Los archivos secretos del papa Pío XII

Francisco I ha adelantado ocho años la apertura de los archivos personales del papa cuyo pontificado (1939-1958) discurrió en parte durante los turbulentos años de la Segunda Guerra Mundial. El estudio de la documentación recién desclasificada resultará determinante para esclarecer la relación de la Iglesia católica con el régimen de Hitler, objeto de una larga controversia histórica.

Pío XII
Imagen: Wikimedia Commons.

Uno de los asuntos de la Segunda Guerra Mundial que quedan todavía por esclarecer es la actitud de la Iglesia católica respecto a la Alemania nazi. Esta relación ha sido siempre objeto de controversia, con aspectos tan espinosos como dilucidar si el Vaticano estaba al corriente del asesinato masivo de judíos en los campos de exterminio. Igualmente, todavía hay que calibrar cuál fue la ayuda real prestada por la Santa Sede a los perseguidos por el Tercer Reich, así como su supuesta participación en el apoyo logístico de que disfrutaron algunos jerarcas nazis para escapar de Europa una vez acabada la guerra.

Todos estos polémicos puntos convergen en la figura de Giovanni Pacelli, el papa Pío XII, cuyo pontificado, entre 1939 y 1958, discurrió durante los años más turbulentos del siglo XX. Los historiadores han topado con muchas dificultades para aclarar el papel jugado por el pontífice debido a la negativa del Vaticano a permitir el libre acceso al Archivo Apostólico, que guardaba celosamente los documentos pertenecientes a ese período. Aunque en 2005 se procedió a la apertura parcial de algunos documentos para contrarrestar esa imagen obstruccionista ante el avance de la verdad histórica, casi todo ese valioso material permanecía hasta ahora vedado al escrutinio de los investigadores.

 

El Archivo Secreto Vaticano fue creado en 1612 por encargo del pontífice Pablo V

 

Eso cambió el 2 de marzo de 2020 cuando se procedió a la apertura del Archivo Apostólico por decisión del papa Francisco, después de que durante trece años los funcionarios del Vaticano se encargasen de clasificar –y, en la mitad de los casos, digitalizar– unos dos millones de documentos. La fecha no había sido escogida al azar, ya que Pío XII fue elegido papa el 2 de marzo de 1939 y coincide además con la de su nacimiento en Roma (2 de marzo de 1876). El libre acceso a esa documentación ha de permitir dar respuesta a esas y muchas otras preguntas.

Biblioteca Apostólica Vaticana
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Documentos bien guardados

El Archivo Apostólico recibió este nombre en 2019 también por decisión del papa Francisco, ya que el que había tenido durante cuatro siglos no reflejaba su auténtico carácter. La institución había sido creada en 1612 por el papa Pablo V mediante el traslado a los Palacios Vaticanos de todos los documentos que se conservaban en otros edificios, y fue conocida desde entonces como Archivo Secreto Vaticano. En origen, el adjetivo “secreto” hacía referencia a que se trataba del archivo personal o privado del pontífice –de ahí procede la palabra “secretario”–, pero con el paso del tiempo esa acepción se perdió en favor del sentido de confidencialidad, estimulando así la imaginación de los que esperan encontrar allí un buen catálogo de crípticos secretos como los que han inspirado conocidas novelas y películas.

El documento más antiguo que se conserva en el archivo es del siglo VIII y en él se pueden encontrar joyas históricas como la solicitud de anulación del matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, las actas del juicio a Galileo Galilei o cartas de Miguel Ángel reclamando el pago por pintar la Capilla Sixtina. Los fondos del archivo, que se extienden a lo largo de 85 kilómetros de estanterías, podrían ser aún más voluminosos si Napoleón no hubiera ordenado su traslado a París en 1810. Tras la caída del gran corso, el nuevo gobierno francés decidió que los fondos regresasen a Roma, pero, paradójicamente, los oficiales enviados por el Vaticano para hacerse cargo del archivo tuvieron que vender miles de legajos al peso para financiar la operación, a lo que hubo que añadir los daños sufridos durante el traslado, por lo que se estima que entre una cuarta parte y un tercio de los fondos confiscados nunca regresaron.

El acceso al archivo estuvo siempre muy restringido hasta que el papa León XIII decidió su apertura parcial en 1881, incluso acondicionando una gran sala para los investigadores (aunque estos solo podrían consultar documentos anteriores a 1815). Ese aperturismo relativo vino forzado por la presión a la que la Iglesia católica era sometida por protestantes y liberales, que la acusaban de reaccionaria. Haciendo de la necesidad virtud, León XIII daría un gran impulso a la investigación histórica.

Aunque sea a cuentagotas, se han ido dando pasos para permitir el acceso a los fondos. En 1965, Pablo VI permitió a los investigadores estudiar una parte de los archivos correspondientes a la Segunda Guerra Mundial, una vez seleccionados por un equipo de historiadores jesuitas. En 2002, Juan Pablo II levantó el secreto sobre los documentos relativos a la relación entre el Vaticano y la Alemania nazi, pero solo hasta 1939. En referencia a España, en 2011 se abrieron al público los que hacen referencia a la II República y la Guerra Civil. El último paso ha sido el dado por Francisco; como los documentos se desclasifican por pontificados enteros al cabo de 70 años, los de Pío XII deberían haberse abierto en 2028, por lo que su apertura se ha adelantado ocho años a la fecha estipulada.

 

En 1965, Pablo VI permitió a los investigadores estudiar una parte de los archivos referentes a la Segunda Guerra Mundial

Pío XII
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Informes ignorados

Aunque la apertura de los archivos secretos de Pío XII parece anunciar la aparición de explosivas revelaciones sobre aquel polémico pontificado, resulta pertinente rebajar las expectativas, ya que es probable que se tarde años, si no décadas, en extraer, procesar y presentar a la luz pública informaciones que puedan calificarse de trascendentales. Aun así, es enorme el interés que encierran muchos de los documentos que ahora son, por fin, accesibles a los historiadores.

Como se ha apuntado, entre las evidencias documentales que provocarán más incomodidad destacarán las que demuestren que el Vaticano conocía los pormenores del Holocausto, pues hay constancia de un buen número de testigos que acudieron a diferentes instancias reclamando una acción para poner fin a la matanza a gran escala que se estaba llevando a cabo. Por ejemplo, el médico alemán de las Waffen-SS Kurt Gerstein, conocedor de lo que estaba ocurriendo, trató de ponerse en contacto con el Vaticano para informar de ello, pero sus esfuerzos fueron en vano. Aun así, logró comunicarse con personalidades de países neutrales, por lo que su testimonio tuvo que llegar a Roma por medio de algún miembro de su red de informadores.

Las alertas llegaron también desde el interior de la propia Iglesia. En junio de 1942, el arzobispo de Friburgo informó a la Santa Sede de las masacres de judíos en territorio soviético, que eran conocidas por el testimonio de los soldados que las habían presenciado. El mismo año, el obispo de Osnabrück dirigió una comunicación al papa en estos términos: “Está teniendo lugar la eliminación total de los judíos. ¿Los obispos pueden lanzar desde su cátedra una protesta pública?”. Se desconoce la respuesta papal, si es que hubo alguna. El nuncio apostólico de Suiza, monseñor Bernardini, tuvo contacto con un miembro del Congreso Judío Mundial que había elaborado un censo de las persecuciones contra los judíos en toda Europa. También se desconoce si el Vaticano acusó recibo del informe.

Jan Karski
Jan Karski. Imagen: Wikimedia Commons.

 

En 1942, un resistente católico polaco, Jan Karski, fue solicitado por judíos del gueto de Varsovia para que trasladase al Vaticano la descripción de lo que allí ocurría. Karski se introdujo clandestinamente en el gueto, en el que pudo ver las condiciones del infame trato dado a los judíos. Luego escapó y atravesó Europa para entrevistarse con el primer ministro polaco exiliado en Londres, Wladyslaw Sikorski, a quien relató las barbaries perpetradas por los nazis en Polonia. También informó a los gobiernos británico y norteamericano. La única acción que llevaría a cabo el pontí­fice, a quien al parecer llegaron también esos informes, sería una velada referencia en su discurso de Navidad de 1942, en el que expresó sus votos “por los que, por la simple cuestión de raza, son condenados”. Para los que esperaban que Pío XII reaccionase decididamente a favor de los que estaban sufriendo a manos de los nazis, supuso una enorme decepción. Hubo otros testimonios del horror llegados a los nuncios apostólicos, como el de Rudolf Vrba, un evadido de Auschwitz, cuyo informe, igualmente ignorado, debe hallarse también en los archivos vaticanos.

Cesare Osernigo
Cesare Orsenigo. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Silencio papal

Otro aspecto que no dejará en buen lugar a la entonces cabeza visible de la Iglesia católica es el hecho, reconocido por los historiadores católicos, de que Pío XII nunca condenó públicamente la política antisemita de los nazis. Una de las excusas para esta actitud es que el papa no contaba con recursos para combatir ese afán exterminador, pero hay evidencias que demuestran que esa percepción es discutible. El Vaticano disponía entonces de un ‘arma’ hoy infravalorada, la excomunión; si hubiera excomulgado a los nazis en su conjunto, Alemania hubiera tenido más dificultades para controlar Europa, al tener a los católicos en su contra. Esa condena papal hubiera restado legitimidad al colaboracionista régimen de Vichy y, probablemente, las deportaciones de judíos franceses se hubieran visto obstaculizadas.

Otro ejemplo de que la Iglesia católica contaba con muchas más cartas en la mano de las que decía tener sería lo ocurrido con el programa de exterminio llevado a cabo contra los enfermos mentales en Alemania, que acabó con la vida de entre 70 000 y 90 000 personas mediante inyección letal o inhalación de gas carbónico. Las enérgicas protestas públicas del obispo de Münster, Clemens von Galen, en forma de sermones, llegarían a imprimirse clandestinamente y circular entre la población e incluso entre los soldados en el frente. Aunque los nazis locales pidieron a la cúpula del partido su ejecución, no se tomó contra él ninguna medida para no poner a prueba el apoyo al régimen de la numerosa población católica. El programa de eugenesia, si bien no se cancelaría por completo, quedó casi detenido en 1941 a causa de dichas críticas.

Esa valentía, que como se ve daba sus frutos, se echa en falta en Pío XII. Según los historiadores católicos, su silencio se explicaría por la voluntad de no agravar la situación y proteger así a los fieles que vivían tanto en Alemania como en los países que se hallaban bajo dominio germano, pese a que, tal como se ha visto, Hitler rehuyó el combate con la Iglesia católica cuando esta se mostró firme. Posiblemente, la protección del patrimonio de la Iglesia también pudo tener peso a la hora de adoptar esta actitud. El papa había sido durante varios años el nuncio apostólico en Alemania, por lo que estaba perfectamente al corriente de la situación de la Iglesia en el país, además de conocer personalmente a muchos católicos germanos. Según sus defensores, Pío XII tenía miedo de que, si excomulgaba a los nazis, los veintidós millones de católicos alemanes pudieran ser perseguidos.

 

Según los historiadores católicos, la negativa de Pío XII a excomulgar a los nazis se debe a su voluntad de proteger a los fieles alemanes de represalias

Clemens August Graf von Galen
Clemens August Graf von Galen. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La ayuda a los judíos

No todo lo que podrá encontrarse en el archivo irá en detrimento de la figura de Pío XII. Los investigadores hallarán también documentación sobre la ayuda que el Vaticano proporcionó a los judíos para evitar su deportación. Según la información de que se dispone hasta ahora, 336 judíos fueron ocultados en los Colegios Pontificios y las parroquias de Roma, 4 112 en monasterios y 160 en el propio Vaticano y sus sedes extraterritoriales, y 1 680 fueron ayudados con apoyo económico. En total, se calcula que Pío XII socorrió a casi dos tercios de los cerca de 10 000 judíos que se hallaban en Roma durante la persecución nazi. A estos números habrá que añadir lo que se descubra con el estudio de los documentos. Tras la contienda, la tarea de rescate promovida por Pacelli le haría ganarse el reconocimiento público de personalidades y organizaciones judías. Curiosamente, su proceso de beatificación, iniciado en 1965, contó en un primer momento con el apoyo de líderes judíos, pero posteriormente se alzaron voces en esos mismos sectores que lo acusaban de haber contemporizado con la Alemania hitleriana no haciendo todo lo que estaba en su mano para frenar las persecuciones, por lo que ese proceso permanece congelado.

Más allá de este asunto, el interés para la investigación histórica de la documentación recién desclasificada es enorme e innegable, pues servirá además para conocer de primera mano los entresijos de las relaciones del Vaticano con Mussolini –del que fue ferviente seguidor Cesare Orsenigo, el nuncio de Pío XII en Alemania–, los de la cambiante posición de la Santa Sede en la II Guerra Mundial, los de su papel durante la Guerra Fría o los de su cooperación con la Democracia Cristiana en la posguerra para evitar el acceso del PCI al gobierno en Italia.

Auschwitz
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