La vida privada de Fidel Castro

El fallecido dictador tuvo una agitada trayectoria sentimental: se casó dos veces y sus conquistas fueron numerosas. Pero este plano de su figura igual que la relación con sus hijos, pocas veces salió a la luz.

La controvertida figura de Fidel Castro ocupa un lugar destacado entre la galería de personajes clave del siglo XX. Presente en muchos de los acontecimientos que marcaron la segunda mitad de la centuria pasada, su papel político es bien conocido tanto dentro de Cuba como en el exterior. Sin embargo, su entorno más cercano ha conseguido mantener un hermetismo absoluto sobre su vida personal, silencio que apenas se ha roto en contadas ocasiones.

 

Un joven rebelde e inconformista

Fidel Alejandro Castro Ruz nació el 13 de agosto de 1926 en Birán, una pequeña localidad del municipio de Mayarí, provincia de Holguín, en el este de Cuba. Su padre, Ángel Castro Argiz, un emigrante gallego que había llegado a la isla sin un céntimo, había amasado una pequeña fortuna en tierras, ganado y negocios azucareros y madereros. En su gran finca de Manacas ejercía como un terrateniente patriarcal, dueño y señor de la vida de trescientos trabajadores y sus familias.

Fidel fue el tercero de los nueve hijos que tuvo su padre, nacido de sus segundas nupcias con Lina Ruz, la cocinera de la familia, después del divorcio de María Luisa Argota Reyes, su primera esposa. Ángel Castro le dio la mejor educación posible, matriculándolo en la escuela primaria marista Dolores en Santiago, después en la escuela secundaria jesuita Belén en La Habana –en aquel entonces, un exclusivo internado reservado para los hijos de las élites cubanas– y posteriormente en la Facultad de Derecho de la Universidad de la capital cubana.

Durante su juventud Fidel dio muestras de un temperamento inconformista y enérgico que a veces rayaba en una extrema violencia. En su etapa universitaria se ganó fama de agitador político, siempre dispuesto a usar la fuerza para defender sus ideas. En aquellos años llegó a ser acusado de participar en dos tiroteos, en uno de los cuales resultó herido un policía, si bien consiguió eludir la acción de la justicia gracias a los contactos de su padre en las altas esferas.

En medio de un clima generalizado de corrupción institucional en el que no tardaron en aparecer los extremismos como respuesta a la grave situación que se vivía en Cuba, Fidel Castro fue perfilando su ideario. Dedicado por entero a la política, se sirvió de la figura de José Martí, héroe de la Independencia de Cuba, para reclamar un gobierno honrado, derechos estudiantiles e igualdad social. En la segunda mitad de los años cuarenta, Castro se afilió a la rama juvenil del Partido Ortodoxo y en poco tiempo se convirtió para muchos en el sucesor de Eddy Chibás, fundador de dicha formación política. Como líder estudiantil, Castro tenía algunos amigos en el Partido Comunista y coincidía con ellos en algunas cuestiones, circunstancias que no le impidieron disputarles el poder.

 

Políticamente incorrecto

Ferviente antiimperialista, Castro acusaba a Estados Unidos de ser una potencia colonizadora responsable del mantenimiento de las desigualdades sociales en Cuba, situación que condenaba a los trabajadores cubanos a una pobreza de la que no podían escapar. Al reconocer el golpe de Estado perpetrado por Fulgencio Batista en 1952, la Administración norteamericana no hizo más que reforzar los principios de Fidel Castro, decidido a poner fin a la influencia de Estados Unidos en la isla. En esos años de frenética actividad política se despertó en él su admiración por personalidades históricas de la talla de Alejandro Magno, Julio César, Robespierre y Napoleón. Obsesionado con el conquistador macedonio, cuando cumplió los dieciocho cambió legalmente su segundo nombre, Hipólito, por el de Alejandro, gesto con el que reforzó su convicción de estar predestinado para dirigir a las masas.

 

Ambicioso, ególatra, machista y homófobo

Con el paso del tiempo se convirtió en un hombre robusto que no reconocía ninguna limitación en su constitución física. Aunque por naturaleza no tenía condiciones de atleta, estaba plenamente convencido de que podría sobresalir en cualquier actividad que se propusiera, objetivo que alcanzaba gracias a su inquebrantable fuerza de voluntad, inspirada por su ambición de triunfar en la vida.

En el plano personal, siempre mantuvo unas opiniones que hoy en día serían consideradas cuando menos incómodas. Imbuido de un machismo latino que nunca le preocupó disimular en lo más mínimo, Castro siempre consideró a las mujeres como un objeto subordinado a sus metas políticas, al mismo tiempo que estaba convencido de la debilidad innata del sexo femenino, incapaz de situarse en el mismo plano de igualdad junto a los hombres. Machista y celoso, prohibió a sus mujeres y amantes que se exhibieran en bikini al considerarlo demasiado provocativo. Amante del riesgo, siempre admiró a los valientes dispuestos a luchar por alcanzar sus metas, contemplándolos como un reflejo de sí mismo, al mismo tiempo que mostraba su desprecio más absoluto por los homosexuales, a los que nunca admitió en su círculo más próximo.

 

La lista de sus amantes y conquistas

Cada cierto tiempo aparecen nuevas biografías o artículos dedicados al líder cubano que destapan el nombre de alguna nueva amante hasta entonces desconocida en la vida del dictador. Fidel Castro siempre supo aprovecharse de la fascinación que su arrolladora personalidad y la idea romántica de su aventura revolucionaria causaban entre sus admiradoras. Cuando accedió al poder era habitual verlo rodeado de hermosas mujeres sonrientes, junto a las que le gustaba fotografiarse. Mientras perfilaba en México los detalles de su expedición armada a Cuba a bordo del yate Granma, Castro tuvo tiempo de ejercer sus dotes de conquistador. Visitante asiduo de la casa que Ernesto “Che” Guevara compartía con su esposa Hilda Gadea, conoció allí a la poetisa exiliada venezolana Lucila Velásquez, amiga íntima de Hilda.

Lucila era muy atractiva y no tardó en sentirse atraída por Fidel, convirtiéndose ambos en amantes y viviendo una tórrida relación que terminó cuando él partió hacia Cuba para liderar la lucha armada contra Batista. Parece ser que Lucila habría confesado a la esposa del Che su deseo de que su relación con Fidel fuera más allá y pudiera acabar en una futura boda, pero las continuas infidelidades de su amante la convencieron de que era un sueño irrealizable. Lilia Amor, una joven mexicana de dieciocho años y extraordinaria belleza, fue otro de los sonoros romances que Castro mantuvo en México. Ambos se conocieron en casa de Teresa “Teté” Casuso, una intelectual cubana exiliada en la capital mexicana y amiga de Fidel. El revolucionario quedó prendado de Lilia y la cortejó con su habitual fogosidad latina hasta que cayó en sus redes. Según el testimonio de Teresa Casuso, Castro llegó a proponer matrimonio a su joven amante y ella incluso solicitó permiso a sus padres para celebrar el enlace. Sin embargo, el compromiso apenas duró poco más de un mes. Lilia, cansada de soportar la promiscuidad sexual de su pareja, decidió romperlo unilateralmente para casarse con un antiguo novio. Despechado, Castro no tardó en olvidarla.

 

Mirtha, su primera esposa

Mientras el revolucionario cubano se dedicaba a romper corazones en México, Mirtha Díaz-Balart, su primera esposa, esperaba su regreso a la isla embarazada del hijo de ambos. Mirtha y Fidel se habían hecho novios en la universidad donde ella, hija de Rafael José Díaz-Balart, un prominente político y alcalde de la ciudad de Banes, estudiaba Filosofía y Letras. Mirtha tenía veinte años y Fidel veintidós cuando se casaron por la iglesia el 11 de octubre de 1948. En septiembre del año siguiente nació su único hijo, Fidelito. Para ella pronto quedó claro que su esposo no estaba hecho para las ataduras de la vida conyugal, precipitándose de ese modo una ruptura anunciada.

Mirtha y Fidel se divorciaron en 1955. Ella rehízo su vida junto a Emilio Núñez Blanco, un conocido notario hijo del embajador cubano ante la ONU y reconocido anticastrista, con el que se casó un año después. Al conocer la noticia en México, el revolucionario montó en cólera y retuvo por la fuerza al hijo de ambos, que fue finalmente liberado por la policía mexicana. Cuando en 1959 Fidel Castro llegó al poder, Mirtha y su marido permanecieron en Cuba. Sin embargo, la persecución de la que fueron objeto debido al apoyo brindado por Emilio a los opositores al régimen obligó al matrimonio a emprender el camino del exilio; se instalaron en Madrid, donde procuraron pasar desapercibidos mientras ella intentaba que nadie descubriera su pasado como primera esposa de Fidel Castro.

Durante muchos años Mirtha fue privada de la compañía de su hijo Fidelito, joven aplicado que acabó cursando estudios en la Universidad Estatal Lomonosov de Moscú. Tras la muerte de su segundo esposo y al hacerse pública la grave enfermedad padecida por Fidel Castro, Mirtha regresó a Cuba, siendo acogida por su hijo. Esta visita fue interpretada como el deseo de Mirtha de despedirse del que fue su primer amor antes del que se suponía fallecimiento inminente del mandatario cubano. Desde entonces, pasaron varios años antes de que este muriera.

 

La rocambolesca historia de Marita Lorenz

Tras el ascenso de Fidel Castro al poder en 1959, el romance más sonado de aquella época fue con la joven alemana Marita Lorenz, que llegó a Cuba con diecinueve años acompañando a su padre, capitán del buque de crucero Berlín. El flechazo entre ambos surgió durante una visita de Castro al barco, iniciándose una relación que duró siete meses, según afirmó Marita en sus memorias. Ella se quedó embarazada, pero le fue provocado un aborto después de ser reclutada por agentes de la CIA para asesinar a Castro. Como epílogo a esta rocambolesca historia de amor, en la que se entremezclan asimismo elementos propios de una novela de espías, Marita Lorenz declaró como testigo en las investigaciones emprendidas tras el magnicidio de Kennedy.

La lista de amantes de Fidel Castro durante los años de consolidación de la Revolución cubana es interminable. Los nombres se suceden y algunos se superponen en el mismo período de tiempo. Entre ellos destacan los de Celia Sánchez Manduley, compañera de armas durante los tiempos de lucha guerrillera; Lupe Véliz, mujer de cuerpo escultural que posteriormente se convirtió en dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas, y la británica Jenny Isard, una joven de 23 años a la que Castro conoció en Nueva York cuando en septiembre de 1960 acudió a la Asamblea General de la ONU. Según un comentario que circulaba por La Habana en aquellos días, el líder de la Revolución “disparaba sin desenfundar, rápido y con las botas puestas, sin mayores trascendencias”.

 

De los rumores de romances a su más fiel compañera

Existen algunos rumores, nunca confirmados por sus protagonistas, que apuntan a que Fidel Castro llegó a tener una apasionada aventura con Ava Gardner durante una visita que la actriz realizó a La Habana para conocer en persona al famoso guerrillero. Aquel supuesto encuentro despertó los celos de Marita Lorenz, su amante oficial por aquel entonces. A finales de la década de los setenta también se relacionó a Castro con la periodista norteamericana Barbara Walters, que viajó a La Habana en dos ocasiones para entrevistarlo y al que habría seducido con su belleza e inteligencia. Pero hubo que esperar a finales de los años noventa para que se revelase el nombre de la mujer que durante más tiempo ocupó su corazón.

 

Dalia Soto del Valle –Dalita, como Fidel la llamaba en la intimidad– hizo su primera aparición pública en 1999. Fue en el transcurso de un partido de béisbol entre las selecciones nacionales de Cuba y Venezuela al que también acudió como invitado Hugo Chávez. Sentada un par de filas por detrás de la tribuna donde estaban las personalidades que acudieron a presenciar el encuentro, mantuvo una actitud discreta que sin embargo no pasó inadvertida para aquellos que conocían su historia de amor con Castro.

Dalia, hija de un terrateniente de Cienfuegos, era una joven maestra de cabellos rubios y ojos verdes de apenas diecisiete años cuando Fidel se cruzó en su vida. La pareja se conoció después de un discurso pronunciado en 1961 por el líder revolucionario para apoyar una campaña de alfabetización. Desde entonces no se separaron. Un mes después de aquel primer encuentro, Dalia se quedó embarazada del primero de los cinco hijos que tuvo de su relación con el comandante en jefe de la Revolución.

A lo largo de los últimos cincuenta y cuatro años, el incorregible líder mantuvo romances con otras mujeres aunque siempre volvió a los brazos de Dalita, que ejercía como fiel compañera a la que siempre acudía en los momentos más difíciles. Cuando se hizo pública la grave enfermedad del comandante, hasta entonces un secreto de Estado fielmente guardado, la presencia de Dalita se hizo habitual en cada una de las contadas apariciones públicas de Fidel Castro.