Los intelectuales tras la Guerra Civil Española

También en la cultura hubo trincheras: los artistas y escritores españoles tomaron partido en la guerra, aunque pocos combatieran. Acabado el conflicto, al esplendor de nuestras letras le sucedió el decaimiento. Muchos se exiliaron, algunos sufrieron persecución y cárcel y otros se resignaron a la censura, la renuncia a sus ideas o el ostracismo.

Cuando la Guerra Civil Española estalló el 18 de julio de 1936, tras el fallido alzamiento de un grupo de generales, el país quedó dividido en dos. No se trataba únicamente de una división geográfica dependiendo de si en la zona había triunfado el golpe o no, sino que esta brecha llegó a todos los ámbitos de la sociedad. La cultura española, que había florecido durante la segunda década del siglo XX en todos los ámbitos y había permitido destacar a artistas e intelectuales en todos los campos sufrió un brusco parón durante el conflicto. Escritores, poetas o pintores acabaron por tomar partido en la guerra, de forma directa o indirecta, y muchos llevaron esa decisión hasta sus últimas consecuencias.

 

Cárcel y muerte

No todos escaparon, y los que se quedaron atravesaron avatares diversos. El periodista y escritor Antonio Espina, compañero de viaje de los del 27 y efímero gobernador civil izquierdista en Ávila y Baleares, pasó la guerra encarcelado, trató de suicidarse, dio por ello con sus huesos en un psiquiátrico, fue condenado a muerte en el 39, luego indultado, y, tras unos años en Francia y México, en 1953 volvió a España y se integró en la editorial Aguilar, refugio de tantos represaliados. La cárcel no fue castigo solo para “rojos”: el filósofo y ensayista orteguiano Julián Marías, moderadamente republicano y católico, la padeció asimismo, y más tarde sería apartado de la universidad y la cultura oficial por negarse a jurar los Principios Fundamentales del Movimiento. Sin duda, un hombre íntegro.

Peor suerte corrió otro famoso preso, acaso el muerto más simbólico del final de la contienda, como Lorca lo había sido de su inicio. Miguel Hernández, poeta, dramaturgo y “genial epígono del 27”, en palabras de Dámaso Alonso, vivió su compromiso comunista en primera línea del frente; capturado en 1939 cuando intentaba cruzar a Portugal, la intercesión de su mentor, el gran José María de Cossío –y del falangista Sánchez Mazas–, lo salvó del paredón, pero no de un rosario de presidios (Madrid, Palencia, Ocaña...) en los que la bronquitis dio paso al tifus y este a la tuberculosis, de la que falleció el 28 de marzo de 1942 en su último penal, el de Alicante. En prisión compuso las desgarradoras Nanas de la cebolla y compartió celda con un joven Buero Vallejo, escritor aún por revelar, que dibujó para la posteridad su más célebre retrato.

 

Un destierro interior

De las tres generaciones de la Edad de Plata anterior a la guerra, la que salió peor parada de esta fue la más joven y políticamente activa: apenas tres nombres del 27 (Alonso, Gerardo Diego y Aleixandre) pudieron rehacer –si bien con restricciones y censura– su carrera y su vida en la España de Franco, y la fuga de sus cerebros afectó también a la ciencia (Severo Ochoa), la filosofía (María Zambrano) o la arquitectura (gran parte de los miembros del GATEPAC). Los del 14 –irónicamente, la quinta de Azaña–, si se exceptúa a Juan Ramón y Gómez de la Serna, fueron en general bien acogidos (otros dirían utilizados) por el régimen, tras dubitaciones e idas y venidas ideológicas: el filósofo Ortega y Gasset, el médico Gregorio Marañón, el novelista Pérez de Ayala... En cuanto al 98, algunas de sus figuras señeras no llegaron a vivir el conflicto –Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, muerto en enero del 36–, otras no lo sobrevivieron –Machado–. Unamuno falleció poco tiempo después de su mítico duelo dialéctico con Millán-Astray en el que pronunció su eterno “venceréis, pero no convenceréis” y otros –Azorín, Baroja– se adaptaron como pudieron a una suerte de destierro interior, a medio camino entre el reconocimiento, la soledad, el ostracismo y la renuncia.

El caso de Pío Baroja es el más paradigmático. El viejo anarquista y anticlerical vasco, grandísimo novelista, nunca fue un hombre político, pese a lo cual se exilió brevemente en París, temeroso de ambos bandos. En 1940 volvió y se recluyó ya para siempre en su casa de Madrid, sede –como la de Aleixandre en la calle Velintonia, 3– de una tertulia, de sesgo escéptico, a la que acudirían asiduamente jóvenes admiradores como Juan Benet o Camilo José Cela. Allí siguió escribiendo sin hacer mucho ruido y de allí fue llevado, a su muerte en 1956, al Cementerio Civil, como ateo declarado en sus últimas voluntades: un escándalo para el franquismo y una modesta y póstuma venganza. En su entierro se reunieron grandes intelectuales para despedir a una figura que, aun habiéndose apagado lentamente tras la guerra, seguía siendo respetada. Entre los muchos asistentes se encontraba el novelista estadounidense Ernest Hemingway, que había tenido una larga amistad con Baroja.

 

Plumas del régimen

Los intelectos de peso militantemente franquistas escasearon: asesinados en la guerra Muñoz Seca y Ramiro de Maeztu, los más destacados fueron dos eruditos de la talla de Eugenio d’Ors –nombrado jefe nacional de Bellas Artes– y Pedro Sainz Rodríguez –ministro de Educación–. Hubo, sí, bastantes “primeras plumas” en las filas falangistas, pero casi todos los mejores evolucionarían más pronto que tarde hacia el desencanto – los poetas Rosales y Vivanco, el filólogo Antonio Tovar, el humanista Pedro Laín Entralgo–, el cinismo –Foxá, aristocrático autor de la notable Madrid, de Corte a checa, o el ya mentado Sánchez Mazas– o la abierta oposición al régimen, como el poeta Dionisio Ridruejo, que en fecha tan temprana como 1942 comenzó a abjurar de su pasado y llegaría a sufrir por ello destierro y reclusión.

En la imagen: el poeta Dionisio Ridruejo acompañado de militares franquistas.