La crisis de los misiles de Cuba, a un paso del abismo

Empezó como un duelo de consecuencias trágicas y terminó como una partida de ajedrez en la que el Kremlin y la Casa Blanca se concedieron tablas mutuamente. El mundo contuvo el aliento cuando cayó en la cuenta de que estaba a punto de saltar por los aires, y hubo momentos en que los mejor informados asumieron que la catástrofe era inevitable.

Crisis cubana
Imagen: iStock Photo.

En octubre de 1962, la Guerra Fría había alcanzado su punto álgido, inmediato al de no retorno. Con la excusa de la seguridad nacional, la enconada competencia entre los dos amos del mundo por la supremacía atómica llevaba años derrochando miles de millones de dólares y rublos para producir misiles estratégicos cada vez más potentes y mejor provistos de ojivas nucleares. Se había llegado a aquel punto a través de un movimiento constante de acción y reacción: cada nuevo impulso de una parte empujaba a la otra a esforzarse por superarlo. Lo más grave era que tanto los dirigentes del Kremlin como los mandatarios de la Casa Blanca estaban rodeados de halcones que daban por hecho el conflicto termonuclear y proponían asestar el primer golpe para sacar ventaja.

 

La escalada atómica

Dejando al margen las diferencias políticas y ciñéndose a las militares, la cuestión estratégica central residía en la proximidad de los misiles nucleares a tierra enemiga. No solo porque así mejoraban la precisión en la diana, sino sobre todo por una cuestión de tiempo. En sus delirios apocalípticos, los técnicos nucleares daban por sentado que los primeros en atacar podrían terminar con las bases de lanzamiento enemigas y anular su capacidad de respuesta, aunque ellos mismos sabían que era imposible su eliminación completa y que siempre le quedarían al enemigo las armas suficientes como para responder a la agresión.

En efecto, aunque la mayor parte de los silos y plataformas nucleares fueran destruidos, bastaría media docena de detonaciones atómicas sobre las grandes ciudades para provocar millones de muertos. Y eso no solo ocurriría en Rusia y en América: muchos otros países que albergaban bases soviéticas o estadounidenses compartirían su suerte. Sin ir más lejos, las españolas de Zaragoza, Morón (Sevilla), Rota (Cádiz) y Torrejón (Madrid) eran obvios objetivos soviéticos, y las ciudades asociadas a ellas sufrirían las consecuencias. Los cálculos preveían, por ejemplo, que los efectos de un ataque a Torrejón provocarían la destrucción total del norte de Madrid y que el resto de la ciudad quedara inhabitable. El balance más optimista hablaba de 300.000 víctimas mortales.

Así las cosas, la rapidez en “desenfundar las armas” era cuestión de vida o muerte, como en el Lejano Oeste. Pero esa rapidez no dependía de la velocidad de los proyectiles, que era muy parecida, sino de la distancia que los separase del objetivo. Y Rusia y Estados Unidos están muy lejos, pero desde Cuba a Florida no hay más que 90 millas; y en Cuba estaba Fidel Castro.

Plano con los misiles de Cuba
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Revolución en el vecindario

En 1959, la isla había dejado de ser el gran burdel y casino de Estados Unidos en que la había convertido la corrupta y esperpéntica tiranía de Fulgencio Batista. Cuando se produjo la Revolución de los barbudos que bajaron de Sierra Maestra, Cuba pasó a ser una piedra en el zapato para su poderoso vecino. Tras una serie de nacionalizaciones por parte del nuevo régimen, Washington empezó a presionar, y Castro, que no toleraba la presión, se puso a coquetear con los soviéticos. Así que el presidente Eisenhower decidió sacarse la piedra: su vicepresidente, Richard Nixon, hizo preparar una serie de planes para acabar con aquellos rebeldes tan orgullosos. Pero Eisenhower no tuvo tiempo de ponerlos en práctica y John F. Kennedy, su sucesor, se encontró con aquella papeleta esperando su firma sobre la mesa. Así se produjo en 1961 la gran chapuza que fue el fallido desembarco de Bahía de Cochinos, en el que el subrepticio ataque estadounidense fracasó como un petardo mojado.

Aquel fracaso tuvo sus consecuencias. Para gran parte del mundo supuso una muestra de la hipocresía americana, que negó toda relación con un asunto que no hubiera podido producirse sin su apoyo. Para Cuba fue mucho más: la confirmación de que Estados Unidos podía invadir la isla en cualquier momento. Pero Castro sabía también que la Unión Soviética perdería toda su credibilidad internacional si permitía que la Revolución cubana fuese interrumpida violentamente por sus rivales.

John Fitzgerald Kennedy
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Kennedy VS Kruschev

Una vez descrito el escenario, conviene enfocar a los dos protagonistas centrales de aquel thriller. Kennedy fue el segundo presidente más joven y el que antes murió en la historia de Estados Unidos. Su elección frente a Nixon en 1960 resultó ajustadísima (sobre todo por la reticencia hacia los católicos), aunque era miembro de una familia muy poderosa y poseía un carisma indiscutible, muy buena presencia y un aura de hombre sincero que lo convirtieron pronto en una figura popular; además, había servido con valor en la Segunda Guerra Mundial y era un intelectual que había recibido el Premio Pulitzer. Cuando se produjo la crisis tenía 45 años.

Al otro lado del mundo, su émulo del Kremlin era el sucesor de Stalin, Nikita Kruschev (68 años), un valiente defensor de Stalingrado provisto de una notable cazurrería campesina que también le granjeó popularidad entre los suyos. Era un tipo risueño, lo que resultaba una gran novedad en el ámbito de los dirigentes soviéticos, y le correspondió encargarse de una labor peliaguda: la desestalinización. El auténtico Stalin era desconocido para muchos ciudadanos, que lo consideraban un bonachón padre de la patria gracias al culto a su persona, que había llegado a alcanzar tintes casi religiosos. Pero el relato de unas cuantas de sus numerosas atrocidades le bastó a Kruschev, en un mítico discurso interno pronunciado en 1956, para convencer a casi todos de que se podía vivir con un yugo más ligero.

 

En 1961, el Pentágono instaló 15 misiles Júpiter en Turquía, a las puertas de Rusia: fue el inicio de la crisis.

ONU
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Distensión y tensión

Así, algunos sectores se liberalizaron bastante, e incluso se permitieron los viajes de ciudadanos – escogidos, eso sí– al exterior. El propio Kruschev viajó a Estados Unidos en 1959 con el propósito de suavizar la idea que el pueblo americano tenía de los soviéticos y de sus dirigentes. Buscaba sinceramente una distensión y regresó convencido de que la había logrado, pero sus esfuerzos se vieron pronto oscurecidos por diversos incidentes, como los vuelos de los aviones espía U-2 sobre territorio soviético, uno de los cuales fue derribado (y su piloto exhibido ante el mundo) en mayo de 1960.

La llegada de Kennedy al poder pareció abrir, asimismo, un nuevo capítulo en las relaciones entre las dos potencias. Pero en 1961, tras el éxito de la URSS al conseguir poner a un hombre en órbita, el fracaso norteamericano en Bahía de Cochinos y la construcción del Muro de Berlín, el Pentágono dio un paso al frente e instaló 15 misiles Júpiter en Turquía, a las puertas de Rusia. Los halcones del Kremlin se frotaron las manos: el gesto demostraba que aquella distensión de la que presumía Kruschev solo había sido un engaño. Ahora le tocaba al engañado responder.

Kruschev, ridiculizado de este modo entre sus pares, respondió al avance del peón turco adelantando su peón cubano: en la llamada Operación Anádir, envió a la isla una batería de 40 misiles RS-12 y RS-14 con cabezas nucleares de un megatón. A una velocidad de 12.000 km por hora, los primeros podían llegar a Washington en 10 minutos y los segundos a San Francisco en 20. El conflicto desencadenado a continuación, conocido como la Crisis de los Misiles de Cuba, fue un proceso que duró trece días (quince incluyendo los del prólogo y el epílogo) y que no se entiende sin un pormenorizado relato cronólogico de los hechos.

 

La crisis paso por paso

15 de octubre de 1962: las fotos de un avión espía U-2 revelan a los americanos la existencia de los misiles recién llegados a Cuba.

 

16 de octubre: Kennedy reúne a su gabinete y a los jefes militares. Todos consideran inadmisible la situación. Los militares plantean el bombardeo de las bases de misiles seguida de la invasión total de Cuba. Robert McNamara, secretario de Defensa, sugiere el bloqueo naval de la isla, que es la opción preferida por Kennedy. Se decide no interrumpir la agenda del presidente para evitar la alerta del Kremlin.

 

22 de octubre: Kennedy se dirige al país por televisión. Explica en términos generales la situación, exige la retirada de los misiles, amenaza con represalias y anuncia el bloqueo naval de Cuba.

 

23 de octubre: durante una reunión en la Casa Blanca, los mandos del Pentágono plantean operaciones que podrían desencadenar graves represalias. Kennedy se siente cada vez más presionado por los militares, pero se resiste a seguir sus indicaciones.

Protestantes contra la crisis de Cuba
Imagen: Getty Images.

 

24 de octubre: a las 10:00 horas comienza el bloqueo naval de Cuba, que puede acabar en guerra si se producen incidentes en el mar. A la vez, Kennedy lleva a cabo contactos secretos para ofrecer a los rusos la retirada de los misiles turcos a cambio de los cubanos.

 

25 de octubre: en las Naciones Unidas, el embajador de JFK, Adlai Stevenson, muestra al mundo las fotografías que revelan la presencia de los misiles en territorio cubano y acusa a los soviéticos de mentir.

 

26 de octubre: mientras McNamara se esfuerza por evitar conflictos derivados del bloqueo, Kruschev hace llegar por vía indirecta la proposición de retirar los misiles si Estados Unidos se compromete a no invadir Cuba y retira a su vez los Júpiter de Turquía. En el Vaticano, el papa Juan XXIII realiza un llamamiento a la paz que el diario soviético Pravda publica en primera página.

 

27 de octubre: un U-2 cae derribado en Cuba. Es el incidente que esperaban los militares, pero Kennedy los frena otra vez. Ese mismo día, Kruschev remite una carta de la que parece extraerse una posible negociación.

 

28 de octubre: llega a la Casa Blanca una segunda carta del Kremlin desmintiendo la primera. Parece redactada por los halcones del Politburó. Los analistas norteamericanos, desconcertados, sospechan incluso que Kruschev puede haber sido derrocado. Al mismo tiempo, se descubre que ya hay misiles en Cuba listos para el lanzamiento. En esas condiciones, Kennedy no tiene más remedio que ordenar el ataque: la suerte parece estar echada. Pero, en el último momento, Robert F. Kennedy se entrevista con el embajador soviético, Anatoli Dobrynin, y le plantea hábilmente el intercambio de los misiles turcos por los cubanos en un plazo de seis meses, una condición que debe permanecer oculta a los ojos del mundo para que no se piense que América cede a la presión rusa. Dobrynin le exige además el compromiso de no invadir jamás la isla y Bobby acepta en nombre de su hermano. Kruschev se da por satisfecho: ha salvado la cara ante sus rivales del Politburó logrando el propósito último de la partida de ajedrez, que era la retirada de los 15 misiles Júpiter de Turquía.

 

29 de octubre: Radio Moscú difunde un comunicado oficial en el que anuncia que tanto sus barcos como los misiles regresarán a Rusia.

Barco de la Marina estadounidense
Imagen: Wikimedia Commons.

 

El mundo respira

Un hondo suspiro de alivio recorrió el planeta, y el prestigio de la Administración Kennedy subió muchos enteros. La Crisis de los Misiles, que en la Unión Soviética recibió el nombre de Crisis del Caribe –y en Cuba, de Crisis de Octubre–, fue uno de los episodios cruciales de la Guerra Fría junto con el Bloqueo de Berlín y el derribo del vuelo 007 de Korean Air en 1983, y en el que más cerca se estuvo de una guerra nuclear. En el año 2000 se estrenaría la película Trece días (imagen a la izquierda), que relata con notable fidelidad los hechos. El duelo tuvo un final feliz, pero, aunque amortiguada, la amenaza nuclear continuó, persiste hoy en día y seguirá hasta que todas las potencias atómicas se convenzan de que –según la memorable frase del excelente film de 1983 Juegos de guerra– la única manera de ganar con los misiles es no jugar con ellos.