La Marcha sobre Washington y los Derechos Civiles

En el tercer y último año del mandato de John F. Kennedy como presidente de Estados Unidos, el movimiento por los derechos de los afroamericanos vivió un momento cumbre de la mano de Martin Luther King: una manifestación icónica e histórica que alumbró grandes esperanzas de un cambio político que trajera por fin la igualdad racial.

Martin Luther King
Imagen: Wikimedia Commons.

El 28 de agosto de 1963, unas 250 000 personas se congregan frente al monumento a Lincoln en la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad. Detrás de ese acontecimiento hay una cuidadosa organización en la que participan negros, blancos, católicos, judíos, líderes sindicales... Hablan distintos oradores, cantan artistas como Mahalia Jackson, Joan Baez y Bob Dylan y, al final, Martin Luther King pronuncia su famoso discurso “I have a dream” (Tengo un sueño), que es retransmitido en directo por televisión y se convierte inmediatamente en un símbolo. Luego los líderes van a la Casa Blanca, donde el presidente Kennedy los felicita uno a uno y se muestra eufórico por el éxito obtenido.

La marcha es uno de los episodios más célebres del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y representa una rara comunión entre activismo social y poder político. Es también el punto culminante del optimismo, un momento de enorme esperanza. Con todas aquellas personas manifestándose pacíficamente, cantando, refrescándose en las fuentes y subiéndose a los árboles para ver mejor, casi podría pensarse que la lucha se ha ganado. Apenas dos semanas después, sin embargo, una bomba mata a cuatro niñas negras en Alabama. Y, un par de meses más tarde, es el propio Kennedy quien yace muerto en el centro de Dallas con una bala en la espalda y otra en la cabeza.

 

La causa de la integración racial contó con el apoyo del presidente Roosevelt, pese a la oposición de su propio partido

 

El impacto de la Segunda Guerra Mundial

La lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos fue eminentemente pacífica y exigió el sacrificio –el martirio– de muchos americanos negros, activistas o no, y también de bastantes blancos. Un momento clave en ese largo camino fue la Segunda Guerra Mundial. La participación de afroamericanos en el esfuerzo bélico –como mano de obra así como en el frente– fue un revulsivo que sirvió para que la población negra empezara a tomar conciencia de sus aspiraciones y su poder. La causa de la integración racial contó con la simpatía del presidente Roosevelt, a pesar de la oposición de su propio partido en el Congreso, y también del general Patton, que promovió el fin de la segregación racial en el ejército.

Luego, durante los conservadores años cincuenta de la presidencia de Eisenhower, una buena parte de la sociedad reniega de los pequeños avances conseguidos durante la guerra o en tiempos del New Deal. La cuestión racial afecta a todo Estados Unidos. En el norte se vive una discriminación de facto que se traduce en la existencia de guetos en las ciudades, peores trabajos, peor educación, peor sanidad y peores viviendas. Pero en el sur, y sobre todo en el sur profundo –los once estados confederados de la Guerra de Secesión–, el problema adquiere una dimensión distinta. Aquí la discriminación tiene cobertura legal. Se apoya en las llamadas “leyes Jim Crow”, que determinan la separación de blancos y negros en casi cualquier actividad, pública o privada. Todos los aspectos de la vida –el matrimonio, la educación, el transporte, la hostelería, las bibliotecas– están regulados de acuerdo al color de la piel.

Las “leyes Jim Crow” se basan en la doctrina “separados pero iguales”, según la cual la segregación es legal si los bienes y servicios a los que ambos grupos étnicos tienen acceso son iguales. Esto no es más que una falacia, como es obvio, dado que los servicios destinados a la población negra son siempre de calidad muy inferior o directamente no existen. Los afroamericanos sufren además un grave problema de violencia. En el sur son habituales los linchamientos, que siempre quedan impunes. La máxima expresión de ese salvajismo es la existencia del Ku Klux Klan, una organización destinada a mantener la supremacía blanca mediante el terror, los atentados y los asesinatos y que cuenta con la tolerancia o incluso la complicidad de las autoridades locales.

Soldados afroamericanos en Iwo Jima
Imagen: Getty Images.

 

Batallas legales

Hasta mediados de los cincuenta, la lucha contra la discriminación racial se libró sobre todo en los tribunales, una estrategia en la que la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP) obtuvo triunfos muy resonantes pero de escasa repercusión práctica. En 1938, el Tribunal Supremo estableció que para que el principio “separados pero iguales” fuera válido la igualdad tenía que ser real, un razonamiento muy lógico al que nadie hizo caso. En 1944, se declaró la ilegalidad de las elecciones primarias en las que solo podían votar blancos. Esto afectaba sobre todo al Partido Demócrata, que en el sur era extremadamente racista, además de la fuerza política mayoritaria, pero tampoco sirvió de mucho.

En 1954, la NAACP consigue una victoria fundamental. En el caso Brown contra el Consejo de Educación de Topeka, el Tribunal Supremo establece la inconstitucionalidad de la segregación en las instituciones educativas. El fallo es una carga de profundidad contra el sistema y provoca una virulenta reacción del mundo supremacista blanco. El incremento de la violencia contra los afroamericanos es inmediato. En apenas un mes, se crean los Consejos de Ciudadanos Blancos, una red de organizaciones racistas con 50 000 miembros cuyo propósito declarado es oponerse a la integración por cualquier medio. Y lo difícil, igual que otras veces, es conseguir que esta nueva sentencia sea de alguna utilidad.

A lo largo de los años siguientes, los intentos de afroamericanos de acceder al sistema educativo reservado solo a blancos llevan a una serie de crisis en las que se repite un patrón similar: una fuerte oposición de las autoridades educativas, la policía y los políticos locales, acompañada de motines en los que masas de enfurecidos ciudadanos blancos actúan con gran violencia. Es lo que le sucede a Autherine Lucy en la Universidad de Alabama, en 1955, y a los nueve estudiantes que pretenden matricularse en un instituto de enseñanza secundaria en Little Rock, en 1957. Y es también el caso de Ruby Bridges, la niña de seis años que, en 1960, tiene que acudir a clase escoltada durante todo el curso en Nueva Orleans.

Rosa Parks
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Emmet Till y Rosa Parks

En 1955 tuvo lugar un suceso particularmente atroz: el asesinato de Emmett Till, un niño de catorce años procedente de Chicago que se encontraba de visita en casa de su tío abuelo en la zona del Delta del Misisipi. Emmett fue secuestrado, torturado y asesinado supuestamente por haber ­flirteado con una mujer blanca (años más tarde, esta confesó habérselo inventado todo). En el funeral, en Chicago, la madre hizo que se dejara el féretro abierto para que pudiera verse el cuerpo brutalmente mutilado de su hijo. Pasaron por allí miles de personas, la prensa publicó las fotos y el caso provocó una oleada de indignación en todo Estados Unidos. Pero los asesinos, Roy Bryant y J.W. Miller, fueron absueltos al mes siguiente por un jurado de blancos que tardó solo 67 minutos en deliberar. Tres meses después, protegidos por el principio de “cosa juzgada”, admitieron los hechos en una entrevista concedida a la revista Look a cambio de 4 000 dólares.

El asesinato de Emmett Till fue seguido por otro suceso icónico en la lucha por los derechos civiles. En diciembre de 1955, la costurera Rosa Parks, miembro de la NAACP, fue arrestada y multada por negarse a abandonar un asiento reservado a blancos en un autobús de la ciudad de Montgomery. Como respuesta se organizó un boicot a la línea que duró un año entero y estuvo marcado por el sacrificio y la solidaridad: la gente caminaba durante horas para ir al trabajo, los coches se compartían, los taxistas cobraban diez céntimos e incluso algunas amas de casa blancas llevaban en coche a casa a sus empleadas. El gesto tuvo repercusión en todo el país y acabó con la declaración de inconstitucionalidad de la segregación racial en los medios de transporte de Alabama. Se demostró, además, que la táctica de paciente lucha en los tribunales no era la única posible y comenzó una fase caracterizada por las protestas pacíficas y la desobediencia civil. Detrás de esa nueva estrategia estaba el reverendo Martin Luther King, líder de la Southern Christian Leadership Conference (SCLC), que se inspiraba en Jesucristo y en los principios de la no violencia de Gandhi y quería aplicar los mismos métodos que este utilizó contra el Imperio británico en la India.

 

El boicot a los autobuses de Montgomery inició una nueva fase de protestas pacíficas y desobediencia civil

Ku Klux Klan
Imagen: Wikimedia Commons.

 

La imaginación como aroma

Un día de febrero de 1960, cuatro estudiantes de Greensboro, en Carolina del Norte, se sientan en el mostrador de una cafetería solo para blancos de la cadena Woolworth y piden que se les sirva. Son insultados, les escupen y acaban viniendo la policía y la prensa, pero su actitud pacífica, inspirada en los principios de King, permite que el incidente no pase a mayores. En los días siguientes, los “cuatro de Greensboro” repiten la acción acompañados de otros estudiantes negros, y así siguen día a día hasta que en julio Woolworth se ve obligada a ceder. Para entonces, miles de personas les han imitado y la estrategia se está repitiendo por todo el sur.

Esta táctica tuvo además una derivación inesperada. En octubre de ese mismo año, King fue arrestado por participar en una protesta similar en Atlanta y condenado a seis meses de trabajos forzados. Era una situación de máximo riesgo, que podía acabar en un linchamiento en la cárcel. Entonces intervinieron John y Bob Kennedy, que en ese momento se encontraban en campaña electoral (faltaba poco más de un mes para las elecciones). John llamó a la mujer de King, Coretta, y Robert habló con el juez y con el gobernador de Georgia y consiguió sacarlo de la cárcel. La respuesta de la comunidad afroamericana fue votar a Kennedy en masa, lo cual le dio el triunfo en una de las elecciones más reñidas de la historia.

También in­fluyeron en dicha victoria las promesas de Kennedy en materia de derechos civiles, respecto a los cuales su rival, Nixon, se mostró indiferente. Una vez en el poder, sin embargo, el compromiso de JFK quedó relegado a un lugar muy secundario, algo que suele atribuirse a la explosiva situación internacional (Bahía de Cochinos, Crisis de los Misiles) y a la amenaza de bloqueo de los dixiecrats, los demócratas del sur.

 

La lucha que no cesa

Pero la revolución, siempre pacífica, ha empezado y es imparable. El año 1961 es el de los “viajeros de la libertad”, grupos de activistas que recorren el sur desafiando la segregación. Estos viajeros son repetidamente agredidos, encarcelados y apaleados. En Anniston, Alabama, el Ku Klux Klan incendia uno de los autobuses e intenta quemar vivos a sus ocupantes. En septiembre, un diputado de la asamblea local de Misisipi mata a Herbert Lee, que trabajaba registrando votantes negros (el registro de afroamericanos para que puedan ejercer su derecho al voto es uno de los caballos de batalla y lleva al asesinato de decenas de activistas). En 1962, siete años después de la sentencia del caso Brown, el joven negro James Meredith consigue matricularse en la Universidad de Misisipi. El suceso desata un motín que acaba con dos muertos y la intervención de 400 U.S. marshals y 3 000 soldados del ejército.

Todo esto demuestra la enorme dificultad de conseguir cualquier avance, aunque por fin parece haber algún signo de que la administración Kennedy está dispuesta a moverse. Se organiza entonces una serie de movilizaciones a gran escala que comienza en uno de los bastiones del fanatismo blanco: Birmingham, Alabama, conocida entonces como Bombingham por los atentados racistas con explosivos. La campaña, que se inicia en abril de 1963, es ferozmente reprimida y lleva a cientos de detenciones. A partir de mayo, los organizadores toman la controvertida decisión de llenar las manifestaciones de niños negros de todas las edades, que ocupan pacíficamente las calles cantando y coreando eslóganes y son brutalmente maltratados por la policía que dirige Eugene “Bull” Connor, que utiliza contra ellos palos, perros adiestrados y mangueras de agua con una presión tan alta que produce heridas. Las imágenes dan la vuelta al mundo y causan profunda conmoción en EE UU. El resultado es que “la cruzada de los niños”, como la bautiza la revista Newsweek, fuerza a los comerciantes de Birmingham a acabar con la segregación y convence al presidente Kennedy de que ha llegado la hora de actuar.

 

La Marcha sobre Washington fue convocada para apoyar la nueva política de JFK contra el racismo

Marcha a Washington
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Discurso histórico

El cambio se hizo oficial el 11 de junio, en una intervención televisada en la que Kennedy planteó la necesidad de abordar “una cuestión moral tan antigua como las Escrituras y tan clara como la Constitución americana”. Luego lanzó un alegato contra la discriminación racial y en defensa de la igualdad de oportunidades y anunció una Ley de Derechos Civiles. Fue un discurso histórico: nunca antes un presidente de Estados Unidos había hablado en esos términos de la controvertida cuestión racial americana. Al día siguiente, otro activista, Medgar Evers, cayó asesinado en Misisipi.

La Marcha sobre Washington del 28 de agosto de 1963 fue convocada, precisamente, para apoyar esa nueva política ante la oposición de gran parte del Congreso, que la consideraba demasiado radical. La convocatoria no estuvo libre de tensiones: a Kennedy no le convencía mucho la idea porque temía disturbios, pero al final se mostró exultante por el resultado. Menos de tres meses más tarde, era asesinado en Dallas.

Martin Luther King y Lyndon B. Johnsson
Imagen: Wikimedia Commons.