Las olvidadas mujeres lingüistas hispanoamericanas

Es difícil encontrarlas antes del siglo XX, pero no porque no existieran. Eran, por razones de contexto histórico, una minoría, pero se conservan nombres y obras que prueban su existencia.

Una historia de Archiletras

La historia de la lingüística como ciencia, al igual que casi toda la historia, tiene un agujero. En las listas de nombres destacados, de figuras cuyas aportaciones se estudian y reconocen, solo parece haber hombres. Pensando, en particular, en la lingüística hispánica, llegan a los libros de texto gente como Antonio Nebrija, Menéndez Pidal o Amor Ruibal. Del otro lado del charco, el venezolano Andrés Bello da nombre a una malograda reforma ortográfica y a numerosos centros de estudio, bibliotecas y a un par de universidades. Pero, ¿dónde están las mujeres? Sí, María Moliner. ¿Y el resto?

Es difícil encontrarlas antes del siglo XX, pero no porque no existieran. Eran, por razones de contexto histórico que no es necesario explicar, una minoría, pero se conservan nombres y obras que prueban su existencia. María Luisa Calero, catedrática de Lingüística General de la Universidad de Córdoba, cita algunas pioneras en España como Luisa Sigea de Velasco, Luisa de Medrano o Beatriz Galindo, todas ellas puellae doctae, «mujeres de clase alta que, desde los inicios del siglo XV, participaron en el proyecto renacentista de recuperación del saber clásico». Escribían en latín, dominaban varias lenguas, realizaban traducciones y estaban cerca de la corona y de la universidad.

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Aunque hubo más casos en los siglos XVI y XVII (como, por ejemplo, el de Francisca de Nebrija, hija del autor de la primera gramática del español), no es hasta finales del XIX y sobre todo a partir del XX cuando, gracias en gran medida a que se empieza a permitir a las mujeres acceder a universidades, comienzan a surgir más mujeres lingüistas, aunque su labor —exceptuando el caso de María Moliner, nacida en 1900— continúa sin ser muy reconocido. Se puede citar a María Goyri o a María Josefa Canellada, pero, afirma Calero, pese a haber sido «grandes filólogas y lingüistas», no han gozado «de una justa valoración de su producción científica, en parte eclipsada por el renombre de sus respectivas parejas (Ramón Menéndez Pidal y Alonso Zamora Vicente)».

Eso en España. En Hispanoamérica la situación era similar: tras siglos de silencio, en este caso acentuados por las circunstancias históricas de ser una colonia, se empezaron a ver nombres de mujeres entre los lingüistas más destacados ya en el siglo XX, especialmente a partir de los años 50.

Las pioneras: Barrenechea, Contreras y Matheus

Usando como baremo algo tan injusto como la fecha de nacimiento y dejando fuera de forma inevitable a colegas cuyas aportaciones fueron quizá menos relevantes (por ejemplo, las argentinas Delfina Molina y Vedia o Berta Elena Vidal de Battini, nacidas en 1879 y 1900, respectivamente), tres destacadas lingüistas nacidas a principios del siglo XX pueden ser reconocidas como pioneras en el campo de la lingüística en Hispanoamérica: la argentina Ana María Barrenechea (1913-2010), la chilena Lidia Contreras (1919-1991) y la ecuatoriana Esperanza Matheus (1917-2006).

Barrenechea, que perteneció a la RAE y fue la primera mujer en presidir la Asociación Internacional de Hispanistas, combinó a lo largo de su vida de investigadora los estudios literarios y los lingüísticos. Son muchos los aspectos que trató durante su carrera, como la dialectología o la norma y el habla culta (en España e Hispanoamérica), que estuvo además siempre ligada a la docencia y la universidad.

La norma culta, en este caso de las principales ciudades hispanoamericanas, preocupó también a Lidia Contreras, catedrática de Lingüística General y de Gramática Española en la Universidad de Chile. Combinó siempre investigación y docencia, actividades que además se retroalimentaban; en su última etapa se centró en la grafémica, el estudio de los grafemas, poniendo un énfasis especial en el papel que estos tienen al aprender a escribir, algo que trató en profundidad en su Descripción grafemática del español: su importancia para una enseñanza racional de la ortografía.

La relevancia de Esperanza Matheus y Yerovi en el mundo lingüístico es sin duda menor a la de Barrenechea y Contreras, pero aun así digna de mención. Vivió volcada en impulsar la vida cultural en su Guayaquil natal y publicó ficción, estudios literarios y poesía. Su interés lingüístico se centró en Ecuador, estudiando tanto las particularidades del español de su país (Ecuatorianismos de Costa y Sierra) como las lenguas indígenas, lo que trató en Las lenguas pre-incaicas de las costas del reino de Kit-Us, hoy República del Ecuador.

La explosión lingüística de los 70

En los años 20 nacieron unas cuantas de las lingüistas hispanoamericanas más destacadas, cuya obra contribuiría al desarrollo de la lingüística hispanoamericana a partir de los años 60 y 70. Es imposible hablar de este grupo sin empezar por la argentina Ofelia Kovacci (1927-2001), cuya obra se estudia todavía en las aulas de Lingüística, especialmente a la hora de hablar de gramática. Fue en este campo, cuya enseñanza contribuyó a renovar, en el que Kovacci, presidenta de la Academia Argentina de las Letras desde 1999 hasta su muerte, centró muchos de sus esfuerzos investigadores e innovadores, pero no el único: se ocupó también de la literatura, de la norma y su problemática o de la enseñanza de la lengua, entre otros muchos.

Dos años antes que Kovacci, en 1925 llegaron al mundo también dos futuras lingüistas en Alemania y en Perú. Margit Frenk, en México desde los cuatro años, y Martha Hildebrandt, pese a sus nombres tan poco hispanos, son dos referentes en el mundo de la lingüística hispánica. Frenk, tercera mujer en entrar en la Academia Mexicana de la Lengua, ha publicado numerosas obras y estudios sobre la literatura española de entre los siglos XV y XVIII, pero como doctora en Lingüística también se dedicó a este campo. Recopiladas en la obra Estudios lingüísticos están sus investigaciones sobre polisemia y homonimia infantiles o las designaciones de rasgos físicos personales en el habla de Ciudad de México.

En cuanto a la peruana Martha Hildebrandt, es conocida también por su actividad política (fue presidenta del Congreso durante el mandato de Fujimori), lo que ha contribuido a eclipsar un poco su vida académica. No obstante, la miembro de la Academia Peruana de la Lengua desde 1971, es en su país una de las caras más visibles de la lingüística hispanoamericana fuera de ámbitos académicos, gracias a una sección diaria que continúa publicando en El Comercio en la que explica el significado de diversos términos y su uso particular en Perú. Esto, la variedad dialectal peruana, especialmente en el campo léxico y en lo referido a la norma y el habla cultas, es lo que ha centrado sus esfuerzos, pero también se ocupó en los años 50 y 60 de diversas lenguas indígenas de América.

La panameña Elsie Alvarado de Ricord (1928-2006), responsable entre otras cosas de que la palabra membresía esté en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) desde 2001, cierra esta generación de lingüistas hispanoamericanas nacidas en los años 20. Conocida por su obra poética como la «poetisa del amor», en su labor lingüística se ocupó sobre todo de las particularidades fonéticas y fonológicas del español de Panamá (era catedrática de Fonética española). Dirigió la Academia Panameña de la Lengua entre 1991 y 2003, desde donde abogó por la ya mencionada inclusión de «membresía» en el diccionario, batalla que ganó, y se opuso a la eliminación de las letras che y elle del diccionario, batalla que perdió.

Lingüistas hispanoamericanas en la actualidad: el interés por la dialectología

Si hay un tema que parece transversal y común a casi todas las lingüistas mencionadas hasta ahora, es el del estudio de las variedades dialectales del español hablado en América. En este cambio de era de los últimos años, cuando la RAE —directora de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE)— empieza a abrirse cada vez más al español del continente americano y el adjetivo panhispánico va poco a poco haciéndose más cierto, tiene sentido que la dialectología siga ocupando un lugar especial en la lingüística hispanoamericana actual.

Tenemos a la venezolana María Josefina Tejera, lexicógrafa miembro de la Academia Venezolana de la Lengua y directora y coordinadora del Diccionario de venezolanismos publicado en 1993, y cuyas publicaciones tratan en su mayoría sobre distintos aspectos del español de Venezuela (tanto el actual como su evolución a lo largo de la historia). En Panamá, Matilde Real de González (perteneciente, por cierto, al grupo de lingüistas nacidas en los años 20) ha investigado sobre el español de la ciudad de Panamá y los andalucismos en el español de América.

Otro campo con lingüistas destacadas en las últimas décadas es el del análisis del discurso: aquí están la colombiana Neyla Graciela Pardo, con muchos estudios sobre el discurso mediático y centrada sobre todo en casos de su país; o Adriana Bolívar, venezolana fundadora de la Asociación Latinoamericana de Estudios del Discurso, que se ha ocupado en profundidad del análisis del discurso político venezolano, entre otros temas.

Mujeres en la historia de la lingüística: una investigación en pañales

Ese agujero del que se hablaba al principio de este artículo es grande y tardará mucho en ser rellenado. Es un proceso que pasa por tres fases —detectar, recordar y reconocer—, pero los cimientos ya están puestos. Hace dos años se celebró en Londres el congreso Distant and Neglected Voices: Women in the History of Linguistics, en el que María Luisa Calero participó hablando sobre las lingüistas en la tradición española y fruto del que saldrá próximamente el libro Women in the History of Linguistics (título provisional).

En cuanto a la cuestión particular de las lingüistas hispanoamericanas, queda también todavía mucho por detectar, recordar y reconocer, especialmente en lo relativo a lingüistas enterradas por el paso de los siglos. «La historiografía lingüística (y, con preferencia, los historiógrafos/as de Hispanoamérica) tendrá que ir rescatando esos nombres de mujeres que en esas etapas anteriores al siglo XX se interesaron por las lenguas y el lenguaje y dejaron por escrito sus reflexiones sobre el tema», dice Calero. Aquí estamos aún en la primera etapa, la de detectar. Porque claro que existieron, reflexionaron y escribieron.

Lingüistas y las lenguas indígenas americanas

Hacer un repaso de las principales lingüistas hispanoamericanas y centrarse solo en las que se dedicaron al estudio de la lengua española en sus distintas vertientes y variedades sería dejar, una vez más, un agujero en la historia de la lingüística. En casi todos los países hispanoamericanos el castellano convive con varias lenguas más: lenguas prehispánicas que sobrevivieron a la colonización lingüística y, en algunos casos, cuentan aún con varios millones de hablantes.

Algunas de las lingüistas que estudiaron las lenguas indígenas ya han sido mencionadas en el artículo, pero faltan muchas. México, como es lógico en un país en el que más de siete millones de sus habitantes hablan alguna lengua indígena, ha dado las figuras más relevantes, como por ejemplo María Cristina Álvarez Lomelí (1925-1990), que publicó numerosos estudios sobre el maya yucateco colonial que tocaron, además, diferentes aspectos: fonología, escritura, etnolingüística.

Contemporánea de Álvarez Lomelí fue María Teresa Fernández de Miranda (1923-1966), primera titulada en Lingüística de México. Su carrera investigadora no fue larga, pero su dedicación a la familia otomangue (el zapoteco, la rama popolacana y la chiapaneco-mangue) aportó a los estudios lingüísticos sobre estas lenguas y sirvió de base para estudios posteriores, como su investigación sobre el protozapoteco, que quedó inacabada por su fallecimiento y que fue retomada y publicada por la lingüista estadounidense Doris A. Bartholomew.

Todavía en México, la sociolingüista y antropóloga Yolanda Lastra está especializada en el náhuatl y el otomí, aunque ha profundizado también en otras lenguas como el quechua, sobre el que versó su tesis doctoral, el matlatzinca o el chichimeco-jonaz.

Otro de los países con gran presencia de lenguas indígenas es Paraguay, un caso muy especial porque 90% de la población sabe hablar guaraní —pese a que, como destacó un artículo de Christina Bolke, solo 2% de la población es indígena—, por lo que es uno de los pocos países del mundo realmente bilingües. En el estudio lingüístico del guaraní paraguayo y de la particularidad bilingüe del país destaca Delicia Villagra, que además se ha ocupado de su docencia en distintos países europeos.

 

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Bolivia, con más de dos millones de hablantes de quechua, tampoco puede quedar fuera. De la realidad sociolingüística del país se ha ocupado bastante Carmen Terceros, así como la lingüista y escritora Gladys Camacho, especialista en fonética y fonología y con una novela bilingüe (en quechua e inglés) que ya se utiliza en algunas universidades para estudiar la lengua prehispánica.

Guillermina Herrera, lingüista guatemalteca, cuenta en una entrevista en el periódico de la Universidad Rafael Landívar, de la que fue rectora, que su interés por la lengua y cultura mayas nació gracias a un profesor de su carrera de Letras y Filosofía. A su estudio y, sobre todo, a la defensa de la necesidad de una educación bilingüe en Guatemala ha dedicado muchos de sus esfuerzos.

Por último, aunque esta lista está necesariamente incompleta, podemos viajar a Chile y descubrir a María Catrileo, lingüista especializada en lengua mapuche o mapudungun, sobre la que ha publicado, entre otras cosas, un diccionario lingüístico etnográfico y un libro sobre el estado del mapuche en el siglo XXI.

Este reportaje es uno de los contenidos del número 2 de Archiletras, una revista de lengua y letras disponible en quioscos, librerías y en formato digital. Si desea suscribirse o adquirir un número suelto, puede hacerlo aquí.