Mujeres en el bando nacional: entre la abnegación y la audacia

Encuadradas en la Sección Femenina o el Auxilio Social, repartieron comida, atendieron a niños y lavaron la ropa de los combatientes, en línea con la imagen de fémina sacrificada y maternal que alentaba el franquismo. Pero, sorprendentemente, hubo también mujeres audaces que organizaron con gran éxito grupos de resistencia exclusivamente femeninos, aunque su historia caería en el olvido.

Mujeres bando Nacional
Imagen. Wikimedia Commons.

Frente al mito y la mística que rodea a las milicianas que combatieron en el bando republicano, las mujeres que colaboraron en el esfuerzo de guerra del bando llamado nacional son percibidas apenas como un ingrediente secundario y casi simbólico, reducidas a un papel accesorio, a tono con el limitado concepto de la mujer que subyacía en el pensamiento tradicionalista del régimen de Franco. Igualmente, esas mujeres que ayudaron a su victoria parecen formar un bloque compenetrado y homogéneo, alejadas de las diferencias que separaban a sus oponentes, reflejo de la división que anidaba en su bando.

Como suele suceder, la historia resulta más compleja que la imagen que ha trascendido con el paso del tiempo. Pese al papel marginal que el bando nacional reservó a las mujeres, estas no dudaron en protagonizar meritorias acciones demostrando su valor al jugarse la vida, afrontando en muchos casos riesgos que hombres en la misma situación no se atrevieron a correr. De igual modo, esa referida homogeneidad fue mucho más aparente que real, ya que hubo una agria lucha soterrada entre las distintas organizaciones por hacerse con la representación y el control de ese contingente femenino. Por eso, antes de conocer a fondo el papel jugado por esas mujeres que decidieron hacer la guerra por su cuenta, ajenas a estructuras y jerarquías, es necesario describir el aparato organizativo.

El elemento central era la Sección Femenina, fundada en 1934 como rama femenina de Falange Española. Estaba dirigida desde su creación por Pilar Primo de Rivera, hermana del líder de Falange, José Antonio. Durante la República, sus aproximadamente 2 500 integrantes realizaban labores de apoyo a los militantes de Falange presos y sus familias, así como de transmisión de mensajes y consignas. Al estallar la guerra, la Sección Femenina se encargó de organizar la asistencia básica de la población, desde la sanidad al reparto de ropa, comida para los niños y cartillas de racionamiento.

Sección Femenina
Imagen: Wikimedia Commons.

 

El auxilio social

No obstante, pese a contar con todo el apoyo oficial, a la Sección Femenina le surgió un inesperado competidor, el Auxilio Social. Esta organización de socorro humanitario fue fundada en Valladolid, en octubre de 1936, por Mercedes Sanz-Bachiller, viuda del destacado político de Falange Onésimo Redondo, muerto en una emboscada al principio de la guerra. Contaría con la gran ayuda del abogado Javier Martínez de Bedoya, amigo de Redondo. El primer nombre escogido fue Auxilio de Invierno, inspirado por el Winterhilfswerk alemán, que organizaba campañas de caridad en los meses invernales y que sería utilizado por los nazis para su propaganda. Sus inicios no pudieron ser más humildes, ya que la entusiasta viuda apenas contaba con un pequeño local. La financiación correría a cargo de los voluntarios, que recorrían las calles con sus huchas entregando una insignia de metal con un águila imperial y la palabra “pan” a cambio del óbolo. Con la primera recaudación, se abrió un comedor para un centenar de huérfanos.

Su crecimiento sería exponencial, ya que en un solo año pasó a tener más de setecientos centros y cerca del doble un año más tarde. Una de sus características distintivas era la atención al necesitado sin importar su ideología, paliando así la precaria situación en la que quedaban las víctimas de la represión que el bando nacional ejercía en los territorios conquistados. Naturalmente, el éxito de esta organización surgida casi de la nada provocaría envidias, no solo en la Sección Femenina sino en la Iglesia católica, que veía cómo invadía un terreno, el de la caridad, que consideraba un coto privado. La insistente presión de la Iglesia logró, pues, la obligada presencia de dos obispos en un consejo rector creado ad hoc, pero la desconfianza y los conflictos no desaparecerían.

Sección femenina
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Una temible rival

En noviembre de 1936, Sanz-Bachiller se desplazó a Sevilla para reunirse con Pilar Primo de Rivera y explicarle su iniciativa. Pecando de ingenua, le solicitó la ayuda de su poderosa organización con el fin de extender su campo de acción a toda España. Pero la dirigente de la Sección Femenina no estaba dispuesta a aumentar el radio de acción del Auxilio de Invierno, que ya se extendía a las provincias limítrofes, y más viendo la capacidad de trabajo que Sanz-Bachiller mostraba. En sus memorias, la describiría como “mujer dotada de muy buenas cualidades y muy segura de sí misma”, por lo que aparecía ante sus ojos como una temible rival. Teniendo en cuenta la implantación que ya poseía en Valladolid el Auxilio de Invierno, mientras que la Sección Femenina apenas tenía allí presencia, se dispuso a “usar de mucha diplomacia pero, al mismo tiempo, de una tenacidad insobornable para poner las cosas en su sitio y devolver a cada cual su contenido”

Cartel Falange Español
Imagen: Gtres Online.

 

Dentro de la Falange

Para neutralizar a tan incómoda organización, Pilar Primo de Rivera anunció en enero de 1937 la incorporación del Auxilio de Invierno a la Falange, dejando a Mercedes como jefa provincial de la Sección Femenina. También incorporó a otra organización femenina que iba por libre, llamada Frente y Hospitales e integrada por mujeres carlistas conocidas como “las margaritas”.

Ante esa turbia jugada, Sanz-Bachiller y su amigo Martínez de Bedoya decidieron buscar apoyo en las altas esferas; sus contactos les llevaron hasta Ramón Serrano Suñer, quien convencería a su cuñado Franco para que el Auxilio de Invierno, además de cambiar su nombre por el de Auxilio Social, dejase de depender de la Sección Femenina y pasase a ser una entidad aparte dentro de la Falange. Es posible que Franco tomase esa decisión consciente de que provocaría el enfado de Pilar Primo de Rivera, sirviéndole así de advertencia de que en cualquier momento, pese a su apellido, podía caer en desgracia. Pilar entendió el mensaje y encajó el golpe.

Con su habitual determinación, Mercedes, además de abrir guarderías para las madres trabajadoras, centros de prevención de enfermedades infantiles y orfanatos, buscó apoyo y financiación en el extranjero, para lo que viajó a Lisboa y París. También estuvo en dos ocasiones en Alemania, en donde recaudó una importante cifra de dinero, y en Italia. En Francia, consiguió que el mariscal Pétain aceptase ser el presidente honorario, y estableció comités en Londres, Nueva York y Buenos Aires. La organización se hizo con seis camiones militares para repartir comida cuando las tropas franquistas tomaban una población. Ese número se iría incrementando hasta contar con un importante parque de vehículos.

Es significativo el hecho de que las nuevas iniciativas que Martínez de Bedoya presentó a Franco para su aprobación, como la instauración de un servicio social femenino para mantener el número de voluntarias, tuvieron que vencer sus fuertes reticencias, ya que le preocupaba que se rompiera el papel tradicional de las mujeres españolas. Terminada la guerra, se abriría la veda contra Mercedes, a quien no le faltaban enemigos. La decisión de la joven viuda de casarse con el que había sido amigo de su marido, considerado un “héroe de la Cruzada”, sería la excusa para lanzar sobre ella una campaña de desprestigio personal que incluiría rumores de malversación de cientos de miles de pesetas. Aunque esa acusación no pudo demostrarse, la presión a la que fue sometida la llevaría a presentar la dimisión en enero de 1940.

Serrano Súñer
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Células de la resistencia

La iconografía de la mujer del bando nacional se ha visto reducida a las labores de bene­ficencia de esas organizaciones: atender comedores infantiles o repartir pan desde un camión. Por eso, resulta sorprendente encontrar un buen número de mujeres que no respondieron a ese papel doméstico y maternal al decidir jugar un papel clave en actos de sabotaje, resistencia y espionaje. Normalmente eran mujeres jóvenes solteras, de extracción urbana y familia acomodada, que temían que la ola revolucionaria se llevara por delante la sociedad tradicional en la que habían crecido. La Quinta Columna, la resistencia in­filtrada en las líneas enemigas, se nutrió de estas mujeres que no dudaron en proteger a personas amenazadas, obtener información o ayudar a hombres a cruzar al otro bando. Para lograrlo, se aprovecharon de la condescendencia con que eran vistas por el hecho de ser mujeres, por lo que nadie pensaba que podían estar en realidad trabajando para el enemigo.

El grupo de resistencia más célebre sería el conocido como Auxilio Azul María Paz, establecido en Madrid y que debía su nombre a la falangista que lo había formado, asesinada en octubre de 1936 por unos milicianos tras su paso por una checa. Su hermana tomó el testigo, organizándolo según un complejo sistema de células triangulares y una serie de consignas para di­ficultar su detección por la policía. El éxito de este grupo formado exclusivamente por mujeres sería extraordinario, ya que, gracias a esas férreas medidas de seguridad, los Servicios de Información de la República nunca lograrían llegar hasta él. Sus aproximadamente seiscientas integrantes se dedicaban a buscar refugio a personas perseguidas o proporcionarles documentación falsa, atender a las familias de los presos y organizar misas clandestinas.

Sección femenina
Imagen: Getty Images.

 

Mujeres infiltradas

La red contaría con numerosos tentáculos al conseguir in­filtrarse en el SIM (Servicio de Información Militar), el servicio secreto de la República, de donde extraían valiosa información, en el Ministerio de Obras Públicas, en el que contaban con una militante comunista que avalaba a falangistas presos para que fueran liberados, o en la delegación de la Cruz Roja Internacional, de la que obtenían víveres. Como muestra de su audacia, incluso consiguieron colocar un abogado en el Tribunal Popular que perseguía precisamente el espionaje. También tenían un taller de corte y confección del que salieron las banderas españolas y los brazaletes de Falange que saludarían la entrada de las tropas franquistas en la capital.

 

Muchas mujeres se resistieron a su rol doméstico y decidieron jugar un papel clave en actos de sabotaje, resistencia y espionaje

 

En otras ciudades, como Valencia, Barcelona, Alicante o Almería, funcionaron también grupos integrados mayoritariamente por mujeres que llevaron de cabeza a las autoridades republicanas. Un informe del Partido Comunista revelaba que en Asturias más de la mitad de los miembros de la resistencia eran mujeres, mientras que un responsable del SIM, Manuel Uribarri, aseguraría en sus memorias que, por cada hombre de la Quinta Columna, tendrían que haber detenido a diez mujeres.

 

Una mínima recompensa

Finalizada la contienda, el régimen recompensó a esas valerosas mujeres con ventajas personales, como cupos de reserva en las oposiciones del Estado o puestos de trabajo en o­ficinas de gobernación o compañías públicas, además de la concesión de algunos estancos. Pero, de manera signi­ficativa, no hubo un reconocimiento público de esas iniciativas surgidas de entre las propias mujeres, ya que transmitían una imagen de mujer independiente que no encajaba con el papel pasivo alentado por el régimen. El propio Franco lo dejaría claro en un alocución en la primavera de 1939, dirigida en general a todas las mujeres que participaron en el esfuerzo de guerra: “No acabó vuestra labor con la realizada en los frentes, con vuestro auxilio a la poblaciones liberadas, con vuestros trabajos en los ríos, en las aguas heladas, lavando la ropa de vuestros combatientes. Todavía os queda más. Os queda la conquista del hogar”.

Una vez centradas, efectivamente, en sus hogares y su vida familiar, el recuerdo de su heroísmo se disiparía rápidamente. Por motivos obvios, el posterior auge del feminismo no supondría una reivindicación de sus actuaciones. Así pues, se daría la paradoja de que aquellas mujeres, que habían luchado con independencia, tomando sus propias decisiones sin la intervención de ningún hombre, ganarían la guerra para acabar constreñidas a vivir la existencia tradicional que el régimen les tenía asignada.

Sección Femenina
Imagen: Wikimedia Commons.