México, China, Irlanda y Rusia: la década revolucionaria

En los años 10 del siglo pasado, cuatro revoluciones estallaron en puntos opuestos del planeta. Alguna consiguió cambiar de la noche a la mañana el escenario de su país, aunque ninguna fue definitiva, sino que abrió la puerta a otros conflictos internos. Estas fueron algunas de sus batallas más significativas.

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Toma de Juárez (mayo de 1911)

La toma de Ciudad Juárez significó el fin de una dictadura, la del general Porfirio Díaz, y la conclusión de una guerra relámpago –o, mejor dicho, una sucesión de guerrillas relámpago– surgida pocos meses atrás. En noviembre de 1910, el líder de la oposición a Díaz, el general Francisco Madero, había escapado de la ciudad de San Luis Potosí, donde se le mantenía en libertad bajo fianza por sedición, y buscado refugio en Texas. Desde allí, el 20 de noviembre, emitió el programa de gobierno que había elaborado en los últimos meses –el conocido como Plan de San Luis Potosí– y llamó al pueblo mexicano a la rebelión. El llamamiento de Madero surgió tras años de intentar derrocar a Díaz por vías pacíficas. Nacido en el seno de una familia de pudientes agricultores de algodón, se había educado en Francia y Estados Unidos y en 1905 había comenzado su labor organizando clubes democráticos y publicando un periódico propio. Sentía, como otros muchos miembros de las clases comerciantes acomodadas, que el Porfiriato, iniciado en 1877 y solo interrumpido entre 1880 y 1884, había ido adquiriendo modos progresivamente dictatoriales –aunque lo cierto es que las represiones brutales formaron parte de su estructura desde el principio– y, lo que quizá era más importante, perdiendo efectividad a la hora de modernizar el país y su estructura económica.

 

Estalla la revolución

Su exilio forzado en Texas le llevó a la conclusión de que la insurrección armada era el único medio que les restaba para cambiar el gobierno, pero su llamamiento en principio no tuvo los efectos deseados y el apoyo norteamericano con el que esperaba contar nunca llegó. Entonces, de repente, cambiaron las cosas: en diciembre de ese año, muy poco después de la nueva investidura de Díaz, estalló un levantamiento popular en las montañas del este de Chihuahua, comandado por Pancho Villa y Pascual Orozco. A este siguió otro en Morelos, dirigido por Emiliano Zapata, y en las semanas siguientes continuarían las rebeliones en todo el país, a cargo de nombres menos conocidos en el folclore como Jesús Agustín Castro, Orestes Pereira o Calixto Contreras, con la fuerza suficiente como para que Madero decidiera regresar a México y ponerse al frente de la Revolución. Para abril de 1911, los revolucionarios tenían en su poder la mayor parte del campo mexicano.

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Ciudad Juárez era su siguiente objetivo, y también sería la primera vez que los revolucionarios se enfrentarían a las fuerzas federales en una batalla abierta, en lugar de empleando la técnica de guerrillas, como habían hecho hasta entonces. Contaban a su favor con la superioridad numérica –2.500 soldados frente a 700 defensores–, pero en su contra jugaba la falta de entrenamiento militar de sus tropas, frente a la alta preparación de los hombres comandados por el general Juan Navarro. La población era de gran importancia estratégica, entre otras cosas por estar pegada a la frontera estadounidense, y Madero llegó a ella junto con Villa y Orozco y lo dispuso todo para iniciar el ataque en la noche del 7 de mayo. Pero entonces ocurrió lo inesperado: un mensaje de Porfirio Díaz solicitando un alto el fuego e iniciar unas negociaciones para una eventual dimisión.

 

El asalto a la ciudad

Se produjo entonces una división entre las tropas rebeldes: Madero era partidario de posponer el ataque hasta las cuatro de la tarde del día 8, y así se lo ordenó a Villa y Orozco. Pero a las once de la mañana comenzaron a sonar disparos, y Madero llamó a Navarro para informarle de que los rebeldes estaban atacando la ciudad. Estaba claro que Villa y Orozco habían decidido actuar por libre y aprovechar el alto el fuego para avanzar. Madero no tardó en darse cuenta de que sus dos generales no tenían intención de obedecerle y no tuvo más remedio que seguirles la corriente.

Navarro había tenido tiempo de preparar una sólida estructura defensiva con barricadas, trincheras y barreras de artillería, aunque andaba escaso de municiones. Sin embargo, los revolucionarios no quisieron arriesgarse en un ataque abierto. En lugar de eso, rodearon la ciudad por tres partes, salvo la que daba a la frontera con Estados Unidos, impidieron la llegada de refuerzos y cortaron el suministro de agua. Además, utilizaron dinamita para volar los muros de las casas más pegadas al exterior, lo que les permitió ir adentrándose en la ciudad a través de los agujeros. El 9 seguían avanzando casa por casa, pero Navarro se negaba a rendirse, por lo que comenzaron a incendiar viviendas y edificios. En la mañana del 10, tras dos horas de fuego intenso alrededor de la iglesia de Guadalupe Hidalgo, los federales se replegaron a su cuartel; sin agua y casi sin municiones, Navarro vio que no le quedaba más opción que izar bandera blanca y reunirse con los rebeldes para discutir los pasos de la rendición y toma de la ciudad.

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División y guerra civil

Fue la primera gran victoria de los rebeldes, pero de ningún modo el fin de la Revolución. El 21 de mayo, Porfirio Díaz firmó los Tratados de Ciudad Juárez, por los que accedía a abandonar el poder y exiliarse. Antes de partir, pronunció una frase profética: “Madero ha liberado al tigre, ahora vamos a ver si puede controlarlo”. Y, efectivamente, no pudo. Solo dos días después de convertirse en nuevo presidente, Zapata lo abandonó acusándolo de traidor por no estar dispuesto a adoptar las reformas sociales que había acordado. La Revolución no tardó en degenerar en una guerra civil que duraría más de diez años –durante los cuales Ciudad Juárez fue tomada dos veces más, en 1913 y 1919– y dejaría un millón de muertos; uno de ellos, el propio Madero, ejecutado en 1913, mientras que Díaz le sobrevivió dos años hasta que murió de viejo en su casa de París.

 

Levantamiento de Wuchang (octubre de 1911)

Si todos los imperios tienen un final, el de la monarquía china llegó el 10 de octubre de 1911, tras más de 2.000 años como forma de gobierno. También significó el final de los 268 años de reinado de la dinastía Qing y abrió la puerta hacia lo que durante un tiempo pareció que iba a evolucionar a un Estado moderno y democrático, antes de que se impusiera una nueva y triste realidad. Y el escenario de ese final fue la ciudad de Wuchang, en la provincia de Sichuan. Durante los veinte años anteriores, China había vivido varios movimientos de reforma política contenidos de forma tajante por la tía del emperador Puyi, la emperatriz viuda Cixi, que era quien realmente llevaba el control del país. Algunas organizaciones apostaban por la vía pacífica; otras creían en una acción radical, como la Gong Jin Hui y la Sociedad Literaria, que llevaron a cabo un paciente proselitismo entre las filas militares.

Cuando comenzó la Revolución de Wuchang, más de 5.000 soldados –un tercio del ejército local– se habían unido a estas organizaciones. Antes de la revuelta de Wuchang se habían producido conflictos menores, saldados con una represión feroz. Por ejemplo, las protestas en Sichuan por el anuncio de nacionalización de los ferrocarriles dejaron treinta muertos entre los manifestantes. Los ánimos estaban más que caldeados cuando el 24 de septiembre de 1911 ambas organizaciones convocaron una conferencia en Wuchang en la que se planteó llevar a cabo el alzamiento el 16 de octubre, y los líderes Jiang Yiwu y Sun Wu fueron nombrados, respectivamente, comandante y jefe de Estado.

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Todo se torció cuando, el día 9, Sun Wu sufrió un accidente mientras fabricaba bombas en la concesión rusa de Hankou; consiguió escapar, pero la policía rusa acudió al lugar y encontró abundante documentación sobre el levantamiento. Los revolucionarios no tenían más opción que llevarlo a cabo cuanto antes, y a las ocho de la tarde del día 10 se oyó el primer disparo en las calles de Wuchang. Poco después, el Nuevo Ejército tomó la armería de Chwantai y la oficina del virrey. Para la mañana siguiente, la ciudad estaba en poder de los revolucionarios, que anunciaron el establecimiento del Gobierno Militar de la República de China. Wuchang se convirtió así en el símbolo de la Revolución, gracias a que pudo resistir mientras las luchas se sucedían en el resto del país. Siete semanas después, otras quince provincias se habían unido al levantamiento.

El 29 de diciembre, Sun Yat-sen, otro de los líderes revolucionarios, que fundó en 1905 la Tongmenghui (Liga Unida), regresó del exilio y fue elegido primer presidente provisional de la República de China. El 12 de febrero de 1912, la emperatriz regente Longyu firmó la abdicación de Puyi, de 6 años de edad, en su nombre.

 

Alzamiento de Pascua (abril de 1916)

El Alzamiento de Pascua tuvo lugar en Dublín entre el lunes 24 y el sábado 29 de abril de 1916. Fue una rebelión contra el dominio inglés, derrotada tras una rápida respuesta británica. Irlanda estaba entonces gobernada por el Partido Parlamentario, liderado por John Redmond, que en 1914 había dado pasos significativos en favor de la Home Rule, por la cual el Parlamento irlandés, trasladado a Londres a raíz del Acta de Unión promulgada en 1800, regresaría a Dublín; pero el retorno fue pospuesto por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Redmond pidió al pueblo fidelidad a Inglaterra, pero los líderes independentistas más radicales vieron una oportunidad, pensando que el gobierno británico estaría demasiado ocupado con la guerra para organizar una defensa efectiva de Irlanda. El Sinn Féin llegó incluso a contactar con los alemanes para conseguir armas a cambio de facilitarles la entrada en Gran Bretaña.

El Alzamiento fue planeado por el consejo militar de la Hermandad Republicana Irlandesa y lucharon en él los Voluntarios Irlandeses, el Ejército de Ciudadanos de Irlanda y el Consejo de Irlandesas Cumann na mBan; entre todos reunieron a unos 1.200 combatientes activos, y sus dirigentes redactaron una Proclamación de la República de Irlanda. El plan inicial señalaba el domingo 23, pero hubo retrasos: los rebeldes recibieron órdenes contradictorias y el cargamento alemán de armas que tenía que haber desembarcado en la costa de Kerry nunca llegó. Al final, se pospuso al lunes.

Los independentistas consiguieron ocupar edificios clave como la Oficina de Correos o el complejo de edificios industriales al lado del Gran Canal conocido como Bolland’s Mill, pero no lograron hacerse con el cuartel general de la Administración británica, situado en el Castillo de Dublín, ni con el arsenal que se guardaba en el Trinity College. También fracasaron en su intento de controlar las estaciones de tren y los muelles, dejando así el campo abierto para la llegada de las tropas inglesas, que comenzó el mismo lunes por la tarde.

Se estima que unos 20.000 soldados británicos lucharon contra los 1.200 rebeldes, que resistieron varios días a base de fuego de rifles, francotiradores y explosivos de fabricación casera. La batalla costó 485 muertos, el 54% de los cuales fueron civiles; el mayor tenía 82 años, el menor 22 meses. El centro de Dublín quedó prácticamente en ruinas. Todo ello, junto con la represión que siguió al Alzamiento de Pascua, contribuyó a radicalizar al pueblo irlandés contra los británicos invasores. Se había terminado de prender una mecha que tardaría muchas décadas en apagarse.

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Toma del Palacio de Invierno (octubre de 1917)

Publicitada hasta la saciedad por el régimen soviético e inmortalizada por maestros del cine como Eisenstein, la realidad de la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques en octubre de 1917 tuvo más de trámite que de verdadera revolución. No hubo masas que se lanzaran hacia sus muros, no hubo héroes que pagaran con sus vidas el exponerse al fuego de los defensores; por no haber, no hubo apenas resistencia. Sí hubo ruido y cañonazos, pero casi en sordina, y su efectividad quedó limitada a darle a la máquina de propaganda de la naciente URSS algo en lo que hincar el diente.

Dentro del levantamiento comandado por Lenin y Trotski, el Palacio de Invierno era un símbolo imprescindible: la antigua residencia del zar, depuesto en febrero de ese año, albergaba ahora al inestable gobierno provisional formado por socialistas y liberales, y necesitaban su arresto para poder proclamar la toma del poder, aunque ese gobierno –como su presidente, Aleksandr Kérenski– se encontrara en una situación de debilidad extrema. Lenin había sido de los pocos en percatarse de aquella situación y luchó hasta imponer, frente a sus camaradas más prudentes, la conveniencia de un derrocamiento inmediato.

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Ultimátum de Lenin

El 24 de octubre, la impotencia de Kérenski quedó patente cuando decretó la clausura de dos diarios bolcheviques y ordenó al buque de guerra Aurora alejarse de su posición, demasiado próxima al Palacio, y Trotski revocó ambas órdenes sin complicaciones. A lo largo del día, el Palacio fue recibiendo a partidarios del gobierno dispuestos a organizar su defensa; para el mediodía del 25 estaba previsto el Segundo Congreso de los Soviets, y Lenin había dejado claro que quería el edificio tomado para entonces. Los últimos intentos de Kérenski de lograr apoyo en el Parlamento se resolvieron con un nuevo fracaso. Mientras el gobierno se refugiaba en el Palacio, el presidente huyó de Petrogrado en dos automóviles requisados para reunirse con las tropas leales.

En la madrugada del día 25, Trotski dio la orden de tomar el Palacio. Durante toda la noche, los bolcheviques habían ido ocupando sin excesivos conflictos el Banco Estatal de Petrogrado, las estaciones de tren, la estación de telefonía, las comisarías de policía o el Palacio de Ingenieros; les bastó con comunicar a los guardias leales el cambio de gobierno en nombre del Comité Militar Revolucionario (CMR) –organismo creado a mediados de octubre– para que estos entregaran las armas. Varios testimonios coinciden en la débil repercusión del proceso revolucionario en la rutina diaria: los tranvías funcionaban, las tiendas abrían, los espectáculos seguían representándose.

 

Cae el gobierno provisional

El Palacio de Invierno era el último obstáculo, y resistió más de lo que nadie (incluidos sus propios defensores) habría podido pensar: la idea inicial de bombardearlo desde la Fortaleza de San Pedro y San Pablo se pospuso debido, primero, a la falta de cañones que funcionaran y, después, a la de munición adecuada, y los marineros del Báltico que debían reforzar los efectivos del CMR sufrieron un retraso de varias horas. Mientras la ira de Lenin crecía y amenazaba con fusilamientos, estaba claro que el comienzo del Congreso no podía aplazarse más: a las dos y media de la tarde se celebró una sesión extraordinaria, en la que Trotski declaró el fin del gobierno provisional y aseguró que el Palacio “caería en breves instantes”.

Tardó un poco más. Las fuerzas con que contaba para su defensa sumaban unos 3.000 efectivos entre cadetes, cosacos y las mujeres del Batallón de Asalto de la Muerte. Poco después de las 18:00, un buen número de cadetes escapó del Palacio, y dos horas después se les unieron 200 cosacos. A las 21:40, el Aurora soltó un primer cañonazo de fogueo para señalar el inicio del ataque; el estruendo terminó de hundir los ánimos de los no más de 300 defensores que quedaban.

 

El enfrentamiento se limitó a las cargas de artillería lanzadas desde la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, en la otra orilla del río Neva. El resto de la toma se llevó a cabo con una relativa tranquilidad; tanta, que un grupo de doce militares del CMR, comandado por Vladímir Antónov- Ovséyenko, entró tranquilamente por una puerta abierta y desguarnecida y, en su deambular, no halló más oposición que lo que restaba de unas tropas agotadas, desilusionadas y prestas a rendirse. Por fin, en una de las salas encontraron al gobierno provisional. Hubo una gran desilusión entre los bolcheviques al darse cuenta de que Kérenski no estaba entre los detenidos; aunque hubo algunas propuestas de matar allí mismo a todos los miembros del gabinete a golpes de bayoneta, al final se optó por mantener la disciplina y fueron llevados como prisioneros a San Pedro y San Pablo.

Con el gobierno cayó todo vestigio de invulnerabilidad del Palacio. John Reed, el periodista norteamericano que cubrió –y embelleció– la Revolución, escribiría que los intentos de robo fueron impedidos por Antónov. La realidad, según han descrito fuentes menos parciales, fue más prosaica y desagradable, y las víctimas materiales del pillaje incluyeron muebles, cuadros y tapices, además de las añadas más venerables de la espléndida bodega de los zares.

La toma del Palacio de Invierno no fue el final de la Revolución, sino el principio de una guerra civil que se extendería por toda Rusia y que concluiría con el triunfo bolchevique en 1921.

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