Las primeras guerras de bandas en Nueva York

La fuerte emigración de Irlanda al este de Estados Unidos –Boston, Filadelfia y, sobre todo, Nueva York– a mediados del siglo XIX dio lugar a la aparición de una ‘protomafia’ irlandesa y, con el tiempo, a otra rival de origen inglés. Sus batallas fueron épicas.

Gangs of New York
Imagen: IMDB.

"Sumerjámonos en la zona de Five Points. Este es el lugar donde unas callejuelas estrechas se desvían a izquierda y derecha apestando a suciedad... Casas en ruinas, abiertas a la calle, por cuyas amplias grietas en las paredes otras ruinas amenazan la vista, como si el mundo del vicio y la miseria no tuviera nada más que mostrar. Viviendas atroces que deben su reputación al robo y al asesinato. Todo lo inmundo, lo decadente y lo corrupto se halla aquí”.

Charles Dickens, el autor de las líneas anteriores, se atrevió a entrar en la zona cero del Nueva York del siglo XIX y, como re­flejó en su libro Notas de América, salió con una impresión nada benévola. En su favor podemos decir que el simple hecho de salir de allí sin sufrir daño ni robo era todo un éxito. El barrio de Five Points era, en la década de 1840 –la época en que lo visitó el eminente novelista–, el epicentro de la actividad delictiva de una ciudad cuyo desordenado crecimiento y alborotada grandeza tuvieron su reverso oscuro en los barrios bajos.

 

Del hambre al crimen

En 1845, la Gran Hambruna provocada por una plaga de la patata diezma la población de Irlanda. La tragedia tiene un re­flejo inmediato en el puerto de Nueva York, al que llegan cada semana barcos con miles de habitantes de la isla que huyen de la carestía. Con los bolsillos y el estómago vacíos, estos inmigrantes buscan cualquier alojamiento, por miserable que sea. Lo encuentran hacinándose en los precarios edificios, sótanos e incluso cuevas subterráneas de Five Points.

Este barrio del Bajo Este de Manhattan (Lower East Side) se había levantado gracias al drenaje de un estanque y por ello era un enclave cenagoso y maloliente, deficientemente urbanizado. Su nombre se debía a que cinco calles con­fluían en su espacio central, Paradise Square, plaza que era el lugar de esparcimiento de los habitantes del barrio; lo que significaba, entre otras cosas, que allí proliferaban las tabernas. No pocas eran clandestinas, bajo la tapadera de tiendas de alimentación. La primera la había abierto, en 1825, Rosanna Peers en el cuarto trasero de su verdulería. La posibilidad de consumir en su interior bebidas alcohólicas a un precio menor que en los establecimientos legalizados la convirtió en el punto de encuentro de los menos dispuestos a trabajar. Y así y allí fue como se conocieron y relacionaron los integrantes de la primera banda de gánsteres organizada de la ciudad: los Cuarenta Ladrones.

 

Los Cuarenta Ladrones –la primera banda– nació en un bar clandestino en la trastienda de una verdulería

Five Points
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Todos eran irlandeses o hijos de irlandeses, liderados por Edward Coleman, el primer cabecilla conocido de la historia de Nueva York. Coleman se mantendría como su líder casi quince años, mucho tiempo para la convulsa vida de un delincuente. En 1838 se casó con una chica conocida como “la bella vendedora de maíz”, una de las jóvenes repartidoras que se dedicaban a ofrecer mazorcas braseadas a los paseantes de Paradise Square. Lejos de estar contento con su hermosa mujer, le pegaba cuando no traía suficiente dinero a casa, y un día la golpeó tanto que la mató. Un caso de violencia de género que no pasó inadvertido a las autoridades: fue considerado culpable y llevado a la cercana prisión llamada popularmente Las Tumbas, construida ese mismo año. Coleman tendría el dudoso honor de inaugurar su horca el 12 de enero de 1839.

Para entonces, los Cuarenta Ladrones ya no estaban solos. Otros maleantes se habían organizado en la banda conocida como Kerryonians (los de Kerry, pues provenían de la diáspora de ese condado del sur de Irlanda). Una de sus diversiones preferidas era atacar a los neoyorquinos de origen inglés, trasladando a América la animadversión que se mostraban ambos pueblos en sus países de origen. Estos enfrentamientos con trasfondo ancestral y nacional no harían sino incrementarse en las siguientes décadas.

Barricada de los Conejos Muertos de Five Points.
Barricada de los Conejos Muertos de Five Points. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Dead Rabbits, Plug Uglies…

El clan de los Kerryonians quedaría más tarde absorbido dentro de otros gangs irlandeses que tomaron el testigo en el liderazgo delictivo de Five Points. Sus nombres eran sonoros y llamativos: Dead Rabbits (Conejos Muertos, pues se formaron después de que, en una riña interna de una banda preexistente, alguien lanzara un conejo muerto al centro de la estancia y uno de los bandos enfrentados lo tomase como un augurio), Shirt Tails (Faldones, ya que llevaban las camisas por fuera para ocultar las armas), Plug Uglies (Rufianes, que usaban largos sombreros de copa o plug hats)...

Al cabo de un tiempo, les salieron rivales que se reivindicaban “americanos nativos” o “nativistas”. Casi siempre descendientes de ingleses, su elemento cohesionador era el odio hacia los extranjeros recién llegados. Las principales de estas pandillas surgirían en el caldeado ambiente de la calle Bowery, centro de entretenimiento con un teatro y multitud de locales de ocio y tabernas. Los Bowery Boys, los Atlantic Guards, los American Guards y los True Blue Americans fueron las bandas más activas. Sus integrantes eran de extracción humilde pero, al contrario que los irlandeses, sí solían tener un trabajo estable (obreros y mecánicos, la mayoría) y solo se juntaban en los ratos de ocio tras sus jornadas laborales y los domingos.

Otro rasgo que unía a las bandas de nativistas era que sus miembros integraban las brigadas de bomberos voluntarios que ayudaban a extinguir los muchos incendios que se producían en la ciudad. Estas patrullas eran una de las formas en que la comunidad subsanaba las carencias provocadas por la falta de protección social, pero acabarían siendo una extensión de los intereses de políticos y poderosos, que las patrocinaban, manejaban y manipulaban según su conveniencia: apagar un fuego podía ser utilizado como un favor que los beneficiarios tendrían que devolver en forma de votos.

La inquina mutua entre los Dead Rabbits y los Bowery Boys crecería con cada barco llegado desde Irlanda. Este combustible iba a alimentar a partir de entonces muchos de los enfrentamientos entre bandas, que en varias ocasiones se convirtieron en épicas batallas para las que reclutaban aliados (otras pandillas menores). Las mayores refriegas duraron dos o tres días y dejaron un reguero de muertos.

Five Points
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Política y gangs

Como se dijo, los políticos, en un ambiente de corrupción extendida, recurrían a estos primitivos gánsteres para sus propios intereses. El Partido Demócrata se apoyó en los irlandeses y el efímero Partido Nativo Americano (1844-1860) en los autóctonos. Cuando llegaban unas elecciones municipales o de distrito, los matones de las respectivas bandas movilizaban a sus fieles, que actuaban sin contemplaciones: votaban varias veces, amenazaban a los electores o destrozaban urnas.

La relación entre los líderes de los partidos y los de las bandas era fluida, como vasos comunicantes, y en ocasiones los segundos ejercían una gran influencia. Este fue el caso de Isaiah Rynders, que medró desde las mesas de juego en los barcoscasino del Mississippi hasta la propiedad de locales en Paradise Square (media docena de tabernas clandestinas) y, con el dinero obtenido, en 1843 creó un club más selecto llamado Empire, que le permitió ganar influencia política. Los clubes eran centros de reunión donde se debatía, se compadreaba y se cerraban negocios, muchos de ellos turbios. Gracias al Empire Club, Rynders empezó a controlar el distrito Sexto de Nueva York e incluso el orden público. Tal era su dominio que, cuando la policía se veía incapaz de controlar una reyerta en Five Points, le pedía a Rynders que interviniera y él enviaba a alguno de sus implacables lugartenientes –el más conocido de los cuales era Jack ‘Cara Sucia’– a calmar los ánimos por las buenas o por las malas.

Pero, de la misma forma que ahogaba una revuelta, también podía desencadenarla. Y eso es lo que hizo en 1849, en la que fue su hazaña más sonada. Rynders, de madre irlandesa, tenía tanto amor a su patria materna como odio hacia los ingleses y aprovechó la rivalidad entre dos de los actores de teatro más conocidos del momento para organizar un gran disturbio. El americano Edwin Forrest había sido silbado en Londres durante una gira por su interpretación de Macbeth, un incidente aireado ampliamente en la prensa norteamericana. Su gran rival sobre las tablas, el inglés William Macready, realizó a su vez una gira por Estados Unidos, que se desarrolló sin incidentes hasta que, en su actuación –también como Macbeth– el 7 de mayo de 1849 en el neoyorquino Astor Palace, el capo orquestó una gran protesta en represalia.

 

En un ambiente de corrupción, los políticos recurrían a los gánsteres para sus propios intereses

 

Los revoltosos fueron tantos, y tan agresivos, que lograron invadir el escenario y echar al actor. Cuando tres días más tarde, instado por idealistas intelectuales como el escritor Washington Irving, Macready volvió a intentar representar Macbeth en el mismo teatro, la bronca fue aún mayor. Rynders desencadenó una nueva campaña e inundó las calles de panfletos contra los ingleses y sus presuntos insultos y opresiones. Una multitud de más de diez mil personas se congregó ante el teatro y lo invadió, y el actor tuvo que huir de nuevo mientras los alborotadores se entregaban al destrozo y el incendio. Se envió al ejército, que era el último recurso cuando la policía no podía con los disturbios, pero los manifestantes no se arredraron, de forma que los soldados acabaron por dispararles y causaron veintitrés muertos. En los días siguientes, masas enfurecidas se concentraron ante el New York Hotel, donde se alojaba Macready, y le increparon reclamando que saliera para colgarlo. El actor logró huir a Boston y allí embarcó para Inglaterra. Como es de suponer, ya nunca más volvió a Estados Unidos.

Bill Poole the Butcher
Bill 'el Carnicero' Poole. Imagen: Wikimedia Commons.

 

El carnicero Bill Poole

En la década de 1850, la rivalidad entre los gánsteres de Five Points y Bowery −es decir, entre irlandeses y nativistas− alcanzó su cota más alta al aparecer líderes en ambos lados que eran temibles luchadores: entre los irlandeses, John Morrissey, Jim Turner y Lew Baker; entre los nativistas, Bill Poole, apodado El Carnicero, la profesión a la que se dedicaba durante el día. De más de un metro ochenta de estatura, Poole era un terrorífico maestro en el manejo del cuchillo, tanto para despiezar ganado como para otros menesteres: podía acertar con él a seis metros de distancia y clavarlo a tres centímetros de profundidad en el tronco de un pino. Había estado a punto de matar en una ocasión a Morrissey, a pesar de que este era boxeador.

La noche del sábado 26 de febrero de 1855, todos estos matones se encontraron en un saloon de Broadway y se dedicaron a provocarse (Morrissey escupió a la cara a Poole) y a desafiarse. La pendencia se prolongó hasta altas horas y no faltó la bebida. El momento culminante llegó con una pelea de Turner y Baker contra El Carnicero. Los dos irlandeses le dispararon en la pierna, en el abdomen y en el pecho, cerca del corazón. El lunes, el New York Herald abría su edición a cuatro columnas con el titular: “Bill Poole, mortalmente herido”. Era la principal noticia del día.

El feroz malhechor sobrevivió dos semanas a pesar de la gravedad de las heridas, mientras sus partidarios sufrían por su destino. En el lecho de muerte pronunció una frase que se convertiría en lema patriótico: “Adiós, muchachos: ¡muero como un auténtico americano!”. Su cortejo fúnebre fue seguido por más de cinco mil personas y seis bandas de música.

Tumba de Bill Poole
Tumba de Bill Poole. Imagen: Getty Images.

 

Un gran motín contra el reclutamiento

La dureza de la Guerra Civil entre Norte y Sur que comenzó en 1861 se vivió de forma dramática en Nueva York, sobre todo cuando el presidente Abraham Lincoln, después de varias derrotas, ordenó en 1863 el reclutamiento forzoso de los ciudadanos de entre veinte y cuarenta y cinco años que salieran nominados por sorteo. A pesar de la postura oficial en favor del abolicionismo, muchos ciudadanos de clase baja odiaban a los negros, que ya competían con ellos por los trabajos menos cualificados.

 

En julio de 1863, la mayor revuelta habida hasta entonces en Nueva York dejó 2.000 muertos

 

Y así, el lunes 13 de julio de 1863, dos días después del primer reclutamiento en Nueva York, estalló una revuelta contra este: una turba de 500 personas atacó inicialmente las oficinas donde se llevaba a cabo, pero los ánimos se encresparon y la ira popular se volcó contra los negros, a los que se agredía e incluso asesinaba, contra los ricos –cuyas casas se saquearon– y contra la policía, superada en algunos casos en una proporción de doscientos a uno. Manhattan se sumió en un caos ingobernable, ya que la solución para estos casos, la intervención del ejército, no era posible porque los efectivos establecidos cerca de Nueva York habían sido llevados a la Batalla de Gettysburg. De todo ello sacaron partido las bandas de delincuentes, que, además de robar, intentaron hacerse con la armería de la policía, lo que les habría permitido tomar el control efectivo de la ciudad. Una paradoja es que muchos de los que participaron en el Gran Motín de Nueva York eran jóvenes menores de veinte años, que no iban a ser reclutados en ningún caso.

Disturbios de reclutamiento
Disturbios de reclutamiento de 1863. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Ante semejante caos, varios regimientos destinados a la guerra contra el Sur hubieron de volver a marchas forzadas a Nueva York. Así, el miércoles 15 de julio empezaron a luchar en las calles de Manhattan, aunque hasta a ellos les costó imponerse y sufrieron una sonada derrota a manos de los rebeldes en la Primera Avenida. Para restablecer el orden, tuvieron incluso que usar los cañones. Cuando se recobró la calma, tras cuatro días de intensa revuelta, el panorama era dantesco: más de dos mil muertos y ocho mil heridos. Nueva York había demostrado lo que su lado más oscuro era capaz de hacer.