clase social privilegiada o, por el contrario, aluden a la caducidad de la vida y de las cosas terrenales, por lo que también se conoce a este género como vanitas.

 

Sus grandes representantes

Dentro ya del siglo XVII y con el género del bodegón consolidado, aparecen grandes pintores... y también pintoras, puesto que las mujeres solían elegirlo para sus lienzos, ya fuera por gusto u obligación.

Caravaggio (1571-1610) fue uno de los primeros artistas que representó naturalezas muertas con intenciones pictóricas más que simbólicas. En ellas aplicó su particular naturalismo, como vemos en su Cesto con fruta, pintado en torno a 1599. Este es uno de los primeros ejemplos de bodegón puro y en él demuestra su maestría colocando la cesta en el borde de una mesa e invadiendo el espacio del espectador de forma sencilla pero efectista, con gran realismo, junto con un variado repertorio de frutas del final del verano y de las hojas de los árboles que han dado cada fruto. En un alarde de verismo y observación, algunas de ellas aparecen picadas.

Los Países Bajos, por su parte, también tenían su Caravaggio: Peter Paul Rubens. El artista más exitoso de Europa a principios del siglo XVII recibía encargos públicos y privados de todo tipo y en ellos insertaba acertadamente frutas, flores y alimentos al mismo nivel sensual, apetente y opulento que sus representaciones humanas. Su taller observaba una mecánica de trabajo colaborativa entre artistas especializados, que se asociaban para llevar a cabo las composiciones que diseñaba el maestro. Así, para las obras donde había que representar flores contaba con la mano de Jan Brughel de Velours, cuyas guirnaldas enmarcaban escenas religiosas o alegóricas. Para representaciones de animales, piezas de caza y alimentos recurría al excesivo Frans Snyders.

Por otro lado, Rembrandt también hizo sus pinitos en el mundo de las naturalezas muertas. Uno de sus escasos bodegones, Muchacha con pavos reales muertos, combina de igual manera un simpático retrato femenino con imágenes de aves de caza.

Entendemos, sin embargo, la dedicación de Clara Peeters a este género como el resultado de las limitaciones impuestas entonces a las mujeres artistas. Pero demuestra su espíritu emprendedor, ya que en la primera década del siglo XVII solo unas cuantas obras de este tipo formaban parte de las colecciones de pintura de los Países Bajos.

El gusto por los bodegones crecería sustancialmente en las siguientes décadas, lo que hizo de Peeters una de las figuras más destacadas en este género. Un gran ejemplo es Mesa (1611), que se encuentra en el Museo del Prado y procede de la colección de Isabel de Farnesio. En él vemos la preocupación por el detalle en cada uno de los elementos presentes, así como una variedad de texturas y colores que no deja lugar a dudas sobre su maestría.

 

El bodegón de España

En nuestro país, la falta de interés de los monarcas del siglo XVII en estas representaciones forzó la salida de muchas obras de nuestro país, pero a pesar de ello contamos con auténticos maestros del género, como Sánchez Cotán o Zurbarán. Su pintura acerca al espectador a una calidad digna del hiperrealismo, y más cercana al tenebrismo de Caravaggio que a los bodegones del norte de Europa. A pesar de esto, y de la sencillez de los elementos que conforman sus pinturas, la elegancia y la serenidad que transmiten las composiciones no dejan indiferente a nadie.

 

Asimismo, observamos bodegones no tan explícitos en obras de Velázquez como Vieja friendo huevos, quizá un simple atrezo que Velázquez quiso incluir en su escena cotidiana, o por el contrario un primer despunte de vanitas enmascarada en el costumbrismo. Lo cierto es que cualquiera de los detalles de toda la serie de elementos que conforman el cuadro son dignos de ser tildados como auténticas obras de arte en sí mismos.

Llegados a este punto, es inevitable mencionar al gran maestro de las naturalezas muertas, que fue Chardin. Ya en el siglo XVIII, consiguió con gran éxito revitalizar el género del bodegón en Francia, que por entonces estaba poco considerado. Gracias a su famoso Bodegón con gato y raya, ingresó en la Academia Real Francesa. De él conservamos muchas naturalezas muertas en las que estudió las calidades y texturas de una gran variedad de objetos, como ollas de cobre, vajillas de porcelana pintada, la transparencia de objetos de cristal, flores, frutas o animales.

En el siglo XVIII no se apreciaron grandes cambios con respecto a la centuria anterior, salvo que se despojó aún más al bodegón de las connotaciones religiosas y alegóricas centrando la atención en realizar pinturas de elementos extravagantes sobre las mesas.

La nueva vida del bodegón

Con la llegada del arte académico, el bodegón perdió protagonismo frente a la pintura de género y el retrato. Lo poco que ya se realiza hacia finales del siglo XVIII se encamina hacia el impresionismo.

Pero su gran evolución llega con el cambio de siglo. En el XIX viene de la mano de estos nuevos géneros pictóricos, llenos de color. Esto permitió a los artistas retomar las naturalezas muertas para experimentar y versionar siguiendo esta nueva línea de creación. En el bodegón impresionista, el contenido alegórico y mitológico está completamente ausente, e importa más la armonía cromática y el tratamiento luminoso. Los pintores de este siglo llegaron a reinterpretar de tal modo el género que a veces sus composiciones resultan irracionales.

Como primera novedad, se rompió con el fondo oscuro. El ya posimpresionista Van Gogh, con sus icónicos Girasoles, o Manet, con Claveles y clemántides en una jarra de cristal, dejan claro que las flores van a ser su elemento preferido para experimentar con la forma y el color. Pero el mundo que les rodea es amplio, y en el caso de Van Gogh el nuevo género le sirve para mostrar su propia realidad, como se aprecia en Bodegón con tabla de dibujo (1889).

 

De la vanguardia al digital

Según se acerca el siglo XX, las vanguardias van apareciendo y, por supuesto, el bodegón sigue siendo el conejillo de indias de los artistas. Cezanne, Picasso, Braque o Duchamp se sirvieron de él también para recrearlo.
Los movimientos de vanguardia evolucionaron con rapidez –cubismo, dadaísmo– y se superpusieron en su camino hacia la abstracción, donde la figura desaparece. Pero el bodegón, como otros géneros, continúa evolucionando hasta mediados de siglo, cuando la abstracción total, ejemplificada por la pintura de goteo de Pollock, elimina todo elemento objetual reconocible.

El auge del fotorrealismo en los años setenta reavivó la representación ilusionista, al tiempo que rememoraba algo del mensaje pop y de la fusión de objeto, imagen y producto comercial. Se observa entonces una reaparición del género en forma de instantánea, digital o generada a través de programas informáticos, pero útil igualmente para encontrar nuevas vías de creación.

En las últimas tres décadas, el bodegón se ha expandido más allá de los límites de un marco, con técnicas mixtas que emplean objetos reales, fotografía, vídeo y sonido. Las obras generadas por ordenador han expandido las técnicas disponibles para la creación de bodegones, como de cualquier otro género clásico.

Es imposible resumir un género con tantos años de historia en unas cuantas líneas, pero lo cierto es que el bodegón tiene un lugar en el pincel de muchos de los grandes maestros de la pintura de todos los tiempos. Por lo tanto, el nombre de naturalezas muertas para designar a este tipo de cuadros es solamente eso, un nombre, porque este género siempre ha estado más que vivo.

 

 

Eva Domínguez Aguado

Eva Domínguez Aguado

Historiadora del arte con muchas ganas de hablar. Escribo artículos e ilustro la revista Muy Historia, cuento cosas interesantísimas en el rincón de Stendhal, y la tortilla de patata me sale buenísima. Un partidazo, vaya.