Los orígenes de la Mafia: de Italia a los Estados Unidos

Desde su eclosión a mediados del siglo XIX, la Mafia italiana forjó un imperio criminal que acabaría cruzando el Atlántico y que aún hoy sigue siendo un formidable lastre para el progreso en el sur de la península itálica.

Mafia italiana
Imagen: iStock Photos.

Cuenta la leyenda que, en el transcurso del siglo XV, tres hermanos castellanos llamados Osso, Mastrosso y Carcagnosso huyeron de Toledo dejando tras de sí un delito de sangre cuyo móvil no fue otro que la defensa del honor del clan familiar, ultrajado tras la violación sin castigo de una hermana. Embarcaron, dice el mito, rumbo a Italia, y el destino, en forma de naufragio, eligió puerto en la isla de Favignana, próxima a Trapani (Sicilia). Treinta años pasaron los hermanos –presuntos miembros de la Garduña, una oscura sociedad secreta criminal fundada en Toledo, de cuya mera existencia dudan los expertos– en el islote antes de separar sus caminos. Osso permaneció en Sicilia y Mastrosso y Carcagnosso cruzaron el estrecho de Messina para recalar en Calabria y Nápoles (Campania), respectivamente, lo que dio origen a tres organizaciones mafiosas que, con los códigos de honor de la Garduña como cemento ideológico, cristalizarían en la Cosa Nostra, la ‘Ndràngheta y la Camorra, las tres grandes organizaciones mafiosas –con permiso de la Sacra Corona Unita (Apulia) y los Basilischi (Basilicata), de aparición muy posterior– del sur de Italia.

Lo trascendente de esta increíble génesis legendaria no es lo anecdótico del mito fundacional, sino la profunda resonancia del mismo en la cultura genealógica del crimen organizado italiano. Las tres ma­fias emergen de un mismo tronco y raíz, lo que implica sustanciales coincidencias y tradiciones emparentadas. Una de ellas es precisamente la obsesión por el legado histórico, el culto a las raíces legendarias, que ejerce de mecanismo de cohesión ideológica en los tres grupos.

 

Más allá del mito

Así, la leyenda de los tres hermanos castellanos es común a las tres organizaciones y es un ingrediente ideológico esencial, aunque Osso, Mastrosso y Carcagnosso no sean en verdad más que los protagonistas de un cuento. La génesis de la ma­fia italiana tiene raíces históricas inciertas, en tanto que es consecuencia de un proceso social, económico y político cocido a fuego lento durante siglos. Pero, si indagamos en las causas y los detonantes que con­figuran la personalidad tan especí­fica del crimen organizado italiano, tenemos que ubicar el foco en el siglo XIX.

La caída del Reino de las Dos Sicilias, precipitada por la Expedición de los Mil comandada por Garibaldi en 1860, selló el ­final de la monarquía borbónica en la isla y la asimilación de esta como una de las provincias del naciente reino de Italia. El espíritu de resistencia al invasor estaba ­firmemente asentado en Sicilia, una isla ocupada por imperios foráneos –griegos, normandos, árabes, españoles– desde tiempos inmemoriales, que desarrolló con el paso de los siglos un carácter de contestación y agravio permanente, muy presente durante los siglos de hegemonía borbónica y no diluido (más bien lo contrario) tras el Risorgimento y la Uni­ficación de Italia. Buena parte de los habitantes del sur interpretaban el encaje de las provincias meridionales en el nuevo Estado como un proceso colonial, en virtud del cual los territorios industrializados del norte exprimían la ya deprimida economía sureña en su propio benefi­cio. Fue en ese caldo de cultivo como se produjo la eclosión del sicilianismo, corriente de pensamiento que denunciaba la subyugación del sur en bene­ficio del norte y que daba carta de naturaleza al sentimiento de desprotección del ciudadano medio, desatendido, olvidado y abandonado a su suerte por el Estado central, que empujaba así a los humildes a redes de amparo alternativas.

 

Abandonado por el Estado central, el sur buscó redes de amparo alternativas basadas en la familia y el clan

Puerto de Palermo (Sicilia)
Puerto de Palermo (Sicilia). Imagen: Getty Images.

 

La familia (en la más extensa acepción del término) y el clan emergen como la primitiva estructura social y política dominante en el sur italiano; a partir de ellos, surge la inevitable constitución de grupos armados que operan, en la práctica, como pequeños ejércitos privados que llegan allí donde no llega el Estado. Eran grupos que ofrecían su protección a los terratenientes de la isla y que acabaron haciendo de la extorsión y el abuso de poder su medio de vida: ma­fias, en de­finitiva, a las que las propias autoridades sicilianas, incapaces de hacer valer su legitimidad, recurrían en busca de ayuda para mantener el orden a cambio de impunidad.

En origen, el término “mafioso” carecía por completo de connotaciones negativas y de­finía exclusivamente a una persona que desconfiaba de la autoridad central. Fue una exitosa obra de teatro estrenada en Sicilia en 1863, I ma­ usi della vicaria, la que popularizó el vocablo, que cinco años después aparece mencionado por vez primera en un documento público en el que adquiere definitivamente el signi­ficado actual: se de­fine a la ma­fia como “sociedad de malandrines”. El contagio de los usos y costumbres de sociedades secretas con gran presencia e implantación en el sur italiano en la segunda mitad del XIX, muy especialmente la Francmasonería y la Carbonería, terminaría por dar forma a las genuinas singularidades culturales y sociales de la ma­fia, que encuentra en el desempleo sistémico ligado a un modelo productivo que apenas ha evolucionado en los dos últimos siglos el mismo caldo de cultivo hoy que hace ciento cincuenta años. Como entonces, muchos jóvenes sicilianos, campanos o calabreses de extracción humilde y pocos recursos tienen apenas tres alternativas: la emigración, el ingreso en la policía o el ejército o la inmersión, generalmente sin retorno, en la malavita y las redes ma­fiosas.

Coche tiroteado por la mafia
Coche tiroteado por la mafia. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La ley del silencio

Cosa Nostra, ‘Ndràngheta y Camorra se vertebraron, pues, en torno a un mismo sistema de valores y a unos códigos comunes de los que, en verdad, no sabemos tanto como quisiéramos. El del crimen organizado italiano es un mundo extraordinariamente opaco, ya que se con­ gura alrededor de la ley del silencio (omertà). Es un muro infranqueable, un búnker en el que pocos entran y nadie sale si no es en el interior de un ataúd, cosido a balazos.

Hasta 1983, poco o nada sabíamos de lo que ocurría de puertas adentro en ese búnker. Las revelaciones del pentito (arrepentido) Tommaso Buscetta, que decidió romper la inquebrantable y sagrada omertà durante el Macrojuicio de Palermo contra la ma­fia (1986-1987), permitieron por vez primera escarbar en las entrañas de la Cosa Nostra y sacar a la luz muchos de sus secretos. Tenemos, así, mucha más información acerca de la ma­fia siciliana que de la ‘Ndràngheta calabresa y de la Camorra napolitana. La omertà en las ­filas de la ‘Ndràngheta apenas muestra fi­suras y los pentiti en la mafia napolitana –que hace ya años sustituyó a la Cosa Nostra como la reina del crimen organizado italiano– brillan por su ausencia.

La mayoría de los arrepentidos surgidos en las filas de la Cosa Nostra, salvo contadísimas excepciones, son avvicinati, esto es, colaboradores que orbitan alrededor de la familia en la que aspiran a ingresar para así convertirse en uomini d’onore (hombres de honor) o miembros de pleno derecho del clan ma­fioso. En la ‘Ndràngheta las jerarquías están mucho más de­finidas y la distancia entre los hombres de honor y los avvicinati es mucho mayor, lo que en la práctica signi­fica que menos personas conocen las entrañas de la organización y que, en consecuencia, menos secretos pueden llegar a filtrarse.

En 2007, el líder histórico de la Cosa Nostra Salvatore Lo Piccolo fue ­finalmente arrestado y, entre sus papeles, se le incautó un texto escrito a máquina que llevaba por título Derechos y deberes, gracias al cual conocemos los “mandamientos del buen ma­fioso contemporáneo”, un sistema de valores que es transversal y común, con matices, a todas las grandes organizaciones criminales del sur de Italia. El culto a la discreción y el silencio, la lealtad ciega, que ha de manifestarse en la disponibilidad absoluta y permanente ante cualquier requerimiento del cabeza de familia, la prohibición expresa de lazos con la policía, el escrupuloso respeto hacia la propia esposa y la de los otros ma­fiosos, la censura del robo o el elogio de la puntualidad son algunos de los requisitos que Lo Piccolo esboza en el documento.

 

Discreción, lealtad, disponibilidad absoluta y puntualidad son algunas normas del buen mafioso

Macrojuicio contra la Mafia en 1967
Macrojuicio contra la Mafia en 1967. Imagen: Getty Images.

 

¿Quién es quién en la mafia?

Lo cierto es que las ma­fias italianas han funcionado siempre como “estados dentro del Estado”, y eso ha empujado a sus miembros desde antiguo a de­finir jerarquías generalmente muy férreas. Al menos en el caso de la Cosa Nostra y de la ‘Ndràngheta, pues no ocurre lo mismo con la Camorra, donde cada familia gestiona de manera autónoma los negocios y asuntos de su territorio sin que haya sistema jerárquico alguno que las cohesione.

El núcleo de la ma­fia es la cosca (esto es, la familia), a cuyo frente se sitúa el capofamiglia (también llamado rappresentante), que accede a tan alta distinción por métodos más o menos democráticos, elegido por los hombres de honor que integran el clan, que formalizan dicha pertenencia mediante un juramento de sangre. El capofamiglia es un primus inter pares –primero entre iguales– y, como tal, al menos teóricamente, si traiciona la con­fianza de sus iguales puede ser relegado del cargo.

Por otro lado, el capo no está solo en el gobierno de la cosca. Le rodea un grupo de asesores de la máxima confianza (los consiglieri) que son los encargados del “gobierno ejecutivo” y la gestión de los asuntos de la familia. A su sombra más inmediata, el sottocapo ejerce como segundo de a bordo y sucesor señalado, mientras que la responsabilidad “militar” recae sobre el caporegime, a cargo de cada uno de los grupos de “soldados” encargados de hacer valer los intereses de la cosca por vía de las armas.

A partir de 1980, la estructura democrática que vertebraba las relaciones internas de los clanes de la Cosa Nostra comenzó a declinar en favor de un modelo autoritario y “monárquico” en el que el capofamiglia de los Corleonesi –comenzando por Toto Riina, que llevó a los suyos a la cima del poder– imponía su hegemonía sobre los cabecillas de todas las demás familias agrupados en una suerte de órgano consultivo: la Comisión Provincial de Palermo. Una estructura esta similar a la de la ‘Ndràngheta, que periódicamente reúne a los capofamiglia para tomar decisiones colegiadas en el Santuario de la Madonna di Poisi, en San Luca si Aspromonte (provincia de Reggio Calabria), bastión de la organización calabresa.

Familia de emigrantes italianos
Familia de emigrantes italianos. Imagen: Getty Images.

 

Dejando atrás Italia

Tanto el sistema de valores como la estructura social de la mafia responden a una realidad histórica genuinamente italiana. Se trata de un modelo con parámetros culturales definidos pero que, a pesar de ese fuerte regionalismo, ha sabido traspasar fronteras y cuajar como empresa internacional.

De todos los flujos migratorios desde Italia hacia el mundo, sin duda el más importante fue el de los dos millones de italianos que, entre 1900 y 1914, cruzaron el Atlántico en dirección a Estados Unidos. La mayoría procedentes de Sicilia y de las provincias meridionales, con ellos viajaron una estructura social y una forma de vida y, por consiguiente, los patrones de lealtad y clientelismo asociados a la mafia, los clanes y, en general, los mecanismos de cohesión de ese Estado dentro del Estado.

La primera noticia de mafiosos operando en Estados Unidos data de 1890. En octubre de ese año, un superintendente de la policía de Nueva Orleans (primer foco americano de eclosión de la mafia italiana) fue asesinado por inmigrantes sicilianos. Hasta diecinueve personas resultaron imputadas, pero finalmente serían los ciudadanos los que se tomaran la justicia por su mano linchando y ajusticiando a once de los acusados.

Asesinato de un policía en Nueva Orleans
Asesinato de un policía en Nueva Orleans en 1890. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Enseguida, los inmigrantes italianos comenzaron a importar las mafias a ciudades como Nueva York o Chicago. Bandas más o menos organizadas, como la Mano Negra napolitana, que operaba como una red de extorsión a gran escala, o el Outfit de Chicago, que alcanzó su momento de esplendor en los años 20 gracias al celebérrimo Al Capone, sentaron las bases de un imperio italiano meridional del crimen organizado. La Cosa Nostra acabó convirtiéndose en la organización criminal hegemónica en Estados Unidos durante décadas. Fue llevada a la cima por Salvatore Maranzano y Lucky Luciano con el auge, durante los años 30, de dos familias dominantes que habrían de disputarse la hegemonía en el mundo del hampa en tiempos venideros: los Genovese y los Gambino.

Fue así como se implantó en América, con éxito arrollador, el germen de una lacra que habría de perpetuarse hasta hoy. El clan de los Genovese sigue activo en EE UU: en 2019, Vincent Esposito, hijo del legendario Vincent Gigante – capofamiglia del clan durante un cuarto de siglo–, ha sido condenado a dos años de cárcel por extorsión. Con todo, la mafia italiana hace tiempo que dejó de ser un problema sistémico en América, donde el imperio de la ley acabó empujándola a la marginalidad. Lamentablemente, no se puede decir lo mismo del sur de Italia. Allí el crimen organizado sigue reinventándose, una y otra vez, para asumir los retos de la modernidad, y muestra aún un extraordinario nivel de arraigo en las sociedades rurales, lo que constituye todo un obstáculo para el progreso de unas regiones por las que el tiempo parece no pasar.

Little Italy
Little Italy a principios del siglo XX. Imagen: Getty Images.