Los años de la Ley Seca y la Prohibición

Tras décadas de lucha, el 16 de enero de 1920 la Liga Antitabernas de Estados Unidos logró que entrara en vigor la Ley Volstead. Sería abolida en apenas una década, debido al auge de la delincuencia y a los graves problemas de salud pública derivados de su instauración.

La historiadora Aurora Bosch escribe en su libro Historia de Estados Unidos (Crítica, 2005): “Probablemente nada expresó mejor los temores de que la emigración destruyera los valores americanos que la lucha por la prohibición”. Un temor fundado en que, desde comienzos del siglo XIX, las ciudades habían ido ganado población gracias a la cada vez mayor presencia extranjera, lo que relegó en importancia a las pequeñas localidades. Esto produjo a su vez un aumento en el consumo de alcohol; en concreto, de cerveza, más europea, en detrimento del whisky, más americano, gracias a las mejoras técnicas en su producción y a la llegada de familias inmigrantes con una larga tradición cervecera en sus países de origen, como Schlitz, Blatz o Lemp. Así, si en 1830 el estadounidense medio mayor de 15 años consumía el equivalente a 88 botellas de whisky al año, a principios del siglo XX el 60% de todo el alcohol consumido en el país era ya cerveza

El cambio en el consumo no significaba, claro está, que los americanos no bebieran antes de la llegada de los inmigrantes. Porque bebían, y mucho, como relató a mediados del XIX el capitán y novelista británico Frederick Marrion: “Dicen que los británicos no saben arreglar nada sin una cena, pero estoy seguro de que los americanos no saben arreglar nada sin una copa. Cuando se reúnen, beben; cuando se conocen, beben; cuando cierran un trato, beben. Beben porque hace calor y beben porque hace frío. Si ganan las elecciones, beben para celebrarlo, y si las pierden, beben y maldicen. Empiezan a beber pronto por la mañana y no paran hasta la noche. Empiezan a beber muy jóvenes y continúan bebiendo hasta que enseguida caen en la tumba”.

 

Tabernas, el origen del problema

Pero, desde el punto de vista del americano más conservador, ese aumento y cambio en los hábitos de consumo estaba detrás de la pérdida de valores como la seguridad en las calles, el respeto a la moralidad, la cohesión social americana... Y señalaban a un lugar concreto como el origen de todos los males: el urban saloon.

Estos eran una especie de tabernas, asociadas a cerveceras muy famosas, que proliferaron por las áreas urbanas y en las que los dueños intentaban ganar clientes con políticas muy agresivas, incluso vulnerando la ley, ya fuera abriendo los domingos o permitiendo el juego o la prostitución en su interior. Pero su influencia iba mucho más allá para la comunidad masculina, como señala Bosch: “Eran centros de reunión política y de sociabilidad para los obreros inmigrantes. En muchas ciudades se celebraban elecciones en la parte de atrás, muchos encargados de saloon participaban en la política local y era allí donde se llevaban a cabo las prácticas corruptas –intercambio de dinero y favores– que forjaban la lealtad y los aparatos de los partidos”. Además, en las tabernas los obreros cobraban las pagas, recibían el correo, leían los diarios, se lavaban... Ya lo dijo el escritor Jack London: “En las tabernas la vida era diferente. Los hombres hablaban a voces, reían a carcajadas y se sentía un ambiente de grandeza. Había algo más que lo común y lo rutinario, donde nunca pasaba nada. Aquí la vida siempre estaba muy viva y, a veces, era incluso escabrosa. Que las tabernas fueran horribles solo significaba que eran horriblemente maravillosas”.

Tal fue su éxito que, a finales del siglo XIX, había más de 300.000 por todo el país. Un inmenso engranaje que, para Ken Burns, director del documental La Ley Seca (2011), convirtió a Estados Unidos en “un país de borrachos”. De ahí que el saloon fuera el objetivo prioritario en la lucha por la prohibición.

 

A finales del XIX, las tabernas, asociadas a cerveceras famosas, proliferaron de modo alarmante

Ley Seca
Asociación de mujeres opuestas a la venta y consumo de alcohol. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Guerra al alcohol

El primer paso para conseguirla llegó el 5 de abril de 1840, cuando seis alcohólicos prometieron no volver a probar el licor tras reunirse en una taberna de Baltimore. De esa conjura nació la Sociedad Washingtoniana o, como ellos se autodenominaban, “una sociedad de borrachos reformados”. Pronto, el modelo caló en todo el país, desembocando en una corriente aún mayor conocida como Movimiento por la Templanza, cuya meta era lograr la abstinencia absoluta; ola que iría aglutinando grupos como la Unión de Mujeres por la Templanza Cristiana, cuya fundadora, Francis Willard, movilizaría a 250.000 mujeres con un mensaje muy claro: “Hay una guerra por esta causa en este país. Una guerra de madres e hijas, de hermanas y esposas. Una guerra entre las tiendas de ron y la religión. Una guerra a muerte en la que solo puede ganar uno. La cuestión es: ¿cuál de los dos ganará?”.

El estallido de la Guerra Civil (1861) truncó estas expectativas, no solo por un repunte en el consumo de alcohol que el gobierno federal quiso aprovechar creando nuevos impuestos para gravar su fabricación, ingesta y transporte, sino también porque el Movimiento por la Templanza no logró un alcance verdaderamente global. Se constató así la necesidad de contar con una organización mejor diseñada y capaz de in­fluir en política. Ese nuevo movimiento iba a ser la Anti-Saloon League of America (ASLA) o Liga Antitabernas. Su fundador fue Howard Hyde Russell, un abogado reconvertido en ministro congregacionista –movimiento protestante que defendía el autogobierno de cada congregación– y creador, en 1893, de la Liga Antitabernas de Ohio, germen de la ASLA.

Cartel de la Ley Seca
Cartel a favor de la Prohibición. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La política como medio

Aprendiendo de los errores pasados e incorporando modernas técnicas organizativas de política de masas, la ASLA creó una estructura centralizada, burocrática y eficiente, con diferentes departamentos centrados en un solo objetivo y con una estrategia a largo plazo que pasaba por obtener pequeñas victorias en los tribunales locales, luego en las legislativas de los diferentes estados y, por último, en el Congreso Nacional.

Lograr estos objetivos dependería de la in­fluencia que pudieran ejercer sobre los políticos, y así fue como se constituyeron en un auténtico grupo de presión. Era sencillo: si un político no apoyaba la prohibición, la ASLA ordenaba a sus miles de miembros no votarle. Así se había expulsado a 70 representantes del Senado de Ohio en 1903, y las miras estaban puestas ahora en la Cámara y el Senado a nivel nacional.

La gran oportunidad llegó en 1913 con la aprobación de la Decimosexta Enmienda a la Constitución por la que se creaba el impuesto sobre la renta, lo que suponía la independencia de la financiación estatal respecto del impuesto al alcohol. Fue entonces cuando otro de los líderes de la ASLA, Wayne Wheeler, comenzó a trabajar en una nueva enmienda constitucional que prohibiera fermentar, fabricar, transportar y vender bebidas alcohólicas en todo el país.

Apoyada por industriales como Henry Ford –que pensaba que el hábito de la bebida perjudicaba a la productividad– y por la propaganda más tendenciosa – en la I Guerra Mundial, se llegó a equiparar consumir alcohol con ser proalemán–, la ASLA logró que, para las elecciones de 1916, hubiera ya 19 estados “secos” y que los prohibicionistas alcanzaran la mayoría de 2/3 en las dos cámaras del Congreso Nacional.

 

Llega la Ley Volstead

En 1917 se aprobó la Ley del Servicio Selectivo, que prohibía el uso de comestibles en la producción de alcohol destilado hasta el ­final de la guerra; en 1918, la Ley de Prohibición de Guerra, que eliminaba la manufactura de vino y cerveza y la venta de toda bebida “tóxica” hasta el ­final de la desmovilización, y, ­finalmente, el 28 de octubre de 1919, el Acta de Prohibición que desarrollaba la Decimoctava Enmienda de 1917 prohibiendo el alcohol en toda la nación, rati­ficada para su entrada en vigor el 16 de enero de 1920 y desarrollada a través de la llamada Ley Volstead (en honor a Andrew Volstead, congresista luterano por Minnesota).

“Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y modales limpios. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del in­fierno”, dijo Volstead. Pero lo cierto era que el auténtico redactor de la ley había sido Wheeler, lo que quizá explique su severidad: prohibía las bebidas con más de un 0,5% de alcohol, aunque se permitía su consumo en privado por cuestiones religiosas, medicinales o económicas. El gran problema de la norma –enseguida apodada Ley Seca– fue que la sección encargada de su aplicación, la Dirección de Hacienda, con su O­ficina de la Prohibición al frente, estaba saturada de trabajo y no contaba con fondos su­ficientes, por lo que aceptó la oferta para que los hombres de la ASLA la sustituyeran. Fue entonces, como señala Aurora Bosch, cuando “la Oficina de la Prohibición comenzó a funcionar corruptamente. A sus agentes no se les exigieron los requisitos de la función pública, sino que eran elegidos por motivos políticos. Wheeler utilizó la selección de agentes para ejercer el liderazgo político más que para aplicar la ley”.

 

Muchos policías aceptaban sobornos y los agentes de la Prohibición recibían propinas de los bares clandestinos

Andrew Volstead
Andrew Volstead. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Las principales consecuencias de esta laxitud fueron dos: el auge de la corrupción y el de la violencia, que en aquellos años, como ahora, iban de la mano. Porque, si bien el saloon siempre había estado asociado a un submundo de criminalidad, fue ahora cuando la venta de alcohol clandestino explotó como filón económico. Las primeras en aprovecharlo fueron las decenas de bandas de gánsteres diseminadas por el país, que comenzaron a importar licor desde Canadá o el Caribe o a fabricarlo en alguna de las muchas destilerías clandestinas (173.000 fueron incautadas solo en 1925).

“Antes de 1919, ni siquiera el mejor organizado y más eficiente de los delincuentes del país había gestionado negocios ilegales cuyo valor superara más de unos cuantos miles de dólares. Ahora, en cambio, el control de una industria que resultaba inmensamente rentable había pasado a manos del hampa, y no solo sin que se produjera lucha alguna, sino también con el apoyo activo de prácticamente todos y cada uno de los bebedores del país”, escribe el historiador Mike Dash en su libro La primera familia, sobre el clan de los Morello

“La Ley Seca era demasiado buena para ser verdad. Yo no la consideré un error. Parecía bastante segura, en cuanto a que la policía no te molestaba. Había un montón de negocios para todo el mundo y los beneficios eran tremendos”, diría años más tarde el jefe mafioso Joseph Bonanno. La codicia pudo más que ese reparto “para todo el mundo”: la lucha por el control del negocio del alcohol ilegal dejaría, entre 1920 y 1933, más de 1.000 muertos en Nueva York y 8.000 en Chicago.

 

Corrupción política y policial

La ola de criminalidad vino acompañada de una corrupción política generalizada, lo que dio la impresión de que el país estaba sumido en la anarquía. “El alcohol corría en abundancia en el Congreso, senadores y congresistas a menudo aparecían borrachos en las sesiones, siempre había reservas de alcohol en las Cámaras y los comerciantes de licor con conexiones tenían libre acceso a ellas. Por otro lado, al contar con escasos fondos federales y estatales para aplicar la Ley Volstead, los agentes de la Prohibición completaban sus sueldos recibiendo propinas de los bares clandestinos para que les avisaran ante una redada, muchos policías aceptaban sobornos y los jefes del aparato del Partido Demócrata de Nueva York y Chicago gobernaban en connivencia con el mundo del crimen”, escribe Aurora Bosch.

Toda esta corrupción y la búsqueda de dinero rápido ocasionaron las 50 000 muertes por ingestión de alcohol adulterado que el Departamento de Salud contabilizó hasta 1927. Eso sin contar los 100 000 lesionados por cegueras y parálisis provocadas por vender alcohol desnaturalizado de uso industrial sin destilar.

Así fue como sectores que habían apoyado la Prohibición comenzaron a manifestarse en su contra a partir de 1926. Junto a ellos, la Asociación contra la Enmienda de la Prohibición lanzó un claro mensaje: la Ley Volstead violaba la Constitución, por ser una injerencia del gobierno nacional en los derechos de los estados y en las libertades individuales. Con los años, la opinión antiprohibicionista fue creciendo, hasta que, el 5 de diciembre de 1933, la Ley Seca fue declarada inconstitucional y se permitió nuevamente la fabricación y el consumo de bebidas alcohólicas.

Ley Seca
Calle desbordada con cerveza de contrabando durante la Ley Seca. Imagen: Getty Images.