JFK: golpe al sueño americano

A las 12:30 horas del 22 de noviembre de 1963, el presidente de Estados Unidos, el carismático John F. Kennedy, era abatido en Dallas por dos disparos mientras recorría en un coche descubierto la ciudad. Su asesinato no solo causó una conmoción mundial y arrancó de cuajo las esperanzas –mejor o peor fundadas– que había alentado su figura, sino que además dio inicio a la era de las teorías conspirativas.

Imagen: iStock Photo.

La meteorología pudo haber dado al traste con el magnicidio de Dallas –pudo haber salvado la vida a Kennedy–: el 22 de noviembre de 1963 amaneció lluvioso en Texas. A las 7:30 llovía en Fort Worth, donde el presidente había pasado la noche, lo que parecía indicar que también llovería en Dallas, su destino para la jornada. En tal caso, el Lincoln 1961 de seis plazas en el que tenía previsto recorrer las calles de la ciudad sería cubierto con una capota de plexiglás, algo que contrariaba al mandatario, que no había planeado aquel viaje a Texas para ocultarse: buscaba poner paz entre las dos facciones enfrentadas del Partido Demócrata y asegurar el gobierno del Estado, así como sus propias posibilidades de reelección para el siguiente año. Por tanto, su intención era hacer de la visita un baño de masas, repartir sonrisas y apretones de manos, mostrarse plenamente cordial y accesible.

Finalmente, hubo (mala) suerte: cuando, a las 11:38, el Air Force One aterrizó en el aeropuerto de Love Field, Texas, lucía un sol radiante. Ninguna capota, pues, protegería al presidente durante su recorrido. Y el resto es historia; una historia todavía hoy llena de sombras.

 

Hacia una nueva frontera

Nacido en Brooklyn, Massachusetts, el 29 de mayo de 1917, John Fitzgerald Kennedy fue el segundo de los nueve hijos de Joseph “Joe” Kennedy, empresario y diplomático católico de origen irlandés y turbia trayectoria –con conexiones en la Mafia y una auténtica obsesión por colocar a un Kennedy en la Casa Blanca: lo lograría con John–, y Rose Fitzgerald, miembro de una influyente familia de políticos de Boston. Puede decirse, por tanto, que, muerto su hermano mayor, el prometedor Joseph Jr., en la Segunda Guerra Mundial, su ascenso al olimpo del poder fue casi una historia de predestinación.

Guapo, carismático, inteligente, condecorado a su vez en la guerra, casado desde 1953 con la distinguida socialite Jacqueline Lee Bouvier, se inició en la política en 1946 y, para 1959, ya sonaba como un firme candidato a la presidencia. Era todo lo contrario que el saliente mandatario republicano, Eisenhower: juvenil –con 43 años, se convertiría en el segundo presidente más joven de la historia de Estados Unidos, tras Theodore Roosevelt–, dinámico –su figura encarna como ninguna el renovado sueño americano de los años 60, pese a que apenas los viviera– y demócrata (también mujeriego, católico y lleno de achaques de salud, tres inconvenientes que a la postre no resultarían insalvables). Tampoco se parecía a su rival en las elecciones de 1960, el taimado y gris Richard Nixon, al que venció no obstante por la mínima. Pero venció, y enseguida marcó la diferencia con sus inolvidables discursos, sus propuestas audaces –la carrera espacial o el plan de crecimiento que llamó Nueva Frontera, un guiño al New Deal de otro icónico presidente demócrata, Franklin D. Roosevelt– y su imagen renovadora y elegante.

Sus detractores le achacan precisamente eso: mucha imagen y pocas nueces. Y es cierto que, a base de dar una de cal y otra de arena, logró defraudar a algunos –los votantes negros, que lo apoyaron y a los que solo resarció justo al final de su breve mandato, antes de la épica Marcha sobre Washington del 28 de agosto de 1963– y ganarse unos cuantos y poderosos enemigos. Y tal vez (o tal vez no) algunos de ellos estuvieran detrás de lo que sucedió aquel 22 de noviembre cuando, a las 12:30, el coche presidencial atravesó la céntrica plaza Dealey de la capital tejana.

 

Con 43 años, John F. Kennedy se convirtió en el segundo presidente más joven de la historia de EE UU.

 

El día de la 'conspiranoia'

En ese momento, un francotirador escondido en el sexto piso del Almacén de Libros Escolares de Texas, sito en las inmediaciones, apretó el gatillo dos veces y acertó al presidente Kennedy en el cuello y en la cabeza, causándole la muerte instantánea. Los disparos duraron escasamente siete segundos en total, pero iban a convertirse en uno de los instantes más analizados de la historia y, sobre todo, en el epicentro de mil investigaciones y especulaciones que marcaron el inicio de una nueva era: la de las teorías conspirativas sin fin o conspiranoia.

Imagen: Wikimedia Commons.

 

Pero eso vendría más tarde; en el infierno que se desató tras el magnicidio, nadie tuvo tiempo de pensar en conspiraciones. La policía de Dallas se lanzó a la carrera en busca de pistas y testigos, que les condujeron a los pocos minutos del atentado a registrar el Almacén como lugar más probable desde donde podían haber partido los disparos. Un tal Lee Harvey Oswald, empleado allí, se había esfumado, y se ordenó su busca y captura. A las 13:15, un patrullero localizó, a dos kilómetros del lugar, a un hombre cuyo aspecto se correspondía con la descripción de Oswald. Cuando le dio el alto, el tipo le disparó tres veces con un revólver, matándolo al instante, y huyó. Luego otro testigo dijo haberle visto meterse en un cine. A las 13:45, la policía registró la sala y logró reducir y detener a Oswald, que fue llevado a comisaría e interrogado durante horas, sin la presencia de un abogado; en todo momento negó ser el asesino. No obstante, la policía declaró esa misma noche que las evidencias en su contra eran abrumadoras: el rifle, hallado en el quinto piso del Almacén, tenía las huellas dactilares del sospechoso; también se encontró una carta de su puño y letra en la que solicitaba el arma por correo; además, las pruebas de parafina habían revelado restos de pólvora en sus manos y estaba en el Almacén en el momento del crimen.

 

Muerte en cadena e incógnitas

No cabía duda: Oswald era culpable. El día 24, al mismo tiempo que se celebraban en Washington DC los funerales de Estado por el llorado JFK, en los que una compungida pero serena Jackie Kennedy impresionó al mundo con su aplomo –el mismo del que había hecho gala al asistir en el Air Force One, todavía con el abrigo manchado de sangre, al juramento como nuevo presidente de Lyndon B. Johnson, el vicepresidente de su difunto marido–, se decidió trasladar al detenido a la cárcel del condado. Pero, en el momento en que lo sacaban de la comisaría, un hombre se abrió paso entre la nube de periodistas y agentes del orden y le descerrajó un tiro en el estómago. Nada se pudo hacer por su vida; en cuanto a su asesino, no era ningún desconocido para la policía de Dallas. Uno de los agentes que custodiaban a Oswald, al verlo, exclamó “¡Jack, hijo de puta!”. Se trataba de Jack Ruby, dueño de un club de striptease de dudosa reputación al que se le atribuían conexiones con la Mafia y grupos ultraderechistas (y, también, con la propia policía).

Así, con la muerte en menos de cuarenta y ocho horas del presidente y su asesino, la investigación se truncó nada más empezar: Oswald ya no podría arrojar luz sobre las numerosas incógnitas pendientes (¿había actuado solo?, ¿por qué lo había hecho?). Quedaba Ruby, quien, detenido, juzgado y condenado a muerte, se limitó a declarar que había disparado “para vengar a la señora Kennedy” y devolver la dignidad a Dallas. Las apelaciones de sus abogados lo mantuvieron vivo y le consiguieron un nuevo juicio, que nunca llegaría a celebrarse: el 3 de enero de 1967, murió en prisión a causa de una embolia pulmonar, sin aportar más datos.

Imagen: Wikimedia Commons.

 

El enigma Oswald

Pero ¿quién era Lee Harvey Oswald y qué pudo llevarle a cometer un acto tan atroz? Las contradicciones y extrañezas de su biografía y su personalidad han centrado la atención de muchos estudiosos y también, huelga decirlo, han contribuido a alimentar las hipótesis conspirativas. ¿Era un militante comunista, como se dijo en un principio, o todo lo contrario? ¿Trabajó para el KGB o en realidad era agente de la CIA? ¿O quizá no fue más que lo que parecía, un perturbado que actuó solo por rencor, tras una vida breve y fracasada?

Nacido en Nueva Orleans en 1939 y huérfano de padre, pasó por varios colegios antes de alistarse en los marines en 1956. En este cuerpo destacó como un notable tirador, al tiempo que aprendía ruso por su cuenta. Ambas cosas le sirvieron cuando, en 1960, desertó a la URSS, donde solicitó y –tras un rechazo inicial que le llevó a intentar suicidarse– consiguió asilo político. Allí, en 1961 se casó con Marina, una farmacéutica rusa, y al año siguiente pidió la repatriación a Estados Unidos con su mujer y su hijo recién nacido; se establecieron en Dallas.

Se han señalado como puntos oscuros tanto su ida a la URSS como que fuera tan fácilmente readmitido a su vuelta del Telón de Acero, pero hay más: a su regreso, trabó contacto con cubanos anticomunistas que, a su vez, tenían conexiones con el crimen organizado, al tiempo que distribuía panfletos en apoyo de Fidel Castro. El 27 de septiembre de 1963 viajó a México, donde solicitó un visado para Cuba que le fue denegado. Regresó entonces a Dallas y, el 15 de octubre, le ofrecieron un empleo en el Almacén de Libros Escolares de Texas frente al cual, poco más de un mes después, pasaría la comitiva presidencial.

 

Se han escrito sobre el atentado más de dos mil libros con las más variadas teorías conspirativas y ya en 1963 el 52 % de los americanos creía en la conjura.

 

La “bala mágica” y otras teorías

Con estos mimbres, es difícil encontrar un escenario más proclive a la conspiranoia, ya que contra Kennedy estaban –por motivos distintos, fruto de sus propias contradicciones– los castristas y los anticastristas, la URSS y la CIA, la Mafia y el Pentágono. A día de hoy, se han escrito sobre el asesinato más de dos mil libros, y en ellos se recoge una larga lista de posibles culpables en la sombra que, según resume el historiador Robert Dallek, incluye a “cubanos pro o anticastristas, una venganza vietnamita por la muerte de Ngo Dinh Diem, la Mafia o los caciques de los sindicatos perjudicados por Kennedy (...), la CIA, la cúpula militar y Lyndon B. Johnson, opuestos a la distensión con Moscú”. Al margen de los libros, ya en diciembre de 1963 una encuesta señaló que el 52% de los estadounidenses creía en la existencia de algún elemento oculto detrás del asesinato (porcentaje que en 1967 se había elevado hasta el 64%). Por eso no es de extrañar que cuando la Comisión Warren, creada por Johnson para investigar el asesinato, presentó en septiembre de 1964 sus conclusiones, según las cuales Oswald había sido el único asesino, muy poca gente quedara convencida.

Imagen: Getty Images.

 

Seguramente nunca sabremos si alguna de estas teorías tiene una base suficientemente sólida, pero es incuestionable que en el asesinato de JFK abundan los agujeros, algunos de los cuales forman ya parte de la cultura popular a través de la prensa, la televisión o el cine. Un ejemplo: los testigos que se encontraban asistiendo al desfile y que aseguraron haber oído un tercer disparo, pero no procedente del Almacén, sino de algún punto situado delante del convoy presidencial; en concreto, de un montículo de hierba en la calle Elm. Otros testigos declararon que vieron alejarse de esa zona a un hombre que portaba un rifle; algunos se acercaron a él, pero fueron interceptados por unos supuestos miembros del servicio secreto, a pesar de que ningún agente del mismo estaba destinado allí. Tampoco hay acuerdo sobre el número de disparos: muchos defienden la existencia de al menos uno más que en la versión oficial, que es el que habría herido al gobernador de Texas, John Connally –sentado en el asiento delantero–, en lugar de que una sola bala impactara primero en el presidente y posteriormente hiriese a Connally de rebote trazando una trayectoria tan sorprendente que fue llamada, con sorna no exenta de lucidez, la “bala mágica”. Más: los 26 segundos del atentado captados con su cámara por un cineasta aficionado, Abraham Zapruder –sin duda, el cortometraje más diseccionado de la historia del celuloide–, demostrarían para algunos que el primer disparo impulsa hacia atrás la cabeza de Kennedy, prueba de que se habría efectuado desde delante.

 

Las tramas rusa y cubana

Fue basándose en esos y otros agujeros de la versión oficial –la inicialmente defendida por la policía y luego refrendada por la Comisión Warren– como muchos descartaron la idea de un asesino solitario y pusieron sobre la mesa de las especulaciones una emboscada preparada cuidadosamente para asegurar que Kennedy no saliera de Dallas con vida; emboscada en la que Oswald habría sido un mero instrumento, un peón u hombre de paja. De modo que, si en efecto hubo una conspiración, lo siguiente es preguntarse quiénes tenían motivos para orquestarla.

Como vimos, los sospechosos han ido cambiando con el tiempo y, en cierto modo, con el clima político. El presidente fue asesinado en plena Guerra Fría, así que es lógico que la Unión Soviética y la Cuba castrista se contaran entre los primeros “acusados”. Según la teoría de la trama rusa, la URSS habría organizado el crimen como represalia por la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, cuando la tensión entre las dos superpotencias colocó al mundo más cerca que nunca de una Tercera Guerra Mundial. En lo que se refiere a Cuba, la CIA ya había llevado a cabo por entonces varios intentos de asesinar a Fidel Castro, por lo que sus servicios secretos habrían decidido devolver el golpe. Pero estas dos sospechas debían manejarse con mucho cuidado: Johnson, enterado de ambas teorías, consideró que señalar como culpables a rusos y cubanos traería de vuelta el fantasma de la guerra nuclear, y hay evidencias de que la Comisión Warren fue presionada para que refutara las acusaciones contra Castro y Kruschev.

Imagen: WIkimedia Commons.

 

Johnson, el sucesor marcado

El nuevo presidente pensaba que presentar a Oswald como único asesino era la manera más eficaz de tranquilizar al pueblo estadounidense. Sin embargo, según una de las teorías alternativas más descabelladas, se habría tratado solo de un modo de tapar su culpabilidad. Kennedy lo había elegido como pareja de cartel por su origen sureño –era un tejano de pura cepa– y sus posturas moderadamente conservadoras, para ganarse así a los votantes más reacios al reformismo. Y ese conservadurismo le habría llevado a aliarse con otros sectores reaccionarios para atajar con una conjura asesina algunas de las políticas más progresistas emprendidas por JFK, que incluían una posible retirada de Vietnam.

Así, habría contado con la ayuda de una facción de la CIA, o bien con la de los halcones del Pentágono que no deseaban el fin de la guerra, o con la de un reducido grupo de empresarios tejanos de ideología ultraderechista que veían en Kennedy una amenaza para sus negocios petrolíferos, además de considerar que su actitud hacia el bloque comunista era excesivamente blanda. De acuerdo con los defensores de esta teoría, Johnson y sus cómplices contaban con los medios económicos para organizar la operación y conocían perfectamente el recorrido que haría el presidente en Dallas; y el propio Johnson, tras suceder a Kennedy, tendría un poder casi absoluto para desviar la investigación.

El problema es que Lyndon B. Johnson, contra todo pronóstico, resultó ser un presidente mucho más avanzado de lo que su pedigrí hace suponer a estos conspiranoicos. Muchas veces se olvida que Kennedy, en su breve mandato, apenas tuvo tiempo de esbozar políticas que se le atribuyen –como la Ley de Derechos Civiles, principio del fin de la desigualdad racial, que anunció en un histórico discurso televisado el 11 de junio de 1963– y que fueron en realidad llevadas a término por Johnson (dicha ley fue aprobada en julio de 1964, y la aún más trascendente Ley de Derecho al Voto, en 1965). El sucesor de JFK también fue continuista en la apuesta por la distensión con el Kremlin y otros varios asuntos, incluido el intento de salir del avispero vietnamita: trató de negociar la paz, pero Nixon –según se ha sabido al desclasificarse documentos secretos del Watergate– boicoteó las conversaciones para usar la guerra como arma electoral.

Imagen: Getty Images.

 

Entre exiliados y mafiosos

Volviendo a las teorías conspirativas, los misteriosos hombres de negocios de la de Johnson, conocidos como “la conexión tejana”, han jugado también un importante papel en otras versiones del complot. Una de ellas tiene por protagonista de nuevo a Cuba, pero en esta ocasión no la de Fidel sino la de sus opositores, que responsabilizaban a Kennedy del fiasco de Bahía de Cochinos en 1961. La operación para tomar la isla se llevaba preparando desde los tiempos de Eisenhower, poco después de que los castristas llegaran al poder; la CIA proporcionó a la fuerza de ataque, compuesta por 1.500 cubanos exiliados en EE UU, entrenamiento y material. Aunque Kennedy aprobó seguir adelante con el plan, cuando una serie de equivocaciones lo convirtieron en un fracaso anunciado ordenó cancelar la ayuda y más de 1.200 invasores fueron capturados.

Los cubanos exiliados –y sus amigos en la ultraderecha tejana– no se lo perdonaron jamás. Tampoco la Mafia, más anticastrista que nadie teniendo en cuenta que Fidel la había despojado de todos sus negocios en Cuba. Algunos mafiosos siguieron muy de cerca la operación de Bahía de Cochinos –entre ellos, Meyer Lansky y Santo Trafficante Jr., capo de Florida– y dispusieron planes para volver a poner los casinos en marcha en cuestión de horas una vez triunfara la invasión.

Además, la Cosa Nostra tenía otros motivos para estar furiosa con JFK: Sam Giancana, uno de los principales gánsteres del país, había movilizado sus recursos para favorecer su triunfo en las presidenciales de 1960. Lo hizo a petición de Joe Kennedy, el patriarca del clan, que tenía contactos con el crimen organizado desde los tiempos de la Prohibición y que utilizó a un amigo común, Frank Sinatra, para que actuara de intermediario con Giancana. Este, naturalmente, esperaba que, tras la victoria electoral de John, aflojara la presión gubernamental, pero ocurrió todo lo contrario: en 1962, Robert F. Kennedy, hermano del presidente y nuevo fiscal general del Estado, atacó con rigor nunca visto a la Mafia y al propio Giancana. Motivos todos más que de sobra para la conjura, aunque las grabaciones que hizo el FBI de sus conversaciones telefónicas –así como de las de otros mafiosos bajo vigilancia– no recogen ninguna amenaza contra Kennedy.

Imagen: iStock Photo.

 

Visiones contrapuestas

Todos estos candidatos seguían en el candelero cuando, en 1976, el Comité Selecto del Congreso sobre Asesinatos (HRSCA, por sus siglas en inglés) abrió una nueva investigación destinada a esclarecer los puntos oscuros en el magnicidio (y en el de Martin Luther King). Sus conclusiones, publicadas en 1979, señalaron que el presidente “probablemente fue asesinado como resultado de una conspiración”, aunque no se daba ninguna pista sobre quién podía estar detrás de la misma y se seguía manteniendo que Lee Harvey Oswald había sido el único autor de los disparos.

Más novedades aportó, en 1988, el fiscal Jim Garrison, que publicó ese año el libro Tras la pista de los asesinos, en el que narraba su investigación del atentado y expresaba su convencimiento de que la CIA había estado detrás de una conjura para impedir que Kennedy cambiara la orientación política de Estados Unidos en la Guerra Fría. En 1967, Garrison había acusado de orquestar el crimen al empresario de Nueva Orleans –ciudad natal de Oswald– Clay Shaw, la única persona procesada por su presunta participación en el asesinato. Shaw sería absuelto por el jurado, aunque a finales de los 70 se confirmó que tenía profundas conexiones con la CIA, algo que siempre negó durante el juicio.

El libro de Garrison fue la base de la película JFK: caso abierto, cuyo impacto promovió la creación de la Junta de Revisión de Informes del Asesinato (ARRB, por sus siglas en inglés) que, entre 1994 y 1998, desclasificó millones de documentos relacionados con Kennedy y su muerte y recomendó, asimismo, que los que aún permanecían clasificados –alrededor de 40.000– salieran a la luz en octubre de 2017. Entre los que se han puesto a disposición del público y los investigadores hay piezas tan valiosas como los diarios del presidente Gerald Ford cuando formó parte de la Comisión Warren, los archivos del propio Jim Garrison, las notas tomadas en los únicos interrogatorios que se le hicieron a Lee Harvey Oswald por parte de un capitán de policía de Dallas y un agente del FBI o el diario del esquivo Clay Shaw. No se ha logrado, en cambio, conseguir la desclasificación de los documentos sobre Oswald en poder del antiguo KGB, si bien, también en 2017, un ex agente soviético confirmó la relación del magnicida con el espionaje ruso.

Imagen: Wikimedia Commons.

 

El sueño rematado: King y Bobby

Entretanto, el golpe al sueño americano que supuso la muerte violenta de su presidente más carismático desde Roosevelt marcó la década de los 60, tanto en Estados Unidos como en el resto del planeta. El bloque occidental, enfrentado al bloque soviético en la Guerra Fría, se dividió a su vez en dos bandos irreconciliables: pacifistas contra belicistas –con la enquistada Guerra de Vietnam como primordial caballo de batalla–, contracultura contra establishment...

1968 sería el año crucial de ese cambio de paradigma. El mundo entero pareció arder en esos doce meses de intensidad insoportable: fue el año de la Primavera de Praga, del Mayo francés, de la matanza de Tlatelolco, de la Ofensiva del Tet y los disturbios masivos contra la guerra, de la irrupción de ETA... y de otros dos atentados en América directos herederos del magnicidio de Dallas.

El 4 de abril, en Memphis, el pastor y activista Martin Luther King, el líder del Movimiento por los Derechos Civiles de la población negra que había impresionado a Kennedy hasta el punto de hacerle cambiar de posición política, fue abatido de un disparo en el balcón de un hotel. Dos meses más tarde, el 5 de junio, otra bala segó la vida de Robert F. “Bobby” Kennedy, hermano menor y estrecho colaborador de JFK y firme candidato a las presidenciales de ese año. Unas elecciones que, celebradas en noviembre, finalmente ganaría el antiguo rival de Kennedy en 1960, el taimado y gris Richard Nixon. Pero esa es otra historia.

Nacho Otero

Nacho Otero

Soy escritor desde siempre, y redactor y corrector en Muy Historia y otras publicaciones de G+J desde hace casi treinta años. Puedes contactar conmigo a través del correo iotero@zinetmedia.es