Kamikazes, el papel de las fuerzas de ataque suicidas

Basándose en un estereotipo reaccionario y ultranacionalista del samurái, el gobierno imperial de Japón sacrificó a miles de jóvenes en la guerra lanzándolos a una muerte segura y completamente inútil.

Kamikazes
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“¡Nos vemos en Yasukuni!”. Con esta frase se despedían los pilotos de las fuerzas de Ataque Especial de sus camaradas, antes de subirse al avión que debía llevarlos a una muerte tan patriótica como terrible. Minutos u horas después de pronunciarla se precipitarían en picado contra la cubierta de algún portaaviones norteamericano, dando así la vida de la manera más honorable posible por Japón y por el emperador.

La mayoría de pilotos kamikazes eran estudiantes, jóvenes de –en el mejor de los casos– poco más de veinte años, muy permeables a las ideas ultranacionalistas, reaccionarias e imperialistas dominantes en el Japón del período. Todos los miembros de las fuerzas armadas japonesas eran convenientemente adoctrinados hasta hacerles creer que, en caso de que perdieran la vida en el campo de batalla, inmediatamente se convertirían en kami (las deidades del panteón sintoísta) y, como tales, residirían junto a los espíritus protectores del país en el Santuario Yasukuni de Tokio. Esa era la recompensa a la heroica inmolación de los “voluntarios”, los miembros de las fuerzas de Ataque Especial convertidos en –no siempre– perfectos fanáticos convencidos de desempeñar una misión sagrada: sacrificarse por una nación en la que huir del campo de batalla, aun para luchar otro día, era un deshonor y en la que dejarse atrapar por el enemigo se consideraba la peor de las humillaciones.

 

Un idealizado código samurái

Es imposible entender el fenómeno de los kamikazes sin escarbar en el intrincado trasfondo ideológico que se escondía detrás de esa religión nacionalista con, aparentemente, tan pocas fisuras. Los kamikazes llevaban al extremo la obsesión generalizada en las filas del ejército nipón con el código de honor de los samuráis, el bushido (camino del guerrero), considerado como la verdadera esencia ética y filosófica de un país que había convertido en héroes, mitos y modelos de comportamiento a los miembros de la casta guerrera japonesa. El Japón de la primera mitad del siglo pasado era una nación militarizada y expansiva que buscaba cohesión ideológica, política y social a través de la reafirmación de su identidad en el campo de batalla, fortalecida gracias a las victorias en las guerras sino-japonesas y en la guerra ruso-japonesa.

 

Los kamikazes llevaban al extremo la obsesión del ejército nipón por el bushido o código de honor del samurái

 

Esa obsesión con el bushido, con un completamente distorsionado código de honor ancestral giraba en torno a una deformada interpretación de la propia historia. El ejército nipón había hecho del bushido y de obras como el Hagakure (1717) un punto esencial de referencia obviando que los valores que exaltaban habían sido confeccionados enteramente por “samuráis de salón” a partir del siglo XVII, y muy especialmente en el XIX, en un país completamente pacificado en el que los samuráis solo luchaban, si es que lo hacían, en dojos (lugares de meditación) con espadas de madera, mientras construían toda una mística de la “bella muerte” y del honor para justificar sus injustificables privilegios y su total obsolescencia. Nada tenían que ver los samuráis históricos con esa evocación y reinvención romántica del estereotipo guerrero que llegó al paroxismo durante la Segunda Guerra Mundial. Y uno de los valores sobre los que oscilaba ese nacionalismo enfervorecido era el concepto del suicidio, presunto estandarte del buen samurái, que no dudaba en abrirse el vientre mediante seppuku en cuanto su honor se veía comprometido.

Kamikazes
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El suicidio como una de las bellas artes

En realidad, la generalización de este ritual, siquiera como ideal y elemento definitorio del samurái modélico, corresponde a los tiempos de los samuráis ociosos, de los guerreros-burócratas. Nunca antes del final de las guerras civiles del período Sengoku –que sellaron el acceso al poder de los Tokugawa y el final de los samuráis como combatientes y soldados propiamente dichos– hubo en Japón una cultura del suicidio. Cualquier guerrero sensato ponía a salvo su pellejo para luchar otro día si las circunstancias se lo permitían. Así pues, los principios sobre los que giraban los ideales de los pilotos kamikazes tenían mucho más que ver con una adulteración ultranacionalista del pasado (forjada, muy especialmente, a partir de finales del siglo XIX) que con el ideario y el código de conducta de los samuráis históricos.

No obstante, es cierto que la lengua japonesa sí refleja una sustancial diferencia con respecto a las lenguas occidentales en lo tocante al suicidio. Existen de hecho varias palabras para definir el acto de quitarse la vida. La japonesa es una cultura en la que no existen en general tabúes éticos ni censuras religiosas ante el suicidio. Así, por un lado está el jijatsu, el vocablo más similar por sus connotaciones a nuestro “suicidio”, que tiene una lectura negativa y un matiz de impureza; todo lo contrario que el jiketsu y el jisai, que denotan autodeterminación y se consideran actos perfectamente honorables ejecutados por el bien de la mayoría: como los de los kamikazes, auténticos héroes nacionales, iconos y pilares de la patria incluso en el Japón moderno.

Lo cierto es que los kamikazes no fueron una unidad de combate organizada propiamente dicha hasta bien avanzada la guerra. A mediados de 1944, eran ya muchos los pilotos que, de manera totalmente espontánea y por decisión propia, habían decidido inmolarse ante una situación desesperada y optado por morir matando, antes que caer al mar sin haber causado ningún daño. Pero, en contra de la creencia comúnmente aceptada, no todos los pilotos suicidas durante este período fueron japoneses. Así, algunos aviadores estadounidenses, movidos por el mismo estímulo, optaron in extremis por asumir la muerte inevitable causando el mayor daño posible al enemigo.

 

Primeros kamikazes espontáneos

El primer ataque kamikaze del que se tiene noticia lo protagonizó el teniente Fusata Iida, que lideraba un grupo de cazas Zero en la segunda tanda de bombardeos sobre Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, y que tras recibir el impacto de las baterías antiaéreas enemigas comenzó a perder combustible. Consciente de lo desesperado de su situación, se lanzó en picado contra un hangar estadounidense ejecutando de este modo la primera acción de estas características de la II Guerra Mundial. A partir de entonces otros siguieron su ejemplo, pero sus acciones no tuvieron eco alguno ni reconocimiento, menos aún condecoraciones. Y es que el Alto Mando nipón aún estaba muy lejos de leer las ventajas que este nuevo modelo de ofensiva podía ofrecer desde el punto de vista estratégico, más aún considerando la cada vez más precaria situación de la aviación japonesa, la falta de medios y la superioridad total en este ámbito de las fuerzas estadounidenses. A medida que la situación de Japón en la guerra se volvió más y más desesperada, creció extrao­ficialmente el número de vuelos suicidas. Cada vez había más espontáneos que optaban por inmolarse como el método más certero para hacer daño al enemigo. Ya no se trataba de una simple medida desesperada de un piloto condenado al derribo; cada vez más, si bien aún en iniciativas completamente espontáneas, se loaban las virtudes morales de los pilotos suicidas y se defendía esta forma de “bella muerte” como una ventaja táctica para Japón, en un momento en el que todo eran desventajas. El debate no tardó en trasladarse a las altas esferas.

Piloto kamikaze
Imagen: Getty Images.

 

Nacen las fuerzas de ataque especial

Desde mediados de 1944, los vuelos suicidas espontáneos se hicieron tan frecuentes que seguir obviando el alcance táctico de estos ataques no tenía sentido. La regularización de los ataques kamikazes estaba ya en boca de experimentados o­ficiales, que entendían que ante la insostenible situación del ejército nipón solo un golpe de mano de este calibre podía hacer que la balanza se inclinara a su favor. Todo parecían ser ventajas: los daños infligidos a los barcos estadounidenses se multiplicaban con una inversión de medios muy limitada y reduciendo drásticamente el número de pérdidas. Un piloto por barco era un precio que cualquier oficial estaría dispuesto a pagar, obviando, claro está, la dimensión ética y moral de la nueva táctica. La única pega era la necesidad de reclutar suficientes voluntarios como para que los vuelos suicidas acabaran convirtiéndose en una amenaza real y duradera para el enemigo y minaran su moral hasta el punto de renunciar a la rendición japonesa.

La realidad era que Japón estaba perdiendo la guerra estrepitosamente en el aire (y no solo) y que las pérdidas de pilotos convencionales superaban a esas alturas de la contienda el 50%. El país del Sol Naciente tenía dos opciones: la más sensata era asimilar esa realidad y rendirse; la otra, seguir luchando hasta la última sangre pero dando un golpe de efecto que pudiera compensar la abrumadora superioridad estadounidense en todos los frentes. Venciendo sus reticencias iniciales y su firme convicción de que enviar a jóvenes japoneses al matadero de esa forma no era ético ni razonable, el almirante Takijiro Onishi, un piloto excepcional y un oficial de enorme experiencia, cedió a las presiones de su entorno y finalmente, en el otoño de 1944, dio luz verde a la formación de unidades de Ataque Especial con el apoyo unánime y sin fisuras del Alto Mando.

Avión kamikaze
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Pilotos inexpertos, aviones obsoletos

En un principio, Onishi pretendía que el uso de pilotos suicidas se limitara al marco de la Operación Sho, en Filipinas, entre otras cosas porque la escasez de aviones en el bando nipón era a esas alturas realmente alarmante, lo que a priori excluía la posibilidad de hacer de los ataques especiales un procedimiento regular y permanente. Sin embargo, la entusiasta acogida de la propuesta no solo entre los oficiales sino por parte de los propios pilotos pronto llevó a centrar todos los recursos y esfuerzos de la guerra en el aire en el adiestramiento y empleo de las unidades kamikazes. Onishi sabía que la aviación japonesa no era rival de la estadounidense en el cuerpo a cuerpo, por lo que el objetivo, a partir de octubre de 1944, fue evitar el despegue de los cazas americanos inutilizando sus pistas: para ello se cargaba cada aeroplano con doscientos cincuenta kilogramos de explosivos y se estrellaba contra la cubierta del portaaviones, generando así graves daños materiales y un devastador impacto psicológico en las filas del ejército estadounidense.

Los ataques suicidas tenían otra valiosa ventaja: la experiencia en vuelo de los pilotos reclutados para el programa era irrelevante. La mayoría de ellos recibía una instrucción precaria de no más de cincuenta horas de vuelo, cuando en los buenos tiempos de la aviación japonesa se consideraba que el mínimo indispensable para pilotar con destreza un caza de combate era de unas cuatrocientas horas. Muchos de ellos apenas habían recibido mínimas nociones sobre técnicas de aterrizaje; al fin y al cabo, no se esperaba de los kamikazes que volvieran a la base. Su trabajo consistía en seguir al jefe de escuadrón y lanzarse en picado contra el objetivo.

Contra todo pronóstico, la acogida del nuevo programa de Onishi fue extraordinaria. Había, de hecho, más voluntarios dispuestos a inmolarse por la patria y por el emperador que aviones disponibles. Otra evidente ventaja de los vuelos suicidas era que el ejército japonés podía utilizar incluso sus aparatos más obsoletos, inservibles para el combate convencional. Lo realmente importante era salvar las vidas de los pilotos más expertos, los únicos capacitados para pilotar con garantías en una batalla aérea; todos los demás eran sacrificables.

 

En el otoño de 1944, el almirante Onishi creó las unidades de Ataque Especial o kamikazes ‘oficiales’

Ataque kamikaze
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Propaganda imperialista

De pronto todos los jóvenes japoneses querían sumarse a las unidades de Ataque Especial, gracias en parte a la excepcional publicidad y el entusiasmo con el que la prensa nipona vendió el programa de Onishi. La recompensa merecía la pena: morir por el país era de por sí un gran honor, pero ser deificado en Yasukuni y convertido en eirei –espíritus guardianes del Japón– era el mayor privilegio que un súbdito del emperador pudiera concebir. Tal era el fervor de los nuevos reclutas que, con frecuencia, cuando su vuelo se retrasaba o cancelaba, quedaban completamente hundidos, mientras que muchos de ellos, según testigos presenciales, se mostraban insólitamente alegres y felices antes de subirse al caza que había de llevarlos a la muerte. El gobierno alimentaba el entusiasmo con campañas de propaganda destinadas a dar publicidad a las hazañas de los kamikazes, magnificándolas casi siempre cuando no directamente convirtiendo en éxitos lo que en realidad eran fracasos.

No era oro, en realidad, todo lo que relucía. Es cierto que muchos pilotos, fanatizados por el adoctrinamiento ultrapatriótico, se lanzaban a las misiones suicidas con devoción, pero otros albergaban más dudas. De sus últimas cartas, escritas a sus familiares antes del ataque, se deduce que a muchos kamikazes les importaba poco el emperador o el ardor patriótico. Se inmolaban porque habían sido elegidos para ello y su intachable sentido del deber y la preocupación por la opinión de sus seres queridos les obligaban a acatar órdenes que muchos de ellos cumplían a regañadientes. Es el caso, por ejemplo, de Yukio Seki, que lideró el 20 de octubre de 1944 la primera escuadrilla de pilotos de las fuerzas de Ataque Especial en Filipinas, en el primer vuelo suicida oficial y amparado y diseñado por Onishi: Seki dejó una pesarosa despedida, como muchos otros.

 

A día de hoy, se les sigue recordando como héroes en Japón, pero fueron víctimas de un sacrificio inútil

 

Víctimas de una inútil resistencia

El éxito de Seki, no obstante, provocó un “efecto llamada” inmediato. Un total de 2.950 aviones partieron en los meses sucesivos en misiones kamikazes, aunque solo el 18% logró su objetivo de destruir las naves del enemigo o causarles serios daños. Muchos pilotos, de hecho, no llegaban nunca a completar sus misiones; incapaces de quitarse la vida, volvían a la base con cualquier excusa, o desaparecían sin dejar rastro para no enfrentarse a la vergüenza de ser señalados como cobardes.

A pesar de que los primeros vuelos suicidas causaron estragos en la moral de los estadounidenses, que se veían completamente indefensos ante el desapego a la vida de los kamikazes, pronto quedó patente que las unidades de Ataque Especial, superado el entusiasmo del prometedor inicio, no iban a inclinar la balanza en favor de Japón y, de hecho, ni siquiera iban a ser un factor demasiado determinante en la contienda. Las expectativas del almirante Onishi con respecto a los kamikazes eran demasiado altas. Ni Japón tenía los medios ya para ganar la guerra, ni contaba con aviones suficientes para que los vuelos suicidas fueran realmente un factor desestabilizador, ni los ataques propiamente dichos causaban con frecuencia los daños esperados.

A día de hoy, los pilotos kamikazes son recordados como héroes en el país del Sol Naciente. Con todo, su sacrificio fue completamente inútil. Japón ya había perdido la guerra cuando las unidades de Ataque Especial comenzaron a operar. Todos los kamikazes, por consiguiente, fueron víctimas evitables.

Avión kamikaze hundido
Imagen: iStock Photo.