Los no alineados durante la Guerra Civil: la tercera España

Desde antes de que estallara la Guerra Civil, hubo políticos e intelectuales que reivindicaron su oposición tanto al conflicto armado como a la violencia desatada entre rebeldes y leales a la República. Fueron los rostros conocidos de una alternativa a la barbarie en la que militaron miles de españoles anónimos.

“Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”. Estos versos del poeta Antonio Machado reforzaron, pese a su intención contraria, el mito franquista de las dos Españas durante la Guerra Civil. Los militares africanistas que se sublevaron contra la Segunda República afirmaron que ellos eran los cruzados católicos de la “verdadera patria”, que iban a liberarla de la “anti- España”, cuyos líderes, una caterva de rojos, masones e independentistas, llevaban al país a su segura destrucción.

Pero ¿solo hubo dos Españas? Hoy son muchos los historiadores y estudiosos que sugieren la existencia de una “tercera España”, aquella formada por los que se sintieron ajenos a la Guerra Civil y decidieron tomar el camino del exilio para escapar de la violencia que se estaba produciendo en el país. Así, algunos republicanos exiliados de primera hora intentaron crear un frente de intelectuales contrarios a la guerra. Entre ellos se encontraba el ex presidente Niceto Alcalá-Zamora, que en 1937 ya hablaba de la tercera España. Su objetivo era federar a aquellos republicanos que no pertenecían al Partido Comunista ni a grupos anarquistas o partidos monárquicos conservadores.

Uno de los más activos en esta tarea fue el escritor y diplomático Salvador de Madariaga, que nada más iniciarse la contienda publicó un artículo en el diario Ahora en el que afirmaba que, desde el punto de vista de la libertad, no había diferencia entre marxismo y fascismo. Madariaga, que era un confeso anticomunista, negó la existencia de la lucha de clases y sostuvo que la libertad y la ambición eran esenciales para que una sociedad progresase. También criticó a Franco por su política represiva, ya que favorecía, en su opinión, el florecimiento del comunismo en el país, lo que molestó profundamente a los militares rebeldes, lo mismo que lo otro molestaba a los republicanos.

En 2002, el historiador Andrés Trapiello se sumó a la tesis de Madariaga. “Aquella no fue una guerra entre dos Españas, como erróneamente creímos muchos durante tantos años, siguiendo la idea de hombres perspicaces como Machado o Unamuno, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas para acabar con otra, la mayoritaria tercera España en la que podían haberse integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología”, escribió Trapiello en el prólogo de su libro Las armas y las letras (Ed. Península). El escritor excluye de esa tercera España a las otras dos: por un lado, la de los fascistas, y por otro, la de los anarquistas, socialistas radicales, comunistas y trotskistas. “Fueron esas minorías radicales las que, de una manera interesada, trataron de quitar de en medio a los miembros de la tercera España como a testigos incómodos de la barbarie de la España fascista y de la España comunista o anarquista”.

 

Manifiesto polémico

En julio de 1936, un grupo de miembros de la Alianza de Intelectuales Antifascistas se entrevistó con José Ortega y Gasset para pedirle que firmara un manifiesto de adhesión a la República, documento que fue rubricado también por Juan Ramón Jiménez, Pérez de Ayala, Antonio Machado, Menéndez Pidal y otras personalidades. Días después, sintiéndose enfermo y preocupado por el rumbo que tomaba la guerra, el filósofo decidió escapar de Madrid con su familia.

Una vez llegaron a Alicante, los Ortega se embarcaron para Marsella y, desde allí, viajaron a París. Ya a salvo en la capital francesa, Ortega publicó un artículo en la revista The Nineteenth Century en el que aseguró que la inclusión de su firma en ese manifiesto le había sido impuesta a la fuerza, lo que sería vehementemente negado por los intelectuales que permanecían en España respaldando al bando republicano.

 

La necesidad de reconciliación

Entre ellos se encontraban Rafael Alberti, Miguel Hernández, Jorge Guillén, Luis Cernuda, María Teresa León o Corpus Barga. Otros escritores, claro, defendieron a los rebeldes desde el primer momento, como Wenceslao Fernández Flórez o Gerardo Diego, lo mismo que Jardiel Poncela y los humoristas Tono y Álvaro de la Iglesia, fundadores de la revista cómica La Ametralladora, embrión de la genial La Codorniz.

Al igual que Ortega y Gasset, el médico y pensador Gregorio Marañón firmó el manifiesto a favor de la República y lo repudió ya en el exilio, asegurando que a él también le habían obligado a hacerlo. En diciembre de 1936, Marañón viajó junto a su familia a Alicante para, poco después, instalarse en París, donde escribiría artículos contra el Gobierno republicano y contra la guerra. El comunista José Bergamín llegó a acusarlo de traidor. Cuando regresó a España en la posguerra, se incorporó al Hospital General de Madrid y buscó sosiego en su cigarral de Toledo. Inmerso en la vida cotidiana de la dictadura franquista, Marañón escribió, empero, numerosos libros y artículos sobre la necesidad de reconciliación entre la “España real y la España del exilio”, y señaló que el país solo sería viable como una nación liberal. Una multitud de madrileños acompañó el traslado de su cadáver al cementerio el 27 de marzo de 1960.

Poco después de estallar la guerra, José Martínez Ruiz, “Azorín”, logró salir de Madrid con destino a Valencia para finalmente trasladarse también a París. Cuando volvió a España en agosto de 1939, los franquistas le prohibieron escribir en los periódicos durante dos años, ya que lo consideraban un traidor. “Yo, que he sido siempre propenso a la soledad, puedo dar ahora lecciones de observancia de su regla al más silencioso cartujo”, escribió Azorín a Marañón, quejándose del aislamiento al que lo sometía el nuevo régimen. Pero el castigo finalizó cuando los jóvenes falangistas lo reconocieron como maestro, una distinción que le permitió integrarse en el proyecto de la revista Escorial.

 

Diferentes motivaciones

La decisión de estos intelectuales de no involucrarse en la guerra, pese a su inicial adscripción republicana, se debió a tres factores diversos, según el caso: la objeción de conciencia, el temor a la revolución y el miedo a morir en un conflicto bélico en el que no creían. Para los republicanos que permanecieron en España apoyando la lucha armada contra los rebeldes, el silencio y posterior exilio de Ortega, Marañón y otros intelectuales fue una profunda decepción. Pero, si las fuerzas antifascistas los veían como traidores, los franquistas no les perdonaban su pasado republicano.

Aunque a ojos de Franco eran sospechosos, lo cierto es que Marañón, Ortega, Pérez de Ayala, Pío Baroja y Azorín terminaron apoyando a los sublevados, con mayor o menor convicción, lo que diluyó su imagen de neutrales. Pero ¿cómo pudieron proclamarse liberales y republicanos y, a la vez, mostrar su afinidad hacia un dictador como Franco? Es probable que su anticomunismo y la violencia que vieron en las calles cuando estalló la guerra les inclinaran a pensar que los franquistas representaban “el mal menor”. También es posible que vieran la dictadura franquista como una etapa de transición que daría paso con rapidez a un régimen liberal más democrático. Si pensaron eso, se equivocaron de plano. La dictadura de Franco duró cuarenta años.

Baroja, por su parte, huyó a París días después de producirse el golpe de julio de 1936. Si algunos lo consideraron un traidor a la causa republicana, otros muchos no supieron situarle en ningún bando. Tras volver discretamente a España en 1940, el gran novelista se refugió en su piso de la calle Ruiz de Alarcón, 14, de Madrid. Recluido en su domicilio, Baroja se mantuvo completamente al margen del régimen dictatorial que instauró el Movimiento Nacional en el país. Algunos intelectuales cercanos al PCE no le perdonaron su equidistancia.

Otra de las integrantes de esa tercera España, y de las más valiosas, fue Clara Campoamor, una de las impulsoras del movimiento feminista en España y una de las primeras diputadas de las primeras Cortes de la Segunda República, junto a Margarita Nelken y Victoria Kent. En 1924 obtuvo la licenciatura en Derecho por la Universidad de Madrid y cinco años después ingresó en Acción Republicana, uniéndose posteriormente al Partido Radical, con el que consiguió su escaño parlamentario.

Durante aquel período, mantuvo una fuerte disputa con Victoria Kent respecto al derecho al sufragio femenino. Kent pensaba que no había que aprobarlo ya que las mujeres no votarían a los candidatos republicanos, al estar profundamente influenciadas por la Iglesia. Por el contrario, Campoamor proclamaba el derecho al voto de la mujer independientemente de cuál fuera su orientación política. En 1933, no consiguió renovar su escaño, y un año más tarde abandonó el Partido Radical por su subordinación a la CEDA.

Poco después le negaron el ingreso en las filas de Izquierda Republicana, por lo que no pudo ser candidata en las elecciones de 1936. En aquel tiempo, publicó El derecho de la mujer en España (1931). Tras la sublevación de los militares africanistas, Campoamor vivió las primeras semanas de violencia en Madrid, donde escribió un libro sobre aquella experiencia, La revolución española vista por una republicana, cuyas páginas proporcionan un testimonio sincero y valiente sobre las barbaridades que cometieron ambos bandos. Tras exiliarse en Argentina, intentó volver a España en 1951, pero su adscripción masónica se lo impidió. Murió en la ciudad suiza de Lausana a la edad de 84 años.

 

Un episodio excepcional

La cambiante actitud de Miguel de Unamuno ante los militares rebeldes, a los que primero apoyó y luego rechazó, lo convierte en el epítome de la tercera España. En el verano de 1936, el inclasificable pensador hizo un llamamiento a los intelectuales europeos para que apoyaran el alzamiento, afirmando que representaba la defensa de la civilización occidental y la tradición cristiana, lo que causó gran sorpresa y malestar en el mundo de la cultura liberal y progresista. Pero aún más sorprendente iba a resultar su reacción al horror que enseguida vio, en la inauguración del curso académico en la Universidad de Salamanca, de la que era rector, el 12 de octubre de 1936.

Tras escuchar a las personalidades invitadas y los insultos que dedicaron a catalanes, vascos y todos los que no comulgaban con el golpe de Estado, Unamuno lanzó un duro, improvisado, excepcional y heroico discurso –la sala estaba repleta de fascistas– contra la guerra, que incluyó una frase que ha quedado en la memoria colectiva de los españoles: “Venceréis, pero no convenceréis”. Indignado, Millán Astray, fundador de la Legión, bramó otra frase que también se hizo célebre: “¡Muera la inteligencia!”. A continuación, se desató un gran tumulto y algunos falangistas estuvieron a punto de linchar a Unamuno, que tuvo que salir del Paraninfo escoltado por varios asistentes y del brazo de Carmen Polo, la mujer de Franco.

Aunque nunca se podrá saber con exactitud lo que dijo Unamuno ese día, dado que la censura franquista tapó el escándalo –según los especialistas en su obra Jean-Claude y Colette Rabaté, lo que importa son las ideas que transmitió–, hay una transcripción aproximada del discurso en el mencionado libro de Trapiello. En cualquier caso, la ofensa fue tal que las autoridades nacionales lo cesaron fulminantemente de todos sus cargos. En la más absoluta soledad y angustiado por lo que estaba ocurriendo, el corajudo e insobornable catedrático falleció semanas después de propinar aquella bofetada dialéctica a los militares golpistas.

 

Todas las Españas enfrentadas

En realidad, el concepto de tres Españas se queda corto para explicar lo que ocurrió en el país a partir de julio de 1936. Además de “rojos” contra franquistas y de estos contra aquellos –lo que incluía a masones y republicanos de toda laya–, la guerra enfrentó a monárquicos carlistas y alfonsinos contra falangistas, cuyo mayor ideólogo, José Antonio Primo de Rivera, rechazaba un Estado regido por un monarca. Y en el otro bando, los marxistas leninistas chocaron de frente con los anarquistas, militantes del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), socialistas y nacionalistas catalanes o vascos. Sin duda, aquella fue una guerra en la que muchas Españas se enfrentaron entre sí.