Monet, el amanecer del caricaturista

El Salón de París había protagonizado durante 150 años el más importante de los acontecimientos artísticos del mundo. Pero le llegó la hora de otra vuelta de tuerca, la revolución impresionista, de la mano de un pillastre que hacía caricaturas: Oscar-Claude Monet.

Imagen: Getty Images.

Primavera de 1874. No era la primera vez que un espacio de disidentes le tomaba el pulso a la exposición de la Academia de Bellas Artes de la capital francesa, desde que la Revolución de 1848 liberalizara el salón. Once años antes, concretamente en 1863, el jurado rechazó muchas obras, sobre todo de exposiciones individuales. Entre ellas se encontraba Desayuno en la hierba, de Edouard Manet (1832-1883), que se granjeó un gran éxito entre los jóvenes creadores. Pero nadie podía ser alguien sin el Salón de París desde el siglo XVII y no se había puesto en duda jamás la influencia e importancia de los artistas que, edición tras edición, formaban su jurado. Sin embargo, aquel año, lo que se ponía en duda era su talante democrático, algo que Napoleón III no toleró. Así nació el Salón des Refusés –el Salón de los Rechazados– y con él las vanguardias, sin saberlo, y diez años después, con una pequeña exposición contestataria paralela, el incipiente éxito de Monet.

 

El infierno de la precariedad

Oscar-Claude Monet (1840-1926) se mudó en 1845 a Le Havre cuando el negocio familiar de especias se fue a pique en París. Era un niño que eludía el colegio y se aburría hasta que asistió a clases de dibujo, gracias a las que pronto comenzó a ganar dinero por su habilidad para hacer caricaturas, muy cotizadas ya a los quince años. Exponía en la tienda de marcos de la ciudad junto a las marinas de Boudin, que le convenció para que explorara también el color. Tras la muerte de su madre, se fue a vivir con su tía, amiga del pintor Armand Gautier, que encarriló su futuro y le animó a entrar en el mundo del arte.

Con los 2.000 francos que había ahorrado dibujando caricaturas, Monet hizo frente a sus comienzos en París de la mano de Boudin y afrontó el revés que supuso que le negaran su primera beca cuando aún dependía económicamente de su padre. Este quería que se formara convenientemente en la Escuela de Bellas Artes pero, en su línea poco ortodoxa, prefirió una escuela privada, la Academia Suiza, donde se especializó en el estudio de figuras. Cuando Monet comenzaba, el realismo pictórico, de la mano de Gustave Courbet, por ejemplo, ya recibía las mieles de la Escuela de Barbizon. Con él Monet tuvo frecuentes encuentros (alababa su tratamiento de la luz frente al idealismo pasado).

Imagen: Wikimedia Commons.

 

De la burla y la suerte

También conoció al gran Gustave Caillebotte (1848-1894) en 1873 y se asoció con él para formar la Sociéte Anonyme Coopérative d’Artistes-Peintres, después de los sucesivos rechazos del salón. Convencidos de lo que hacían, montaron su I Exposición en el taller del caricaturista y fotógrafo Nadar, en el Bulevard des Capucines, y la gloria le llegó de la mano de su peor crítico. Louis Leroy (1812- 1885) era pintor y grabador, aunque el grueso de su fama procedía de la dramaturgia y el periodismo. Su figura como crítico de arte fue ganando peso año tras año y en aquella mítica primera edición pasó a la historia gracias a la crítica satírica y despectiva que hizo en el diario Le Charivari contra la exposición del grupo de artistas independientes que más tarde sería conocido como Grupo Impresionista. Él mismo acuñó el término, que nació originalmente, claro está, para la pintura –y que acabaría extendiéndose a otras parcelas de las artes–, refiriéndose, concretamente, a una de las obras que Monet había pintado dos años antes, en 1872, y había expuesto en aquella ocasión: Impresión: sol naciente. La pintura representa el puerto francés de Le Havre, donde había transcurrido la infancia del pintor. Era casi una mofa. Desde un primer momento, buscaba que el cuadro le sirviera para criticar sin piedad a cualquier otro de estilo similar. Criticaba la variedad de temperatura en el color, su uso y la tonalidad que, según él, provocaba una sensación de humedad, de vaporización en la superficie, que condicionaba el resultado final.

Leroy lo atribuyó a la intención de Monet de causar “impresión en el espectador” y se cebó en esa “importancia” que el “impresionismo” atribuía a este. Escribió, incluso, un diálogo inventado entre dos espectadores imaginarios, burlándose del título.

 

Sí a la luz, muerte a la forma

Su mala intención, pues, bautizó para siempre a los treinta y nueve pintores que expusieron aquel año y contra los que arremetió. Se tiene por principales miembros fundadores del movimiento impresionista a cuatro hombres –el propio Monet, Degas, Cézanne y Renoir– y a una mujer, Berthe Morisot. Tenían en común, sobre todo, el abandono de las figuras plenas e identificables con facilidad, y la voluntad de pintar y capturar la mera presencia de la luz y un panorama específico, sin tener en cuenta otras formas subyacentes. Dejaban estas en segundo plano, y se centraban en explorar todos los tipos posibles de iluminación, como Degas con sus bailarinas. Monet, por su parte, trabajó con la iluminación natural de un lago, por ejemplo, o en la disposición caprichosa de la luz bañando una multitud. Utilizaban colores más puros y crearon nuevos pigmentos, con lo que se replantearon las leyes cromáticas que habían estado vigentes hasta entonces. Su pincelada, llamada gestáltica, buscaba conseguir un todo uniendo partes inconexas. Para su visión única de los paisajes guardaron lo mejor de los románticos, sobre todo de los paisajistas ingleses del XIX, que ya buscaban esa vaporosidad más allá de la forma, como Turner. Adiós al clasicismo, a su idea omnipresente de volumen y forma. La impresión cromática y la luz sustituyeron, a sus ojos, a la forma.

 

La bonanza y los viajes

La exposición, pese al revuelo, no tuvo mayor repercusión entonces. Las sucesivas, tampoco. La sociedad se disolvió, y Monet fue acusado por sus compañeros de egoísta, con lo que se alejó del grupo, volviendo los ojos al Salón de nuevo, que por fin le aceptó una obra. Declarado en bancarrota y viudo tras un aborto mal inducido de su esposa, se mudó con sus hijos a Vétheuil y otras poblaciones, sin cesar en la búsqueda del paisaje perfecto. Estableció una suerte de cuartel general en Giverny, donde desarrolló el famoso jardín en el que tanto se inspiraría. Había estado dependiendo casi en exclusiva del marchante Durand-Ruel, con quien rompió relaciones tras buenas críticas y pobres ventas, y puso su destino en manos de Georges Petit, otro marchante, que sí resultó finalmente el más acertado a la hora de promover a los impresionistas, con la ayuda de los cuales, sobre todo de Renoir y Cézanne, Monet seguía viajando.

Imagen: Wikimedia Commons

 

La buena racha económica llegó finalmente. La venta de sus obras era regular y pudo costearse viajes por la Costa Azul, Londres y toda Francia. Se casó con la esposa de un amigo fallecido y se dedicó a invertir más y más dinero en su jardín, del que ya apenas se movería hasta el final de sus días. Apenas viajó en sus últimos años, salvo a Normandía. De estos periplos nacieron La maison du pêcheur o La Falaise en Varengeville, ambos de 1882, ya que en su jardín de Giverny estaba gestando su famosa serie de Nenúfares, en un estanque con plantas exóticas que provocó graves enfrentamientos con sus vecinos, que temían la entrada de esas plantas en el ecosistema agrícola local.

X

 

Ceguera y muerte

En 1908 comenzó a dar muestras de mala visión, lo que redundaría en cataratas en los dos ojos. Primero le falló uno, circunstancia que Cézanne describiría como “nada más que un ojo, pero qué ojo”. Esto modificó su sensibilidad al contraste, así como la percepción del espacio y, por supuesto, la captación de los detalles. Era como un filtro amarillo que afectaba a la visión de los colores fríos que tanto amaba. Se dio cuenta en Venecia, y en las obras que creó allí vemos que predominan los ocres. Confesó pintar de memoria. Se le intervino quirúrgicamente del ojo derecho, estuvo días en reposo, perdió visión y se le prescribieron gafas de hasta 14 dioptrías. En su serie del puente japonés, vemos las diferencias del antes y el después: cambia el color y la forma, y son evidentes las aberraciones cromáticas y las distorsiones. El último de los puentes, que pintó a los 82 años de edad, es casi irreconocible.

Monet nunca quiso operarse del ojo derecho, y solo gracias a las gafas pudo seguir pintando hasta su muerte por cáncer de pulmón en 1926. Pero antes se burló de sí mismo y de la enfermedad pintando el mismo motivo con el ojo operado y con el que no, dejando un crisol de contradicciones entre colores fríos, que amaba, y cálidos lánguidos, esos con los que nunca quiso ver el mundo.

Desde sus inicios como cronista de clase, de aquella burguesía a la que tanto le costó unirse, hasta sus últimas obras, pasando por su visión de la sociedad moderna como espectáculo o la monumentalidad de Londres, Monet nos dejó más de 250 obras: un autor prolífico como pocos, que solo buscó encontrar la verdad en la luz que, paradójicamente, sus ojos enfermos vistieron de farsa.

Imagen: iStock Photos.