Los rugientes años 20: progreso, velocidad y despreocupación

Acabada la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos disfrutó de dos lustros de prosperidad caracterizados por los avances tecnológicos y los cambios sociales. Pero, bajo la ilusión de un crecimiento económico ilimitado, el país se encaminaba sin saberlo hacia el Crac del 29.

Años 20
Imagen: Getty Images.

Pocos momentos históricos han supuesto un cambio tan intenso en la vida de los americanos como los años veinte, calificados alternativamente de felices, locos, violentos o rugientes (esto es lo que significa literalmente The Roaring Twenties). Un período en el que, aun atormentado por sus contradicciones y tensiones internas –responsables de fenómenos como la Ley Seca o el Ku Klux Klan–, Estados Unidos se consolidó como primera potencia mundial, vivió una transformación social sin precedentes y asumió el liderazgo de la modernidad industrial y tecnológica.

 

Dos presidentes para una posguerra

El fin de la Primera Guerra Mundial supuso la llegada de una era que, con la excepción de una primera crisis en los años 1920 y 1921 (determinada por el paso de una economía de guerra a una de posguerra y el regreso de dos millones de soldados), se caracterizó por la prosperidad. El desempleo se mantuvo en niveles bajos –entre el 4 y el 5%, con algún repunte ocasional–, los salarios subieron –un 26% en términos reales entre 1920 y 1929–, la economía creció de forma continuada y la bolsa marchó al galope hasta estrellarse en el cataclismo de 1929.

Al comienzo de la década –marzo de 1921–, el nuevo presidente Warren G. Harding sustituyó en la Casa Blanca a un agotado, frustrado y enfermo Woodrow Wilson. Harding fue en su día el político más popular del país y hoy es considerado uno de los más inútiles; un hombre de expresión torpe, que no entendía mucho de nada, al que lo que más le preocupaba era caer bien y que resumía su programa de gobierno en una frase talismán: “Volver a la normalidad”. Murió de un infarto dos años después, y la ristra de corrupciones y escándalos económicos y sexuales que salieron inmediatamente a la luz ensombreció la benévola imagen que tenían de él sus compatriotas. Su lugar lo ocupó alguien muy distinto, el mordaz Calvin Coolidge, justo antes de la crisis. Conocido como Silent Cal (Cal el Silencioso), hay anécdotas sin fin sobre sus lacónicas y agudas réplicas. Se mantuvo en el cargo hasta marzo de 1929.

Calvin Coolidge
El presidente Calvin Coolidge. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Apoteosis del mundo capitalista

Además de su pertenencia al Partido Republicano, a estos dos políticos tan diferentes les unía una misma visión económica que condicionó toda la década: proteccionismo a ultranza con elevados aranceles, apoyo sin interferencias al mundo del dinero, muy escaso interés por todo lo que tuviera que ver con el proletariado, los granjeros –que, a diferencia de las clases urbanas, no pararon de perder poder adquisitivo– o los consumidores y continuas bajadas de impuestos, especialmente las que beneficiaban a las clases altas. El tipo aplicado a ingresos superiores al millón de dólares anuales bajó del 73 al 24% a lo largo de la década; el correspondiente a sociedades se mantuvo entre el 10 y el 13%; el número de millonarios se multiplicó por cuatro. No por nada, Cal el Silencioso dejó clara su ideología con una frase que hizo fortuna: “El principal negocio de los americanos son los negocios”.

Lo cierto es que los vientos soplaban decididamente a favor, ya que, debido a una feliz conjunción de avances tecnológicos, fue entonces cuando se produjo el despegue de la sociedad de consumo. Y esta, entonces igual que hoy, tuvo en el automóvil a su puntal y símbolo.

La industria automotriz existía desde principios de siglo (Ford fue fundada en 1903 y General Motors en 1908), pero floreció de forma espectacular en los años veinte gracias al abaratamiento permitido por la cadena de montaje que había implantado en sus fábricas Henry Ford y que otros copiaron. El modelo emblemático de la época, el Ford T, pasó de costar 900 dólares en 1910 a 260 en 1925. A lo largo de toda la década, la producción de automóviles no paró de crecer (de 1.905.500 unidades en 1920 a 4.359.000 en 1928). En 1929, el 90% de los vehículos que se fabricaban en el mundo eran americanos y esa industria había llevado la prosperidad a muchas otras, desde el petróleo, el acero y la pintura hasta la nueva profesión de vendedor de coches.

 

Tras la Gran Guerra, EE UU vivió una era de prosperidad en la que despegó la sociedad de consumo

 

La América sobre ruedas

Pero si la influencia del automóvil en la economía fue importante, el impacto en la sociedad lo fue aún más. En palabras del escritor John Updike, “en un mundo en el que el caballo era el principal medio de transporte, el automóvil fue el invento más revolucionario posible”. El coche empezó a resquebrajar la estricta separación que existía entre el mundo urbano y el rural, y esto propició un repentino contraste entre mentalidades: a pueblos perdidos –en los que se vivía en el temor de Dios y se iba en carreta a la iglesia– llegaban de pronto coches de muchachos, acompañados de esas jóvenes modernas a las que llamaban flappers y, a veces, ¡con ellas mismas al volante!

Porque, sin duda, los americanos se acostumbraron a hacer uso del nuevo invento, que en poco tiempo pasó a ser parte del estilo de vida americano (el american way of life): para ir a la oficina, para hacer la compra, por mero placer, para conocer un país inmenso, hermoso y sorprendente o, como tristemente ocurriría en los años treinta, para abandonarlo todo y emigrar a un sitio en el que hubiera trabajo.

Pero una irrupción tan abrupta de la modernidad motorizada no podía dejar de cobrarse su precio. La celeridad con que se extendió el automóvil no fue acompañada de una diligencia equivalente en la imposición de exámenes que certificaran la idoneidad del conductor, que en 1930 solo eran obligatorios en quince estados (Dakota del Sur no lo exigió hasta 1959). Resultado: ya en un año tan temprano como 1925, hubo unos 25 000 muertos por accidentes de tráfico, 17.500 de ellos peatones (la irresponsabilidad de los automovilistas con la velocidad y el drama de los atropellos aparecen reflejados en dos grandes novelas de la época, Manhattan Transfer y El gran Gatsby).

 

El coche transformó la vida diaria del ciudadano y el país, económica y urbanísticamente

Coches años 20
Imagen: Getty Images.

 

El automóvil transformó el mismo paisaje, con una influencia clave sobre el urbanismo. El crecimiento de las ciudades dejó de depender de la disponibilidad del tranvía o la estación de tren, alrededor de la cual se arracimaban hacinadas las nuevas construcciones, y así fueron surgiendo esas enormes zonas residenciales de clase media tan característicamente americanas que solo pueden concebirse con la independencia que da un medio de transporte propio. También impuso la necesidad de articular el territorio a través de una red de carreteras, túneles y puentes –cada uno de ellos un nuevo desafío tecnológico–, todo lo cual dio un impulso extraordinario a la industria de la construcción. Conquistada ya la última frontera y unido políticamente el país en el siglo XIX, el XX empezaba con la unión física a través de las infraestructuras.

 

La electricidad cambia la vida diaria

Otro hecho capital de este período fue la electrificación del país. Entre 1920 y 1929, el número de hogares con luz eléctrica pasó del 35 al 68% (85% en áreas urbanas), lo cual, además de romper la dicotomía entre el día y la noche y favorecer un importante cambio de hábitos –especialmente, los relacionados con el ocio–, creó consumidores para otro nuevo invento: el electrodoméstico. Empezaron a ofrecerse al público lavadoras, neveras, aspiradoras y tostadoras, toda una serie de aparatos milagrosos que hacían la vida más fácil y que, siguiendo el camino marcado por la industria del automóvil, podían adquirirse a plazos, un medio igualmente innovador. El reclamo “compre hoy, pague mañana” se convirtió casi en una orden que interpelaba al ciudadano desde las enormes vallas publicitarias que adornaban las carreteras. La estrategia tuvo un éxito indudable. La gente perdió el miedo atávico a endeudarse y, en 1927, el 76% de los bienes domésticos se compraban a crédito.

Entre todos esos nuevos artilugios, hubo uno que conquistó un lugar especial en el corazón de los americanos: la radio, cuyo lanzamiento puede datarse casi al milímetro. El 2 de noviembre de 1920, la KDKA, primera emisora de Estados Unidos, perteneciente a la compañía Westinghouse, transmitió los resultados de las elecciones presidenciales en las que Harding derrotó al candidato demócrata James Cox. Fue un suceso histórico, solo al alcance de unos pocos centenares de personas que apenas acertaban a entender de qué se trataba, pero otra nueva revolución, similar a la del automóvil, estaba en marcha: en el plazo de unos pocos meses, empezaron a ofrecerse receptores en todas las tiendas y el furor de la radio prendió como la pólvora. A finales de la década, había aparatos en el 60% de los hogares. La radio fue otra forma de unir al país. De pronto todos los americanos escuchaban la misma información, vibraban con los mismos acontecimientos deportivos, se emocionaban con los mismos melodramas y se reían de los mismos chistes.

Charleston
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Tiempo de héroes y conflictos

La década de los 20 fue también una época de héroes, cuyas extraordinarias gestas eran retransmitidas por la prensa, la radio y el cine a toda la nación: Babe Ruth, considerado uno de los mejores jugadores de béisbol de todos los tiempos, que en 1927 anotó 60 home runs (carreras) y mantuvo el récord 34 años; Johnny Weissmuller, deportista y actor estadounidense de origen austríaco que, tras ganar como nadador cinco medallas olímpicas, dio vida a Tarzán en la gran pantalla; y, por supuesto, Charles Lindbergh, primer aviador en cruzar en solitario el Atlántico y perfecta encarnación del héroe americano (aunque luego resultó ser filonazi, pero esa es otra historia).

El apoteósico recibimiento que brindó Nueva York a Lindbergh a su vuelta de París, en 1927, es muestra de la fascinación del público por el inmenso logro humano de volar (¿era posible concebir una hazaña más grande?), enseguida convertido en industria y negocio. Ese mismo año se fundó la aerolínea Pan Am; y ya el anterior, se había abierto el correo postal aéreo a compañías de aviación privadas. Sin duda, la pasión por el vuelo ejemplifica la fe de esa década en el progreso, la ruptura de límites y la búsqueda de nuevas fronteras.

Pero, junto a esa América que avanzaba, había otra preocupada por las esencias. Los años veinte fueron también la época dorada del Ku Klux Klan, que llegó a tener entre cuatro y seis millones de miembros, a controlar políticamente siete estados y a organizar varias marchas con decenas de miles de encapuchados en Washington. Fue también la época del juicio a John T. Scopes en Tennessee (1927) por enseñar la teoría de la evolución de Darwin, de la ejecución de Sacco y Vanzetti y del cierre definitivo de fronteras a inmigrantes de origen poco deseable (europeos del sur, asiáticos, árabes...). El melting pot (la sociedad multiétnica) no admitía ya más mezclas.

Babe Ruth
El jugador de beisbol Babe Ruth se convirtió en un icono de la época. Imagen: Getty Images.

 

El despertar del sueño

En el verano del 27, Calvin Coolidge, teórico artífice de la prosperidad de los Roaring Twenties, anunció por sorpresa que no se presentaría a la reelección. Su correligionario Herbert Hoover ganó los comicios de marzo de 1929 prometiendo “un pollo en cada olla y un coche en cada garaje” –además de dividendos–, pero en agosto de ese mismo año la economía empezó a dar síntomas de contracción. El 3 de septiembre, el índice Dow Jones marcó un máximo de 381,7 puntos –tardaría 25 años en recuperarlo– y luego se mantuvo mes y medio entre vaivenes hasta que, por fin, el 24 de octubre, los inversores decidieron que era hora de recoger beneficios y vendieron todos a la vez. El llamado Jueves Negro empezó con una caída del 11% nada más abrirse la sesión, que solo se recuperó en parte gracias a una reunión urgente de los grandes bancos, que decidieron actuar de forma conjunta. No sirvió de nada. A la semana siguiente, hubo un Lunes Negro y luego un Martes Negro. Las pérdidas fueron constantes hasta noviembre, cuando pareció que comenzaba una recuperación, pero en abril de 1930 Wall Street volvió a caer y se embarcó en un declive que no pararía hasta alcanzar el mínimo del siglo el 8 julio de 1932 (41,22 puntos).

El Crac de la bolsa sumió al país y al mundo en la Gran Depresión, de incalculables consecuencias. Sobre qué llevó a la catástrofe y la posibilidad de haberla evitado aún hay diferencias. La burbuja bursátil y la inversión especulativa, en un contexto de escasa regulación y prácticas fraudulentas generalizadas, tuvieron gran parte de culpa. También la creciente desigualdad (hacia la que los políticos mostraron una cruel indiferencia), que impidió que parte de la sociedad accediera a todas las novedades y estimulara la economía gastando dinero. Una vez lanzada la crisis, la fe en el laissez faire (dejen hacer) llevó a Hoover a no intervenir. Tendrían que pasar más de dos años hasta que un nuevo presidente, con ideas totalmente distintas, en un mundo en el que los felices años veinte parecían un sueño lejano, se pusiera a trabajar para encarar una realidad completamente nueva.

Crac del 29
Imagen: Getty Images.