La URSS y sus países satélite: represión tras el Telón de Acero

La Unión Soviética liberó a los países de Europa oriental de los nazis, pero luego decidió quedarse e impuso regímenes que solo respondían a los intereses estratégicos y económicos de Moscú. Todos los intentos de conseguir un mayor grado de libertad fueron sangrientamente reprimidos.

Represión en la URSS
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En una conferencia pronunciada el 5 de marzo de 1946 en Fulton, Misuri, adonde había acudido como invitado del presidente Truman, el ya ex primer ministro inglés Winston Churchill sorprendió con una expresión que pasaría a la historia como metáfora de la frontera entre los bloques de la Guerra Fría: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero”. Los países que quedaron tras esa línea divisoria –aquellos que habían sido liberados de los nazis (y ocupados) por el Ejército Rojo– tardaron más de cuatro décadas en librarse de las dictaduras impuestas por la Unión Soviética. En ese período, un goteo de insurrecciones y rebeliones sangrientamente reprimidas por Moscú dejó en evidencia lo a disgusto que vivía el pueblo en las llamadas “democracias populares”.

Uno de los episodios más significativos de esos primeros años fue el Golpe de Praga de 1948 – Febrero Victorioso, en la terminología soviética–, por el que Checoslovaquia, un país centroeuropeo de tradición democrática, acabó situándose por la fuerza en el bloque del Este. En las elecciones de 1946, el Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ) había obtenido el 38% de los votos. El presidente Edvard Beneš nombró primer ministro a Klement Gottwald, del KSČ, y formó un gabinete de mayoría no comunista, pero en el que estos controlaban áreas clave, como el Ministerio del Interior y el Ejército. A partir de entonces, Checoslovaquia fue sometiéndose cada vez más al control y los dictados de la Unión Soviética. Al año siguiente, Estados Unidos anunció el Plan Marshall, que ofreció también a los países del Este.

El gobierno checoslovaco –incluidos los ministros comunistas– se mostró unánimemente favorable a la idea, pero esta era una independencia de criterio que Stalin no estaba dispuesto a tolerar. El líder soviético convocó a Moscú a Gottwald y Jan Masaryk –ministro de Exteriores e hijo del fundador de la República de Checoslovaquia– y les dio un plazo de cuatro horas para anunciar que rechazaban la oferta. “Fui a Moscú como ministro de un Estado libre y vuelvo como esclavo de Stalin”, comentó Masaryk a su regreso.

Gottwald en Checoslovaquia
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Golpe de Estado preventivo

Para mediados de 1947, los comunistas checos habían perdido gran parte del apoyo popular debido al uso autoritario de la policía, la amenaza de las colectivizaciones y los bajos salarios, por lo que esperaban una aplastante derrota en las elecciones de 1948. Pero, desde el punto de vista soviético, Checoslovaquia era la última pieza que quedaba por caer, lo que, unido a la exclusión de los comunistas franceses e italianos de sus respectivos gobiernos, determinó el abandono de la incierta vía parlamentaria y decidió el recurso a un golpe de Estado.

En febrero de 1948, Gottwald empezó a ejercer una presión brutal sobre el presidente Beneš para que formara un gobierno integrado solo por comunistas. Las milicias armadas y la policía tomaron las calles de Praga; hubo manifestaciones comunistas multitudinarias y acoso a las de signo contrario. Se impidió que los ministros no comunistas accedieran a sus ministerios y Gottwald anunció una huelga general. La organización contó con ayuda soviética –el ex embajador Valerian Zorin– y con la amenaza del Ejército Rojo, que esperaba al otro lado de la frontera. El día 25, temeroso de una guerra civil o una invasión soviética, Beneš acabó cediendo y le entregó a Gottwald todo el poder.

Tras el golpe, huyeron miles de personas y se multiplicaron los despidos y las detenciones. Dos semanas después, el 10 de marzo, el ministro Masaryk murió en extrañas circunstancias. En un episodio conocido como la “cuarta defenestración de Praga”, cayó al vacío por la ventana del baño de su casa, y desde entonces no han cesado las especulaciones sobre si fue asesinato o suicidio. En mayo, se aprobó una nueva Constitución que convertía al país en una “democracia popular”. Ese mismo mes, el KSČ ganó las elecciones con el 90% de los votos. Claro que era el único partido que se presentaba.

 

Purgas y farsas judiciales

La consolidación del bloque con la incorporación forzosa de Checoslovaquia no llevó, ni mucho menos, la tranquilidad al Este de Europa. La construcción del socialismo requería una vigilancia constante para combatir a los enemigos de clase y los contrarrevolucionarios, sobre todo dentro del propio partido y, especialmente, después de la ruptura entre Stalin y Tito por la falta de sometimiento de Yugoslavia a las directrices de la URSS. La represión contra cualquier disidencia, real o imaginada, dio lugar a cinco años de purgas similares a las de los años treinta. Si bien con distinto grado de intensidad, no se salvó ningún país de la órbita soviética. Las víctimas, procedentes de todas las clases sociales –desde campesinos opuestos a las colectivizaciones hasta funcionarios y dirigentes comunistas–, se contaron por cientos de miles. Las consecuencias de la caída en desgracia iban desde la cárcel y el encierro en campos de concentración o de trabajo hasta la tortura y la ejecución sumaria.

Importantes líderes comunistas fueron acusados de delitos tales como intentar restaurar el capitalismo, estar a sueldo de Occidente, ser demasiado nacionalistas o apoyar a Tito; los juicios eran delirantes farsas en las que, tras sufrir interminables sesiones de torturas, los acusados acababan confesando los crímenes más absurdos y pidiendo para sí mismos la pena de muerte. Así perecieron, entre muchos otros, László Rajk (Hungría, 1949), Traicho Kostov (Bulgaria, 1949), Koçi Xoxe (Albania, 1949), Rudolf Slánský (Checoslovaquia, 1952) y Lucrețiu Pătrășcanu (Rumanía, 1953).

Protestas en la RDA
Protestas en Berlín. Imagen: Getty Images.

 

Los obreros de la RDA no eran felices

Cuando, en marzo de 1953, Stalin murió inesperadamente, en Moscú se desató una lucha por el poder que sumió a todo el bloque del Este en el desconcierto y favoreció el estallido de protestas. La primera surgió en junio de ese mismo año en Alemania oriental y, para escarnio de la retórica comunista, tuvo un carácter específicamente obrero.

El lema más coreado en las manifestaciones de la RDA es muy significativo: “¡Abajo el incremento de las cuotas de producción!”. Hacía referencia a las terribles condiciones en que vivían las clases trabajadoras de los países satélites debido a la total subordinación de sus economías a las órdenes y necesidades de la URSS. Deseoso de demostrar su absoluta fidelidad a Moscú, el líder de la RDA, Walter Ulbricht, aprobó un paquete de medidas que incluía subidas de impuestos, bajadas de salarios y, lo peor de todo, un incremento de las cuotas de producción que debían cumplir los trabajadores. En palabras de un obrero alemán de la época, “esto quería decir que, si antes tardabas cuatro minutos en hacer un tornillo, ahora tenías que tardar dos y medio”. El plan entraría en vigor el día del cumpleaños de Ulbricht.

En un país en el que la población pasaba verdadera hambre, el anuncio desató una oleada de protestas que comenzaron el 16 de junio en Berlín y se extendieron por toda la RDA. La rebelión tomó enseguida una dimensión política, con la petición de dimisión del gobierno y elecciones libres. La reacción de Moscú fue fulgurante: envió 17 divisiones del ejército, con 20 000 soldados y tanques que acabaron con los disturbios en cuestión de horas. Hubo oficialmente 55 muertos, aunque otras fuentes hablan de más de cien, a los que hay que sumar fusilamientos posteriores. En cualquier caso, en la URSS soplaban ya vientos de cambio: Ulbricht fue convocado a Moscú y obligado a relajar sus exigencias.

Los años centrales de la década fueron convulsos en el mundo comunista. En 1955, Kruschev se consolidó como líder de la URSS y en mayo se firmó el Pacto de Varsovia, decidido por la entrada de Alemania Federal en la OTAN. A final de año acabó la ocupación aliada de Austria, que se declaró neutral en el enfrentamiento entre bloques, y a comienzos de 1956 Kruschev pronunció el famoso discurso en el que oficializó la desestalinización. El deshielo kruscheviano, junto a la retirada de la URSS de Austria, hizo que algunos países concibieran esperanzas de que la ocupación soviética no sería eterna.

Gomulka
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Polonia se rebela

Ese año tuvieron lugar en junio las protestas de Poznán (Polonia); igual que las de Alemania, desencadenadas por las malas condiciones de vida de la clase trabajadora y de carácter eminentemente obrero, aunque en este caso con un componente también de reivindicación de libertad religiosa. Fueron duramente reprimidas por el ejército polaco, con asistencia soviética, y dejaron entre 57 y 78 muertos, cientos de heridos y un reguero de procesados. Pero los acontecimientos se conjuraban para que hubiera cambio en Polonia. Además de las protestas, se produjo la muerte repentina del histórico líder Bolesław Bierut, estalinista irredento, lo que, junto con la amplia circulación del discurso renovador de Kruschev, hizo que en el Partido Obrero Unificado Polaco se impusiera la facción reformista de Władysław Gomułka, un patriota comunista que había estado en la cárcel bajo el estalinismo.

La elección, que no contaba con el beneplácito de Moscú, suscitó la alarma. La Unión Soviética elaboró detallados planes para invadir Polonia y movilizó a los tanques. Kruschev viajó a Varsovia para bloquear la designación y el mundo entero observó expectante. Tras una tensa negociación entre ambos líderes en la que Gomułka garantizó que no traspasaría determinados límites, Kruschev aprobó su elección. Fue lo que se conoció como el Octubre Polaco o el Deshielo Polaco. A la larga, sin embargo, Gomułka también decepcionó y, en septiembre de 1970, después de una serie de protestas en las que perdieron la vida decenas de obreros, fue destituido.

Levantamiento de Budapest en 1956
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Los húngaros luchan por su libertad

Los acontecimientos de Polonia fueron seguidos muy de cerca en Hungría, pero aquí la insurrección acabó de forma trágica, y lo peor es que hubo un momento en que pareció que podía triunfar. El 23 de octubre de 1956, dos días después de la elección de Gomułka, los estudiantes de la Universidad Técnica de Budapest se echaron a las calles con una lista de dieciséis demandas, entre ellas la retirada de las tropas soviéticas y elecciones libres. Se les sumaron miles de personas y la policía secreta húngara (la odiada ÁVH) disparó contra la multitud desarmada. Eso transformó una protesta pacífica en una revolución.

Al día siguiente, el reformista Imre Nagy –personaje con un oscuro pasado de delator– fue nombrado primer ministro para intentar calmar los ánimos, pero la lucha continuaba en las calles. La gente se organizó en milicias, muchos soldados húngaros empezaron a pasarse a las filas revolucionarias y por todas partes aparecía la bandera húngara con la hoz y el martillo arrancados. A lo largo de los días siguientes, Nagy fue convenciéndose de la necesidad de un cambio real e incorporando a no comunistas a su gabinete. La insurrección se extendió por todo el país y, el día 30, vencidas en la calle por el pueblo, las tropas soviéticas se retiraron. Una corriente de optimismo recorrió Hungría de arriba abajo.

Pero la revolución había ido demasiado lejos para las condiciones de la Guerra Fría. Por más que los húngaros reclamaron la ayuda de Estados Unidos, Eisenhower dejó claro que ese era un coto soviético y que no pensaba intervenir. Además, la atención mundial se había trasladado en esos días a la Crisis del Canal de Suez; los medios internacionales empezaron a olvidarse de la revolución húngara y la URSS se vio de pronto con las manos libres. Nagy intentó una huida hacia delante: el 1 de noviembre declaró la neutralidad de Hungría (emulando a Austria) y la retirada del Pacto de Varsovia. Un movimiento así solo podía haber triunfado con ayuda occidental, pero esta nunca llegó.

El 4 de noviembre, Hungría fue invadida por 17 divisiones de tanques soviéticos, a las que durante casi una semana hicieron frente el ejército húngaro y milicias de civiles. El día 11, la Unión Soviética anunció que había sofocado la rebelión. Se calcula que murieron unos 5000 húngaros y 700 soldados rusos. En los días posteriores, unos 200 000 húngaros cruzaron la frontera austríaca y huyeron a Occidente. Nagy fue detenido y, un año y medio después, juzgado en secreto y ejecutado en la horca.

Soldados soviéticos en Praga
Soldados soviéticos desfilando por Praga. Imagen: Getty Images.

 

Desolación en Praga

El trágico desenlace de la revolución húngara tuvo un peso decisivo en la forma en que el secretario general de los comunistas checoslovacos, Alexander Dubcek, quiso construir una década después un “socialismo con rostro humano”. Entre enero y agosto de 1968, tuvieron lugar las audaces reformas de la Primavera de Praga, un intento de cambiar el sistema desde dentro sin poner en cuestión la identidad comunista –al menos, en teoría– ni la pertenencia al bloque del Este. Hasta el último momento, Dubcek –ingenuamente, según muchos– trató de darle garantías de fidelidad a Brézhnev, que le permitió gobernar durante casi ocho meses. Pero la distancia entre las aspiraciones de la sociedad checoslovaca y la exigencia de sometimiento a la URSS era demasiado grande y el experimento acabó con una brutal intervención del Pacto de Varsovia a la que la población se opuso de forma masiva, decidida y pacífica, lo cual tampoco evitó el derramamiento de sangre. La llegada de los tanques soviéticos dejó 137 muertos, decenas (o cientos) de miles de emigrados y uno de los regímenes más represivos del bloque del Este durante los siguientes 20 años.